Tres muertos y 17 heridos en el accidente ferroviaro de Covas (Viveiro)

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Convoy de FEVE

El verano del año 1973 estaba siendo atípico en aquella España de mediados de los setenta que asistía, un tanto impávida, a la decrepitud de su Caudillo, quien veraneaba por última vez en su pazo de Meirás. Mientras, varias decenas de universitarios gallegos esperaban la benevolencia de aquellos magnánimos jueces que dictarían severas sentencias tan solo por el nimio detalle de ser portadores de propaganda contraria a un régimen que daba sus últimos zarpazos de la mano de quien era su eminencia gris, el siempre todopoderoso Carrero Blanco, quien tan solo unos meses más tarde moriría en un atentado terrorista cuya autoría sigue todavía hoy en día en tela de juicio 46 años después.

Por aquel descolorido verano gallego se dejaban ver unos jóvenes melenudos, o cuando menos con el pelo un poco más largo de lo normal, que procedentes de los países de la satisfecha Europa Central se dejaban ver a bordo de modernos deportivos de colores chillones que a duras penas atravesaban los empedrados caminos y corredoiras gallegas de la época. Mientras, su contrapunto venía del tradicional carro del país que, con su habitual y sempiterna sintonía de su eixo ponía esa nota musical que hoy en día hemos perdido para siempre. Galicia estaba cambiando, pero lo hacía de una forma demasiado lenta, con el conformismo propio de un país que parecía no tener nunca prisa, muy acorde con la filosofía de sus moradores.

Rara vez en Galicia sucedían cosas que alterase su habitual devenir cotidiano. Sin embargo, había alguna ocasión en que eso pasaba y entonces saltaban todas las alarmas, a las que se unía el habitual y tradicional sentido solidario que siempre han tenido unas gentes que siempre han mostrado una hospitalidad fuera de lo común, tal vez derivada de las muchas veces que -en la emigración- hubo que llamar a otras puertas. Una de esas ocasiones en que se alteró el devenir de muchos gallegos fue el 14 de julio de 1973 cuando en Viveiro, en torno a las cinco de la tarde a la altura de Covas, se produjo el vuelco de un convoy perteneciente a la red de Ferrocarril de Vía Estrecha (FEVE), falleciendo tres pasajeros y resultando con heridas de diversa consideración otros 17.  El tren hacía el recorrido desde Ferrol, de dónde había partido a las tres y veinte de la tarde, con destino Gijón y Oviedo, siendo la mayor parte de los pasajeros de Asturias, muchos de ellos militares que se encontraban cumpliendo el servicio militar en la ciudad departamental.

Causas desconocidas

Las autoridades de la época nunca aclararon las causas por las que se produjo tan dramático y trágico accidente, además de muy inusual, ya que los trenes de FEVE eran de lo poco presentable que había en el ferrocarril de la época. Tampoco se achacó, en esta ocasión, el siniestro al factor humano. Se adujo que se había tratado de una salida de vía, motivo por el cual uno de los vagones había volcado, falleciendo tres personas a consecuencia del desgraciado accidente. Los fallecidos eran un joven asturiano de 21 años, Juan Gil Fernández Pérez, quien se encontraba cumpliendo el serivicio militar en Ferrol; Ángel Caudal Sánchez, de 44 años, que era minero y vecino de Oviedo y, finalmente, la tercera víctima era José Manuel Castiñeira Díaz, de 58 años, quien era natural de la localidad coruñesa de Ortigueira.

En un principio se temió que la tragedia hubiese sido muy superior a lo que realmente acabaría siendo, dada la aparatosidad del siniestro y a la dificultad que supuso excarcelar de entre los hierros a muchos de los heridos que habían quedado atrapados en el interior de aquel vagón. En aquel entonces, algunas de las víctimas fueron trasladadas a los centros sanitarios de Lugo y Ferrol, los más próximos al lugar del siniestro que se encontraba a más de 90 kilómetros el más cercano, en automóviles particulares y en furgonetas que fueron habilitadas como improvisadas ambulancias, dado que todavía se carecían de centros de salud en condiciones. Ni que decir tiene que las ambulancias solamente se podían observar en las grandes ciudades.

La circulación de trenes entre Galicia y Asturias, por su principal eje de comunicaciones que es el litoral lucense se vería seriamente afectada a lo largo de varios días, siendo muchos los pasajeros que hubieron de ser trasladados en autocares a sus respectivos destinos. Hasta el 17 de julio, tres días después del siniestro, no circularon los habituales servicios discrecionales de ferrobuses de vía estrecha.

Al encontrarse en la antevíspera de la festividad de la Virgen de Carmen, muy celebrada en las localidades costeras y mucho más cuando son marineras, el Ayuntamiento de Viveiro decidió suspender, como era natural por otra parte, los actos festivos programados para los días posteriores al accidente, que poco o nada alteraría la agenda de los políticos de la época, quienes -una vez más- harían gala de su histórica desidia, atribuyendo el siniestro a los designios de la Divina Providencia. Y es que esta última era muy poco misericordiosa con Galicia y más en aquel tiempo.

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Dos guardias civiles asesinados en Santiago de Compostela

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Aquellos años, finales de la década de los ochenta. en los que Compostela se estaba consolidando como capital gallega, se sucedían las turbulencias en la política y la sociedad del noroeste peninsular a raíz de diversos asuntos que afectaban a la Xunta de Galicia. En 1989 Fraga Iribarne se encontraba preparando su desembarco político en la tierra que lo había visto nacer, mientras el otrora discípulo suyo Xosé Luís Barreiro Rivas, que acababa de dimitir como vicepresidente del ejecutivo gallego, se enfrentaba a la acción de la Justicia por su implicación en el escándalo del juego. Sin embargo, a pesar de aquellos vaivenes a los que se encontraba sometida una tierra que trabajaba honradamente por su futuro, se sucederían una serie de acontecimientos trágicos que conmocionarían de sobremanera a un país que siempre había mostrado su espalda a cualquier atisbo de violencia.

Pocas o muy pocas veces golpeó el terrorismo a Galicia, si bien es cierto que hubo una etapa histórica que el territorio gallego se vio seriamente afectado por acciones violentas, que hicieron temer a las autoridades que la tierra gallega se fuese a convertir en un núcleo de actuación de algunas bandas de criminales. Así sucedió ya bien entrada la década de los ochenta del pasado siglo, cuando -en varias ocasiones- se sucedieron los actos terroristas, siendo los GRAPO y el desaparecido Exército Guerrilheiro do Pobo Galego Ceibe quienes se encargarían de dejar su trágica huella, acabando en muy poco tiempo con la vida de varias personas, mayoritariamente agentes de la Guardia Civil, pero tampoco se libraría de sus asesinas balas el conocido empresario gallego Claudio Sanmartín, quien moriría asesinado en mayo del año 1988.

Una de esas escasas veces que Galicia sufrió la amarga experiencia del terrorismo fue una lluviosa mañana de primavera. La fecha elegida por los violentos fue el 11 de marzo de 1989 y el escenario la siempre lustrosa Praza das Praterías de la capital gallega. Alrededor de las once y media de la mañana cinco miembros de los GRAPO se dirigieron a la oficina del Banco de España con la finalidad de perpetrar un atraco. En la puerta se encontraban custodiando la sede dos agentes de la guardia civil, quienes leían tranquilamente la prensa con el exclusivo ánimo de que el tiempo discurriese de la forma más placentera posible. Sin embargo, aquellos terroristas, dos hombres y tres mujeres, se encargarían de que aquello no fuese así.

A quemarropa

No tuvieron tiempo los agentes a reaccionar ante sus verdugos cuando estos empuñaron las pistolas con las que iban armados y con las que les dispararían a quemarropa y a la sienes, falleciendo prácticamente en el acto. Posteriormente, intentarían hacerse con dinero en efectivo de la cámara acorazada, pero sin poder lograr su objetivo, ya que había sido cerrada por uno de los empleados de la entidad bancaria. Los terroristas efectuarían varios disparos contra la misma, pero resultando en vano. Incluso, amenazarían a uno de los empleados, quien negó que tuviese las llaves de la cámara que le solicitaban los terroristas. A lo largo de quince minutos se vivieron dantescas escenas de tensión en pleno casco histórico de la capital gallega. En vista de que su objetivo se había vuelto imposible, los terroristas huyeron a pie por el casco histórico, apoderándose de las armas reglamentarias de los agentes a quienes habían dado muerte. Algunos empleados del banco se refugiaron en los sótanos y allí esperaron a que los terroristas abandonasen el local.

En el trágico episodio vivido en Compostela fallecerían dos miembros de la Benemérita, Pedro Cabezas González, de 47 años, natural de A Coruña, quien dejaba viuda y dos hijas, y Constantino Limia Nogueira, de 52 años de edad, oriundo del municipio orensano de Xunqueira de Ambía. Este último era padre de tres hijos.

Los terroristas huirían a pie por las calles compostelanas, siendo vistos por muchos ciudadanos. En la acción terrorista, atribuida a los GRAPO, se sospechaba que habían intervenido los miembros de la cúpula del grupo armado. Se trataba, entre otros, de Laureano Ortega Ortega, María Jesús Romero Vega y Encarnación León Lara. Todos ellos serían detenidos en el transcurso de una operación antierrorista llevada a cabo en Santander en diciembre de 1992, lo que daría lugar a una desarticulación provisional de la banda, que aparecería posteriormente con otros actos terroristas.

María Jesús Romero Vega sería capturada en octubre de 1990 y condenada por la Audiencia Nacional a más de 75 años de prisión, aunque abandonaría la cárcel en el año 2013 al anularse la conocida como «Doctrina Parot». Laureano Ortega sería condenado en 1994 a una pena similar, aunque se beneficiaría de la misma medida que su compañera. En el transcurso de la misma operación en el que fue detenido este último, también serían detenidos los Encarnación León y Elvira Diéguez Silveira, quienes serían condenados a penas que sumaban más de cien años de prisión, aunque se verían favorecidos por la aplicación de la medida antes aludida.

El atentado sería condenado de forma unánime por todas la fuerzas políticas y la sociedad gallega de la época, siendo especialmente dura la condena realizada por el entonces presidente de la Xunta de Galicia, Fernando González Laxe.

 

 

El asesinato de «El Federal»

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Casa de Marracú, uno de los asesinos de «El Federal»

En el primer tercio del siglo XX una de las expresiones que más se escuchaba en Galicia era la de «este vaise», «aquel vaise», «o outro xa marchou» en alusión a los miles de gallegos que cada año atravesaban el Océano Atlántico con rumbo a tierras americanas. El noroeste peninsular era una tierra no solo dejada de la mano de Dios, sino también del mismo hombre. Pobreza, miseria y Galicia eran sinónimos perfectamente sincronizados. Ahora se añadía el de emigración para poder huir de un destino infernal al que millares de gallegos parecían estar condenados desde el momento mismo en que habían sido concebidos. Pocas cosas eran noticia en un territorio en el que la extrema pobreza iba unida a muchas carencias, algunas de las cuales -como era el caso de la educación- pretendían paliar aquellos otros que supuestamente estaban triunfando allende los mares, gracias a cuyos capitales se crearían centenares de escuelas en edificios que imitaban los retorneados estilos arquitectónicos de las islas caribeñas.

En aquella humilde tierra en la que lo más novedoso eran las muchas misivas que procedían de tierras americanas también a veces se producía algún acontecimiento que, más que salir de su ancestral y cotidiana rutina, les alteraba la convivencia de forma brusca y abrupta. Así ocurrió en los primeros meses del año 1919. Por aquel entonces, desaparecería en Ourense un conocido empresario del rastro madrileño José Delgado Guzmán, popularmente conocido como «El Federal», cuando en teoría había venido a Galicia a adquirir maquinaria vieja de una azucarera emplazada en la localidad de Padrón, muy próxima a Santiago de Compostela. La alerta sobre su ausencia la daría su hijo Andrés Delgado, quien se extrañó mucho de carecer de noticias sobre su progenitor en los primeros días de febrero de 1919, conocido mundialmente como el «Año de la Paz», al ser el primero en un lustro en el que no se escuchaban ni el repicar de fusiles ni tampoco de los cañones.

El prestigioso empresario madrileño habría recibido una oferta de negocio por parte de un individuo que decía llamarse José  López Carro, que era gallego para la supuesta adquisición de ese material, aunque le exigía una comisión por participar en el falso negocio. La propuesta no desagradó al comerciante quien, una vez conocidas algunas de las condiciones, concertó un viaje a Galicia. Algunas circunstancias de última hora provocarían una variación en la fecha del desplazamiento. Estaba previsto para el 19 de enero de 1919, aunque se demoraría un par de días en hacerlo en compañía del energúmeno que le había propuesto el negocio que le acabaría costando la vida. En la estación del Norte es visto por última vez por uno de sus hijos, quien apenas quince días más tarde denunciará su desaparición forzada ante una comisaría de policía de Madrid.

Desaparición de «El Federal»

A mediados de febrero de 1919 la prensa gallega y madrileña se hacen eco de la desaparición del conocido comerciante del rastro madrileño. A todo ello se suma la denuncia interpuesta por su hijo Andrés, quien asegura en todo momento que su padre se ha dirigido a la localidad de Padrón, por lo que se traslada hasta Santiago de Compostela para entrevistarse con el jefe de la brigada de investigación criminal. Se desatan las primeras especulaciones, que ya apuntan que detrás de su desaparición podría encontrarse un funesto acontecimiento sangriento.

Las primeras pistas sobre su hipotético paradero situaban a José Delgado Guzmán en la capital ourensana, un destino que no coincide con el itinerario previsto por el popular comerciante, por lo que ya se comienzan a hacer muchas conjeturas e indagaciones. Se sabe que «El Federal», que viajaba impecablemente vestido», llevaba consigo una importante cantidad de dinero en efectivo, pues era muy habitual que pagase sus compras al contado, por lo que ya se comienza a especular que su ausencia pueda obedecer a un hecho delictivo, tal y como terminaría ocurriendo. Por la declaración de un interventor de las líneas de los ferrocarriles, quien lo reconoció por las fotografías que de él se han facilitado en la prensa, se sabe que el comerciante madrileño realizó un cambio en su itinerario en la estación de Monforte de Lemos, dónde tomó un tren con destino a la Ciudad de las Burgas.

Las investigaciones dan un vuelco cuando el hijo de José Delgado y el jefe de la Brigada de Investigación Criminal se entrevistan con el propietario de la empresa azucarera de Padrón, quien se sorprende al informarle de los propósitos del comerciante madrileño, a lo que añade que no ha estado nunca en su propósito ni tampoco en su mente la hipotética posibilidad de la venta de maquinaria alguna y que por sus instalaciones no se pasó «El Federal» ni tampoco ese individuo que se ha identificado como José López Carro, con quien se había entrevistado el negociante del rastro madrileño.

Aparición del cadáver de «El Federal»

El 13 de marzo se despejan todas las incógnitas con la aparición del cuerpo sin vida de José Delgado Guzmán, cuyo cuerpo aparece semidesnudo y en avanzado estado de descomposición en una finca de Mariñamansa, próxima a la capital ourensana, propiedad de un conocido farmacéutico de la Ciudad de As Burgas, que se la ha cedido en arriendo a Antonio Fernández Vila, conocido como «O Marracú», un individuo plagado de antecedentes policiales y penales, quien -una vez que se ha percatado de la aparición del cadáver de «El Federal»- tratará de poner tierra de por medio, huyendo en un vapor desde A Coruña hasta La Habana, dónde un hijo suyo trabaja como camarero en un conocido hotel de la capital cubana.

En mayo de 1919 aparece el cuerpo sin vida en la finca de A Roda de Antonio Expósito, quien se había presentado ante el empresario del rastro como José López Carro. El autor de su muerte es Nicolás Rodríguez Valero, conocido como «Valentón», que era uno de sus compinches y que supuestamente habían participado en el asesinato de «El Federal». Este último hecho sangriento servirá para atar algunos cabos sueltos. Ante la Guardia Civil, Valentón declara que el arrendatario de la finca de Mariñamansa, «O Marracú» era el autor material de la muerte del empresario madrileño, la cual habría tenido lugar en el transcurso de una cena celebrada en su casa. Allí habría descargado un artilugio de hierro sobre la cabeza de José Delgado, lo que le provocaría el desgarro de la masa encefálica, depositando posteriormente su cuerpo en una mina empleada para le extracción de agua. Previamente le habrían arrebatado el dinero que portada, así como el traje que vestía.

A medida que se iban esclareciendo las circunstancias del trágico asesinato, las autoridades españolas solicitaron de las cubanas la extradición del delincuente gallego, quien sabedor de que le están pisando los talones, pone una vez más pies en Polvorosa, huyendo hacia Estados Unidos. Su familia será extraditada arribando al puerto coruñés en diciembre de 1919. Debido a todo este procedimiento el proceso judicial en su contra se alargará en demasía, produciéndose algún acontecimiento que contribuirá a que el asesinato no termine por exclarecerse como se hubiese deseado. En su huida por Norteamérica formará un pequeño grupo de delincuentes, resultando herido de consideración. Es detenido en San Francisco, siendo extraditado desde allí hasta España, llegando en los primeros días de marzo de 1924 a Ourense, tras una larga peripecia por tierras americanas

Ambos delincuentes, «Valentón» y «Marracú» se echan mutuamente la culpa del crimen que ha costado la vida a José Delgado Guzmán.  segundo de los delincuentes, quien padece una tisis aguda que terminará por segarle la vida en el año 1924. Pese a ser sometidos al tercer grado y vivir en unas condiciones de vida infrahumanas en el penal de Ourense, es muy difícil sonsacarles algo en claro a ambos energúmenos, principalmente a Fernández Vila, quien sufre constantes ataques de tos que le impiden, o eso simula, declarar en condiciones, tratando de dilatar en la medida de lo posible el proceso en su contra.

Muerte de «Marracú»

Pese a que a lo largo del año 1924 la salud de «Marracú» se va deteriorando progresivamente, y viendo el final de su vida próximo, el conocido delincuente ourensano no confesará nunca su participación en los hechos, pese a los denodados intentos del juez instructor del caso. Antonio Fernández Vila fallecerá en el penal de la ciudad de As Burgas en la jornada del 6 de diciembre de 1924, lo que provocará una decadencia en el interés del caso, siendo muchos los periodistas de Madrid y de diferentes puntos de España que se han trasladado hasta Galicia para seguir uno de los procesos judiciales más intrigantes de los últimos años.

Con su óbito, decae ostensiblemente el interés en el caso, quedando únicamente como responsable el madrileño Nicolás Martínez, «Valentón», quien -en reiteradas ocasiones- negará de nuevo su participación en los hechos. La fiscalía y la acusación particular solicitan 30 años de cárcel y una indemnización de 15.000 pesetas para la familia de la víctima. Sin embargo, el 23 de diciembre de 1924 el tribunal que juzga el caso absolverá a «Valentón» de estar relacionado con este suceso criminal, lo que producirá una gran decepción tanto en el público que ha estado pendiente del proceso, como en los hijos de «El Federal», que veían como la muerte de su padre había quedado rodeada de un gran misterio y que, debido a diversas circunstancias ocurridas en aquellos años, no había podido esclarecerse del todo.

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Emigrantes portugueses abandonados en Galicia en los años sesenta

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Una gran parte de la población lusa en la década de los años sesenta solo vivía con una única ilusión, la de emigrar. No les importaba a dónde ni tampoco cómo. Para ellos lo realmente importante era escapar de la miseria que cada vez les azoraba más. Buscaban un dorado, al igual que lo habían hecho muchos de sus antepasados y también muchos gallegos que, sirviéndose de cualquier ardid, huían literalmente de su tierra con destino a América. Iban de polizones en los grandes navíos que fletaban ávidos empresarios del sector o haciendo cualquier tarea en el barco por las que les permitían viajar, si no gratis, si a un precio mucho más asequible. Se hipotecaban tierras, casas o lo que hiciese falta para satisfacer el importe de un pasaje que tan solo estaba al alcance de algunos de los bolsillos más pudientes. Eran otros tiempos.

Pese a la evolución social experimentada, en la década de los sesenta la mayor parte de la población del vecino Portugal seguía viviendo de forma pobre y miserable, siendo la región de Tras-os-Montes una de las más afectadas por la falta de un desarrollo que les permitiese salir del atraso secular en el que se encontraban. Los portugueses seguían sufriendo una sempiterna dictadura que se había anquilosado en formas pretéritas que para nada respondía a los nuevos modelos de cambio que estaban experimentando en los restantes países europeos. España no era menos. Algunos empresarios del transporte de la época, así como también camioneros, prometían a aquellas gentes que vivían al sur del río Miño un más que esplendoroso futuro en Francia, que se había convertido en la nueva Meca de muchos lusos, deseosos de dejar atrás la miseria y calamidades que estaban padeciendo en su país de origen. La forma en cómo hacerlo representaba también un duro obstáculo, pues, en plena década de los sesenta, muchos no podían satisfacer el importe de un billete de tren y ya no digamos nada de avión. Al igual que había ocurrido en el primer tercio del siglo XX, todo era cuestión de ingeniárselas para llegar más allá de los Pirineos. Viajar de forma clandestina, aunque en condiciones infrahumanas y miserables, era lo de menos. Lo verdaderamente importante era poder salir del país a cualquier precio. Eso sí que estuviese a su alcance.

Lo que desgraciadamente no conocían muchos lusos era que en detrás de aquellos viajes más baratos, pero que aún así seguían representando un gran desembolso -máxime en una población que ya de por si era pobre- se escondían tan solo grupos de infaustos estafadores, que no les importaba jugar con la dignidad de unos pobres seres humanos, con un desmedido afán de lucro. A lo largo de toda la década de los años sesenta agentes de la Guardia Civil detendrían en innumerables ocasiones a bandadas de emigrantes lusos que, en sus declaraciones ante las comandancias españoles, solamente alegaban que habían pagado un gran importe por su trasiego a Francia y que los habían abandonado de madrugada, no sin antes decirle los respectivos transportistas que el país galo estaba tan solo a unos centenares de metros. Casi siempre se desentendían de sus incautas víctimas en puntos estratégicos, tales como un cruce de carreteras o en las proximidades de un río para así hacer mucho más creíble su relato. Sin embargo, rara vez eran detenidos esos grupos de mafiosos. Cada vez que alguno era interrogado por las fuerzas del orden negaba los hechos, así como también que hubiese conocido a aquellas víctimas a las que tan solo hacía unos horas había estafado de la forma más canalla e infame.

Abandonados en Baralla

En su edición del 4 de marzo de 1964 el diario lucense El Progreso informa que agentes de la Guardia Civil procedieron a la identificación de hasta un total de 69 emigrantes portugueses que vagaban por la villa creyendo que se encontraban en territorio francés. Los ciudadanos lusos declararían también que habían satisfecho un importe de 500 escudos para poder viajar hasta lo que ellos creían que era suelo galo. La cantidad era una suma muy importante de dinero de la época, además teniendo en cuenta el escaso poder adquisitivo del que se gozaba más allá del río Miño. De la declaración que efectúan ante los agentes se deduce claramente que las condiciones en las que viajaban no eran las más adecuadas, pues, al parecer, el vehículo a bordo del que iban, desprendía el clásico olor a ganado, además de gozar de una muy escasa ventilación por alguno de los ventanucos que disponía en la parte posterior. El abandono se había producido en torno a las cuatro de la madrugada. No podían facilitar más detalles porque desconocían de quien se trataba el personaje que les había estafado de una forma infame y clamorosa. El diario lucense informaba también que serían deportados de nuevo a su país de origen.

Pero no era el abandono registrado en Baralla el único registrado en tierras lucenses. El mismo periódico, en septiembre del año antes aludido, daba cuenta de que alrededor de medio centenar de emigrantes portugueses habían sido abandonados por un camionero en las inmediaciones de la eterna ciudad de Mondoñedo, en un cruce de carreteras. En este caso, algunos de aquellos pobres hombres se percató de que habían sido objeto de una estafa y que aquel lugar en el que habían sido objeto de desamparo distaba mucho de ser el prometido viaje a Francia. A raíz de ello, iniciarían una escapada por los escarpados montes de la zona con el único objetivo de no ser apresados por los agentes de la Guardia Civil. Como detalle anecdótico cabe añadir que algunos de aquellos hombres aparecerían días después en las inmediaciones de una taberna de Abadín, completamente agotados y cansados, además de encontrarse hambrientos, destacando en este caso la humanidad de los vecinos de una parroquia que los socorrieron facilitándoles comida y también un pajar en el que poder descansar.

Un camionero detenido en Caldas de Reis

Pero no siempre se salían con la suya aquellos ávidos estafadores. En el año 1968 la prensa informa de que ha sido detenido un camionero del que tan solo se facilitan sus iniciales -que además de transportar material de contrabando, entre el que se importaba una importante partida de café y licores- llevaba también a un nutrido grupo de ciudadanos lusos, sin precisar el número exacto, con el supuesto destino a Francia. En aquel entonces ya se conocían muchos casos similares por lo que los emigrantes fueron obligados a descender del vehículo y serían trasladados al cuartel de la Guardia Civil de la zona para que prestasen declaración e iniciar así los trámites de repatriación a su país de origen.

Ese mismo año, concretamente en el mes de noviembre, se informa de que un grupo de ciudadanos lusos ha sido encontrado vagando por las calles de la localidad asturiana de Vegadeo. Al parecer, habían sido abandonados a la altura de la demarcación asturgalaica, haciéndoles creer a aquellos pobres incautos que, una vez atravesada la ría del Eo, se encontraban en territorio galo. Al parecer, al igual que en los anteriores casos, habían viajado en condiciones infrahumanas, con escasa o nula ventilación para evitar así que fuesen vistos. A todo ello se unían otras circunstancias como el hecho de haber pasado encerrados durante más de 24 horas en un habitáculo, que tan solo disponía de una muy escasa iluminación a través de un ventanuco que poco más les permitía que respirar. Tampoco fallaba la circunstancia económica, es decir haber satisfecho un notable importe económico por haber viajado poco más de 200 kilómetros de la frontera lusa.

La cifra de ciudadanos lusos estafados de una forma tan escandalosa e infame es muy difícil de cuantificar, ya que había épocas, concretamente entre el periodo comprendido entre 1963 y 1968, era raro el mes que la prensa gallega no informase de algún acontecimiento de estas características. Además, las detenciones de aquellos estafadores sin escrúpulo alguno era muy rara. Es más, alguno de ellos, tal como era el caso de un conocido empresario lucense del sector del transporte, se jactaba en público de trasladar clandestinamente a ciudadanos portugueses en sus desvencijados y destartalados vehículos con los que supuestamente ingresaba incalculables sumas de dinero. Como es muy habitual cuando las mafias andan de por medio, quienes peor parte llevan son unas incautas víctimas que tan solo aspiraban a vivir un poco mejor. La historia en esto no ha cambiado mucho. Antes eran portugueses, ahora son pobres africanos.

Asesina a su novia y entierra su cadáver en una finca de su propiedad

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Hay sucesos que marcan a varias generaciones por el impacto que en su día tuvieron, siendo recordados por sus habitantes como una mancha negra que empaña su devenir. Además de ser difíciles de olvidar, queda en el imaginario popular la eterna sensación de que han de sobrevivir con el acontecimiento luctuoso, apareciendo contínuamente reflejado en los diferentes medios de comunicación, amén de ser constante motivo de comentario entre quienes lo han vivido en primera persona.

En la península de O Morrazo, en pleno sur de Galicia y también en pleno corazón de las Rías Baixas, o esa dulce Galifornia en la que su suave  y enternecedor clima acompaña a un incomparable y placentero paisaje, se produjo un trágico suceso en el año 1982, que tendría todos los ingredientes de una película de suspense, tanto por el desarrollo como por las consecuencias posteriores. Una de esas veces en las que la triste realidad supera a la ficción. En la jornada del 29 de agosto se producía la desaparición de una joven de la localidad morracense de Bueu, Rosa María Juncal González, de 18 años de edad, denunciada por su padre ante la Guardia Civil en vista que no regresaba a su domicilio. La muchacha había pasado la tarde en compañía de su novio, Manuel Crespo Fernández, de 17 años, sobre quien fue puesto el foco de atención de las autoridades desde el primer instante de su ausencia, aunque pasaría algún tiempo antes de ser detenido.

El padre de Rosa María se dirigió a la casa del novio para preguntarle sobre el paradero de su hija. Al parecer -según relata la prensa de la época- la madre del chaval se encaró con el progenitor de la novia de su hijo, con quien sostendría una ácida y cruel disputa. Durante casi cuatro meses en toda la comarca del Morrazo y alrededores se vivió una tensa y angustiante espera a fin de tener noticias de la joven desaparecida. En ese lapso de tiempo el muchacho sería detenido en una ocasión como supuesto autor de la desaparición, si bien es cierto que saldría en libertad sin cargos de un interrogatorio de la policía.

Crespo confiesa

Tras un nuevo interrogatorio, después de que se le estrechase el cerco hasta el punto de hacerlo poco menos que impenetrable, el autor material del crimen, Manuel Crespo Fernández termina por derrumbarse y confiesa su autoría. Al parecer, los investigadores se mostraron muy sorprendidos de la frialdad que había mostrado el joven en el transcurso de su conmovedor relato. Tal y como se había sospechado desde un principio él era el autor confeso de un crimen del que todavía perviven sus secuelas, tanto por la transcendencia como por las circunstancias que rodearon a tan sangriento hecho.

Su confesión se produjo el 4 de diciembre de 1982, más de tres meses de la desaparición de Rosa María Juncal, aspecto este que enardecería aún más los encrespados ánimos del vecindario de las localidades pontevedresas de Bueu y Marín, que clamaban justicia por un suceso criminal en el que apuntaban como inductores a la madre del asesino así como al entonces cura párroco de Santo Tomé de Piñeiro. De hecho, se organizaría una manifestación en la que llegaron a participar 3.000 personas instando a que recayese todo el peso de la ley sobre el aún presunto asesino. En el transcurso de la misma, que tuvo como escenario la zona aledaña a la vivienda de Manuel Crespo, hubo de intervenir la Policía Nacional con la finalidad de dar protección a su familia debido a lo alterados que se encontraban los ánimos. La casa del criminal sería apedreada e incluso allanada por algunos de los manifestantes.

El móvil del crimen hay que buscarlo, según relataría Crespo Fernández, en el supuesto hecho de que la víctima se encontraba embarazada. Este hecho en si mismo, dada su juventud, unido a los trastornos que le ocasionaba a tan temprana edad la incómoda circunstancia de una paternidad, provocaron un crimen que consternaría a toda la comarca de O Morrazo y el entorno de Pontevedra. A todo ello, se unía también el presunto rechazo que suscitaba la joven asesinada en la familia de su verdugo, de ahí que la ira popular señalase directamente a su progenitora como la inductora del asesinato de Rosa María Juncal.

Puñaladas en el cuello

En el interrogatorio en el que confesó el asesinato declararía que propinó a su novia varias puñaladas con un cuchillo que había llevado a tal efecto. Previamente la había engañado de una forma un tanto infantil, diciéndole que había visto una trucha. En el instante en que ella bajó la cabeza y se asomó al río a verla aprovechó para propinarle reiteradas cuchilladas que acabarían con su vida. Ambos jóvenes tenían previsto pasar la jornada en la playa, pero Manuel Crespo la invitó a acudir a las inmediaciones del río Loira, cerca de la Ponte de Guimeráns, en un más que planificado y estudiado crimen. El cuerpo de la joven presentaba múltiples lesiones de arma blanca que le había inferido su agresor y se encontraba encogido en el momento en que fue hallado. La autopsia también demostraría que la víctima no se encontraba embarazada, tal y como sospechaba.

Una vez que se hubo cerciorado de la muerte de su novia, prosiguió con el macabro plan que había urdido. Previamente, incluso antes de quedar para pasar juntos la tarde, el asesino había cavado una fosa en una finca de su propiedad en la que tenía previsto de antemano enterrar a su víctima. La depositó en la misma, arrojando sobre ella gran cantidad de piedras. Además, para dificultar el trabajo de los investigadores llegado el momento, plantó sobre la improvisada sepultura de Rosa María Juncal un manzano, con el objetivo de evitar cualquier suspicacia. Su cuerpo sería hallado por el enterrador de Marín, quien tras rastrear la finca daría con los restos mortales de la joven.

El clamor popular y la indignación se cebaron en contra de la familia del asesino, incluso en las jornadas en las que tuvo lugar el juicio que tuvo lugar en la Audiencia Provincial de Pontevedra, Centenares de vecinos de Bueu y habitantes de la comarca de O Morrazo se dieron cita delante de la institución de Justicia de la capital del Lérez con el fin de proseguir la vista sobre un crimen que no dejaba indiferente a nadie. Manuel Crespo Fernández sería condenado a un total de 20 años de cárcel, así como a satisfacer una importante cuantía económica a los padres de la víctima, en concepto de responsabilidad civil.

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El devastador temporal del otoño de 1965

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En la década de los años sesenta del pasado siglo, tanto Galicia como Asturias, en su área más occidental, continuaban siendo dos tierras atávicas y costumbristas. El hoy Principado marchaba algo mejor que quienes vivían en la margen izquierda de la ribera del Eo, entre otras cosas por la prosperidad que le deparaban sus siempre concurridas minas en las que se daban cita trabajadores de ambas márgenes de la ría que sirve como  demarcación entre una y otra tierra. A los gallegos les quedaba el pintoresco consuelo de presumir de su compatriota, el Jefe del Estado, aunque eso no aliviase para nada sus males ni tampoco les sirviese más que consolarse falsamente al igual que lo hacían cuando llegaban los goles del mítico Pontevedra CF del «Hai que Roelo!». Aunque eran ya muchos más los que preferían las alegrías deportivas que las rancias arengas de un decrépito y caduco dictador que parecía no tener fin, como queriendo eternizar un descastado y atrofiado régimen que en nada favorecía los intereses y las aspiraciones de los gallegos de la época.

El clima era uno de los principales hándicaps al que tenían que hacer frente en aquel entonces en los que las previsiones meteorológicas se hacían todavía con criterios tradicionales. Difícil lo tenían, especialmente los hombres del mar, cuando se desconocía si habría o no temporal, arriesgando sus vidas ante la incerteza que suponía hacerse a la mar sin una previsión que pudiese ser efectiva. De hecho, el gran temporal que azotó las costas gallega y asturiana en aquel noviembre de 1965, Año Santo Compostelano para más señas, se cebaría especialmente con algunas de las instalaciones portuarias, quedando completamente destrozadas e inservibles, tal fue el caso de Malpica de Bergantiños. En jornadas posteriores los barcos que allí tenían base se vieron en la obligación de guarecerse en el puerto de A Coruña.

Cuatro muertos

Hasta un total de cuatro personas perderían la vida en distintos incidentes provocados por las impresionantes rachas de viento, así como por otras adversidades climáticas a mediados del mes de Sanmartiño de aquel año. En la localidad asturiana de Cangas del Narcea fallecerían dos hombres mientras surcaban a bordo de una embarcación el río que da nombre al valle en el que se inserta. Al parecer, los infortunados no pudieron hacer frente a las rachas de viento que se cruzaron en su trayectoria cuando navegaban uno de los tramos más profundos.

Pero por desgracia, no serían las únicas víctimas mortales contabilizadas en tan fatal temporal, ya que en la ciudad de A Coruña perderían dos personas en uno de sus paseos próximos al mar. El agua inundaría prácticamente toda la urbe herculina, llegando incluso los ramalazos marinos hasta la Plaza de Pontevedra. Al día siguiente la prensa publicaba algunas de las desoladoras fotos de las principales zonas de la ciudad completamente devastadas por el temporal. No faltaban ni los rótulos ni el mobiliario urbano destrozado a consecuencia de las rachas de viento, así como también se podían observar algunos desperfectos en las estructuras de los distintos edificios, principalmente los que se encontraban más próximos a la zona del Orzán.

Puerto de Malpica destrozado

Uno de los lugares que más sufriría los rigores de aquel rudo e incombustible temporal fueron las instalaciones del puerto de Malpica de Bergantiños que quedarían literalmente destrozadas por el viento. Uno de sus diques de contención se vino a bajo lo que provocaría que la dársena en la que se alojaban los barcos se viese reducida a escombros. La magnitud de los destrozos sería tal que los pesqueros de esta localidad marinera habrían de refugiarse en el puerto coruñés, una vez que hubieron recobrado su actividad marítima.

Los desperfectos provocados por los vientos huracanados que sacudieron el litoral occidental gallegos en Malpica se evaluaron en cinco millones de pesetas de la época, una cantidad astronómica para un tiempo en el que el dinero, además de ser un bien muy escaso, estaba sometido a constantes fluctuaciones internacionales, careciendo de una estabilidad de cambio como la que se goza hoy en día. Hasta las siempre apáticas autoridades franquistas se interesaron por el caos que en la pequeña localidad de a Coste da Morte había generado el terrible temporal, desplazándose hasta el lugar de los hechos el gobernador civil de la provincia de A Coruña.

Tampoco Santiago de Compostela se salvaría de los temibles efectos de aquel temporal, notándose principalmente en la zona histórica. En la hoy capital gallega se quedarían sin luz durante varias horas de madrugada, viéndose obligados a interrumpir sus emisiones algunas estaciones de radio, entre ellas la decana de las emisoras gallega. Además, en el caso compostelano, estas sacudidas del viento iban acompañadas de aparato eléctrico, lo que incrementaría -hasta cierto punto- el efecto devastador del temporal, que dejaba una Galicia plagada de centenares de incidencias.

Eran otros tiempos. La historia era completamente distinta a lo que lo es hoy en día. Y así se reflejaba en el quehacer diario de las autoridades que estaban más interesadas en sus cuestiones personales, al igual que sucede hoy en día, que en las circunstanciales mejoras que con su labor diario pudiesen ofrecer los ciudadanos. El temporal fue atribuido a causas naturales, cuando no a la Divina Providencia. Y a esperar otro de similares características para volver a lamentarlo.

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El misterio del esqueleto hallado en Outeiro de Rei (Lugo)

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Mediada la década de los sesenta del pasado siglo, la provincia de Lugo seguía conservando ese eterno encanto en sus áreas rurales de la Galicia de los poxigos abiertos, en la que las puertas no se cerraban en todo el día y cualquier vecino podía introducirse tranquilamente en la casa ajena con la mayor confianza. Se conocían todos y aquí no pasaba nada. Y si pasaba enseguida era noticia. Sin embargo, rara vez algún hecho alteraba ese pacífico y tranquilo convivir cotidiano, sin prisas y con muchas pausas, de aquellos hombres y mujeres, de rudo y entrañable aspecto a la vez, que poblaban sus amplias zonas rurales. Ellos se escondían bajo una gorra o boina, mientras de su petaca liaban interminables cigarros de picadura, en tanto que ellas portaban un pañuelo bien sujeto a la cabeza para así poder transportar más cómodamente los muchos haces de hierba, nabos o lo que fuese para aquel par de vacas rubias del país o tres que mansamente se alojaban detrás de la cambeleira que se asomaba a una vieja cocina presidida por la ancestral y no menos entrañable lareira. Solamente se veían interrumpidos sus quehaceres cuando llegaban aquellos muchachos, a los que llamaban melenudos, que regresaban a pasar sus vacaciones de países europeas montados en un moderno deportivo, supliendo así a la tradicional figura del indiano que todo lo despreciaba, que como América no había nada. Aunque, con el paso de los años ya hemos visto la prosperidad que le dejó a la mayoría de quienes huyendo de la miseria se habían afincado en tierras del Caribe o Sudamérica.

Una de esas veces en las que la pacífica convivencia se vio súbitamente alterada en el mundo rural gallego, y muy próximo a la capital lucense por cierto, fue en la jornada del 10 de febrero de 1964, año en el que el régimen franquista conmemoraba muy pomposamente los conocidos como «Veinticinco años de paz», eludiendo así resaltar unas fechas guerreras, con Eurocopa de fútbol incluida. En la fecha antes aludida unos vecinos de la parroquia de Bravos, en el municipio de Outeiro de Rei -que dista apenas 10 kilómetros de la capital- se sobresaltaron al encontrar en medio de unos espesos zarzales lo que aparentaban ser unos restos mortales humanos. Una vez que certificaron que así era, pusieron en conocimiento de los miembros de la Guardia Civil el suceso, quien inmediatamente dio cuenta del caso a un juzgado de Lugo.

Una mujer

Hasta el lugar donde habían sido hallados los restos mortales se desplazó un equipo de médicos forenses, así como el juez de guardia, encargado de ordenar el levantamiento de aquellos huesos. En toda la provincia, y concretamente en el área de Terra Chá, se comenzó a levantar una expectación enorme, un tanto fuera de lo común, haciéndose muchas especulaciones en torno a lo que podría haber ocurrido en un lugar en el que nada ni nadie se alteraba por cosa alguna y ahora comenzaban a ser primera página de distintos medios de comunicación, no solo gallegos sino también incluso de Madrid y Barcelona.

Los primeros análisis realizados a aquellos restos óseos, que se practicaron en el Instituto de Toxicología de la Universidad de Santiago de Compostela, certificaron que pertenecían a una mujer, aunque nadie recordaba en aquel área geográfica concreta desaparición alguna, ya fuese de un hombre o una fémina. Durante los primeros días, en los que la Guardia Civil llevó a cabo pesquisas por todo el contorno, se sucedieron las noticias confusas a las que contribuían también las informaciones que aparecían en los distintos medios impresos de la época. En un principio los huesos fueron atribuidos a una joven de 25 años que, al parecer, faltaba de su domicilio en un lugar próximo al hallazgo hacía algo más de año y medio. De la misma forma también trascendió que algunos huesos presentaban una herida inciso contusa, lo que vendría a confirmar que se trataba de un homicidio o asesinato.

Pasados los días, después de la confusión reinante en las primeras horas, se facilitaron nuevos datos. En esta ocasión ya contaban con el aval de los investigadores forenses encargados del caso. Según los mismos, los restos óseos encontrados no pertenecerían a una mujer joven sino a una persona de más edad, concretamente de 50 años. Lo que no variaba era su sexo. Igualmente se informaba también que su deceso no se habría producido de manera reciente, sino que lo más probable es que hubiese tenido lugar unos veinte años atrás como mínimo.

Desconocida

Pese a que en las áreas rurales gallegas, y máxime en aquellos tiempos, se conoce todo el mundo, nadie en la parroquia de Bravos ni en las áreas limítrofes echó en falta a vecino alguno por lo que se incrementaba el misterio y la incertidumbre en torno a quien podría pertenecer el esqueleto allí encontrado. Se realizaron abundantes pesquisas e indagaciones sobre quien podría ser la mujer de mediana edad cuyos restos aparecían después de 20 años. Nadie los reclamó ni nadie echó en falta persona alguna. Terminarían, como suele suceder en estos casos, en una fosa común. Las autoridades judiciales decidieron dar carpetazo al asunto, máxime cuando los restos óseos habían pasado a mejor vida dos décadas atrás, tiempo suficiente para que la causa se hubiese cerrado por prescripción definitiva, tal y como lo recogía la legislación vigente.

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Las inundaciones más grandes del siglo XX en Galicia y Asturias

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El río Landro en uno de sus desbordamientos

A finales de los años sesenta del pasado siglo Galicia seguía siendo un territorio atávico y costumbrista. Quedaba ya muy lejos el sueño americano de aquellos otros que décadas atrás se habían trasladado allende los mares en busca de una fortuna que les negaba la tierra que los había visto nacer. Ahora el nuevo destino era una fecunda Europa que había resurgido con fuerza tras el desastre que representó la Segunda Guerra Mundial. Pese a que se vislumbraba a lo lejos ya el segundo milenio, los gallegos se resistían a jubilar el viejo carro del país y el arado romano. Similar suerte corrían muchos vecinos de la franja este de la ría del Eo, aunque su producción láctea había dado ya lugar a centenares de modernas explotaciones vacunas que tardarían algunos años en llegar a la tierra gallega.

Desde tiempos inmemoriales se decía que en Galicia llovía. En Asturias también. Sin embargo, lo que jamás llegaron a pensar tanto gallegos como asturianos es que las aguas se saliesen de su cauce. Y vaya si se salieron. Así ocurrió en la primera quincena de septiembre del año 1969. En aquel entonces los vecinos de una y otra ribera del Eo se vieron sorprendidos por incesantes lluvias que parecían no tener fin. El cielo comenzó a brotar agua desde primeras horas de la jornada del 11 de septiembre, llegando casi a temerse que no fuese a escampar jamás, ya que 50 horas después de haber empezado a llover de forma insistente no habían cesado aún aquellas devastadoras lluvias que parecían no tener fin.

El resultado fue bastante dramático, aunque lo mejor de todo es que no hubo que lamentar desgracias personales. Los principales ríos asturianos y gallegos se desbordaron, a consecuencia de lo cual se vieron cortadas unas todavía deficientes infraestructuras que conectaban ambos territorios. El caso más patente fue que el principal enlace por carretera entre Galicia y Asturias, la carretera nacional N-634 fue cortada a la altura de Vegadeo por el desbordamiento del río Suarón. Aunque no fue la única arteria damnificada en aquellas incesantes jornadas de lluvia. La misma suerte correría una carretera local a la altura de Mondoñedo, así como otras locales de Cangas de Narcea, As Pontes de García Rodríguez y toda la Mariña lucense, que sufriría muy duramente las consecuencias de los anegamientos.

Casa de la cultura de Vegadeo derrumbada

Una de las localidades que más duramente sufrió las consecuencias de las intensas lluvias fue Vegadeo, hasta el extremo que la casa de la cultura, recientemente construida por aquel entonces, se vendría a bajo como consecuencia de la cantidad de agua que se acumuló en aquellos días. Al percatarse de que podía ocurrir un accidente se trasladaron a la localidad bomberos de Gijón y Oviedo, quienes instantes antes de producirse el derrumbamiento habían estado en el interior. La prensa de la época tildaba de milagroso el hecho de que los miembros del equipo de emergencias se hubiesen salvado de perecer en medio de una nube de cascotes y piedras.

Una de las ciudades gallegas más afectadas por la intensidad de las lluvias fue la ciudad de Lugo que sufriría el desbordamiento del Miño a su paso por la vieja urbe gallega, resultando especialmente damnificado el barrio próximo al antiguo puente romano en el que sus vecinos hubieron de achicar el agua que se había introducido en el interior de sus viviendas con calderos y otros utensilios domésticos. De la misma forma varias veigas que se encuentran al paso del Miño se vieron anegadas por el caudal del efluvio, notándose de forma especial en la localidad de Rábade, situada a escasos quince kilómetros de la capital lucense.

La Mariña de Lugo, junto con la comarca de Terra Chá, que ocupan prácticamente la franja norte de la provincia, se vieron duramente afectadas por aquellas persistentes lluvias, ya que arrasarían gran parte de los cultivos del ganado, entre ellos el maíz, ocasionando daños evaluados en varios millones de pesetas de la época, si bien es cierto que en aquel entonces no había institución alguna a la que recurrir para paliar las consecuencias de lo que en toda regla había sido una catástrofe. La flota permanecería amarrada durante varios días a consecuencia del intenso temporal que sacudía a todo el litoral, tanto gallego como asturiano.

Otra de las zonas que más padeció aquellos intensas inundaciones fue la Mariña Occidental, ya que se desbordó, como tantas veces, el río Landro ocasionando graves perjuicios a los vecinos de la parroquia de Landrove que, al igual que las gentes de Lugo, se vieron obligados a achicar el agua de sus casos con lo primero que se encontraban. Otro tanto ocurriría en San Cibrao, donde la crecida de las aguas provocaría también grandes anegamientos en bajos comerciales y garajes.

Como detalle anecdótico cabe destacar que por aquel entonces se encontraba de viaje en España, el cardenal primado de Guatemala Mario Casariego, quien no se pudo desplazar a su localidad natal de Figueras porque se había desbordado la ría del Eo, lo que provocó el corte de varias carreteras por las que discurría. La lluvia no respetaba absolutamente a nadie.

El fenómeno, bastante inusual en el área noroeste peninsular, no dejaría indiferente a nadie, aunque tanto a gallegos como a asturianos pese a las graves pérdidas económicas que sufrieron, solamente les quedó el consuelo de que no había habido desgracias personales, que es lo fundamental, amén de la tradicional expresión «nunca choveu que non escampara». Y menos mal.

El asesinato de Hildegart Rodríguez

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La España de la década de los treinta del pasado siglo era un país en el que se sucedían las convulsiones sociales. Los gobiernos de la Segunda República eran breves. En algunas ocasiones duraban menos de una semana. A mediados de 1933 estaba a punto de caer el ejecutivo liderado por Manuel Azaña Díaz, que había resistido apenas medio año. Pero si mal se andaba en Madrid, mucho peor en Galicia, que era un territorio que la única salida que ofrecía a sus naturales era la emigración americana, aunque Cuba estaba a punto de cerrar sus puertas, tanto por la crisis económica que sufría la isla caribeña como por las nuevas leyes del 50 por ciento promulgadas por el dictador Gerardo Machado con la finalidad de favorecer la contratación de ciudadanos del territorio insular. Los dos años de ejecutivos republicanos habían pasado poco menos que desapercibidos para la mayoría de los gallegos, que parecían estar eternamente recluidos allende las montañas de Pedrafita do Cebreiro.

En aquel convulso año 1933, el mismo en el que ascendió Adolf Hitler al poder, un hecho sangriento alteraría todavía más las revueltas y turbulentas aguas por las que discurría la trágica década de los años treinta. El 9 de junio de ese año Aurora Rodríguez Carballeira decidía terminar con la vida de su hija Hildegart Rodríguez Carballeira tras dispararle hasta un total de cuatro tiros en su vivienda de la madrileña calle de Galileo, que se sitúa a caballo de los barrios de Argüelles y Vallehermoso. Ella misma había concebido a su única descendiente como un experimento científico, sin importarle lo más mínimo el terrible escrutinio público al que se sometía en un tiempo en el que las madres solteras eran cultivo de la más absoluta marginalidad. El crimen fue portada de los principales diarios de entonces, además de causar una gran consternación, ya que la muerte de Hildegart Rodríguez que, pese a contar con tan solo 18 años cuando fue asesinada, era ya toda una distinguida personalidad en distintos ámbitos, principalmente en el político y el social.

Divergencias y paranoia

Desde hacía ya algún tiempo la relación entre Hildegart y su madre se había comenzado a deteriorar, principalmente por el carácter posesivo e intransigente de esta última, quien ejercía una influencia fuera de lo común sobre su única hija, hasta el extremo de pretender anular a su personalidad. Aurora Rodríguez se oponía al más mínimo cambio de la persona que ella había concebido con la finalidad de que fuese una liberadora de la mujer. No admitía la mínima transgresión de los objetivos con los que había sido concebida su vástago, hija natural de un sacerdote gallego ya que así este jamás le reclamaría su paternidad. Ni siquiera en el plano personal. Ni mucho menos en el ideológico.

Hildegart se daba cuenta de la crisis de paranoia de su madre, quien la agobiaba de forma incesante en todo cuanto hacía o pensaba. En aquellos últimos años de su existencia sus divergencias con su madre iban creciendo de forma paulatina hasta el punto de hacerse insoportable su existencia. La joven la había advertido muchas vecese de su deseo de abandonar el nido materno para volar hacia una existencia independiente, pero este no llegaba a realizarse debido al chantaje al que la sometía su progenitora, quien en diversas ocasiones la amenazó con suicidarse en caso de que la abandonase.

Hay quien sostiene que la gota que colmó el vaso de la paciencia materna fue el hecho de que Hildegart Rodríguez abandonase el PSOE para integrarse en el Partido Republicano Federal, una formación de tendencia centrista próxima a los postulados del político republicano Alejandro Lerroux. Otros apuntan a que el crimen que le costaría la vida a la joven intelectual de la época fue debido a la supuesta relación sentimental que esta mantenía con otro joven, Abel Vilella, viendo así su madre como se le escapaba el producto que con tanto esmero y a lo largo de muchos años había cuidado y perfilado en su más perfecta imagen o semejanza. Sea de una forma u otra, lo cierto es que no le dolerían prendas en deshacerse de su hija a primeras horas de la mañana de aquel ya lejano 9 de junio de 1933.

Los efectos de la paranoia que padecía Aurora Rodríguez Carballeira sobrepasaban lo evidente. En las fechas previas al deceso de su hija, un buen día que esta había salido sin su permiso cerró todas las ventanas y recorrió la vivienda en penumbra con la intención de buscar una pistola que guardaba en casa y no se percatase de esto último la sirvienta que trabajaba en su domicilio. Posteriormente subió a la azotea y comprobó que el arma que utilizaría para acabar con la vida de Hildegart funcionaba correctamente, tras hacer un disparo al aire. Guardaría el arma en el sostén que vestía. La hija, al ver la casa con la práctica ausencia de luz, se mostró muy sorprendida y preguntó reiteradamente a su progenitora a que obedecía aquel estado, que le parecía propio de los delirios y alucinaciones que supuestamente afectaban a su madre.

Temor al abandono

En la mente de Aurora Rodríguez retumbaban constantemente las advertencias de su hija, quien le advertía que había llegado el momento de «volar sola». No era capaz de asumir que Hildegart quisiera disponer de su propia libertad y hacer su propia vida a su antojo, pues ya no era ninguna cría. Durante varios días permanecieron en un total aislamiento, prácticamente absoluto, en el que su madre expresaba una y otra vez sus delirantes ideas. Incluso llegaba a barajar la rocambolesca idea de que lo que a su hija le pasase obedecía a una supuesta conspiración en la que estarían hipotéticamente involucrados el Partido Comunista de España y el servicio secreto británico.

Incapaz de asumir la realidad que le tocaba vivir, y en una situación prácticamente demencial, a las nueve de la mañana de aquel 9 de junio de 1933 se dirigió a la habitación de Hildegart, quien descansaba plácidamente sobre su cama. Aprovechó la circunstancia de que la empleada que servía en su domicilio había bajado a pasear los perros para tomar en sus manos la pistola que días antes había buscado sin que nadie pudiese verla. Una vez en el cuarto de su hija disparó sobre los temporales ocasionándole dos heridas mortales de necesidad. No contenta con eso, realizó un tercer disparo sobre la barbilla para terminar rematándola de un último tiro en el pecho. Ponía así fin al «experimento vital» que ella había concebido, pero que -en los últimos años- no había discurrido por el recto camino que le había trazado.

El asesinato de Hidlegart Rodríguez conmocionaría a la España de entonces, y también a su Galicia natal, que veía como se perdía a una prometedora esperanza de la época. La joven había alcanzado la licenciatura de Derecho con tan solo 18 años, siendo ya una respetable intelectual de la época que ya había publicado un total de 16 monografías, además de cerca de 200 artículos en distintos periódicos y revistas de su tiempo. Hildegart, ya se había ganado el respeto y admiración de personalidades tales como Gregorio Marañón, Ortega y Gasset o Juan Negrín. Del experimento preparado por su madre da cuenta su precocidad en conocimientos como leer o escribir, que ya lo hacía con tan solo tres años, además de conocer idiomas como francés, alemán, inglés o latín cuando tenía apenas seis. Con su muerte se había malogrado toda una precoz personalidad de su tiempo, que no pudo resistir la paranoica actitud de una madre que le pretendía negar sus más elementales derechos cuando ya tenía edad para decidir.

De los gastos derivados de su velatorio y sepelio se encargaron los dirigentes del Partido Republicano Federal, al que pertenecía. Sin embargo, sus restos mortales acabarían en un osario común en el año 1942 al no haber quien se hiciese cargo de los gastos derivados del mantenimiento de su sepultura.

En un psiquiátrico

Durante muchos años el paradero de Aurora Rodríguez Carballeira fue toda una incógnita. Se afirmó falsamente que se le había perdido la pista tras la Guerra Civil, aunque hay que afirmar que esto es rotundamente falso. En el año 1977 se encontró un archivo que contenía su historial médico. En el mismo se daba cuenta que su deceso se había producido a consecuencia de un cáncer el 28 de diciembre de 1955 en el psiquiátrico madrileño de Ciempozuelos en el que llevaba internada más de dos décadas, desde que diera muerte a su hija, ya que la sentencia la condenaría a 26 años de reclusión. Su suerte, al igual que su vida, estuvo marcada por hechos que superan lo tremebundo y lo macabro.

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Cinco muertos por un desprendimiento de tierra en una cantera de Pontevedra

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En la década de los años cincuenta del pasado siglo todavía proseguían con intensidad las dramáticas consecuencias de una Posguerra que se prolongaba en exceso. A todo ello había que añadir un duro plan de estabilidad que estaban llevando a cabo los tecnócratas del régimen franquista para intentar frenar el constante alza de precios que había sucumbido al país en una grave crisis. Galicia entonces continuaba siendo un territorio escasamente desarrollado y ahora los jóvenes miraban a Europa, en vista de que América sufría fortísimas crisis económicas ocasionadas por los distintos regímenes dictatoriales que habían sufrido aquellos países que hacía escasamente dos décadas eran pintados como un auténtico dorado, tanto por los navieros como los emigrantes que se encontraban desplazados en aquellas tierras.

Pese a la dureza del devenir cotidiano, los gallegos de la época debían arreglárselas a muy duras penas para intentar sobrevivir en una tierra que, además de lluvia y verde, no ofrecía mucho más. Cualquier trabajo era bueno para alimentar a las numerosas proles que todavía conformaban la mayor parte de las familias, aunque una mayoría de ellos viviese en aquel plácido mundo rural en el que nadie parecía tener jamás prisa. Fue precisamente en uno de esos rudos empleos, tal y como era una cantera, donde cinco hombres, todos ellos bastantes jóvenes, perderían su vida mientras trabajaban en la extracción de piedra en la cantera de Area con picos y palas en la tarde del 3 de septiembre de 1957. El trágico siniestro ocurrió en la parroquia de Dorrón, perteneciente al hoy municipio turístico de Sanxenxo, mientras arrancaban el mineral con el que se construiría el futuro muelle de Portonovo. El infortunio que se cebó con aquellos hombres quiso que este se produjese cuando estaban a punto de concluir su jornada laboral, pues el reloj ya marcaba las seis de la tarde.

10.000 toneladas de tierra

En aquella cantera trabajaban un total de 21 trabajadores en duras jornadas que se prolongaban de sol a sol. Además de la dureza del trabajo, los operarios debían hacer frente a una pegajosa humedad derivada del calor que en aquellos días estaba afectando al suroeste gallego. El desprendimiento, cuyas causas jamás llegaron a saberse y siguen siendo un misterio más de 60 años después, sorprendió de una forma súbita y repentina a aquellos hombres, de los cuales 14 lograron escapar al gran alud de tierra que se precipitaría sobre el lugar en el que se encontraban extrayendo tierra. Tres de sus compañeros quedarían sepultados prácticamente en el acto, mientras que otros dos sufrirían heridas de consideración. Uno de ellos, Marcial Dovalo, sufrió la amputación de su pierna derecha a consecuencia del desgraciado siniestro.

Se calculaba, según cifras facilitadas por la prensa de la época, que un total de 10.000 toneladas de tierra se precipitaron sobre los trabajadores que fallecieron aplastados por aquel inoportuno alud. Inmediatamente después de producirse el fatal accidente se trasladaron hasta el lugar los vecinos, como tantas veces ha sucedido en Galicia, así como efectivos de la Guardia Civil y bomberos de Pontevedra, que trabajaron con denuedo en las labores de auxilio y rescate de los hombres que habían quedado sepultados bajo la gran masa de tierra que se les había venido encima.

Rescate trágico

Dos de los trabajadores que quedaron apresados bajo el impresionante cúmulo de tierra que había acabado con la vida de dos de sus compañeros, conseguirían sobrevivir -en un primer momento- a tan dramático accidente. Desde el exterior se escuchaban sus voces y se dispuso la construcción de un túnel con la finalidad de rescatarlos. A través de una pequeña ranura se escuchaban las voces de  Manuel Torres Rosales y José Gómez, solicitando el auxilio de las personas que trataban de socorrerlos. A través de esa pequeña hendidura les facilitaron leche y coñac con la finalidad de reanimarlos, aunque ambos se hallaban heridos de gravedad. Sin embargo, los esfuerzos resultarían vanos, ya que los dos hombres acabarían pereciendo debido a la gravedad de sus heridas.

En aquel entonces no era una época en la que se tuviesen en cuenta factores como la seguridad laboral, a lo que las autoridades de aquel tiempo tampoco contribuían de una forma decisiva. De la dureza y capacidad de esfuerzo daban cuenta también los medios impresos de aquel entonces, que cifraban en 5.000 toneladas de piedra que habían sido extraídos por aquellos hombres sin necesidad de tener que recurrir a los siempre peligrosos explosivos, que tantas vidas costaron en instalaciones similares a esta.

Los fallecidos a consecuencia de este trágico siniestro fueron Manuel Rosales Torres, quien contaba con 46 años de edad, y dejaba una mujer viuda con siete hijos a su cargo; José Gómez Méndez, de 26 años, que dejaba viuda un hijo pequeño; Santiago Bermúdez Requejo, de 26 años; Ramón Osorio, de 25 y Manuel Muíño, de 46, quien estaba casado.

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