Dos ancianos asesinados en Galicia por la «Banda de los encapuchados»

En la década de los años ochenta del pasado siglo operaron por el rural gallego algunas bandas que casi todas ellas recibían el mismo nombre, «Banda de los encapuchados, pero la realidad demostraría que no era una sola, sino que eran varias. La denominación la habían recibido por su modus operandi. Ocultaban sus rostros bajo grandes capuchas y solían dirigirse a casas y lugares donde habitaban personas ya ancianas, que vivían en pequeños núcleos muy aislados del resto de la población por lo que les resultaba imposible pedir el auxilio de sus vecinos.

Las historias de los encapuchados, además de tintes dramáticos, también llegarían a alcanzarlos míticos, supliendo a las eternas historias contadas a la luz de un candil y al fuego de la tradicional lareira gallega de los ataques de los lobos o a la guerrilla que había operado en los primeros años cuarenta del siglo XX por las inmensas áreas rurales de Galicia y antaño las de meigas y trasnos. Sus técnicas no distaban mucho de los guerrilleros, ya que estaban perfectamente organizados, además de poseer unos objetivos muy definidos y perfectamente estudiados, aunque -todo hay que decirlo- eran mucho más violentos y no respetaban a nadie, ni por su sexo ni tampoco por su edad. Cualquiera poder su víctima.

La banda más conocida actuaría entre 1985 y 1988 por la provincia de Ourense. A diferencia de la delincuencia habitual de la época, que solía caracterizarse por su juventud y por problemas con las drogas, este grupo estaba compuesto por personas de una cierta edad, su cabecilla Delfín Vázquez Sotelo contaba ya con 61 años de edad cuando fue detenido y desarticulado el grupo criminal que lideraba en el año 1988, si bien es cierto que su historial delictivo se remontaba a la década de los cincuenta en la que ya había pisado la cárcel por diversos hechos en los que había vulnerado de forma deliberada la ley, entre los que se encontraban sus célebres y clásicos ataques a la propiedad ajena.

Asesinato en Salceda de Caselas

A las bandas se les atribuyen más de cerca de un centenar de ataques en todo el rural gallego, principalmente en la provincia de Ourense que era donde existía un mayor número de núcleos rurales aislados. Como consecuencia de su despiadada actitud, habría que lamentar algunas víctimas mortales. Una de ellas, la más conocida junto con el asesinato del sargento de Xinzo de Limia, ocurriría el 28 de abril de 1988 en la parroquia de Entenza, perteneciente al municipio de Salceda de Caselas, en la provincia de Pontevedra. Pese a que recientemente había sido detenida la de Ourense, posteriormente se pudo comprobar que le habían surgido algunos imitadores, que actuaban de una forma similar a los orensanos.

En la madrugada del día referido con anterioridad, un grupo de cinco encapuchados se dirigieron a una vivienda aislada del resto del vecindario de la mencionada localidad, conocedores que en ella vivía un matrimonio que rondaba los 80 años. Alrededor de las cuatro de la madrugada, el propietario de la vivienda Domingo Fernández Fernández despertó por un ruido que le resultó sospechoso para saber que pasaba, descubriendo que un grupo de cuatro hombres pretendía entrar por la fuerza en su domicilio. Mantendría un duro forcejeo con los asaltantes, quienes no dudaron en ningún momento en agredirle de la forma más vil, aprovechando las dificultades y los achaques propios de la edad que sufría Domingo. Su esposa, Joaquina Pérez al escuchar los gritos de su marido y el maltrato al que estaba siendo sometido, acudió en su ayuda. Sin embargo, nada podría hacer ya que los maleantes la ataron con una cuerda.

Como consecuencia de los brutales golpes que le propinaron en la cabeza, en la que presentaba unas grandes heridas, el anciano fallecería prácticamente en el acto. Los violentos asaltantes conseguirían un exiguo botín de tan solo 7.000 pesetas (42 euros actuales). Una vez que se marcharon, su esposa, que ya contaba con 75 años de edad, consiguió desasirse de las cuerdas que la ataban. Por temor a lo que pudiese ocurrir y a que los delincuentes estuviesen por zonas próximas a su hogar, al ser aún plena madrugada, la mujer no se atrevió a salir de su vivienda a solicitar la ayuda vecinal y estuvo junto al cadáver de su marido hasta que amaneció. Por desgracia, este suceso quedaría impune.

Con anterioridad, en la provincia de Ourense, una mujer de 79 años también había fallecido en un núcleo rural al enfrentarse y resistirse a los asaltantes, quienes se emplearon con mucha dureza, propinándole golpes en el rostro y el resto del cuerpo que le ocasionarían la muerte. Está fémina vivía sola. Este crimen fue atribuido a la banda que operaba en la provincia y que sería detenida en marzo del año 1988, aunque no se les pudo condenar por el mismo, ya que se carecía de pruebas.

Desarticulación de la banda de Ourense

El 25 de marzo de 1988 los vecinos de las amplias zonas rurales de Ourense respiraron de alivio y al fin pudieron descansar tranquilos, ya que eran detenidos tres individuos a los que se le atribuía un sinfín de robos y asaltos en un gran número de viviendas de la provincia. El cabecilla de la banda era Delfín Vázquez Sotelo, un hombre ya sexagenario, pero cuyo historial delictivo era muy amplio, pues ya había sido detenido en un gran número de ocasiones con anterioridad, remontándose su actividad delictiva a los primeros años cincuenta del siglo XX. Con él caían también Juan Jiménez Montoya y Jorge Juan Gabagles Montoya, de 41 y 47 años respectivamente.

Entre los objetos de valor que les fueron incautados en el momento de su detención, se encontraban muchas piezas robadas en las casas que asaltaban, así como algunas iglesias. Entre otras, se hallaron en su poder crucifijos, relojes despertadores pasando por monedas antiguas y de otras nacionalidades hasta rosarios, así como joyas de una cierta antigüedad que tal vez tuviesen un gran valor sentimental para sus víctimas. De la misma forma, fueron detenidos a su vez los peristas a quienes vendían el material que sustraían, hallándose también en su poder diversos objetos que había obtenido por la fuerza la banda que operaba en la provincia de Ourense.

A raíz de esta importante desarticulación, las fuerzas de seguridad del Estado pudieron comprobar que no era la única banda existente en Galicia en aquel entonces, ya que siguieron prodigándose los ataques a la propiedad privada en el extenso mundo rural gallego durante algún tiempo. De hecho, el crimen acaecido en Salceda de Caselas, se produjo con posterioridad a la caída de la banda orensana, así como el asesinato de un sargento de la Guardia Civil en Xinzo de Limia.

A quienes formaban parte de estas bandas, que solían estudiar a fondo los lugares donde iban a perpetrar sus asaltos, les valía todo o prácticamente todo lo que encontraban. Solían acercarse a esos lugares a plena luz del día fingiendo ser vendedores ambulantes y recabando información de las casas que se encontraban más aisladas, así como sobre sus moradores, la mayoría con edades superiores a los 70 años. Las cantidades sustraídas iban desde las 200 pesetas(1,2 euros actuales) hasta el medio millón(3.000 euros actuales).

Con el paso del tiempo surgirían algunas nuevas bandas, aunque su capacidad operativa se encontraba muy limitada, ya que el mundo rural gallego, principalmente aquel que se encontraba más aislado, había entrado en un imparable declive y ya ni siquiera quedaban en el los moradores de otro tiempo, puesto que habían fallecido en su mayoría, y los escasos que todavía vivían se habían trasladado a residencias de la tercera edad. Solamente encontraban casas vacías, iniciándose así el tiempo de la Galicia Baleira.

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Viola y mata a una anciana de 90 años en Lugo

En los primeros años noventa la provincia de Lugo asistió a algunos hechos que se salían bastante fuera de lo común a lo que estaban acostumbrados en un territorio muy pacífico y tranquilo en los que nunca o casi nunca pasaba nada. Sin embargo, desde el crimen múltiple de Chantada al doble crimen de O Ceao, jamás resuelto, se sucedieron algunos episodios violentos que sobresaltaron a una tierra muy segura que veía como sus extensas y tradicionales áreas rurales habían comenzado un progresivo declive en beneficio de una capital que se estaba convirtiendo en una gran ciudad, dejando atrás ciertos tópicos del pasado.

Así, además del desgraciado suceso del suroeste lucense, se producirían otros acontecimientos sangrientos que dejaron anonadados a los siempre pacíficos y campechanos habitantes de la ciudad de Lugo y su larga y extensa provincia. En Chantada precisamente se volvería a repetir una tragedia que le costaría la vida a dos personas en el año 1990. Mientras, al año siguiente era asesinado el periodista Gerino Núñez. Y cuando todavía no se habían repuesto los lucenses de todos estos episodios violentos, un depravado pederasta le daba muerte a una cría de nueve años en la parroquia de Goiriz, perteneciente al municipio de Vilalba, en el año 1992.

En medio de estos truculentos sucesos, se produciría también un desgraciado hecho en junio de 1990, cuando un hombre de 47 años, Manuel A. López, le daba muerte a una anciana de 90 años, que se encontraba paralítica y encamada. El trágico crimen conmocionaría de sobremanera a la ciudad de Lugo y su provincia, ya que en esta ocasión el agresor se había aprovechado de la indefensión de su víctima, además de dar pruebas evidentes de una absoluta depravación personal. A algunos salvajes les da por violar niñas, a otros indefensas ancianas que se encuentran en estado semiterminal. Los extremos se tocan.

Borracho

Al parecer el hombre era amigo de uno de los sobrinos de Concepción López, la anciana enferma, a quien fue visitar. En ese momento el resto de los inquilinos de la casa, quienes se dedicaban al cuidado de la nonagenaria, se encontraban ausentes a consecuencia de un viaje. Supuestamente Manuel A. López era muy aficionado al alcohol y era habitual que lo consumiese en grandes cantidades. Esa tarde bebió varios litros de vino en el domicilio de la anciana, que terminaría siendo asesinada, hasta embriagarse completamente, circunstancia esta que contribuyó de forma decisiva a que se desinhibiese en el momento de perpetrar la agresión sexual, a consecuencia de la cual terminaría falleciendo la pobre mujer.

Tras encontrarse bajo los efectos del alcohol, Manuel se dirigió hacia la habitación en la que se encontraba Concepción, completamente imposibilitada desde el punto de vista físico. El homicida era un hombre de gran peso, que rondaba tranquilamente los cien kilos o, incluso, más, además de poseer una enorme envergadura. En el transcurso de la agresión sexual que llevó a cabo, le ocasionaría diversas fracturas y lesiones a la anciana, que se encontraba ya en un estado muy delicado de salud. Entre las heridas que les provocó algunas terminarían por dañar de forma irremisible sus ya de por si muy delicadas vértebras y también sus pulmones, circunstancia esta que fueron suficientes para terminar con su vida y que le provocarían la muerte prácticamente de forma instantánea.

El autor del crimen sería detenido días después de cometer su burda agresión. En un primer momento dijo no recordar nada, ya que se encontraba bajo los efectos del alcohol. Posteriormente, negaría los hechos en reiteradas ocasiones, pero las diligencias forenses llevadas a cabo demostrarían que en las sábanas de la cama, así como en la ropa que portaba la infortunada anciana se encontraron restos de sangre que pertenecían al mismo grupo sanguíneo del agresor, lo que constituía una prueba rotunda y concluyente en su contra.

22 años de cárcel

Dos años después de haberse cometido el abominable crimen, se celebraba en la Audiencia Provincial de Lugo la vista contra su autor material. El tribunal tuvo en cuenta la atenuante de alcoholismo que supuestamente padecía Manuel A. López por lo que rebajó sensiblemente la petición del fiscal, quien solicitaba un total de 24 años de prisión. Doce años de cárcel correspondían a la agresión sexual, mientras que los diez restantes se le imponían en concepto de homicidio, ya que el tribunal rebajó la calificación de asesinato a homicidio, aunque la acusación particular mantuvo la tesis del delito doloso. Además, debería indemnizar con ocho millones de pesetas (48.000 euros actuales) a los herederos de Concepción López, que eran los sobrinos con quien ella convivía y que se encargaban de cuidarla.

En el transcurso de la vista, Manuel A. López ofrecería de nuevo una versión distinta a la que había dado en los interrogatorios previos. Ante los magistrados de la Audiencia lucense declararía que cuando se encontraba en el domicilio en que residía la anciana, escuchó gritos procedentes de la habitación en la que ella se encontraba y acudió auxiliarla ante la eventual casualidad de que le hubiese ocurrido algún imprevisto. Al llegar al cuarto de Concepción López, sin saber explicar muy bien el cómo, el agresor dijo que había tropezado y caído sobre ella, lo que unido al delicado estado de salud de la víctima y al sobrepeso del agresor terminarían provocándole la muerte. Sin embargo, los investigadores tenían todos los cabos atados y muy bien atados.

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Matan a una mujer para evitar su boda con un deficiente psíquico

A lo largo de la historia siempre ha habido determinados aspectos que han sido considerados tabús por distintas circunstancias o hechos que se encontraban plagados de ancestrales prejuicios históricos. Una de las formas más antiguas de evitar algunas relaciones no deseadas por las familias ha sido el crimen. Muchas personas han sido víctimas de desgraciados hechos delictivos por no agradar a determinadas familias o se ha recurrido a la sangre para dar muerte a determinadas personas por su pertenencia a un determinado grupo social que no gozaba de una buena reputación.

Mediada ya la década de los años sesenta del pasado siglo, cuando comenzaba a declinar el franquismo -cuando menos físicamente-, se produciría un hecho sangriento que además de conmover a la sociedad de la época, causaría el lógico estupor e indignación y también una no menos indisimulada sorpresa entre muchos gallegos de interior de la provincia de Pontevedra al enterarse de que una joven había aparecido asesinada en un camino que une Torreboredo y Nigoi, parroquias pertenecientes al municipio pontevedrés de A Estrada el 11 de diciembre de 1966. La víctima presentaba dos disparos en la cabeza efectuados con una escopeta de caza. El calibre empleado para darle muerte era de 16 milímetros y, a su lado, había un pequeño cántaro utilizado para transportar pequeñas cantidades de leche.

El vecindario de la zona inmediatamente reconoció el cadáver allí hallado, que pertenecía a Albina Mera Fariña, una mujer de 35 años de edad que trabajaba como empleada doméstica en casa de María Purificación Terceiro García desde hacía algún tiempo. La mujer había ido a por leche a un lugar próximo por encargo de su ama.

Enamoramiento

Al parecer, según se deduce de la documentación consultada, la joven había iniciado una relación amorosa con el hijo de Purificación Terceiro, Antonio Pena Terceiro, aspecto este que era de dominio público entre los vecinos de la zona. Sin embargo, este noviazgo no gozaba del agrado de la madre del muchacho, pues padecía algún tipo de retraso psíquico y su madre no lo consideraba apto para formar una familia. Pese a todo, la relación entre ambos jóvenes prosiguió, concertando incluso la fecha de la boda, pero la progenitora del rapaz quería evitarla a toda costa, sin importarle escatimar recursos para impedirlo.

En vista de que no fue capaz de convencer a su hijo y a la muchacha para que desistiesen de su actitud, Purificación Terceiro contrató los servicios de un sicario que le diese muerte a la joven para así evitar una boda y un matrimonio que, según ella, estaba condenado al más mísero de los fracasos. Buscó entre los fornidos hombres del contorno alguno que estuviese dispuesto a realizar su macabro encargo y encontró a uno de ellos que gozaba de una cierta fama de poseer una indudable bravura. Se trataba de José Orrea Ferreiro.

En la jornada del 9 de diciembre de 1966, Purificación y José concertaron una entrevista en casa de la primera. En el transcurso de la misma la mujer le pagó la nada desdeñable cantidad de 100.000 pesetas de la época(600 euros al cambio actual), aunque en aquel entonces con ese dinero se podía adquirir uno de los mejores vehículos del mercado y no eran pocos los salarios que no superaban las mil pesetas mensuales. Con esa más que considerable suma de dinero, José Orrea llevo a efecto su macabro plan, pero algo fallaría, ya que los investigadores tirarían de este hilo para resolver el crimen.

Detención

Pasaría algún tiempo hasta que fue detenido de José Orrea Ferreiro. El clamor popular, que demandaba justicia por un horrendo crimen, señalaba a la familia en la que prestaba sus servicios Albina Mera como inductora del asesinato de su criada, aunque por diversas razones, en un principio, no se atrevieron a detener a la auténtica autora intelectual del crimen. Quizás pesase el hecho de que se tratase de una conocida familia del término municipal de A Estrada, en un tiempo en el que todavía existían las clases.

Al poco tiempo de ser detenido José Orrea Ferreiro, tras las presiones ejercidas por los agentes del Guardia Civil, acabaría por desplomarse y relatar lo que realmente había sucedido en aquellos días previos al invierno de 1966. La posterior detención de Purificación Terceiro causaría una cierta conmoción en el entorno, aunque nadie dudaba ya que ella había inducido a aquel hombre a acabar con la vida de su criada para así poder evitar un matrimonio que para nada era de su agrado.

Al igual que el autor material del crimen, Purificación confesaría los hechos ante los agentes de la Guardia Civil que le interrogaron, señalando el dato que había efectuado los disparos a tan solo tres metros de su víctima. Si bien es cierto, que haría hincapié en que ella pretendía evitar la boda de su hijo con Albina Mera Fariña, porque su vástago sufría un cierto retraso psíquico que, en su opinión, le inhabilitaban para llevar una vida de hombre casado. Añadiría que ella no le mandó a Orrea asesinar a su criada, sino sencillamente darle un buen susto a la criada. Lo que se dice siempre en estos trágicos casos.

Pena de muerte

El juicio por el crimen que le había costado la vida a Albina Mera Fariña se celebró en los primeros días del mes de marzo del año 1968 en medio de una gran expectación, ya que se encontraba abarrotada la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Pontevedra. En un principio tanto Purificación como José se responsabilizaron mutuamente del asesinato de la joven, aunque quedaba claro que quien disponía de licencia de armas era el hombre. Por su parte, la inductora del asesinato continuaba alegando que ella jamás le había hablado de darle muerte a su criada, insistiendo en que solo le había comentado el hecho de darle un susto. Además, también negaría que hubiese recompensado con una elevada cantidad de dinero al autor material del crimen, aunque había algunos hechos que así lo atestiguaban, tales como el hecho de que José Orrea cambiase radicalmente de forma de vida en el poco tiempo en el que le duró su exigua fortuna.

Algunos vecinos de la zona también fueron llamados a declarar. Prácticamente todos ellos corroborarían la versión ofrecida por el criminal, que no era otra que Purificación no veía con buenos ojos la relación que mantenía su hijo con Albina y estaba dispuesta a cualquier cosa para evitar la boda, que ya estaba programada.

El crimen que lleva aparejada la recompensa del asesino siempre han estado mucho más castigados que cuando este se hace de forma espontánea o no media el hecho económico de por medio. El autor material de la muerte de Albina Mera sería condenado a la pena capital, además de indemnizar de forma solidaria junto con Purificación Terceiro García con la cantidad de 300.000 pesetas (1.800 euros actuales) a la familia de la víctima. Además, se condenaba a la inductora a la pena de 30 años de reclusión mayor, por entender el tribunal que se trataba de un asesinato con alevosía y premeditación.

Indulto

Durante más de un año la vida de José Orrea Ferreiro pendió de un hilo y los distintos recursos efectuados por su abogado defensor contribuyeron a dilatar el proceso. El Tribunal Supremo confirmó la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra con fecha de 22 de noviembre de 1968, tanto para el autor material del crimen como para Purificación Terceiro. Al condenado a la pena capital solamente le quedaba el recurso de gracia del Consejo de ministros.

Por un decreto de 10 de abril de 1969, publicado en Boletín Oficial del Estado del 29 de abril del mismo año, el órgano de Gobierno estatal, en su reunión de 29 de marzo del citado año, decidía conceder la gracia del indulto al asesino de Albina Mera Fariña. La pena conmutada era suplida por otra accesoria de 30 años de prisión mayor.

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Un inmigrante ghanés mata a un matrimonio en Ferrol

Inmigrante ghaneses

El año 1999 fue otro de los muchos en los que se prodigó la criminalidad en Galicia y, concretamente, en la comarca de Ferrol y su área metropolitana. El flamante y comercial «Xacobeo» que aquel año se celebraba por todo lo alto no fue suficiente para blanquear los sucesos sangrientos ocurridos en aquel fin de siglo, que se aventuraba incierto.

Un hecho que conmovería profundamente a la sociedad gallega de entonces fue el asesinato de un matrimonio de Ferrol, en el barrio de Tejeras. Ocurría en la noche del 30 al 31 de octubre de 1999, cuando un hijo de los fallecidos, Francisco Javier Pardavila, encontraría sus cadáveres en la vivienda al percatarse que sus padres no respondían a sus constantes llamadas al telefonillo del portal. Según su versión, tuvo que encaramarse al portal interior para poder forzar una ventana y encontrar los cuerpos sin vida de sus padres, Francisco Pardavila Besteiro, de 66 años de edad, y María Victoria Villadóniga Candales, de 61.

El autor de aquellas muertes había sido un ciudadano ghanés de 41 años, afincado en España y antiguo miembro de la legión, que respondía al nombre de Ismael Dan Sampana. Este mismo individuo había sido absuelto de otro crimen, que le había costado la vida a un compatriota suyo en julio del año 1998, en un crimen que quedaría sin resolver debido a la falta de pruebas contundentes para condenarlo, pese a que el fiscal solicitaba para él una pena de 20 años de prisión. Apenas un mes más tarde de haber recobrado la libertad y salir absuelto, le daba muerte a un matrimonio de jubilados en Ferrol. Desde su llegada a España, había pasado más tiempo por las cárceles que en libertad.

Conocido de las víctimas

Ismael Dan Sampana era un conocido de sus víctimas, pues había sido alojado durante algún tiempo en su casa, debido a que mantenía una estrecha relación de amistad con el hijo de estas a quien había conocido en el penal de Teixeiro. Pese a que «Javito» Pardavila no guardaba una buena relación con sus progenitores, estos accedieron a acoger en su domicilio a su amigo al salir de la prisión, puesto que no tenía a donde acudir. Debido a esa amistad, el ciudadano ghanés conocía prácticamente todos los pormenores de aquella vivienda.

Según la tesis que sostenía la juez instructora de este caso, Dan Sampana y «Javito» habrían pactado robar las joyas de la madre de este último, quien nunca se las quitaba de encima por temor a que su hijo se las sustrajese para venderlas, pues tanto él como su novia Montse Gómez, contaban con múltiples antecedentes penales por hechos similares.

En la noche en que se produjo el trágico crimen, el matrimonio asesinado se encontraba ya durmiendo, cuando fueron sorprendidos en su dormitorio por el homicida, quien -al percatarse de que habían despertado- les propinó una brutal paliza, sin apenas poder defenderse, pese a que el tribunal que juzgó el caso estimó que si había habido una mínima defensa y no había existido alevosía por parte del agresor. Como consecuencia de los golpes recibidos el matrimonio, ya sexagenarios, acabarían falleciendo, siendo encontrados por su hijo, quien también sería procesado por este suceso, aunque no resultaría condenado.

Al día siguiente de producirse el terrible crimen, Ismael Dan Sampana sería detenido por la policía, quien, además, hallaría en su poder las joyas que había arrebatado a la Victoria Villadóniga. De la misma forma, los agentes encargados de la investigación encontrarían restos de sangre y ADN en sus ropas, que posteriormente resultarían claves para la resolución del caso. Al parecer, en la jornada del día de autos, el ciudadano africano habría abandonado la vivienda en que lo cobijaron a la una de la tarde y en la que había pernoctado durante una semana.

40 años de cárcel

Ismael Dan Sampana sería condenado a una pena de 40 años de cárcel, acusado de dos delitos de homicidio y uno de robo en el juicio celebrado en la Audiencia Provincial de A Coruña en mayo del año 2003. El tribunal entendió que se trataba de homicidio y no de asesinato, ya que sostenía que en el ataque a las víctimas no hubo alevosía porque los fallecidos dormían mientras el ciudadano ghanés les robaba y solamente cuando estos despertaron decidió acabar con sus vidas. Igualmente apreciaba que había habido algunos intentos de defensa por parte de las víctimas, que consideraba débiles, pero reales.

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Asesina a una joven pareja y se suicida en O Bolo (Ourense)

Panorámica del territorio donde se produjo la gran tragedia

Viajar a la Galicia de hace más de un siglo supone inmiscuirse en un mundo que sino era tenebroso al menos representaba un cierto oscurantismo. Era aquella tierra un territorio eminentemente rural, escasamente conocido, con sobreabundancia de población en las vastas parroquias y aldeas, que comenzaban a ver en la emigración a tierras americanas una salida a las muchas carencias que padecían en aquel incomunicado y lúgubre mundo en el que les había tocado nacer y que parecía renegar de sus propios hijos a los que condenaba con una forzada marcha de la miseria en la que se sumía.

Abundaban los mitos y las leyendas en un país muy atrasado en el que sobrevivir era poco menos que un reto cotidiano. Sin embargo, no eran solo las historias de meigas y trasnos algunas de las muchas fábulas que se narraban y transmitían oralmente de unas generaciones a otras, con la correspondiente deformación que de ello se derivaba, dando lugar a historias que poco o nada tenían que ver con la original, si es que esta se había producido. Se legaban también viejas rencillas, rencores jamás superados y hasta unas cierta rivalidades entre distintos clanes, ya fuesen familiares o de pertenencia a un determinado grupo geográfico, que provocarían alguna que otra tragedia, que todavía se recuerda -como si de una leyenda se tratase- en el lugar en el que acontecieron.

Uno de esos trágicos y terribles episodios que contribuyeron a crear una falsa leyenda negra de la Galicia de la época sucedió en la parroquia orensana de Xava, perteneciente al municipio de O Bolo, cuando se produjo un desgraciado suceso que acabaría costando la vida a tres personas de forma muy dramática y, si se quiere, hasta dantesca y espeluznante, que conmovería especialmente a la comarca de Valdeorras, en la que sucedieron los hechos. En la jornada del 10 de agosto de 1913 algunos vecinos de los muchos que todavía poblaban la zona cuando vivía en un esplendor demográfico que nada tiene que ver con la actualidad, se vieron funestamente asombrados al contemplar los cadáveres de tres personas, dos hombres y una mujer muy jóvenes, que yacían en un pequeño descampado con claras señales de haber sufrido una muerte violenta, en medio de impresiones charcos de sangre. Es más, diríase que muy violenta, como se demostraría más tarde.

En un principio el suceso fue seguido de cierto misterio y hermetismo por la gran estupefacción que causó en aquel pacífico y hasta agradable contorno en el que todos o casi todos se conocían, pues se desconocía como realmente habían acontecido los sangrientos acontecimientos y se barajó incluso la posibilidad de que una cuarta persona pudiese haber intervenido en los mismos. En aquellas fechas se había celebrado una concurrida romería en la parroquia de Xava, que actualmente cuenta con apenas 40 habitantes, en la que se habían dado cita jóvenes y no tan jóvenes de todo el entorno, por lo que en un primer momento se barajó la hipótesis de que aquellas horribles muertes fuesen provocadas a consecuencia de alguna reyerta y que los autores se hubiesen dado a la fuga. Sin embargo, pronto comenzarían a atarse cabos y desenredar aquella enmarañada madeja.

Celos y rivalidades

En la concurrida fiesta celebrada en la referida localidad de Xava se presentó una apuesta joven de una acreditada familia de la vecina parroquia de Valdanta, distante apenas un kilómetro, que respondía al nombre de Dolores García en compañía de un muchacho, convecino suyo, cuyo nombre era el de Andrés Pérez, con quien al parecer había iniciado una relación recientemente tras romper con su antiguo novio, un individuo llamado Tiberio Carracedo, de edad similar a la pareja y que nunca fue capaz de superar el drama que para el representó la pérdida de la mujer con la que se había obsesionado hasta extremos enfermizos.

En el transcurso de la romería, además de gozar de la fiesta en si, los jóvenes bebieron alcohol a lo largo de todo el día e hicieron algunos desafíos unos a otros, en un tiempo en el que era muy habitual que la mayoría de ellos portasen sus respectivas navajas, que representaba falsamente para muchos una señal de autoridad y respeto. De la misma forma, también era muy habitual que las exhibiesen en público retándose unos a otros aunque nunca o prácticamente nunca llegaba la sangre al río. En la fiesta comenzaron ya los enfrentamientos entre Tiberio, que se sentía despechado, y su rival, Andrés, que era quien cortejaba a la apuesta moza que le había dado calabazas. Pese a todo, nada hacía suponer que se iba a producir una gran tragedia como ocurriría horas más tarde.

Tiberio Carracedo jamás fue capaz de asimilar la pérdida de su antigua amada, Dolores García, por lo que decidió acudir a la fiesta bien pertrechado, armado hasta los dientes, ya que además de la habitual navaja portaba también una pistola, un hecho que no era tan habitual, pues las armas de fuego no abundaban en el mundo rural gallego. Concluida la romería, y quizás presa del excesivo consumo de alcohol, acosó a la joven pareja hasta extremos casi inauditos, llegando incluso a intercambiarse repetidos golpes entre los dos contendientes, Tiberio y Andrés. puesto que sus cuerpos presentaban también varios hematomas, según se desprendería de las respectivas autopsias. Desgraciadamente, lo peor todavía estaba por venir.

A lo largo de un camino que separaba el lugar de la romería y en el que fueron encontrados los cadáveres prosiguió el enfrentamiento entre los dos mozos, que tendría su punto culminante en un lugar apartado de las casas en el que, al parecer, tras un pequeño descuido de Andrés Pérez, Tiberio Carracedo lo acometió propinándole una primera puñalada en el abdomen, que le ocasionaría una gran hemorragia. Al ver a su rival ya en el suelo, prosiguió con una sarta de puñaladas en su indefenso enemigo, algunas de los cuales le atravesarían diversos órganos vitales que terminarían por ocasionarle la muerte.

Posteriormente, una vez que se quedó desvalida su antigua novia, al carecer de quien la defendiese, Tiberio Carracedo no dudó en hacer lo mismo con ella, dándoles hasta cinco puñaladas mortales de necesidad, alguna de ellas le atravesaría el corazón y también los pulmones, siendo encontrada la joven pareja en un impresionante charco de sangre y presentando a su vez un aspecto mucho más que aterrador.

Suicidio

Una vez concluido con su macabro plan, consciente tal vez de que una vez descubierto le aguardase la muerte en garrote vil o ya sintiendo que no tenía nada que perder -además del gran estigma social que le acarrearía tan terrible y abominable crimen- Tiberio Carracedo empuñó su arma de fuego y se disparó directamente en una sien, haciendo estallar sus vísceras cerebrales y convirtiéndose así en la tercera víctima de una tragedia que había comenzado con lo que prometía ser un divertido y agradable día de fiesta y que marcaría durante mucho tiempo a toda la comarca de Valdeorras.

Cuentan algunas crónicas de la época que en el entierro de la joven pareja se dieron cita varios centenares de personas de las muchas que en aquel entonces poblaban la localidad de O Bolo, que se aproximaba a las 7.000 almas en aquel entonces, mientras que ahora no alcanza el millar de habitantes y gran parte de sus parroquias y aldeas apenas supera el medio centenar de censados, tal es el caso de Valdanta y Xava, lugares en los que se produjo este trágico suceso.

Tampoco ahorran los medios de comunicación sus reproches contra el asesino, quien, al haberse suicidado, no tenía en aquel entonces derecho a ser enterrado en terreno sagrado en el cementerio, por lo que sus restos mortales fueron a reposar con los desposeídos del paraíso terrenal en un lugar que se reservaba a suicidas, ateos, masones y otras personas que no eran gratas a la moral cristiana, tal y como rezaba la férrea doctrina de la Iglesia Católica. Por contra, en su despedida tan solo se dieron cita sus familiares y algunas personas allegadas, lo que constituía la más clara señal de repulsa y desprecio en un tiempo y una época en la que el honor venía determinado por una hipócrita moral, que rara vez atendía a explicaciones racionales y que era, sin lugar a dudas, la principal base de reputación y decoro.

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Un niño gallego asesinado por un pederasta en Londres

Diego Piñeiro, el niño asesinado en Londres

No cabe duda alguna que la emigración gallega dejó una fecunda huella allí donde puso sus pies. Quizás fuese una de las diásporas que más ha sabido conservar sus ancestrales costumbres y reivindicar así su presencia tan lejos de su bonsái Atlántico. Sin embargo, también sufrió algunos lamentables episodios, que resonarían con fuerza en Galicia, provocando que quienes residían en la metrópoli alzasen su voz contra esos actos que, en algunas ocasiones, ocasionaron la muerte de algunas personas que se habían ido a ganar dignamente el pan con el sudor de su frente.

Ninguna muerte violenta nos deja indiferente, pero cuando las víctimas son niños -y no son pocas veces lo que esto sucede- parece que se nos encoje el corazón y somos presas de un particular quemazón, al que no encontramos explicación alguna. Así ocurrió un domingo del mes de mayo del año 2000, concretamente el día 7 de la mencionada treintena, cuando un pederasta le daba muerte a un niño de doce años, Diego Piñeiro, con quien se encontraba febrilmente obsesionado. Desde hacía tiempo la criatura estaba siendo perseguida por un hombre de 52 años, Edward Alexander Crowley, que no dejaba literalmente en paz al pequeño.

A última hora de la tarde de aquel trágico y fatídico domingo de primavera, el individuo que lo perseguía blandió un puñal ante el pequeño cuando iba en compañía de su hermano de quince años y, casi sin mediar palabra, comenzó su orgía de sangre, propinando varias puñaladas, mortales de necesidad, al niño. A pesar de la rápida intervención de otros transeúntes, estos no consiguieron detener a tiempo las garras asesinas del consumado pederasta, quien ya había pasado algún tiempo en prisión como consecuencia de su depravada actitud.

Acoso

Antes de producirse el desgarrador suceso, que consternaría tanto a la comunidad gallega de la capital británica como a la propia Galicia metropolitana, los episodios de acoso que sufría Diego Piñeiro por parte de quien acabaría convertirse en su verdugo eran constantes. Así se deduce de las denuncias previas presentadas por el centro educativo en el que se encontraba escolarizado el pequeño. En cierta ocasión, la criatura había entrado en el colegio a toda prisa en compañía de otro alumno del mismo centro, manifestando que estaba siendo perseguido por un hombre de una cierta madurez física. Sin embargo, la policía londinense hizo oídos sordos a las acusaciones realizadas por el centro de enseñanza en el que estudiaba el muchacho gallego.

El acosador y agresor de Diego no se cortaba lo más mínimo a la hora de atemorizar al crío, incluso efectuando algunas pintadas en las instalaciones de su centro escolar en las que se podía leer, entre otras cosas, «mi querido hombre latino» o «mi amor». Estos hechos, junto a la circunstancia de que lo persiguiese incluso en la parada del autobús, provocarían el lógico desasosiego tanto del pequeño como de la comunidad educativa. Por si fuese poco, en cierta ocasión Edward Alexander Crowley se presentó en el colegio del chico para recogerle a la salida de clase como si se tratase de su padre.

El 2 de noviembre de 1999 el pederasta persiguió incluso al niño en el parque en el que jugaba, en el que incluso colgaba notas referidas al crío en las que no dudaba en expresarle sus asquerosos y ruines sentimientos. Ante la constante persecución de la que estaba siendo objeto, la policía metropolitana decidió proveer al pequeño de un teléfono móvil para que pudiese realizar llamadas de auxilio, aunque esta medida, además de insuficiente, resultó ser completamente ineficaz.

La madre, que en el momento del asesinato de Diego Piñeiro se encontraba en Galicia, se desplazó inmediatamente a la capital británica, pero debió ser ingresada en un centro sanitario a consecuencia de una gran crisis de ansiedad. La progenitora acusó a la policía inglesa de subestimar las denuncias que se habían practicado hasta aquel momento por la actitud de un peligroso y nausebundo sujeto que terminaría convirtiéndose en verdugo de un niño de tan solo doce años.

La prensa británica, incluso los tabloides más amarillos y sensacionalistas, no dudaron en calificar de tragedia la muerte del pequeño gallego, al producirse a plena luz del día en pleno centro de la capital londinense y en una zona muy concurrida, además de conocerse por parte de las autoridades los antecedentes que pesaban sobre el agresor y de la actitud canallescamente hostil que había manifestado en reiteradas ocasiones contra el niño.

Una semana más tarde de su muerte, Diego Piñeiro recibiría sepultura en la localidad gallega de Pontedeume, de donde eran originarios sus padres. El progenitor residía en Betanzos, mientras que el niño vivía en Londres en compañía de su madre y su segundo marido.

Cadena perpetua

El asesino del niño gallego, Edward Alexander Crowley, sería condenado a reclusión perpetua en el transcurso de una vista desarrollada ante el Tribunal Supremo de Londres. El juez encargado de dirimir el infanticidio, Neil Denison impuso la máxima pena que contemplaba el código penal británico al declararse el pederasta como autor del brutal crimen.

El mismo juez había ordenado someter al acusado a unas pruebas médicas en las que se diagnosticó que Crowley padecía un cierto grado de esquizofrenia paranoide aguda, si bien el pederasta facultó a su abogado defensor para que este realizara los trámites oportunos para no cumplir su pena en un centro de internamiento psiquiátrico.

El criminal manifestó a su letrado también que nunca llegó a mantener contacto sexual alguno con su víctima, pero que no pudo evitar ser rechazado por Diego, motivo este que le provocó un gran desasosiego al no poder aceptar ser rechazado por la criatura. A consecuencia de este lógico rechazo, emprendió su brutal agresión en la que también resultaría herido de cierta consideración su hermano Roberto.

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Una turista británica asesinada en Ribadeo

Playa de Os Castros, lugar donde apareció el cadáver de la turista británica

En la década de los años setenta del pasado siglo el área litoral de la provincia de Lugo era la que presentaba su mejor faz. Aunque le seguían uniendo muchas cosas con el resto de las localidades del interior, se observaba un claro índice de desarrollo humano muy superior al resto de un territorio básicamente agrario. Uno de los lugares que mejor representaba ese progreso era la localidad de Ribadeo, favorecido por su magnífica situación geográfica, insertada en un cruce de caminos entre Galicia y Asturias, y por la propia circunstancia de ser una localidad costera. En sus veranos ya era muy frecuente la turistas y veraneantes que buscaban un estío diferente, en el que se pudiese gozar de una tranquilidad prácticamente sepulcral, unido todo ello al suave clima del que se podía disfrutar y de unos parajes de transición a la hermana tierra asturiana que convertían al municipio de la ría del Eo en un destino poco menos que inigualable.

Era frecuente, y lo sigue siendo, ver ya veraneantes procedentes de distintos puntos, no solo de la geografía española, sino también europea. Una de esas turistas era una ciudadana británica, Susan Margaret Barlow, de 33 años de edad y residente en Alemania, que aparecería muerta en extrañas circunstancias en la tarde del 23 de septiembre de 1976 por una pareja de miembros de la Guardia Civil en la playa de Os Castros, después de que conocidos de la mujer o del hotel en el que se hospedaba diesen la voz de alarma en torno a su desaparición. Su cuerpo fue localizado en una cueva conocida como «Ollo de Bocadín», que tiene unos doce metros de profundidad por dos de ancho, a muy corta distancia de donde la joven había sido visto en jornadas anteriores en compañía de otro hombre.

El cadáver de la mujer se hallaba en posición de bruces semienterrado en la arena y prácticamente pegado a la pared rocosa de la cueva, flanqueándole por su costado izquierdo un tronco de grandes proporciones, ambos en posición vertical hacia la entrada de la caverna. Vestía un polo de franjas horizontales y la parte inferior del bikini, ambas prendas en perfecto estado, circunstancia esta que hizo pensar a los investigadores que no se estaba bañando en el momento de producirse su óbito. Además, dada la estrechez de la cueva en la que se encontraba su cuerpo, nada hacía sospechar que fuese arrastrada hasta aquel lugar por el oleaje, ya que de haberlo hecho, tal vez le hubiese destrozado la ropa contra las rocas, además de provocarle heridas y contusiones en prácticamente todo el cuerpo.

Golpes en la cabeza

Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores en este suceso fue el hecho de que presentase importantes heridas en la cabeza a consecuencia de las cuáles pudo haberle sobrevenido la muerte, en tanto que no sucedía así en el resto de su cuerpo. La joven presentaba una herida contuso-cortante arciforme en región temporal derecha, dos heridas contuso-cortantes en región mastoidea y cervical alta derecha; hematomas en región mentoniana derecha y coágulo sanguíneo en fosa nasal derecha. Todas estas heridas podrían haber sido producidas al batir el mar su cuerpo contra las rocas, aunque, los investigadores descartaron que fuese a consecuencia del oleaje, ya que no presentaba heridas en otras partes del cuerpo.

En días posteriores al hallazgo del cadáver se hicieron las oportunas pesquisas para buscar al acompañante con el que había sido visto paseando por la playa en días anteriores a su muerte, así como haciéndole compañía en una cafetería ribadense. Sin embargo, estas no dieron resultado alguno. Uno de los hombres testificaría ante los agentes de la Guardia Civil, pero nada tenía que ver con la muerte de Susan Margaret Barlow. La detención del criminal llegaría algún tiempo más tarde, cuando ya se habían enfriado en parte los ecos de un asesinato que tuvo una gran repercusión en el área asturgalaica.

Detención del asesino

Según la información del diario asturiano EL COMERCIO, en su edición del 9 de noviembre de 1976, publicaba la detención de un camarero gallego afincado en Gijón, José María Díaz, quien llevaba muy poco en la ciudad asturiana y ya había formalizado relaciones con una muchacha que trabajaba en el mismo bar en el que trabajaba. Su detención produjo una gran sorpresa, pero los datos obtenidos por los investigadores cuadraban perfectamente con los del hombre que había sido visto en la tarde en la que había desaparecido la joven inglesa.

Cuando el camarero fue detenido, alegó que no recordaba nada de los hechos, pues, según su propio testimonio se encontraba bajo los efectos de alguna droga que había ingerido en la tarde en la que se produjo el crimen. Según narró ante la Guardia Civil, golpeándola contra la pared rocosa hasta en tres ocasiones, circunstancia esta que terminaría provocando la muerte de la súbdita británica. Posteriormente, hurgaría a fondo en sus pertenencias, haciéndose con todo el dinero que portaba, una importante cantidad en efectivo, que emplearía para huir de Ribadeo.

De la misma forma le delataría el hecho de efectuar dos llamadas telefónicas al hostal en el que se hospedaba Susan Margaret Barlow, interesándose si había regresado la joven británica, cuando el sabía que yacía muerta en un recóndito lugar de la arena de la playa gallega. Además, en el transcurso del juicio que se celebraría en su contra, en la Audiencia Provincial de Oviedo, declararía también que desconocía que había muerto cuando el abandono el lugar conocido como «Ollo do Bocadín». Sin embargo, de poco sirvieron sus alegaciones y José María Díaz sería condenado por asesinato.

Entre las anécdotas más llamativas en torno a este caso, destaca el hecho que al no poder hacer frente la familia residente en Alemania a los gastos que suponían el traslado del cuerpo de la joven, esta reposa en la localidad lucense de Ribadeo, bajo una preciosa lápida en la que aparece inscrita su fecha de nacimiento, así como la de su defunción, en una no menos entrañable sepultura en la que siempre hay flores frescas como recuerdo de un aterrador suceso que conmocionó al siempre apacible territorio asturgalaico.

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Encapuchados asesinan a un sargento en Xinzo de Limia

Corría la primavera de 1988 y los asaltos por parte de encapuchados a viviendas y propiedades del área rural gallega estaba siendo muy frecuente, cobrándose incluso algunas víctimas mortales. Los asaltantes buscaban casas aisladas y, preferiblemente, habitadas por personas mayores, a fin de no hallar resistencia. En aquel entonces se hizo tristemente célebre una banda conocida como la de los encapuchados, que operaba principalmente por el sur de Lugo y las extensas áreas rurales de Ourense. Era muy frecuente que cada semana los distintos medios de comunicación de la época se hiciesen eco de distintos asaltos a domicilios, llegando incluso a generarse una ola de temor entre los residentes del amplio mundo rural gallego, que había comenzado ya su lento, pero imparable declive.

Uno de los sucesos que más profundamente consternaría a la sociedad gallega de entonces fue el atraco a un bar en la localidad de Xinzo de Limia, que se saldaría con el asesinato del sargento de la Guardia Civil, José Rodríguez Álvarez, cuando intentaba detener a los ladrones, después de que un vecino de la zona, la calle Francisco Macías, diese aviso a la Benemérita de la presencia en un local de hostelería de tres hombres encapuchados que habían llegado a bordo de un vehículo matrícula de Ourense, modelo Talbot Solara.

El trágico acontecimiento ocurrió a medianoche del 10 de marzo de 1988. Un vecino de la referida vía avisó a los agentes del puesto de la Guardia Civil que había visto descender de un vehículo a tres hombres que se colocaban unas capuchas para asaltar el bar «Seyma». Inmediatamente se presentó en el lugar de los hechos el sargento José Rodríguez, armado pero con ropa de paisano. Quizás no reparase en que los asaltantes del local también iban armados con sendas pistolas y solamente se percató de la presencia de dos de los tres delincuentes. Además, no dudaron en ningún momento en enfrentarse al agente realizando un intercambio de disparos, mientras registraban las diversas dependencias del establecimiento en busca de dinero y objetos de valor.

A sangre fría

Un tercer asaltante, que estaba fuera del campo de visión del sargento, fue escabulléndose hasta la puerta trasera del local, hasta poder salir a la calle. Una vez fuera del establecimiento, no dudó en acercarse por la espalda del agente de la guardia civil y descerrajarle de un tiro en la nuca, cayendo mortalmente herido. De inmediato, se acercaron hasta el lugar de los hechos una patrulla de la Benemérita con la intención de apresar al asesino del sargento. Sin embargo, los ladrones huyeron con un botín de 45.000 pesetas(270 euros actuales) y un equipo de música y sonido valorado en 40.000 pesetas(240 euros actuales). Se dieron a la fuga en el vehículo que habían empleado para perpetrar el asalto, que previamente lo habían sustraído en la capital de la provincia.

El sargento, que estaba casado y era padre de dos hijos de 21 y once años respectivamente, sería inmediatamente evacuado a un centro hospitalario donde ya ingresaría cadáver, debido a la gravedad de las heridas que presentaba. A la banda que había asaltado este local de hostelería se le relacionaba con otro suceso similar ocurrido en la localidad lucense de Chantada, donde habían sustraído la cantidad de 68.000 pesetas(408 euros actuales).

Días después eran detenidos los tres autores del trágico asalto al bar de A Limia. El cabecilla de la banda y presunto autor del disparo que acabó con la vida del sargento, José Antonio G.N. era ya un viejo conocido de las fuerzas de seguridad del estado pues, con tan solo 23 años que contaba en aquel entonces, acumulaba un amplio historial delictivo que se remontaba al año 1986. Desde esa época hasta su detención había participado en numerosos asaltos a diversos establecimientos de toda la provincia de Ourense. Sería condenado a la pena de 20 años de cárcel por un delito de asesinato, robo con muerte dolosa, según recoge la sentencia de la Audiencia Provincial de Ourense, de diciembre de 1988.

Obtendría el tercer grado penitenciario en el año 2000 y a finales del 2001 saldaría definitivamente sus cuentas con la justicia, todo ello gracias a una controvertida decisión judicial que contradecía así los consejos de la junta de tratamiento de la prisión provincial ourensana, quienes consideraban al asesino del sargento de Xinzo como una «persona conflictiva».

A diferencia de lo que aconteció con sus dos compañeros de correrías, su nombre seguiría siendo muy familiar en los juzgados, viéndose involucrado en distintos sucesos, tales como nuevos delitos contra la propiedad, tráfico de estupefacientes y nuevas amenazas a los agentes de la Guardia Civil, con quienes protagonizaría un altercado en el año 2002, advirtiéndoles que «ya maté a uno. Si hace falta mato a otro». Esta expresión, atribuida al asesino del mando de la Benemérita en Xinzo de Limia, define a la perfección ante que personaje se encontraban.

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Siete muertos de forma misteriosa por el caso «Reace»

Antiguos depósitos de REACE en Redondela

El caso «Reace» fue un escándalo de incalculables dimensiones que afectó a la dictadura franquista en sus últimos tiempos, llegando prácticamente a salpicar a la mismísima Jefatura del Estado, pues el hermano del dictador, Nicolás Franco Bahamonde, era miembro del consejo de administración de Refinerías de Aceite del Norte de España (REACE). El fraude fue descubierto el 25 de marzo de 1972 cuando la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes(CAT), de titularidad pública, decidió disponer de aceite en una cantidad superior a la que se guardaba en los tanques, que eran alquilados por el organismo estatal, se destaparía el escándalo, pues habían desaparecido 4.000 toneladas de aceite de oliva, valoradas en 200 millones de pesetas de la época(1,2 millones de euros actuales), y con los que se pretendía intervenir el alza de los precios en el mercado.

A consecuencia de la desaparición del aceite, el director gerente de la compañía, el ingeniero vigués José María Romero González denunciaba en el juzgado el suceso. Se iniciaba así un rosario de turbios acontecimientos que tendrían en vilo a la sociedad gallega durante varios años, que culminarían con un cúmulo de inexplicables muertes, atribuidas principalmente a suicidios y accidentes fortuitos, aunque todo parece indicar que había algo más. Ni el mejor trihller americano sería capaz de superar todo el cúmulo de hechos misteriosos que se produjeron en un caso que nunca acabó de resolverse, pues cuando se estaba juzgando, había desaparecido una parte del sumario. Una vez más, la realidad supera, y con creces, a la ficción.

La primera víctima, aunque parecía que era un hecho puntual y excepcional, no lo fue tanto. Ni siquiera era colateral. El primero en perder la vida fue un taxista vigués, Arturo Cordovés Diéguez, un joven de 23 años que había sido padre de forma muy reciente. Aunque no tenía nada que ver con la desaparición del aceite, al parecer era frecuente que directivos de REACE y compradores de aceite, algunos de ellos de conserveras gallegas, alquilasen sus servicios. El hombre aparecería muerto de varios disparos en su vehículo en el barrio olívico de Alcabre en la tarde del 9 de septiembre de 1972. Según la única testigo presencial de los hechos, los tiros que acabaron con la vida del conductor fueron realizados a muy corta distancia. Se practicarían varias detenciones, siendo interrogados hasta un total de 14 sospechosos, pero sin obtener resultado alguno. El caso sería cerrado en falso.

¿Qué había visto u oído el pobre taxista para que fuese elegido como la primera víctima mortal de un hecho que todavía no se ha esclarecido completamente casi medio siglo después? Jamás lo sabremos. El humilde profesional del volante dejaba viuda y un hijo recién nacido en un mundo que tal vez se le advertía un futuro muy cruel, pues a los pocos días de vida ya era huérfano. Se dijo de forma reiterada que el móvil de este asesinato había sido el robo, pese a que se encontró su monedero prácticamente intacto.

Tres muertes violentas en Sevilla

No había pasado un mes de la muerte del taxista vigués cuando, el 30 de septiembre de 1972, en su domicilio de la sevillana calle de Monzón aparecían muertos los tres miembros de una misma familia, presentando todos ellos heridas de arma de fuego. Las víctimas eran en esta ocasión José María Romero González, quien había sido director gerente de REACE, y que hacía muy poco tiempo se había trasladado a Sevilla; su esposa, e hija de 21 años, una joven estudiante de arquitectura.

El régimen quiso presentar este aterrador suceso, que conmovió tanto a la sociedad sevillana como a la viguesa, como un caso que hoy entenderíamos como violencia de género. Sin embargo, algunos investigadores pusieron muy pronto en duda la veracidad del suceso. La esposa y la hija de Romero González habían aparecido muertas en una misma estancia del piso en el que residían, en tanto que el cabeza de familia fue hallado en otra distinta. Incluso, desde diversos medios de la época, se quiso acallar la posibilidad de que se tratase de algún ajuste de cuentas o evitar que se supiese más información sobre el caso en el que supuestamente estaría involucrado el hermanísimo de Franco.

Para acallar las voces críticas, la prensa oficial facilitó una información en la que se decía que en el hogar en el que residían las tres personas fallecidas eran muy frecuentes los altercados y las disputas familiares. Los cuerpos de las tres víctimas serían hallados un par de días después por la policía, quien -al parecer- habría sido alertada por el vecindario de la ausencia de sus vecinos. En el domicilio se encontraron algunos cosas que podrían inducir a muchas sospechas. Así, los cables del servicio telefónico habían sido convenientemente cortados, las ventanas estaban herméticamente cerradas y las ranuras de las puertas estaban selladas con papeles de periódicos.

Además de denunciar ante el juzgado la desaparición del aceite, en el verano de 1972 Romero González había dado cuenta también a las autoridades judiciales de una orden que el consideraba «absurda», emanada del consejero delegado de Reace, Isidro Suárez Díaz-Moris, consistente en rellenar los depósitos destinados al aceite de agua potable natural.

Muerte en la cárcel de Vigo

El cúmulo de extrañas muertes no terminaría con la de la familia de José María Romero González, sino que año y medio después de la tragedia ocurrida en Sevilla fallecía en la prisión de Vigo el 5 de abril de 1974 Isidro Suárez Díaz-Moris, antiguo consejero delegado de REACE y uno de los principales encausados en la desaparición del aceite de los tanques de Redondela. La causa oficial de su deceso fue atribuida a una intoxicación con monóxido de carbono procedente del calentador de las duchas.

Según esa misma información, en las vísceras del cadáver del antiguo responsable de la arrendataria aceitera se habrían encontrado restos del gas tóxico. Esta misma versión apuntaba en que Isidro Suárez habría fallecido al perder el conocimiento como consecuencia de la caída que le provocó la ingestión de monóxido de carbono. Posteriormente, se habría golpeado la cabeza contra un saliente de la ducha, lo que unido a la intoxicación que estaba sufriendo le habría provocado la muerte. Lo raro de todo es que no lo hubiesen visto otros presos.

Apenas dos semanas más tarde de la muerte de Díaz-Moris, el 20 de abril de 1974, fallecía asesinado en su despacho de Vigo el conocido empresario gallego Antonio Alfageme del Busto. En este caso su asesinato fue atribuido a un «problema de faldas» con su agresor, Francisco Rodríguez Rodríguez, pues al parecer cortejaba a la esposa de este último. Sin embargo, son muchos los que relacionan la muerte del conservero gallego con el caso «Reace».

Muerte del administrador concursal

Cuando empezaban a apagarse los ecos del llamado caso «Reace», era encontrado en su despacho de la calle Buenos Aires de Vigo el 7 de diciembre de 1977 el cadáver de la persona que se había ocupado de la administración concursal de la empresa, Luis Mañas Descalzo, de 53 años de edad. Con su óbito se cerraba prácticamente toda una cadena de posible información para esclarecer el hecho, pues el fallecido era empleado de REACE con anterioridad al descubrimiento del escándalo. Su deceso fue atribuido a un suicidio. Por aquel entonces también estaba muy reciente la muerte por causas naturales del hermano del dictador, Nicolás Franco Bahamonde.

Con motivo del fallecimiento de este último, se recordaba en Vigo un episodio pintoresco ocurrido hacía muy pocas fechas por aquel entonces. El mismo habría tenido como protagonistas a la esposa e hijos de Mañas Descalzo, quienes habrían arrojado ácido corrosivo sobre la cara de una mujer, quien fallecería en septiembre de 1977 como consecuencia de un proceso bronquial.

El caso «Reace» mantuvo en vilo a la opinión pública gallega y española de la segunda mitad de la década de los setenta del pasado siglo. Sin embargo, a diferencia de lo que sucede en cualquier película de suspense, aquí jamás se llegó hasta el final y nunca se supo lo que realmente había ocurrido con el aceite que se guardaba en los desmantelados silos de Guixart, en el término municipal de Redondela.

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Mata a un vecino por impedirle pasar por su finca

Parroquia de Torbeo, Lugo, donde ocurrió el crimen

En la década de los sesenta del pasado siglo todavía no había comenzado la espectacular regresión demográfica del mundo rural gallego. Estaba en ciernes. Seguía siendo un territorio atávico y costumbrista, pero muy poco conocido tal como lo demuestran las pocas crónicas que en torno al el mismo se hacían. Era dibujado por la prensa estatal poco menos que una zona inhóspita, aunque distase bastante de esto último. Rara vez era reflejada con realismo y rigor. Las más de las veces se hacía con desprecio y no exenta de un falso aire de superioridad y paternalismo por quien hacía esas infantiles y vulgares crónicas.

Sus lugareños, todos ellos muy campechanos y con aire bonachón, permanecían ajenos a lo que se escribía en periódicos de Madrid y Barcelona. Era algo que no les preocupaba lo más mínimo. Su vida transcurría en medio de una pasmosa rutina, que tan solo se veía alterada en los meses estivales cuando celebraban sus fiestas patronales o bien cuando venían los miles de emigrantes que se habían trasladado hasta distintos países de Europa. En América solo quedaba Venezuela.

A pesar de ese ambiente rutinario y tranquilo a veces sucedían algunos acontecimientos que les hacían saltar de una forma espontánea y abrupta a las primeras páginas de los distintos rotativos, tanto de tirada regional como nacional. Entonces, muchas pequeñas localidades perdían, aunque solo fuera en el transcurso de unas horas, ese feliz anonimato en el que discurría una placentera y apacible vida, pese a las burlas que se pudiesen hacer en algún que otro medio de comunicación escasamente informado de lo que sucedía en Galicia.

Uno de esos hechos ocurriría en un pequeño lugar de la parroquia de Torbeo, perteneciente al municipio lucense de Ribas de Sil el día 25 de junio de 1968. Nunca se supo muy bien como habían ocurrido los hechos en la pequeña localidad de Cortes, que hoy en día cuenta con tan solo tres habitantes, mientras que el término municipal ya baja del millar, aunque en aquel entonces tenía censadas algo más de 2.500 personas.

Discusión

Al parecer, el suceso, que le costaría la vida a Juan González Freijo, de 75 años de edad, comenzó al atardecer de aquel día estival de 1968, en un tiempo en el que todavía estaba muy presente el mayo francés de aquel mítico año, cuando este reprochó a un vecino suyo el hecho de pasar con el caballo que montaba por una finca de su propiedad, pues entendía, que además de no tener derecho de posesión -figura controvertida en el derecho consuetudinario gallego- le destrozaba los cultivos que había cosechado.

Molesto por la actitud de Juan González, su vecino Eduardo Vázquez Losada, de 77 años de edad, descendió de su equino para «aclarar» las cosas con el dueño de la propiedad. Al parecer, según testificó en el juicio que se celebró en su contra en la Audiencia Provincial de Lugo, este último manifestó que la víctima le había insultado, además de ofenderle con distintos improperios. Llegado el momento, ambos se enzarzarían en una pelea cuerpo a cuerpo en el transcurso de la cual Eduardo sacó de su bolsillo una navaja de grandes dimensiones, muy propias en los hombres del rural gallego de la época, con la que asestó distintas puñaladas a Juan González Freijo.

Consciente de la gravedad que habían adquirido los acontecimientos, el agresor puso en conocimiento del vecindario el suceso del que acababa de ser protagonista e informó de las lesiones que le había inferido a su vecino, con quien al parecer no mantenía muy buenas relaciones. Inmediatamente sería trasladado al Hospital de Monforte de Lemos, con heridas muy graves, donde los médicos nada pudieron hacer por salvarle la vida, falleciendo a las dos horas de haber ingresado en el centro sanitario.

Ocho años de cárcel

En octubre de 1968 se celebró el juicio contra Eduardo Vázquez Losada en la Audiencia Provincial de la capital lucense. La autoridad judicial tuvo en cuenta el arrepentimiento espontáneo del agresor, así como el hecho de que hubiese avisado al vecindario de lo sucedido. Finalmente, sería condenado a la pena de ocho años de reclusión mayor y a indemnizar a los herederos de la víctima con la cantidad de 100.000 pesetas (600 euros actuales). El autor del crimen saldría de prisión al cumplir algo menos de la mitad de la condena, ya que se tuvo en cuenta la elevada edad con la que contaba, 77 años, hace ya más de medio siglo, unos dígitos que no alcanzaba todo el mundo en aquel entonces.

Con este suceso, saldría una vez más el viejo, difuso y falso mito de la mal llamada Galicia profunda, así como una de las causas por las que era más común que en la época ocurriesen desgraciados sucesos como este. Una gran parte de estos acontecimientos sangrientos obedecían a un orgullo personal mal entendido o a viejos rencores que saltaban en el momento menos esperado por otros hechos que habían ocurrido en el pasado.

Los diarios de Madrid y Barcelona se encargaban de hacer carnaza con los muy pocos sucesos de estas características que ocurrían en el mundo rural gallego, presentándolo poco menos que si fuese un territorio comanche. Sin embargo, Galicia jamás fue el este americano y si el punto más occidental del Finisterrae conocido, que nada tenía que ver con aquellas estrambóticas crónicas que se reflejaban sobre un amarillento y crudo papel que tiznaba las manos con su espesa y tóxica tinta negra.

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