El asesinato de Hildegart Rodríguez

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La España de la década de los treinta del pasado siglo era un país en el que se sucedían las convulsiones sociales. Los gobiernos de la Segunda República eran breves. En algunas ocasiones duraban menos de una semana. A mediados de 1933 estaba a punto de caer el ejecutivo liderado por Manuel Azaña Díaz, que había resistido apenas medio año. Pero si mal se andaba en Madrid, mucho peor en Galicia, que era un territorio que la única salida que ofrecía a sus naturales era la emigración americana, aunque Cuba estaba a punto de cerrar sus puertas, tanto por la crisis económica que sufría la isla caribeña como por las nuevas leyes del 50 por ciento promulgadas por el dictador Gerardo Machado con la finalidad de favorecer la contratación de ciudadanos del territorio insular. Los dos años de ejecutivos republicanos habían pasado poco menos que desapercibidos para la mayoría de los gallegos, que parecían estar eternamente recluidos allende las montañas de Pedrafita do Cebreiro.

En aquel convulso año 1933, el mismo en el que ascendió Adolf Hitler al poder, un hecho sangriento alteraría todavía más las revueltas y turbulentas aguas por las que discurría la trágica década de los años treinta. El 9 de junio de ese año Aurora Rodríguez Carballeira decidía terminar con la vida de su hija Hildegart Rodríguez Carballeira tras dispararle hasta un total de cuatro tiros en su vivienda de la madrileña calle de Galileo, que se sitúa a caballo de los barrios de Argüelles y Vallehermoso. Ella misma había concebido a su única descendiente como un experimento científico, sin importarle lo más mínimo el terrible escrutinio público al que se sometía en un tiempo en el que las madres solteras eran cultivo de la más absoluta marginalidad. El crimen fue portada de los principales diarios de entonces, además de causar una gran consternación, ya que la muerte de Hildegart Rodríguez que, pese a contar con tan solo 18 años cuando fue asesinada, era ya toda una distinguida personalidad en distintos ámbitos, principalmente en el político y el social.

Divergencias y paranoia

Desde hacía ya algún tiempo la relación entre Hildegart y su madre se había comenzado a deteriorar, principalmente por el carácter posesivo e intransigente de esta última, quien ejercía una influencia fuera de lo común sobre su única hija, hasta el extremo de pretender anular a su personalidad. Aurora Rodríguez se oponía al más mínimo cambio de la persona que ella había concebido con la finalidad de que fuese una liberadora de la mujer. No admitía la mínima transgresión de los objetivos con los que había sido concebida su vástago, hija natural de un sacerdote gallego ya que así este jamás le reclamaría su paternidad. Ni siquiera en el plano personal. Ni mucho menos en el ideológico.

Hildegart se daba cuenta de la crisis de paranoia de su madre, quien la agobiaba de forma incesante en todo cuanto hacía o pensaba. En aquellos últimos años de su existencia sus divergencias con su madre iban creciendo de forma paulatina hasta el punto de hacerse insoportable su existencia. La joven la había advertido muchas vecese de su deseo de abandonar el nido materno para volar hacia una existencia independiente, pero este no llegaba a realizarse debido al chantaje al que la sometía su progenitora, quien en diversas ocasiones la amenazó con suicidarse en caso de que la abandonase.

Hay quien sostiene que la gota que colmó el vaso de la paciencia materna fue el hecho de que Hildegart Rodríguez abandonase el PSOE para integrarse en el Partido Republicano Federal, una formación de tendencia centrista próxima a los postulados del político republicano Alejandro Lerroux. Otros apuntan a que el crimen que le costaría la vida a la joven intelectual de la época fue debido a la supuesta relación sentimental que esta mantenía con otro joven, Abel Vilella, viendo así su madre como se le escapaba el producto que con tanto esmero y a lo largo de muchos años había cuidado y perfilado en su más perfecta imagen o semejanza. Sea de una forma u otra, lo cierto es que no le dolerían prendas en deshacerse de su hija a primeras horas de la mañana de aquel ya lejano 9 de junio de 1933.

Los efectos de la paranoia que padecía Aurora Rodríguez Carballeira sobrepasaban lo evidente. En las fechas previas al deceso de su hija, un buen día que esta había salido sin su permiso cerró todas las ventanas y recorrió la vivienda en penumbra con la intención de buscar una pistola que guardaba en casa y no se percatase de esto último la sirvienta que trabajaba en su domicilio. Posteriormente subió a la azotea y comprobó que el arma que utilizaría para acabar con la vida de Hildegart funcionaba correctamente, tras hacer un disparo al aire. Guardaría el arma en el sostén que vestía. La hija, al ver la casa con la práctica ausencia de luz, se mostró muy sorprendida y preguntó reiteradamente a su progenitora a que obedecía aquel estado, que le parecía propio de los delirios y alucinaciones que supuestamente afectaban a su madre.

Temor al abandono

En la mente de Aurora Rodríguez retumbaban constantemente las advertencias de su hija, quien le advertía que había llegado el momento de «volar sola». No era capaz de asumir que Hildegart quisiera disponer de su propia libertad y hacer su propia vida a su antojo, pues ya no era ninguna cría. Durante varios días permanecieron en un total aislamiento, prácticamente absoluto, en el que su madre expresaba una y otra vez sus delirantes ideas. Incluso llegaba a barajar la rocambolesca idea de que lo que a su hija le pasase obedecía a una supuesta conspiración en la que estarían hipotéticamente involucrados el Partido Comunista de España y el servicio secreto británico.

Incapaz de asumir la realidad que le tocaba vivir, y en una situación prácticamente demencial, a las nueve de la mañana de aquel 9 de junio de 1933 se dirigió a la habitación de Hildegart, quien descansaba plácidamente sobre su cama. Aprovechó la circunstancia de que la empleada que servía en su domicilio había bajado a pasear los perros para tomar en sus manos la pistola que días antes había buscado sin que nadie pudiese verla. Una vez en el cuarto de su hija disparó sobre los temporales ocasionándole dos heridas mortales de necesidad. No contenta con eso, realizó un tercer disparo sobre la barbilla para terminar rematándola de un último tiro en el pecho. Ponía así fin al «experimento vital» que ella había concebido, pero que -en los últimos años- no había discurrido por el recto camino que le había trazado.

El asesinato de Hidlegart Rodríguez conmocionaría a la España de entonces, y también a su Galicia natal, que veía como se perdía a una prometedora esperanza de la época. La joven había alcanzado la licenciatura de Derecho con tan solo 18 años, siendo ya una respetable intelectual de la época que ya había publicado un total de 16 monografías, además de cerca de 200 artículos en distintos periódicos y revistas de su tiempo. Hildegart, ya se había ganado el respeto y admiración de personalidades tales como Gregorio Marañón, Ortega y Gasset o Juan Negrín. Del experimento preparado por su madre da cuenta su precocidad en conocimientos como leer o escribir, que ya lo hacía con tan solo tres años, además de conocer idiomas como francés, alemán, inglés o latín cuando tenía apenas seis. Con su muerte se había malogrado toda una precoz personalidad de su tiempo, que no pudo resistir la paranoica actitud de una madre que le pretendía negar sus más elementales derechos cuando ya tenía edad para decidir.

De los gastos derivados de su velatorio y sepelio se encargaron los dirigentes del Partido Republicano Federal, al que pertenecía. Sin embargo, sus restos mortales acabarían en un osario común en el año 1942 al no haber quien se hiciese cargo de los gastos derivados del mantenimiento de su sepultura.

En un psiquiátrico

Durante muchos años el paradero de Aurora Rodríguez Carballeira fue toda una incógnita. Se afirmó falsamente que se le había perdido la pista tras la Guerra Civil, aunque hay que afirmar que esto es rotundamente falso. En el año 1977 se encontró un archivo que contenía su historial médico. En el mismo se daba cuenta que su deceso se había producido a consecuencia de un cáncer el 28 de diciembre de 1955 en el psiquiátrico madrileño de Ciempozuelos en el que llevaba internada más de dos décadas, desde que diera muerte a su hija, ya que la sentencia la condenaría a 26 años de reclusión. Su suerte, al igual que su vida, estuvo marcada por hechos que superan lo tremebundo y lo macabro.

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Cinco muertos por un desprendimiento de tierra en una cantera de Pontevedra

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En la década de los años cincuenta del pasado siglo todavía proseguían con intensidad las dramáticas consecuencias de una Posguerra que se prolongaba en exceso. A todo ello había que añadir un duro plan de estabilidad que estaban llevando a cabo los tecnócratas del régimen franquista para intentar frenar el constante alza de precios que había sucumbido al país en una grave crisis. Galicia entonces continuaba siendo un territorio escasamente desarrollado y ahora los jóvenes miraban a Europa, en vista de que América sufría fortísimas crisis económicas ocasionadas por los distintos regímenes dictatoriales que habían sufrido aquellos países que hacía escasamente dos décadas eran pintados como un auténtico dorado, tanto por los navieros como los emigrantes que se encontraban desplazados en aquellas tierras.

Pese a la dureza del devenir cotidiano, los gallegos de la época debían arreglárselas a muy duras penas para intentar sobrevivir en una tierra que, además de lluvia y verde, no ofrecía mucho más. Cualquier trabajo era bueno para alimentar a las numerosas proles que todavía conformaban la mayor parte de las familias, aunque una mayoría de ellos viviese en aquel plácido mundo rural en el que nadie parecía tener jamás prisa. Fue precisamente en uno de esos rudos empleos, tal y como era una cantera, donde cinco hombres, todos ellos bastantes jóvenes, perderían su vida mientras trabajaban en la extracción de piedra en la cantera de Area con picos y palas en la tarde del 3 de septiembre de 1957. El trágico siniestro ocurrió en la parroquia de Dorrón, perteneciente al hoy municipio turístico de Sanxenxo, mientras arrancaban el mineral con el que se construiría el futuro muelle de Portonovo. El infortunio que se cebó con aquellos hombres quiso que este se produjese cuando estaban a punto de concluir su jornada laboral, pues el reloj ya marcaba las seis de la tarde.

10.000 toneladas de tierra

En aquella cantera trabajaban un total de 21 trabajadores en duras jornadas que se prolongaban de sol a sol. Además de la dureza del trabajo, los operarios debían hacer frente a una pegajosa humedad derivada del calor que en aquellos días estaba afectando al suroeste gallego. El desprendimiento, cuyas causas jamás llegaron a saberse y siguen siendo un misterio más de 60 años después, sorprendió de una forma súbita y repentina a aquellos hombres, de los cuales 14 lograron escapar al gran alud de tierra que se precipitaría sobre el lugar en el que se encontraban extrayendo tierra. Tres de sus compañeros quedarían sepultados prácticamente en el acto, mientras que otros dos sufrirían heridas de consideración. Uno de ellos, Marcial Dovalo, sufrió la amputación de su pierna derecha a consecuencia del desgraciado siniestro.

Se calculaba, según cifras facilitadas por la prensa de la época, que un total de 10.000 toneladas de tierra se precipitaron sobre los trabajadores que fallecieron aplastados por aquel inoportuno alud. Inmediatamente después de producirse el fatal accidente se trasladaron hasta el lugar los vecinos, como tantas veces ha sucedido en Galicia, así como efectivos de la Guardia Civil y bomberos de Pontevedra, que trabajaron con denuedo en las labores de auxilio y rescate de los hombres que habían quedado sepultados bajo la gran masa de tierra que se les había venido encima.

Rescate trágico

Dos de los trabajadores que quedaron apresados bajo el impresionante cúmulo de tierra que había acabado con la vida de dos de sus compañeros, conseguirían sobrevivir -en un primer momento- a tan dramático accidente. Desde el exterior se escuchaban sus voces y se dispuso la construcción de un túnel con la finalidad de rescatarlos. A través de una pequeña ranura se escuchaban las voces de  Manuel Torres Rosales y José Gómez, solicitando el auxilio de las personas que trataban de socorrerlos. A través de esa pequeña hendidura les facilitaron leche y coñac con la finalidad de reanimarlos, aunque ambos se hallaban heridos de gravedad. Sin embargo, los esfuerzos resultarían vanos, ya que los dos hombres acabarían pereciendo debido a la gravedad de sus heridas.

En aquel entonces no era una época en la que se tuviesen en cuenta factores como la seguridad laboral, a lo que las autoridades de aquel tiempo tampoco contribuían de una forma decisiva. De la dureza y capacidad de esfuerzo daban cuenta también los medios impresos de aquel entonces, que cifraban en 5.000 toneladas de piedra que habían sido extraídos por aquellos hombres sin necesidad de tener que recurrir a los siempre peligrosos explosivos, que tantas vidas costaron en instalaciones similares a esta.

Los fallecidos a consecuencia de este trágico siniestro fueron Manuel Rosales Torres, quien contaba con 46 años de edad, y dejaba una mujer viuda con siete hijos a su cargo; José Gómez Méndez, de 26 años, que dejaba viuda un hijo pequeño; Santiago Bermúdez Requejo, de 26 años; Ramón Osorio, de 25 y Manuel Muíño, de 46, quien estaba casado.

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El cuádruple crimen de Nigrán

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Imágenes del entierro y el juicio por el cuádruple crimen de Nigrán

En los años noventa Galicia se encontraba en plena transformación de cara al siglo XXI. En los distintos canales de televisión, así como en la prensa, se reflejaban las obras de las autovías que, por fin, terminarían con el atraso finisecular de una tierra en la que su gran figura seguía siendo Manuel Fraga Iribarne. El todopoderoso presidente de la Xunta era noticia por muchas cosas. Además de haber visitado a dictador cubano Fidel Castro, también alcanzaba notoriedad por sus mayorías absolutas en un tiempo en el que sus adversarios políticos nada podían hacer ante el ciclón que representaba el líder conocido como «el León de Vilalba». De la misma forma, distintos ensayos del político conservador gallego servían de acicate a la polémica en el apartado concerniente a las competencias que debían de tener los distintos gobiernos autonómicos, presentándose a sí mismo como un arduo defensor de los derechos del autogobierno en la comunidad autónoma que presidía.

En aquella Galicia, en la que todo parecía ir viento en popa, también sucedían acontecimientos desagradables. Alguno, casi extremo y demasiado desagradable. El bonsai Atlántico, tal como la definió el escritor gallego Manuel Rivas, no estaba acostumbrado ni mucho menos preparado para sufrir algunos hechos que parecían más propios de otras latitudes que del finisterrae europeo. Así sucedió al anochecer de aquel 31 de enero de 1994 cuando dos policías, que no eran precisamente funcionarios ejemplares, ejecutaron un macabro plan consistente en dar muerte a la familia del empresario David Fernández Grande con el objetivo de extorsionarle y hacerse así con un suculento botín de 20 millones de pesetas(120.000 euros). El suceso guarda una aparente relación con el relatado por Truman Capote en su novela «A sangre fría», aunque aquello era América y no la idílica Galicia.

En torno a las ocho y media de la tarde del último día del primer mes del año, Manuel Lorenzo, y Jesús Vela, se encaminaron a la vivienda unifamiliar de Nigrán, localidad muy próxima a Vigo, con el objetivo de hacerse con un considerable botín para así poder hacer frente a las innumerables deudas de juego, drogas y prostitución en las que se hallaban inmersos. Tras llamar a la puerta del chalet, les abrió la esposa de Fernández Grande, Pilar Sanromán, a quien le preguntaron en reiteradas ocasiones por su marido. A la vez que se cercioraban de que no se encontraba en casa, llegaron los primeros rodeos de aquellos hombres que posteriormente le preguntaron por el hijo mayor, de quien decían que estaba siendo investigado por un asunto turbio, lo que alarmó a la dueña de la casa.

Guantes quirúrgicos

Los dos policías para llevar a cabo su plan utilizaron unos guantes quirúrgicos con la finalidad de no dejar huellas que, en un momento dado, pudiesen incriminarles. A partir de ese instante comenzaría el largo calvario de una familia que sufriría en sus propias carnes un gran y terrible horror. En ese momento comenzaron su macabra fechoría amordazando y maniatando a las tres personas que en ese momento se encontraban en la vivienda, Pilar Sanromán y sus dos hijos, David, de 22 años y Pedro, de 15.

En medio de una gran tensión, algo más de dos horas mas tarde llegaba a su casa el principal objetivo de aquellos dos desalmados, el conocido empresario David Fernández Grande, quien al entrar en su domicilio se vio sorprendido por aquellos dos hombres a cara descubierta, a quienes conocía y que le exigieron 200 millones de pesetas(1,2 millones de euros) a cambio de su libertad y de la de los restantes miembros de su familia. Un poco más tarde de la llegada del patriarca del clan familiar, llegaría su hija Marta, con quien, los secuestradores de su familia, aplicarían el mismo protocolo que los demás moradores de aquella vivienda.

Desde un primer instante, el empresario les advirtió que no contaba con la cantidad de dinero exigida, por lo que se inició una larga y tensa negociación entre los secuestradores y el industrial gallego. Se iniciaba así una dramática y tensa noche en la que de cuando en vez los extorsionadores intercambiaban alguna breve conversación con Fernández Grande con la finalidad de tratar de llegar a un acuerdo que pusiese fin a la situación. La cantidad que debía entregar a sus captores se fijó en 20 millones de pesetas(120.000 euros).

A primera hora de la mañana llegaba a la casa la empleada doméstica, Ana Isabel Costas, que sería igualmente amenazada y amordazada como lo habían sido los otros cinco miembros de la familia.

La matanza

Tras la desesperante situación que vivía la familia Fernández Sanromán, por fin llegaría el dinero, por vía de un empleado de las empresas de David Fernández, quien llegó con la cantidad exigida por los secuestradores en torno a las dos de la tarde del día 1 de febrero. Quizás en ese momento la familia extorsionada creyó que la situación llegaba a su fin, pero quizás no imaginaba que iba a ser tan trágico ni tan dramático. A partir de ese momento se iniciaba la segunda fase del macabro plan trazado por los dos agentes de policía, consistente en separar a los miembros de la familia e ir repartiéndolos en las distintas estancias que tenía la casa.

En ese momento se desencadenaría la terrible orgía de sangre y dolor que aterraría a Galicia y al resto de España. Uno de los secuestradores, Manuel Vela disparo, con un cojín de por medio para evitar que se escuchase el disparo, sobre el empresario. Al parecer, marró uno de los tiros, pero acertaría el segundo con el que acabó con su vida. Repetirían el ritual con los restantes miembros de la familia, a excepción de los dos hijos varones, que se encontraban encerrados en una habitación. Conscientes del futuro que les podía aguardar sino hacían algo, consiguieron romper las ligaduras con las que habían sido maniatados y echar el pestillo de la puerta. Gracias a esta habilidad, comenzaron a lanzar gritos de socorro por una ventana que daba a la calle. Los policías darían constantes golpes a la puerta del cuarto en que estaban encerrados, amenazando con matarlos sino abrían, pero la cerradura resistió el envite de los golpes de los secuestradores.

Los crímenes fueron cometidos con un arma corta, 9 milímetros parabellum, que supuestamente había sustraído Manuel Vela de la Comisaría de policía Vigo, siendo arrojada posteriormente al mar, ya que nunca apareció. Ambos agentes del cuerpo armado disponían de un impresionante arsenal de armas, aunque en el cuádruple crimen solamente se empleó el arma anteriormente mencionada.

Ante el temor a que pudieran ser descubiertos, decidieron abandonar el lugar de autos, con su botín. Sin embargo, dos de las víctimas habían logrado sobrevivir a aquel dramático y cruel envite. Sus testimonios resultarían fundamentales en la resolución del caso, ya que uno de los muchachos conocía personalmente a uno de los asaltantes. Su detención sería tan solo cuestión de horas. Manuel Lorenzo fue detenido en el momento en que abandonaba una cafetería, en tanto que su compinche, Jesús Vela corrió su misma suerte en el instante en que bajaba a depositar la basura en los cubos habilitados a tal efecto. Previamente, se habían repartido el suculento botín que habían alcanzado. 

El diario madrileño «El País» publicaba, en su edición del 4 de febrero de 1994, que uno de los secuestradores, Manuel Lorenzo había planeado asesinar a su compañero de andanzas, citando a fuentes de la investigación policial. Al mismo tiempo, informaba que había sido hallado parte del dinero que habían conseguido en un vehículo, marca Opel Kadett, de color rojo, alquilado por este último policía con la intención de huir a Portugal. En el coche se encontraron algo más de ocho millones y medio de pesetas(51.000 euros) de la parte que le había correspondido del botín.

424 años de condena

El juicio por aquella brutal matanza se celebraría en el mes de junio de 1996 en medio de unas excepcionales medidas de seguridad, así como de una gran expectación. Contra los autores del crimen existían una gran infinidad de hechos probados que demostraban sus verdaderas intenciones, siendo la principal los guantes quirúrgicos que emplearon en su macabro plan. A ello se sumaba el hecho que incluso habían recogido las colillas de los cigarrillos que habían consumido a lo largo de la noche, con la finalidad de eliminar cualquier prueba de cargo en su contra.

Uno de los acusados, Manuel Lorenzo se sacó de la manga una versión extraordinaria con la que pretendía justificar aquella matanza. Según su declaración, esta habría sido obra de un tercer hombre, cuyo nombre no revelaba porque había amenazado a su novia con la que -por aquellas fechas- tenía pensado contraer matrimonio. La misa sería consecuencia de una operación de tráfico de armas por la que el empresario asesinado había recibido 200 millones de pesetas(1,2 millones de euros).

Manuel Lorenzo y Jesús Vela serían condenados cada uno a un total de 212 años de prisión, por seis delitos de detención ilegal, uno de robo con homicidio, cuatro de asesinato y dos de homicidio en grado de tentativa. A todo ello, se les sumaban también otros delitos menores.

Indemnización a un acusado

El Tribunal de Estrasburgo rechazaría la posibilidad de que Manuel Lorenzo fuese indemnizado por el tiempo que permaneció en prisión mientras estuvo vigente la llamada «Doctrina Parot». Cuando esta fue revocada por los magistrados europeos, tanto Lorenzo como Vela alcanzarían su libertad definitiva en el año 2013. A pesar de todo, el alto tribunal si estimó que se indemnizase al acusado con los 2.000 euros que había empleado en las costas que le costó el recurso.

La puesta en libertad de los dos asesinos no pasaría desapercibida para la familia y amigos de las víctimas, quienes se manifestaron en contra de la decisión de excarcelarlos. Además, instaban a las autoridades que los mantuviese alejados de la ciudad de Vigo, dado el temor que podían ocasionar en la población, así como las secuelas que podría producir a los familiares de las víctimas. Si bien, esta última medida solamente se concede en caso muy puntuales, tales como los del maltrato a mujeres.

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Una anciana desaparecida en Guitiriz

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Balneario de Guitiriz, lugar al que acudía la anciana desaparecida todos los años.

Son muchos los que piensan que es peor la desaparición de un ser querido, del que no se vuelven a tener noticias -por la circunstancia que sea- que la muerte de una persona. Cuando una persona fallece, se sabe cual ha sido su destino final y, a pesar del dolor que ello causa, no queda la incertidumbre y la angustia que si se da cuando una persona desaparece sin dejar rastro, desconociéndose que camino haya podido tomar y a que lugar pudo haber ido a parar. Es un sin vivir que sufren las familias de aquellas personas de las que no se vuelven a tener noticias, sin saber el motivo aparente de su desaparición ni tampoco la causa. Dicen los expertos que, con el paso de los años, a la mayor parte de los desparecidos se les puede dar por muertos, ya que al no dar señales de vida lo más probable es que con su injustificada ausencia tal vez se haya producido su óbito. O tal vez no. De ahí la gran incertidumbre y angustia con la que viven las personas de su entorno más próximo sin saber a que atenerse.

Uno de los grupos de edad en los que las desapariciones son más frecuentes son los de las personas mayores, ya sea porque sufren alguna demencia o una enfermedad de tipo degenerativo, son muchos los que abandonan sus domicilios sin regresar al mismo. Quizás porque el daño que sufre su cerebro es ya demasiado grande y les hace perder ciertas habilidades muy comunes para el resto de los humanos. A la mayor parte de los mismos se los encuentra en cuestión de horas, todo más tarde uno o dos días. Los síntomas de la tragedia comienzan a hacerse más palpables entre sus allegados cuando esa ausencia se prolonga más allá de las 48 horas. Es entonces cuando se habla lisa y llanamente de desaparición. Así sucedió con Eugenia Guizán Martínez, una anciana de 81 años, natural de la parroquia lucense de Momán, en el municipio de Xermade, a quien se le perdió el rastro en la jornada del sábado, 3 de septiembre de 1981.

La mujer, que aparentemente se encontraba bien de salud, vivía regularmente en Ferrol. Todos los años en época estival se acercaba hasta la localidad lucense de Guitiriz para disfrutar de sus aguas termales. Se alojaba en la calle rúa río Forxa, una zona en la que reside un importante número de vecinos de la villa termal chairega por excelencia. Pasaron bastantes horas desde su desaparición y el desasosiego y la inquietud comenzó a a hacer mella en sus familiares, que inmediatamente se pusieron a buscarla.

Ruta a pie

La mujer, que desde muy joven había vivido en la ciudad departamental, hacía casi todos los días una ruta a pie por distintos parajes de la zona, pues le gustaba pasear y ello contribuía a su salud. Pese a que ya tenía 81 años, Eugenia Guizán se encontraba perfectamente, con la salvedad de que sufría diabetes, pero no padecía ninguna otra dolencia que le afectase a sus actividades psicomotrices y mentales. Su estatura rondaba estaba en torno a 1,60 metros y su complexión era normal, además de usar gafas. Siempre se desplazaba sola hasta Guitiriz, pero de vez en cuando le hacían compañía sus hijos, quienes residían en Ferrol.

Las labores de búsqueda de la anciana desaparecida se prolongaron a lo largo de dos meses sin obtener resultado positivo alguno. Se hicieron batidas en las que participaron distintos efectivos de protección civil, vecinos y voluntarios, que rastrearon y peinaron la zona a lo largo de dos meses. De hecho, el Ayuntamiento de Guitiriz vaciaría una concurrida piscina fluvial, ubicada en el paraje de Os Sete Muíños por si la mujer hubiese caído a la misma, pero no se logró resultado positivo alguno. De la misma forma, se peinó la práctica totalidad del caso urbano guitiricense y toda su área rural, llegando incluso hasta la localidad coruñesa de Monte Salgueiro. Pero, todos los esfuerzos resultaron vanos. Las pocas pistas que de ella se tenían enseguida se esfumaban cuando eran debidamente rastreadas por los distintos efectivos que se encargaban de su búsqueda.

Los cazadores del TECOR de Terra Chá también se sumarían a la infructuosa búsqueda, al ser ellos quienes mejor conocían los recovecos del monte, muy abundantes por todo el área en la que supuestamente se le suponía a Eugenía Guizán. Sin embargo, su búsqueda también resultó en vano. Su familia distribuyó carteles y pasquines en los que aparecía su rostro, pero nadie pudo dar una mínima pista que contribuyese a aclarar su paradero. Se hicieron también llamamientos a las distintas comandancias y destacamentos de la Guardia Civil, sin conseguir resultado alguno.

En noviembre de 2010, al cumplirse el quinto aniversario de su desaparición, una hija de la desaparecida  presentó un expediente en el que se solicitaba la declaración de fallecimiento de su madre ante el juzgado de primera instancia e instrucción de Vilalba, en Lugo, dado que se ignoraba su paradero desde hacía un lustro. Era este quizá el último y amargo trámite que le faltaba a la familia, quien, 14 años después, continúa con la trágica y dolorosa incertidumbre de no saber jamás lo que le pudo haber pasado a su madre en aquel caluroso septiembre del año 2005.

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Los GRAPO asesinan a un trabajador de Vulcano en Vigo

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Olegario Collazo fue asesinado en la Travesía de Vigo

La Transición democrática transcurría en Galicia con la más absoluta normalidad, incluso con una cierta alegría por los tranquilos aires de cambio que se estaban viviendo, que llegaban con la promesa de un futuro que, aunque incierto, todo hacía presagiar que era evidente una mejora en las condiciones de vida de los algo más de 2,7 millones de habitantes con los que contaba la tierra de Rosalía en aquel entonces. Solamente se sobresaltaban en época electoral, cuando algunos coches recorrían ciudades y villas gallegas con unos potentes y molestos altavoces solicitando el apoyo popular para una candidatura u otra. Era una de las grandes novedades del nuevo tiempo que se avecinaba, pese a que había muchas otras.

Galicia siempre ha tenido la sana fama de ser un lugar pacífico -cuando no idílico- en el que apenas suceden cosas graves, aunque, por desgracia, tampoco se libra de estar presente en las páginas de sucesos, como casi todos los lugares. El terrorismo tuvo una contada escalada en esta tierra, con algunos brotes, pero que por fortuna nunca llegaron a enraizar lo suficiente como para que se alterase la normal placidez y convivencia de los gallegos. En los años ochenta surgió un minúsculo grupo, el denominado Exército Guerrilheiro, cuya efímera existencia se saldaría con cuatro víctimas mortales y un indeterminado número de heridos. El lugar de Galicia donde más engarzaría el terrorismo fue la ciudad de Vigo, en la que -debido en parte a su actividad industrial- surgieron los autodenominados Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre(GRAPO), que llevarían a cabo algunas actividades violentas en el sur gallego y en Santiago de Compostela, principalmente, llegando a disponer en la urbe olívica de una sólida y constante infraestructura.

La primera víctima de los GRAPO en Galicia sería un humilde trabajador, Olegario Collazo Melón, empleado de la factoría Vulcano, quien moriría acribillado a balazos cuando se disponía a entrar en su utilitario a primera hora de la tarde del 9 de abril de 1979, lunes santo para más señas, jornada previa a la gran tragedia que viviría la ciudad tan solo 24 horas más tarde con el trágico y dramático accidente de Santa Cristina de la Polvorosa cuando un autocar en el que viajaban 45 niños, acompañados de sus profesores, se precipitaría a las aguas del río Órbigo a su paso por la provincia de Zamora. Y es que las desgracias nunca llegan solas.

Confusión

Si cualquier muerte violenta carece de cualquier explicación racional, en este caso adquiere dimensiones mayúsculas. Al parecer, según diversos comunicados emitidos por los terroristas posteriormente remitidos a distintos medios de información, el asesinato del trabajador de Vulcano obedeció a una dramática y macabra confusión. El objetivo de sus asesinos no era el empleado de los conocidos astilleros vigueses sino un inspector de la policía, a quien habían estado haciendo un seguimiento en fechas previas, tal y como quedaría acreditado en el juicio que se celebraría dos años más tarde en la Audiencia Nacional en Madrid.

Olegario Collazo había adquirido un coche de segunda mano que con anterioridad había sido propiedad de un funcionario del Cuerpo Superior de Policía. Los terroristas, confundidos por este impreciso dato, habían estado siguiendo al trabajador, quien se vio sorprendido a las cuatro de la tarde de aquel lunes santo cuando se dirigía desde su domicilio, sito en la Travesía de Vigo, hasta la factoría en la que prestaba sus servicios como administrativo por dos jóvenes, uno de los cuales vestía un anorak  y una gabardina clara disparándole, hasta en siete ocasiones, con una pistola del calibre nueve corto, una vez que había bajado la ventanilla de su vehículo. La víctima había sido alcanzada por la metralla en los pulmones y el corazón. Inmediatamente fue trasladado por los servicios sanitarios hasta el Hospital Xeral de la ciudad olívica en el que ingresaría cadáver, no pudiendo hacer otra cosa los médicos que confirmar su muerte.

El atentado provocaría una lógica ola de estupor e indignación en una localidad que para nada estaba habituada a este tipo de sucesos. Los trabajadores de Vulcano pararían en la jornada en la que tuvo lugar su sepelio, que constituyó una gran manifestación de duelo, en solidaridad con su compañero asesinado. La condena sería unánime desde todos los sectores de la sociedad gallega de la época, que se preparaba para vivir pacíficamente en democracia y libertad, aunque muchos pretendiesen con sus provocaciones alterar el tranquilo devenir al que siempre han aspirado y contribuido la totalidad de los gallegos.

55 años de prisión

Apenas medio año después de este asesinato, el cerebro de los GRAPO y principal inductor de este crimen, José María Sánchez Casas, sería detenido en Valencia, junto a otros miembros de la misma banda terrorista, entre los que se encontraba Isabel Aparicio, quien también había estado presente en la organización del atentado que le había costado la vida al trabajador gallego. El juicio contra estos dos terroristas, así como contra el autor material de la acción, Alfonso Rodríguez García y la también miembro del grupo violento, Carmen López Anguita se celebraría en abril de 1981 en la Audiencia Nacional en Madrid.

Los magistrados, en sus conclusiones definitivas, consideraron probado que Sánchez Casas había recibido información de otros miembros de su misma formación terrorista acerca del supuesto inspector de policía, que posteriormente no resultaría ser tal. De la misma manera también era condenado, en calidad de máximo responsable de los GRAPO, y de ordenar la muerte de Olegario Collazo a Rodríguez García, quien en aquel momento era el responsable de los comandos del grupo terrorista.

Por este crimen, José María Sánchez Casas sería condenado a 22 años de prisión, mientras que el ejecutor material del atentado, Alfonso Rodríguez debía cumplir una pena de 25 años de cárcel. Las dos mujeres detenidas serían condenas a cuatro años de prisión cada una de ellas por este mismo atentado. En total, las penas de cárcel por este suceso se elevaban a un total de 55 años de prisión, aunque Sánchez Casas acumulaba un total de 270 años de prisión por distintos hechos delictivos. Este terrorista fallecería en 1999, tras haber quedado en libertad dos años antes debido a la grave dolencia cardíaca que padecía. De la misma forma, también fallecería en la cárcel zaragozana de Zuera Isabel López Aparicio en los primeros días del mes de marzo del año 2014.

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Cuatro muertos y siete heridos al despeñarse un autobús en Pontevedra

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En la década de los años ochenta del pasado siglo muchas cosas estaban cambiando en Galicia. Algunas de una manera poco menos que repentina. Daba la sensación, como así era, de que los gallegos habían dejado de resignarse como lo habían hecho sus ancestros, aunque todavía seguían siendo muchos los que todavía cogían las maletas con rumbo a algún país europeo o a una próspera ciudad española. También crecían las grandes urbes gallegas. Por fin, las dos grandes ciudades gallegas de interior, Lugo y Ourense, amén de su capital, Santiago de Compostela, habían iniciado un progresivo despegue que les llevaría a sacudirse del eterno tópico que las consideraba dos aldeas grandes, en alusión a la pequeña patria de la mayor parte de los oriundos de Galicia.

Pese a todo, los gallegos continuaban careciendo de infraestructuras viarias en condiciones. Estaba dando sus últimos pasos el tradicional carro del país, tirado por una yunta de vacas o bueyes. Si bien es cierto que esta decadencia de aquel tradicional carruaje no se haría de forma repentina, dando paso al tractor, sino que le sustituiría un comercial e industrial remolque de acero y aluminio, provisto de sus respectivas ruedas con neumáticos, que tendría una vida poco menos que efímera, ya que al abandono del mundo rural, se sumaba una incesante y progresiva mecanización de este último que concluiría con varios siglos de la historia más íntima de una tierra que jamás renunció a a ser ella misma.

En aquellos años se hablaba de muchas cosas. Se había reavivado el debate sobre la conveniencia de un Estatuto de Autonomía, que sería refrendado el 21 de diciembre de 1980, en un referéndum que pasaría a la historia por ser la cita con las urnas menos concurrida de la historia de España. Apenas 20 de cada cien gallegos acudieron a la llamada de una fecha que se presumía iba a ser histórica, pero que nada dice en la actualidad en el calendario gallego.

Entre las grandes novedades de la época, se encontraba la aparición de grandes líneas regulares de autobuses que unían a Galicia con otros puntos del Estado, principalmente su capital, Madrid y también Barcelona y el norte peninsular. Todo ello parecía pintar muy bien, pero sin embargo tenía su dramático contrapunto en el ferrocarril, que había sido abandonado a su suerte y que parecía haberse quedado anclado cien años atrás, una factura que se sigue pagando en la actualidad.

Fruto de esas concesiones administrativas, una de las empresas más favorecidas fue la asturiana ALSA, que copaba una gran parte de las rutas que unían el noroeste ibérico con el resto de la Península, actuando poco menos que si fuese un monopolio. Un autobús de esa conocida línea de transporte de viajeros sufriría un espectacular accidente muy cerca de la villa pontevedresa de Lalín en la jornada del 22 de marzo de 1980. A consecuencia del mismo fallecerían cuatro personas, entre ellas una niña de cinco años y los dos conductores del autocar siniestrado.

Avería

Las causas del accidente que les costó la vida a las cuatro personas y heridas de diversa consideración nunca estuvieron del todo claras. El autobús se precipitó por un desnivel de 26 metros de altura, en un área barrancosa de la comarca del Deza, conocida como Pozo Negro,  apelativo que se había ido ganando a lo largo de los años por el sinnúmero de accidentes que allí se habían registrado. El mismo se encuentra en la antigua carretera que une Santiago de Compostela y Ourense.

A lo largo de varias decenas de metros se podían contemplar en el asfalto las marcas de las frenadas del autocar antes de precipitarse por el barranco, lo que da muestras que el conductor intentó, sin éxito, evitar el grave percance. Este hecho, unido a la moderada velocidad a la que iba el vehículo, sugirió que el autobús siniestrado pudiese haber sufrido alguna avería de tipo mecánico, antes de producirse el siniestro, siendo su principal causa. En aquellos momentos no se podía achacar el suceso al firme de la calzada, ya que se encontraba en perfecto estado, puesto que había sido asfaltado hacía muy poco tiempo.

En el autocar, que cubría el trayecto entre la localidad gallega de Tui y la fronteriza de Irún, viajaban alrededor de una veintena de personas, siete de las cuales sufrieron heridas de diversa consideración, siendo oportunamente trasladados a distintos centros sanitarios de la provincia de Pontevedra. Como se señalaba, cuatro de ellas perderían la vida. Dos de los fallecidos eran los conductores del autocar, Manuel López Díaz y Crisanto Fernández. De la misma forma también fallecería la viajera Carmen Varela Teijeiro y su hija, una niña de tan solo cinco años de edad.

La oportunidad de esta línea regular de viajeros que unía Irún y Tui, ambas localidades fronterizas de Francia y Portugal respectivamente, obedecía, en parte, a la gran cantidad de ciudadanos lusos que se trasladaban allende los Pirineos. Por fin, parecía ponerse fin al trágico trasiego de inmigrantes portugueses que viajaban de forma irregular y en unas condiciones infrahumanas a lo largo de décadas en camiones de ganado y otras pésimas circunstancias que dejarían sus buenos dividendos a algún que otro ávido empresario, carente de cualquier escrúpulo, que tampoco tenía rubor en abandonarlos en el sitio menos pensado, indicándoles, falsamente, que ya se encontraban en territorio francés, aunque todavía faltasen centenares de kilómetros. Algo se había progresado también en este sentido.

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Tres muertos en un motín en el carnaval de Vigo en 1903

carnaval

A comienzos del siglo XX la ciudad de Vigo estaba comenzando su expansión como gran urbe, aunque todavía estaba muy lejos de convertirse en la primera metrópoli gallega. Apenas tenía un censo de unos 20.000 habitantes, muy similar al que entonces contaban otras dos ciudades gallegas, Ourense y Lugo respectivamente. Sin embargo, gracias a la magnitud de su puerto, principal referente en el tráfico que se dirigía a tierras americanas, se estaban generando las circunstancias propicias para el crecimiento demográfico más vertiginoso, no solo España, sino también de toda Europa. La ciudad prometía y lo que no dejaba de ser un pueblo grande hace 120 años terminaría por convertirse en la primera urbe gallega de la actualidad.

Por aquel entonces se acercaban ya a la ciudad olívica gentes de toda Galicia, bien porque se trasladaban allende los mares u otras causas. Las fechas festivas eran un constante trasiego de personas, principalmente de localidades vecinas que se acercaban a disfrutar de los distintos eventos que tenían lugar en la urbe viguesa. Una época en el que ese constante deambular de almas era mucho más constante eran los días de Entroido, en el que eran ya miles las personas que se citaban en el centro histórico de Vigo. Esta festividad, que siempre ha gozado de una gran concurrencia, sería recordado en el año 1903 por un trágico motín que acabaría costando la vida de tres personas, a raíz de un incidente en el que se vio inmerso el jefe de la policía local viguesa, Prudencio Contreras, que no hacía en modo alguno honor a su nombre, ya que hacía escasos meses había sido cesado de su puesto por el gobernador civil, aunque sería restituido en su cargo por el nuevo alcalde vigués, su tocayo Prudencio Nanín.

Incidente con una persona disfrazada

Los desgraciados acontecimientos tuvieron lugar en la jornada del día central de las celebraciones festivas de carnaval, el 24 de febrero de 1903. Al parecer, los hechos se iniciaron a raíz de un incidente protagonizado por un miembro de la policía local que se enfrentó, desconociéndose el motivo, con una persona que iba disfrazada en la céntrica rúa viguesa del Príncipe. Un grupo de viandantes acechó al agente y se puso del lado del hombre que gozaba del carnaval, provocándose una inusual trifulca. Al tener conocimiento de los mismos, se desplazó al lugar el máximo responsable de la policía local de la época, un hombre que sacaba su sable con una facilidad pasmosa. Con el mismo provocaría graves heridas a varias personas que se habían concentrado en el lugar.

La actitud de Prudencio Contreras generaría que el incidente se multiplicase, viéndose implicados un mayor número de viandantes de los que en un principio se habían dado cita en el alboroto inicial, hasta el extremo que la grave provocación del responsable de los guardias vigueses les obligaría a estos últimos a refugiarse en sus dependencias de la casa consistorial. Al parecer, estos habían sido acechados a consecuencia de la actitud arrogante y prepotente de su jefe, quien les había ordenado de desenvainar sus sables y utilizarlos contra quienes los rodeaban.

Aquel incidente era tan solo el principio de lo que se iba a convertir en el carnaval más trágico de la historia de la ciudad olívica, ya que al tener conocimiento de lo que ocurría con los agentes municipales, recurrieron en su ayuda sus colegas de la Benemérita, quienes provistos de sus respectivos fusiles efectuarían varias descargas contra los amotinados, provocando la muerte de dos personas, entre ellos un niño, de 12 a 14 años, de nombre Cosme Martínez, que se encontraba vendiendo confeti en la zona aledaña a la plaza de la Constitución viguesa. Pero, por desgracia, no sería la única víctima de aquella aciaga tarde de Entroido, ya que también fallecería a consecuencia de los disparos un vecino de Gondomar, Rogelio Rey, quien disfrutaba de aquellas jornadas festivas. La tercera víctima fue José Lorenzo Iglesias, que fallecería a consecuencia de los sablazos recibidos por parte de la policía local. Además, según se desprende de las crónicas de la época, el capitán que estaba al mando de los guardias civiles en ningún momento ordenó disparar contra los allí congregados. A todo ello se añade que, al parecer, no efectuaron los tres disparos reglamentarios de advertencia. Al parecer, quien abrió el fuego fue un agente de la Guardia Civil al que secundarían sus compañeros.

Huelga general

El desgraciado acontecimiento provocaría la lógica rabia, frustración, indignación y consternación en la ciudad que veía como lo que prometía ser un día de fiesta se teñiría de luto. Todos los sectores se pusieron de acuerdo al unísono, incluida la primera institución viguesa, para condenar de forma unánime aquellos sangrientos acontecimientos que se reflejaban en prácticamente todos los periódicos españoles de la época. A raíz de los mismos, se suspenderían las fiestas de carnaval, entre ellos algunos bailes de piñata que estaban programados para el sábado siguiente. De la misma forma, fueron muchas las manifestaciones de solidaridad procedentes de diferentes puntos de la geografía española que recibieron las víctimas. La corporación local, además de condenar el sangriento suceso, abrió una suscripción popular para contribuir a paliar en la medida de lo posible la trágica desgracia. Además, el alcalde destituiría de su cargo a Prudencio Contreras. Si esto no fuera poco, Prudencio Nanín, titular de la alcaldía viguesa, dimitiría de su cargo, consciente de que se había equivocado gravemente al reponer en su puesto a su tocayo.

El 28 de febrero de 1903 Vigo, una ciudad que muchos años más tarde destacaría por su elevada conflictividad social debido al elevado número de trabajadores que se dan cita en su sector industrial, viviría su primera jornada de huelga general. En aquella jornada se pararía toda su actividad, que ya no era poca en aquel entonces. De la misma forma, los primeros grupos de la oposición de aquel tiempo aprovecharon el trágico incidente para hacer resonar sus primeros ecos, siendo este muy aludido en los distintos mítines y foros que se convocaban.

El hecho más significativo en la jornada de protesta por el «Martes sangriento de Carnaval», tal y como sería conocido históricamente, fue la gran manifestación que se desarrolló por las principales vías de la ciudad, con personas llegadas de otros puntos de la geografía gallega y también española. Algunos periódicos de la época reflejarían en sus páginas la «extraordinaria lección de ciudadanía» ofrecida por los vigueses, que condenaban así de forma unánime unos tristes sucesos que tan solo habían obedecido a la arrogancia de un energúmeno que, en medida alguna, estaba capacitado para mantener el orden de una ciudad que, con el devenir de los años, terminaría por convertirse en la principal urbe gallega.

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17 muertos en el hundimiento del «Centoleira»

El mundo de la mar ha generado históricamente una gran riqueza en Galicia, amén de un sinfín de ritos y creencias que han hecho del mismo un singular e histórico fenómeno que, además de todo ello, hace que goce incluso de su propia jerga. Los pueblos y villas costeras gallegas han estado siempre muy estrechamente unidas al ámbito marinero en general y al de la pesca en particular. Incluso, quienes son ajenos al trabajo en el mar, se sienten profundamente vinculados al mismo por una especie de aura marina que parece abarcarlo todo.

Sin embargo alrededor de todas esas vivencias, que muy bien podrían constituir un mundo aparte, van también íntimamente unidas las tragedias y las desgracias, que, a lo largo de la historia, han arrebatado muchas vidas humanas que se entregaron hasta el último aliento a ese mágico mundo en el que habían nacido, crecido, trabajado y hasta fallecido, como si de una macabra alegoría se tratase. En las costas gallegas se produjeron infinidad de naufragios y embarrancamientos de barcos y buques, llegando a ser denominada en uno de sus tramos como «A Costa da morte».

Pero no fue tan solo la costa occidental coruñesa el escenario de distintas tragedias, también en la zona sur del litoral gallego se produjeron algunas desgracias que han marcado profundamente a sus habitantes. Una de las más significativas en el siglo XX fue, sin lugar a dudas, el hundimiento de la embarcación «Centoleira» al amanecer del día de Reyes del año 1964 en la ría de Vigo. El pesquero llevaba navegando apenas una milla cuando fue embestido por el «Puente de San Andrés», a muy escasa distancia del Berbés y frente a la boya del Espigón de Bouzas.

Cinco marineros salvados

A consecuencia del abordaje del sardinero «Centoleira», que era de la villa de Moaña, en la Península del Morrazo, fallecería gran parte de su tripulación. Un total de 17 marineros perderían la vida en este trágico siniestro, salvando la vida solamente cinco de los 21 tripulantes que iban a bordo del pesquero hundido. El desgraciado accidente carecía de explicaciones técnicas, ya que el mar se encontraba encontraba en calma y se aventuraba una jornada más que serena y tranquila en el mar. La consecuencia del mismo fue achacada a la «falta de cuidado y vigilancia en la ría», por lo que el siniestro pudo haber sido causa de una descoordinación del tráfico marítimo.

En un primer momento, los hombres del pesquero abordado fueron socorridos por personal del buque que había colisionado contra ellos. También se dirigió al lugar del siniestro el «Massó 18», que en esos momentos salía para alta mar y se encontraba a muy escasa distancia de donde se había producido el desgraciado suceso. A consecuencia de este abordaje también quedaría inutilizado el «Puente de San Andrés», ya que se le enredaría en la hélice el aparejo de pesca del «Centoleira», por lo que tuvo que ser remolcado hasta el Puerto de Vigo.

Para efectuar las labores de rescate de los cuerpos de los fallecidos, en un primer momento intentaron introducirse dentro del barco hundido equipos de hombres-rana, quienes solo podrían recuperar tres cadáveres debido a que les era imposible penetrar dentro de la estructura del pecio, ya que las botellas de oxígeno que transportaban en sus lomos les impedían acceder al interior por la escotilla. Horas más tarde decidieron reflotar el barco llevándolo hasta Bouzas, donde se recuperarían nueve cuerpos más. Los restantes fallecidos aparecerían en días sucesivos flotando sobre aguas de la ría de Vigo.

Esta tragedia provocaría una extraordinaria consternación en el mundo marino, pero de forma muy especial en la Península del Morrazo, de donde eran la práctica totalidad de los tripulantes fallecidos. Además, todavía estaban muy presentes en la mente de sus habitantes otros dos desgraciados sucesos acontecidos hacía muy poco tiempo, siendo la más significativa la del «Ave de Mar» en la que habían perdido la vida 30 hombres en el día de San Martín de 1956, el patrono de la localidad de Moaña y más recientemente, en aquel entonces, el «Nuevo Viví».

Este infortunio, por el que se declararían varios días de luto en las localidades marineras de la Península del Morrazo, hacía también que muchos niños de la zona viviesen con tremenda amargura la fiesta del Reyes de 1964, día en el que se produjo el trágico siniestro, olvidándose de los juguetes, los regalos y la ilusión que para ellos representaba la fecha que debía ser la más mágica del año, que para ellos acabaría tornándose en un muy triste y amargo recuerdo.

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Carnavales sangrientos en Vigo

El año 1994 quizás haya pasado a la historia por ser el más sangriento de la historia reciente de la ciudad de Vigo, convertida ya por aquel entonces en la urbe más grande de Galicia y en la que residían alrededor de 300.000 almas. A todo ello se unía la explosión demográfica de la Península del Morrazo, muy próxima a la ciudad olívica, que ya superaba los 100.000 habitantes y otros que se encontraban en zonas aledañas, tal como es el caso de Ponteareas, Mos, O Porriño y Redondela que estaban experimentando un más que notable crecimiento en plena década de los noventa.

Todo ello fue el caldo de cultivo perfecto para que en sus largas noches de marcha, en la que se reunían millares de jóvenes de todo la contorna de las Rías Bajas, se diesen cita todo tipo de personas, muy especialmente en fechas que están señaladas en el calendario como muy festivas, tal es el caso de las Navidades y los Carnavales. Fue precisamente en el transcurso de esta celebración cuando se produjeron dos horribles crímenes que consternarían de sobremanera a toda Galicia, quien todavía no se había recuperado de la fatal matanza de Nigrán, acontecida apenas quince días antes.

En la madrugada del martes de Entroido, 15 de febrero de 1994, morirían dos jóvenes en circunstancias muy confusas y que le llevaría su tiempo aclarar a los investigadores. En un callejón próximo al número 21 de la calle San Francisco fue hallado el cadáver del mozo Ramón Villar Gabín, de 33 años de edad, que presentaba varias heridas de bala en la cabeza. El fallecido era un viejo conocido de la policía pues había sido detenido en diversas ocasiones por atraco y se le relacionaba con el tráfico de drogas.

Discusión

Al parecer, según el relato del último testigo que lo vio con vida, Ramón Villar y este último habían mantenido una acalorada discusión alrededor de las diez de la noche del lunes, circunstancia esta que molestaría de sobremanera a los inquilinos de uno de los edificios próximos al lugar donde estaban manteniendo en enfrentamiento. Uno de los vecinos de un inmueble probablemente habría bajado con un arma en la mano y, sin mediar palabra, habría disparado contra su víctima, huyendo posteriormente del lugar de autos. De la misma forma, este testigo también abandonaría el sitio en el que estaba la víctima tendida para buscar a un amigo de ambos que se encontraba en un bar de copas de la zona. Sorprendentemente, cuando se dirigían al lugar en el que supuestamente se encontraba el cadáver de Villar Gabín, su cuerpo ya no estaba allí, por lo que decidieron poner el hecho en conocimiento de la Policía.

Más tarde, los agentes en compañía de los dos jóvenes encontrarían el cuerpo de Ramón Villar en las inmediaciones del callejón de San Francisco. Sin embargo, según la versión de los miembros del cuerpo policial y también de algunos vecinos de la zona, los disparos se habrían producido en torno a las cuatro y media de la madrugada del martes, tras haber tenido lugar un altercado proseguido de una reyerta. La policía practicaría diversas detenciones en jornadas sucesivas de personas que se encontraban relacionadas a los bajos fondos y al trapicheo de drogas de la ciudad olívica.

Seis puñaladas

Pero no sería Ramón Villar la única víctima mortal en aquella madrugada de martes de carnaval en Vigo. Otro joven de 21 años, Victor Manuel Visval Bugarín perecería tras recibir seis puñaladas en un barrio de la zona vieja. Al parecer, este último había salido disfrazado a disfrutar de la noche viguesa, cuando cayó mortalmente herido en las inmediaciones de la Cruz Roja. Allí, una enfermera salió del dispensario con la intención de atender al herido, pero ante la gravedad que presentaban las múltiples heridas fue trasladado inmediatamente al Hospital Xeral Illas Cíes de la ciudad olívica en el que fallecería.

La sangre no cejaría de correr en aquella trágica madrugada viguesa, ya que en la calle Eduardo Chao, un joven conocido como «O fillo do cego» agrediría con un arma blanca a otro hombre de 37 años, propinándole un total de siete puñaladas e ingresando en estado muy grave en la residencia sanitaria de la ciudad.

El capítulo de sucesos de aquella desgraciada noche lo cerraría otro muchacho que también fue acuchillado en la misma madrugada, recibiendo un total de cuatro puñaladas de las que fue atendido en el mismo centro sanitario que los anteriores, si bien es cierto que este último sería dado de alta pocas horas después de su ingreso hospitalario.

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25 muertos por un rayo en una iglesia de Allariz

Acercarse a la Galicia de comienzos del siglo XX es como viajar a un mundo completamente distinto al actual. No se trata de la Edad Media ni mucho menos, pero si era una época bastante turbia en la que imperaban de plano las sotanas y los viejos caciques de medio pelo que imponían su ancestral e inexorable autoridad por donde quiera que asomasen. No había nada que se les resistiera. Y si lo hacía enseguida se derrumbaba. Ni que decir tiene que Galicia era un territorio mucho más que pobre. Quizás, con lo de paupérrimo nos quedásemos cortos, pese a que era una tierra fértil y que atesoraba ciertas riquezas pero que, con el sempiterno dominio del viejo y anquilosado clero unido al no menos eterno de los caciques, obligaban a muchos gallegos a huir de la tierra que los había visto nacer con destino a América, que era el lugar al que emigraban centenares de miles de gallegos a la vista que aquella tierra, a la que le negaban el progreso que ya dejaba sus primeras huellas en Cataluña y el País Vasco, no les prometía un futuro halagüeño ni nada que se le pareciese.

Una prueba del poder eclesial en aquel entonces lo pone de relieve el overbooking de sacerdotes existentes, cada uno de los cuales administraba con mano de hierro su parroquia a la que los feligreses debían de sostener obligatoriamente con grandes aportaciones, principalmente de productos agrícolas, sin protestar ni un ápice ante el temor que el correspondiente reverendo emitiese una pena de excomunión. Que la gente de pueblos y aldeas no tuviese que comer no importaba. Lo verdaderamente importante era mantener al clero y al cacicato de turno.

Los funerales, popularmente conocidos como cabodanos, eran una ocasión muy especial por la solemnidad que revestían, para demostrar el poder eclesiástico. En ellos, además de numerosos fieles, se daban cita también un importante número de sacerdotes de distintas parroquias que concelebraban las muchas funciones religiosas que en aquella época tenían lugar. Fue precisamente en una celebración de estas características en las que se produjo una de las mayores tragedias de la historia de Galicia, quizás la más grande en cuanto a la cifra de muertos se refiere en la etapa anterior a la Guerra Civil.

En la mañana del 24 de junio de 1902, en el transcurso de un entierro por un joven vecino de Allariz, una descarga eléctrica procedente de un rayo a consecuencia de una tormenta acabaría súbitamente con la vida de 25 personas y dejaría malheridas a otras tantas en la iglesia de San Salvador de Piñeiro, en el municipio orensano de Allariz, un hecho que coparía las primeras páginas de los escasos medios de comunicación de la época, todos ellos impresos, haciéndose eco del suceso incluso algunos medios extranjeros dada la gran magnitud y expectación que terminaría provocando.

Por el tejado

Al parecer, y aunque hay algunos investigadores que aún discrepan en torno a como se produjo la descarga, todo hace indicar que el rayo penetró en el interior del templo por el tejado, introduciéndose por la sacristía, afectando indistintamente a varios sectores de los fieles que en esos momentos se encontraban dentro, aunque fue precisamente la parte de atrás la más perjudicada. El sacristán encargado del recinto religioso había cerrado la puerta de acceso al mismo con la finalidad de evitar posibles remolinos de aire.

La prensa de la época comenta que cuando se encontraban ya en el segundo salmo los seis sacerdotes concelebrantes y los feligreses congregados escucharon una potente y atronadora deflagración que los dejaría estupefactos por el estruendo del impacto del rayo contra la techumbre del sacro lugar en que se hallaban congregados. En un primer instante parece ser que nadie se movió. Se quedaron prácticamente inertes, aunque en ese estado habían quedado muchos de los fieles que se congregaban para rendir el último adiós a un joven de 34 años.

Una vez sufrido el terrible golpe, o en este caso el calambre, la angustia y la desolación, unidas a la lógica confusión, se apoderarían de quienes habían sobrevivido a tan fatal desgracia. Comenta también la prensa que los gritos de los presentes se oyeron a mucha distancia. Sin saber que hacer, al encontrarse en unas instalaciones religiosas, los sacerdotes administrarían los últimos auxilios espirituales a quienes se encontraban en grave estado físico. Se dice también que uno de los presentes perdió la cordura al contemplar el dantesco espectáculo de presenciar tantos cadáveres arremolinados en distintos puntos de la iglesia. Es de suponer que la persona en cuestión fuese presa de un ataque de ansiedad o de nervios.

Cuerpos inexpresivos

La muerte les sobrevino a la mayoría de las víctimas como consecuencia de la descarga, aunque muchos de ellos presentaban gravísimas quemaduras tanto en el vientre como en el estómago, donde, al parecer, se les podían apreciar la destrucción de algunos tejidos humanos por carbonización. De la misma forma también llama poderosamente la atención la descripción que de los cadáveres hace la prensa de la época, de los que dice que muchos de ellos presentaban rostros inexpresivos, que había quedado yacentes como petrificados sobre la iglesia. Entre ellos menciona al peón caminero Fortunato de la Iglesia, quien se quedó a medio camino hasta alcanzar la puerta del templo sin conseguirlo. Lo mismo dice de una joven que se hallaba en el altar mayor, de la que resalta su melena rubia, que parecía que se encontrase durmiendo.

Momentos después de la tragedia los fallecidos fueron trasladados al exterior del santuario, concretamente al atrio parroquial en el que fueron tendidos en lo que provisionalmente se había convertido en una impresionante morgue. Esta foto, en la que se ve a los fallecidos con sus ropas quemadas a consecuencia de la descarga eléctrica, se haría muy célebre en aquel entonces, dando la vuelta al mundo.

La consternación y el dolor se apoderarían de Allariz y de toda la provincia orensana en aquel año 1902. Una información de la época apuntaba a que el barrio de Outeiro se había quedado sin habitantes, pues los trece vecinos residentes en el mismo habían perecido en aquel aterrador suceso. No faltarían, además, las pruebas de solidaridad, siendo muchos los emigrantes gallegos que harían aportaciones a las muchas familias damnificadas, algunas de las cuales había perdido a su progenitor dejando huérfanos a proles que en muchos casos se acercaban a las diez personas y que tan comunes eran en aquellos primeros años del siglo XX.

Una personalidad que se desplazaría hasta el lugar del luctuoso acontecimiento fue el entonces obispo de Ourense Pascual Carrascosa y Gabaldón, quien había abandonado su residencia veraniega para intentar dar un mínimo de consuelo y ánimo a las muchas familias que se habían visto privadas de muchos de sus seres más entrañables. En este sentido cabe destacar que la Iglesia Católica aportaría nada más y nada menos que 3.000 pesetas de la época, lo que viene a dar una idea no solo de su poder terrenal sino también de su inmenso poderío económico, máxime en una época en la que el dinero era un bien muy escaso. Algunos salarios mensuales, los que mejor retribuían a los trabajadores, se situaban entre las 25 y las 40 pesetas mensuales. Las mujeres no superaban las 15 pesetas al mes.

Debido a la magnitud del suceso y al mal recuerdo que dejaría entre el vecindario del municipio, la iglesia de San Salvador se iría desmontando piedra a piedra, hasta integrarla en el nuevo tempo. De hecho, del anterior edificio religioso solamente se conserva una de las antiguas puertas que se fue integrando en el nuevo templo de San Pedro. Una cruz, erigida en memoria de los fallecidos, se levanta desde hace más de un siglo en el lugar donde se encontraba la antigua edificación religiosa.

El grave y trágico suceso de Allariz, uno de los más espeluznantes y terribles del siglo XX en Galicia, pronto caería en el baúl de los recuerdos, como suele suceder con casi todas las tragedias. Solamente les quedaba el consuelo de haber fallecido en territorio sagrado, que en aquel entonces era una ventura para los más desfavorecidos, pero que no daba de comer. Y era solo eso, un desconocido y tétrico consuelo en una situación mucho más que desoladora.

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