El crimen de las minas de A Pontenova

 

Hornos de A Pontenova en la actualidad.

A comienzos del siglo XX parecía que se iniciaba una nueva etapa para la provincia de Lugo al surgir unas explotaciones de limonita, procedente del material de hierro en los históricos municipios de Vilaoudriz y Vilameá, fusionados en 1963 en un mismo término municipal que es conocido desde 1979 como A Pontenova. Hasta esa fecha el nombre oficial era el de A Pontenova-Vilaoudriz. Como decíamos antes, este municipio que mansamente se extiende a lo largo de las riberas más caudalosas de la salmonera ría del Eo fue, en su día, el gran centro industrial de la provincia de Lugo. Conserva, como vestigio histórico que impactan alegremente a la primera impresión del visitante, la estructura de lo que en su día fueron los hornos que se empleaban para fundir metales.

En 1900 comenzó la explotación del mineral de hierro por parte de la Sociedad Minera de Vilaoudriz que, curiosamente, se había constituido ese mismo año en Bilbao y cuyos propietarios eran también vascos, empresarios del elitista barrio vizcaíno de Neguri, más acostumbrados que los gallegos a saber dónde se encontraban los nichos de negocio. A raíz de esta explotación masiva del material de hierro, se inicia un progresivo desarrollo demográfico en la comarca, llegando a superar, según algunas fuentes, los 15.000 habitantes. El imparable avance de la zona era abismal en relación a otros puntos de la provincia de Lugo, en la que se seguía viviendo de una ancestral y penosa agricultura de subsistencia que apenas cubría las necesidades básicas de sus habitantes. Pese al impacto que supuso en la economía provincial de la época, este mínimo proyecto industrial era a todas luces insuficiente para erradicar el eterno éxodo de centenares de vecinos de la contorna allende el Océano Atlántico, donde los Barrié de la Maza y otros ávidos navieros les prometían un futuro que jamás se podrían haber imaginado en su tierra, aunque después llegase el tardío y desesperado arrepentimiento.

El trabajo que proporcionaron aquellas minas en el período previo a la Primera Guerra Mundial atrajo a centenares de obreros, casi ninguno de ellos cualificado, que huían del hambre y miseria de sus respectivas aldeas en las que estaban abocados a trabajar de sol a sol a ras de una yunta de vacas o bueyes que tiraban por un ancestral carro del país. Entre esos trabajadores había proletarios de todas las características. La mayoría de ellos eran muy abnegados por su trabajo, aunque siempre había algún que otro a quien no le gustaba quemarse en la fogosidad de aquella moderna industria. Así, comienzan a surgir desavenencias y desencuentros en las primeras etapas de la explotación minera que darán lugar a un hecho luctuoso y macabro.

Desaparición

El 2 de noviembre de 1905 uno de los encargados del primer turno de la explotación hecha en falta al minero Juan Rodríguez, un hombre honrado, trabajador y cumplidor, vecino de un pueblo próximo a Vilaoudriz. Tras varias horas de incertidumbre, nadie conoce el paradero del empleado, aunque uno de sus compañeros habla de que existen ciertas desavenencias entre el desaparecido y otros tres mineros. Al parecer, estas habrían surgido como consecuencia del denodado esfuerzo que hacía el desaparecido en su tarea diaria, aspecto este que no gozaba de la consideración de algunos de sus colegas con quienes compartía almuerzo y cena en las inmediaciones del lugar donde trabajaban. Sin embargo, son constantes las llamadas a la calma del encargado por parte de otros operarios con la finalidad de silenciar, en la medida de lo posible, la desaparición de Juan Rodríguez.

En los días subsiguientes es informado el encargado de la existencia de esas desavenencias y quienes son los que están duramente enfrentados a su compañero. Entre ellos se encuentran tres individuos que son Eudosio Carreira, Álvaro García y Domingo Pena. Se habla incluso de la presencia de un cuarto energúmeno, aunque no llegaría a ser procesado.

El encargado, muy preocupado por el destino de Juan Rodríguez, amenaza con expulsarles de la empresa, además de presentar la pertinente denuncia judicial en las que está dispuesto a acusarles de la desaparición de su compañero. Tras dos días de intensa angustia en los que intervienen investigadores de la Guardia Civil, uno de los mineros se encuentra dispuesto a hablar. Así, declara que el desaparecido había muerto como consecuencia de las puñaladas que le habían propinado, pero sin aclarar quien de los tres había sido, y que posteriormente habían arrojado su cadáver al interior de uno de los hornos destinados a la cocción del hierro y calentamiento de minerales. Para esclarecer completamente las circunstancias de este crimen, el juez de Ribadeo, que se encarga de su investigación, ordena parar de inmediato la cadena de producción para tratar de recuperar el cuerpo del desaparecido.

Huesos calcinados

En uno de los enormes hornos de A Pontenova el 4 de noviembre de 1905 se encuentran solamente los huesos de Juan Rodríguez que están ya completamente calcinados, debido a las altas temperaturas que han tenido que soportar. El crimen causa una profunda conmoción en la comarca, pero muy especialmente entre los trabajadores que integraban la empresa extractora de minerales, que no dan crédito a que tres compañeros pudiesen cometer una barbaridad de ese calibre. A partir de ese momento, la sociedad vasca que se encarga de la explotación de las minas hará una estricta selección de sus futuros empleados con la finalidad de que hechos similares no vuelvan a producirse. Además, el prestigio de las minas se ve repentinamente denigrado durante una breve temporada, incluso entre los vecinos y habitantes de la comarca, que empiezan a prejuzgar falsamente a la minería como un nido de delincuentes y no el motor de progreso económico y social que les habían prometido.

En marzo de 1906 se celebra el juicio contra los tres acusados de dar muerte a su compañero de trabajo. En un principio habían sido detenidos hasta cuatro mineros, pero posteriormente se demuestra que uno de ellos es completamente inocente, aunque no se deshecha la posibilidad de que hubiese sabido del trágico paradero de su compañero asesinado. El fiscal efectúa un duro alegato contra los detenidos, especialmente dirigido contra Domingo Pena, a quien se le atribuía la autoría material del asesinato, además de ser considerado el cerebro de aquel grupo. En sus conclusiones finales, el ministerio público solicita la pena de muerte para Pena y reclusión perpetua para sus cómplices.

A finales de abril se conoce el veredicto del juez acerca del sanguinario acontecimiento ocurrido en las minas. Domingo Pena se libra de la pena de muerte, pero es condenado a reclusión perpetua, en tanto que los otros dos mineros Eudosio Carreira y Álvaro García son condenados a 30 años de reclusión. El principal acusado sería puesto en libertad al proclamarse la IIª República Española, en tanto que los otros dos restantes habían alcanzado la misma al cumplir las dos terceras partes de su pena.

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3 comentarios sobre “El crimen de las minas de A Pontenova

  1. con los años que tengo y me entero ahora,mi padre trabajo en en ellas, me conto una vez que enpujando una vagoneta que el compañero que llevaba no empujaba, y le decia que su rueda no quedaba a tras que iban parejas,siempre me quedo este recuerdo……

    1. Es normal que no se tenga conocimiento de este caso. Hay que tener en cuenta que sucedió hace 114 años. Yo lo encontré en un diario de la época y posteriormente estuve mirando la documentación en el Archivo Histórico Provincial de Lugo. Saludos.

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