Una joven le rebana el pescuezo a su novio en A Estrada (Pontevedra)

Torre de Guimarei. A Estrada

En 1935, cuando estaba en plenitud la II República Española y ya se vislumbraban nuevos tambores de guerra en el viejo continente, el interior de Galicia era un territorio pobre y deprimido. En él residía una ingente masa de agricultores y campesinos que malvivían de una maltrecha economía de subsistencia. La mejor salida a corto plazo para los más jóvenes era abandonar la esquina verde de la Península Ibérica y buscar un prometedor futuro allende los mares.

El mundo rural gallego, con sobreabundancia demográfica, apenas había progresado nada en los últimos 200 años. Ni siquiera las reformas puestas en marcha por los distintos gobiernos republicanos contribuyeron a paliar la enorme pobreza que afectaba a la Galicia de la época. A todo ello se añadían otras carencias como la educativa. Más de la mitad de la población gallega de la época era completamente analfabeta y el 49 por ciento restante eran analfabetos funcionales, limitándose a saber firmar o leer con cierta dificultad y poco más. Los grandes centros culturales gallegos de aquel tiempo se encontraban a miles de millas de la metrópoli. Habían surgido en lugares tan lejanos como La Habana, Buenos Aires o Montevideo, dónde la ingente cantidad de gallegos desplazados habían dejado impresa una huella que llega hasta nuestros días.

A Estrada, municipio al que ahora nos dirigimos, reunía las clásicas peculiaridades de las zonas de interior. Elevada tasa demográfica rural, altos índices de emigración a tierras americanas y bajísimos indicadores de desarrollo humano. En ese contexto se promueve un cierto clasismo rural que viene avalado por la superficie de terreno de la que cada familia sea propietaria, unido también a ancestrales prejuicios y estereotipos que todavía estaban muy aferrados a los habitantes de la Galicia de la época.

De una de esas pudientes familias rurales, las que precisamente podían huir de ese ambiente cruzando el Océano Atlántico, es la principal protagonista de la siguiente historia, Elena Ramos Barros, una joven de 23 años. La prensa de la época la resalta como una fémina que destacaba por su espectacular belleza y su inigualable porte personal. A ello, añade también que la moza pertenecía a una acaudalada familia de Guimarei, una parroquia perteneciente al municipio estradense, en el que destacan distintas edificaciones históricas pertenecientes a las distintas familias de hidalgos que otrora habían sido dueños y señores de tan bella parroquia.

Sin embargo, a pesar de su belleza o tal vez abrumada por el peso de la misma, Elena Ramos sufría alguna patología mental, muy mal consideradas y estigmatizadas en aquel entonces, que le impedía percibir la realidad tal como se le mostraba. Fruto de ello, provocaría un horroroso crimen que conmovió a toda la zona el 23 de julio de 1935. Como todos los criminales noveles, nadie se podía esperar que la joven belleza estradense fuese a perpetrar un acto tan vil y execrable.

Ojos vendados

No se sabe si fruto de algún delirio o con algún afán morboso, Elena, cierto día que se hallaba con su novio, le rogó a este que hiciesen algún jueguecito que parecía ciertamente infantil. El mismo consistía en que el rapaz Jesús Filloy Godoy se dejase atar a un árbol y, a su vez, vendarle los ojos. La joven quería que así su prometido rompiese las ligaduras, a la vez que tenía los ojos vendados, pero no era este el auténtico motivo del macabro plan ideado por Elena Barros. Tras acceder a las macabras e inhóspitas pretensiones de su novia, esta le rebanó el cuello con un cuchillo de grandes dimensiones que, al parecer, había ocultado en una manga de su blusa. Tras cometer la barbaridad, la joven se escapó hacia su casa, dejando al pobre muchacho desengrándose atado al árbol.

El muchacho, después de sufrir la mortal herida que le acabaría con su vida, aún pudo desasirse de las cuerdas que lo mantenían atado al árbol, además de retirarse también la venda de los ojos. A pesar de hallarse malherido, consiguió llegar hasta su domicilio familiar en el que fallecería nada más atravesar la puerta de la casa.

Quienes conocían a Elena decían que había jurado en alguna ocasión su intención de matar a su novio, al parecer motivado por algún ataque de celos o por ciertos despechos personales. Una persona que la conocía manifestó que la joven criminal había hecho este juramento por considerase «una mujer honrada y como tal quería vivir y morir», aunque nadie conocía el verdadero significado de esta expresión.

Epilepsia

En noviembre de 1935 se celebró el juicio en la Audiencia Provincial de Pontevedra, cuando Elena Ramos llevaba ya unos meses detenida. En el período de tiempo que llevaba entre rejas, la degolladora había sufrido algunos ataques epilépticos, aunque estos podrían ser brotes psicóticos. Alguno de los médicos y peritos que testificaron en la causa indicaron que la joven no percibía la realidad tal cual era. Además, en la época las enfermedades de carácter mental gozaban de un enorme estigma social, achacándose las mismas a estereotipos basados en falsos y ancestrales prejuicios que para nada respondían al mínimo rigor científico.

Sin embargo, el fiscal que instruyó la causa contra Elena Ramos despreció las apreciaciones de los especialistas que la examinaron, solicitando para ella la pena de 21 años de reclusión. Consideraba que la mujer había actuado en plenitud de facultades, cometiendo un delito de carácter alevoso. Por contra, su defensa solicitó el ingreso de la joven en un manicomio.

Finalmente, Elena Ramos sería condenada a trece años de cárcel, enterándose en la misma del estallido de la Guerra Civil española. Previamente, su defensa había recurrido la pena que le había sido impuesta ante el Tribunal Supremo, quien terminaría por confirmar la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Pontevedra.

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2 comentarios sobre “Una joven le rebana el pescuezo a su novio en A Estrada (Pontevedra)

  1. Me encanta tu blog, yo escribo uno que se llama mi vida en Punta Cana desde que vivo aquí, pero soy picheleira y me encantan las historias que cuentas y como las narras, felicidades

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