El crimen de la calle Marqués de Riestra

Pontevedra, a principios del siglo XX


A principios del siglo XX Pontevedra era una próspera capital de provincia dominada por una histórica aristocracia de rancio abolengo, que veía peligrar su ancestral poder a manos de una incipiente burguesía que con el transcurrir de los años acabaría convirtiendo a la capital de las Rías Baixas en la más selecta urbe de Galicia. En ese tiempo ya había iniciado su meteórico desarrollo la vecina ciudad del sur, Vigo, aunque estaba lejos de superar todavía a la capital de la provincia, pese a que su puerto se había convertido en el principal referente con destino a las Américas. La capital del Lérez contaba con unos 25.000 habitantes entorno a 1910, residentes mayoritariamente en su amplio y vistoso casco histórico, que es hoy en día un centro de atracción para los muchos visitantes y turistas que se desplazan a la Boa Vila, denominación histórica que ha recibido Pontevedra en referencia al carácter hospitalario de sus gentes.

En ese plácido ambiente de ciudad tranquila y sosegada, en la que nunca o casi nunca ocurría nada, la villa teucrina amaneció repentinamente sobresaltada el 5 de febrero de 1908. En esa fecha, en torno al mediodía, en una planta baja de la calle Marqués de Riestra, una de las principales de su recinto histórico hoy en día, un grupo de jornaleros halló muerto en su domicilio al conocido maestro cantero pontevedrés José Barcia. Su cadáver apareció derribado sobre un gran charco de sangre y con la cabeza introducida en un cesto de mimbre. Los agresores del conocido artesano se emplearon con una extrema violencia para dar muerte a su víctima, pues esta presentaba grandes heridas en la cabeza y en el rostro provocadas, al parecer, por una herramienta de las que se empleaban para moldear y tallar la piedra. Asimismo, mostraba un aspecto que superaba cualquier límite de lo macabro, ya que apareció con la lengua apretada entre los dientes. El cantero había intentado defenderse de sus agresores pues todavía tenía asida por una mano una azada que había empleado en la lucha contra sus asesinos.

Cartas

En un primer momento, y durante algún tiempo, se sostuvo la hipótesis de que el móvil del asesinato de José Barcia había sido el robo pues era al parecer un hombre con un cierto nivel económico. A el se le encargaba la realización de muchas obras en la villa del Lérez, gozando también de un extraordinario reconocimiento social. Sin embargo, esa hipótesis iría decayendo con el paso de las horas de aquel aciago y funesto día de invierno. Junto a su cadáver aparecieron algunas cartas y documentos por lo que, posteriormente, se supuso que los asesinos buscaban algo más que dinero. Además, los criminales que acabaron con su vida, habían forzado la puerta de su escritorio, la que habían dejado franqueada, haciéndolo constar tanto los investigadores de la Guardia Civil como el juzgado que se encargaba del caso. Al proseguir con las pesquisas para tratar de resolver el caso, descubrieron que faltaban algunos objetos personales de estimable valor, así como también una importante cantidad de dinero en efectivo que el maestro tenía en su casa para pagar a los jornaleros que contrataba a diario.

El crimen conmovió profundamente a la ciudad de Pontevedra, ya que José Barcia era un hombre que gozaba de una gran estima entre sus convecinos. La hipótesis del robo, aún cuando no estaba totalmente clarificada, hizo que estallase en la villa del Lérez una constante sensación de temor incontenido. A ello se sumaba las dilaciones en la resolución de aquel truculento caso, lo que incrementaba el nerviosismo entre la ciudadanía, además de sumir a muchas personas, conocidas o allegadas a la víctima, en un constante clima de desconfianza.

A las dos semanas de cometido el atroz crimen se practicaron las primeras detenciones, algunas de las cuales estaban destinadas tan solo a limpiar la imagen de las autoridades de la época y a calmar a la ciudadanía, pues los detenidos eran conocidos rateros, pero a los que se consideraba incapaces de cometer semejante barbaridad. Algunas fuentes apuntan a que alguno de ellos había llegado a declarar su culpabilidad en este suceso, si bien las pruebas que existían contra ellos eran, a todas luces, insuficientes. De la misma forma, también pasó por los calabozos de la guardia civil algún familiar de Barcia, aunque tampoco se pudo demostrar que tuviese nada que ver con la muerte de su pariente.

Meses más tarde se sospechó de otro individuo que podría mantener alguna deuda con el artesano y a quien se vería en las inmediaciones de Vigo haciendo una inusual ostentación. De este último se asegura que había marchado para tierras americanas sin que pudiese ser detenido. Sea como fuere, lo peor de este dramático caso es que nunca se llegó a saber con certeza quien había asesinado al popular maestro artesano pontevedrés, aunque los criminales dejasen algunas evidencias que en su día no sirvieron de mucho, ya que el crimen quedó impune.

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