El gallego que intentó matar a Alfonso XII

La historia de Galicia está plagada de centenares de personalidades y personajes sumamente brillantes de sobra conocidos por todos. Sin embargo, el personaje que vamos a presentar a continuación no destaca por su brillantez, ni tampoco es un antihéroe como lo pretendieron presentar las herrumbrosas crónicas que en su día fustigaron a quien no dejaba de ser un pobre hombre, tal vez afectado por alguna patología mental que tan estigmatizadas se encontraban en aquel entonces. La suya es una desgraciada historia que muy probablemente comience en una desdichada infancia, a pesar de que nunca se tuvo un conocimiento exhaustivo del personaje, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer nada más alcanzada la adolescencia.

De Francisco Otero González, el regicida gallego, se sabe que había venido al mundo el 14 de marzo de 1860 en la parroquia de Santiago de Lindín, en el municipio de Mondoñedo. El lugar donde nació este enigmático personaje es hoy en día un auténtico vergel natural en el que una fértil huerta produce, sin lugar a dudas, algunas de las más exquisitas hortalizas que consumimos los gallegos. Como antes se decía, tal vez acuciado por las muchas necesidades de la época, se vio forzado a marcharse a Madrid con apenas 18 años para trabajar de panadero en el horno de un familiar suyo. Cuentan algunas crónicas de su tiempo, no exentas de cierto subjetivismo, que perdió el empleo en la panadería en la que trabajaba y deambulaba por el viejo Madrid de taberna en taberna, careciendo de un domicilio fijo. De las mismas, se puede deducir que tampoco en la emigración madrileña mejoró de forma notable el nivel de vida de Otero, quien en una fría y gélida tarde del mes de diciembre de 1879 empuñó una pistola con la que disparó contra la carroza cuyas riendas llevaba el mismísimo rey Alfonso XII.

Nunca se sabrá con total certeza cual fue el verdadero móvil de aquel intento de regicidio, pese a las muchas especulaciones que en su día despertó el caso. Otero había adquirido el arma que empleó contra el rey en el rastro madrileño días antes de perpetrar un atentado que a él le costaría muy caro. En aquella penúltima tarde del año de 1879 el carruaje del monarca entraba por la Plaza de Oriente cuando repentinamente se topó con un individuo que, según todo parece indicar, no era lo que se dice un experto en el manejo de las armas ni mucho menos un campeón de tiro, ya que el disparo que salió del cañón de su pistola no acertó con su pretendido objetivo, a tan solo metro y medio de distancia de los reyes, Alfonso XII y María Cristina de Augburgo-Lorena. Al parecer, nadie advirtió de su presencia ni de sus intenciones, pese a que el Palacio Real estaba a escasamente 200 metros del lugar donde se produjeron los hechos.

Provocación

Tras ser detenido y llevado ante las autoridades, Francisco González Otero, declararía ante las mismas que el jamás tuvo intención alguna de matar al rey. Con los disparos hechos a tan corta distancia manifestó que su verdadero objetivo era el de provocar a los guardias de palacio y que le disparasen para que lo matasen a él, ya que carecía de valor suficiente para suicidarse. A partir de aquel entonces, el ya lejano 30 de diciembre de 1879 comenzaron a sucederse un cúmulo de especulaciones alrededor de un personaje que sería llevado a la literatura por los escritores de su tiempo, entre ellos Benito Pérez Galdós y José Francos Rodríguez. Sin embargo, poco o muy poco se sabe en torno a su vida y existencia. En su día, los diarios más relevantes de su época, entre ellos «El Liberal» y «El Imparcial» quisieron ver que detrás de las manos de aquel atípico regicida se encontraban grupos de oposición, entre ellos los anarquistas. Desde sus páginas alimentaron la posibilidad de que este aprendiz de panadero frecuentase algunas de sus tertulias, en las inmediaciones de la Puerta del Sol madrileña, si bien esas aseveraciones jamás han podido ser comprobadas.

En torno a la personalidad de González Otero se fueron construyendo mitos y leyendas, más bien generadas entorno a la imaginación de los profesionales del periodismo de la época cuya autenticidad y veracidad ha sido puesta en tela de juicio en muchas ocasiones. Según se ha podio constatar, el regicida de Mondoñedo jamás tuvo contacto o relación alguna con aquellos nacientes grupúsculos anarquistas ni con otra organización dedicada a utilizar el terror como arma de la propaganda política. Se decía también que en esa supuesta amargura en la que se encontraba y que iba prodigando por las tabernas de mala muerte en las que se embriagaba, clamaba por regresar a su tierra natal, pero que carecía de suficiente dinero para tomar un tren de regreso a Lugo.

Todo parece indicar que nos encontramos ante el caso de un regicida atípico. Un pobre hombre muy joven que no sabía lo que hacía ni tampoco lo que pretendía, tal como testificarían algunos médicos contratados por su abogado defensor, quienes pretendieron demostrar, sin éxito, que se encontraban ante una persona que sufría alguna dolencia mental, a quien la suerte le resultó más que esquiva en su efímera vida.

Garrote vil

Francisco Otero González sería condenado a morir en el garrote vil el 14 de abril de 1880 con tan solo veinte años de edad, a pesar de que había obtenido el perdón de los reyes, en un tiempo en el que la vida pública española se hallaba fuertemente convulsionada. Apenas diez años antes había sido asesinado Prim, con la inestimable ayuda de quien sería el primer suegro de Alfonso XII, el conde de Montpensier. Posteriormente se declararía una efímera República, que apenas duraría once meses. Finalmente, de la mano de Cánovas del Castillo, llegaría la Restauración. Sin embargo, lo que no consiguió Otero con su pistola lo haría en su lugar la tuberculosis, que terminaría con la vida del monarca tan solo un lustro después.

Nunca se sabe si por incontrolados azares del destino o por qué otra casualidad histórica, lo cierto es que otro mozo nacido en la misma parroquia que Francisco Otero González, José Méndez, tomaría parte años después en el más execrable crimen acontecido en Galicia en el siglo XIX, concretamente en la matanza de Santa Cruz do Valadouro. Aunque se dice que el azar no tiene la responsabilidad de todo. Pese a que este último era convicto del asesinato de uno de los criados del cura muerto, con el que se empleó con mucha saña, su suerte fue muy distinta a la de Otero. Pese a que fue condenado a muerte en 1889, finalmente la reina regente María Cristina de Augsburgo-Lorena acabaría cediendo a las presiones y concediéndole un indulto que no hubo lugar en el caso del regicida, a pesar de que no había consumado ningún crimen. Se quiso obviar que Francisco González era tan solo eso, un desafortunado y desgraciado mozo de provincias y muy posiblemente un enfermo con patologías y trastornos mentales, de quien la fortuna y la suerte se habían burlado amargamente en su mísera y efímera vida, que se truncó cuando en el mismo instante en el que el verdugo apretó el manubrio del humillante y tortuoso garrote vil.

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