El crimen de la calle San Andrés

 

Calle San Andrés de A Coruña a principios del siglo XX

A principios del siglo XX A Coruña era la gran ciudad gallega por excelencia. Aún no se había producido el despegue de Vigo con sus instalaciones portuarias, principal punto de referencia para la emigración a tierras americanas. La urbe herculina estaba considerada de forma oficiosa la capital gallega y a ella se destinaban muchos de los capitales procedentes de tierras americanas que obtenía la ya numerosa diáspora galaica de la época. Quienes conseguían una buena fortuna allende los mares solían invertir en A Coruña parte de su patrimonio, bien adquiriendo una vivienda en la que abrirían un pequeño comercio o cualquier otro negocio que resultase rentable. No faltaban, quienes a imitación de lo que acontecía en la isla de Cuba, montaban la clásica tintorería o lavandería o, también con mucha frecuencia, una tienda de ultramarinos. La ciudad albergaba ya a 45.000 personas, Vigo todavía no alcanzaba las 15.000 en el año 1900, en tanto que ninguna de las otras grandes urbes gallegas superaban las 25.000 almas. A pesar de todo, casi el 90 por ciento de los gallegos de la época residían en pequeños municipios que, a su vez, se subdividían en millares de parroquias y lugares. Se calcula que Galicia por esta época superaba los 35.000 núcleos de población que representaban el caldo de cultivo perfecto para una masiva emigración, auspiciada por los ricos navieros de la época que les prometían un dorado que jamás hubiesen alcanzado en su tierra, aunque tras cruzar el Atlántico las cosas eran completamente distintas.

La ciudad de A Coruña era una metrópoli costumbrista, dominada por una tradicional aristocracia de rancio abolengo a la que poco o nada le interesaban radicales cambios en un territorio insular que se enquistaba en si mismo. Tenía una falsa fama que ha llegado hasta nuestros días de que pertenecer a la capital herculina era en si una especie de título o tal vez un falso don que se ha ido perpetuando a lo largo de generaciones. Era habitual que los coruñeses presumieran de ser una capital, en tanto que el resto de los gallegos eran aldeanos y palleiráns que jamás habían salido de la bendita aldea que los había visto nacer. Para ver algo, supuestamente, había que ir A Coruña, aunque en su interior se albergasen inmundos nidos de pobreza, entre los que se hallaban muchos descendientes de ese rancio abolengo herculino, quienes tan solo apelaban a unos hidalgos orígenes para defender su innata y pura casta.

En ese ambiente, donde se mezclaban lo pintoresco con lo épico, la ciudad que mira al mar desde la bimilineria torre de Hércules, se vio sorprendida y sacudida en el otoño del último año del siglo XIX por un cruel y estremecedor crimen que jamás llegó a aclararse, quedando impune hasta nuestros días. En la madrugada del sábado 13 de octubre uno de los serenos coruñeses, conocido como el señor Oca, llamó reiteradamente al bajo del número 152 de la tradicional rúa coruñesa de San Andrés. No obtuvo contestación alguna, por lo que se sintió alarmado al ver que estaba todo franco. Como en aquel entonces existía mucha familiaridad entre los serenos y los dueños de los establecimientos, decidió penetrar en el interior de la vivienda y allí se encontró, primero con el cadáver de Melchora Casal García, quien estaba tirada junto al fregadero en posición decúbito supino. Vestía en el momento de su óbito una saya azul y una chambra encarnada. Su cuerpo presentaba muestras de violencia y, posteriormente, se demostraría que había muerto estrangulada con un cordel. Los indicios señalaban que en su estrangulamiento participaron al menos dos personas. Seguidamente se dirigió a la habitación contigua del matrimonio donde encontró el cadáver de su marido, Gregorio Rey, quien estaba tendido sobre el lecho, con ropas menores, con los brazos extendidos y los ojos abiertos. Fue encontrado en un gran charco de sangre, ya que presentaba una herida en el tórax de tres centímetros que le había interesado el pulmón. Al parecer, el hombre habría recibido una cuchillada por parte de su asesino.

Diligencias

El crimen conmueve a la siempre elitista ciudad de A Coruña, que clama justicia, además de la inmediata detención del asesino o asesinos de un sexagenario matrimonio sin hijos, que se caracterizaba por su humanidad y por estar muchas veces al servicio de quienes lo necesitaban. En el transcurso de las investigaciones se demostraría que la pareja disponía de una importante cantidad de caudales, aunque no viviesen a lo grande, ya que era frecuente que realizasen préstamos a muchos de sus vecinos o amigos. En un primer momento presta declaración José Rois, propietario de un establecimiento de ultramarinos para quien el asesinado Gregorio Rey llevaba 30 años trabajando como mozo de almacén. También declara Manuel Losada Abelleira, de profesión dependiente del establecimiento de Rois. Este último declaró haberse sentido sorprendido por los golpes que sintió de madrugada, que era cuando estaba llamando el sereno a su puerta para alertar de lo sucedido. El joven dice que en la noche de autos había visto discutir a cuatro personas, todos ellos varones, mientras tomaban unos vinos en el establecimiento de Gregorio, quien tenía una pequeña tienda de comestibles. Añade, además, que había una mujer de luto que se encontraba hablando con Melchora Casal.

Trasciende la buena situación económica del matrimonio asesinado al saberse que el capitán del ejército Francisco Aguado le debía en el momento del fallecimiento del mismo la cantidad de 1.824 reales, los cuáles se habría comprometido a devolver en el instante mismo que le fuese reconocida una condecoración por su participación en la Guerra Cuba, que había tenido lugar dos años antes, así como también cuando se ejecutase la mejora de su pensión de jubilación. Todo ello obra por escrito en un documento que el mismo militar había firmado y entregado a Melchora la noche en la que se produjo su asesinato. Sin embargo, nunca se puso en duda que Aguado estuviese involucrado en el crimen. Además, la misma mujer le había socorrido económicamente cuando el regresó de tierras americanas, fiándole algo más de tres mil reales, ya que se encontraba en una difícil situación financiera. Llama la atención el importante nivel de dinero que movía la pareja muerta, ya que pocos días antes de ser asesinados habían levantado el embargo que pesaba sobre una vecina suya, a quien habían fiado hasta 8.000 pesetas.

Los dos primeros testimonios son los de dos niñas de ocho y nueve años que aseguran haber visto a una pareja de aspecto siniestro en la casa del matrimonio asesinado en torno a las ocho de la tarde anterior a su muerte. La descripción facilitada por las pequeñas lleva a que se investigue a un conocido de la policía de la época, Agustín Seijas, quien sería detenido, así como su acompañante, Ramona Bartomé, quien es su amante. Seijas es vecino del lugar de Lañás, en el municipio de Arteixo y es propietario de dos escuelas particulares en su lugar natal y el de Barrañán.

El hombre detenido niega en todo momento que el estuviese en A Coruña en la tarde en que ocurrieron los hechos, además niega también que conociese o tuviese relación alguna con el matrimonio asesinado. Ramona sostiene lo mismo que su compañero, de quien dice que es el padre de sus seis hijas, de quienes desconoce el paradero. Sin embargo, Seijas comienza a sentirse acorralado cuando Manuel Losada, el dependiente de los establecimientos de José Rois, declare ante el juez que el si ha visto en la tarde del 12 de octubre al inculpado en el establecimiento que regentaban Gregorio y Melchora. La negativa de la amante de Agustín Seijas también se hace patente. Además, niega haber estado en A Coruña esa noche. Las cosas comienzan a complicarse para la pareja en el momento en que un guardia municipal manifieste que lo ha visto pasar por delante del lugar donde se produjeron los trágicos acontecimientos la mañana siguiente al crimen. Contra ellos declaran también dos cigarreras coruñesas, Rita y Pilar Tenreiro, que declaran haberlos visto pasar por A Ponte Pasaxe.

Días más tarde se procede a la detención de Ramón Romero Pan, amigo íntimo de Seijas, aunque este niegue en todo momento que le una amistad alguna con el detenido. Romero, al igual que el vecino de Arteixo, goza de mala reputación y cuenta sus antecedentes por decenas.

A medida que avanzan las investigaciones, se sabe que en el bajo donde se cometió el crimen se encontraron 2.158 pesetas, un alfiler de corbata de oro y dos pares de pendientes, uno de oro y otro de plata. La presión contra Seijas se va atenuando a medida que avanzan los acontecimientos. Dos vecinos del lugar en el que residen declaran que Agustín pernoctó la noche en que se perpetró el crimen en su domicilio habitual, cuya casa es propiedad de uno de los declarantes. En este interín, se produce la detención de un joven que se dedica a atender al capitán Aguado tan solo por la comida que este pueda facilitarle. Se llama Ramón Cumbraos, de quien también se demostrará su inocencia y es puesto en libertad. En ese momento de la investigación se encuentra en el establecimiento de José Mejuto, en el que acostumbraba a parar Agustín Seijas, un estuche con unos pendientes de oro, del cual este último desconoce la procedencia ni como pudieron hallarse en su casa. Prosiguiendo con las investigaciones, declara también un comerciante quien también afirma que a la mañana de siguiente del trágico acontecimiento estuvo en su casa comprando diversos artículos de papelería para las escuelas que regentaba.

Finalmente declara la dama enlutada que había visto Manuel Losada. Se trata de una amiga íntima de Melchora, Rita Menguada, trabajadora de la coruñesa Fábrica de Tabacos. Su declaración no hará más que ahondar en el enrevesado entresijo que se ha convertido un chapucero crimen. La mujer declara que ella había visto un joven a últimas horas de la noche tomando unos vinos mientras Gregorio Rey estaba apoyado al mostrador. Su testimonio contradice a todos los que hasta ahora han sido interrogados por el juez. Ella declara haber visto a un hombre joven, de pronunciado mostacho, entre los que se encontraban discutiendo con una de las víctimas. Ahora las investigaciones se centran en un tal Celestino Rodríguez, pues reúne las características esgrimidas por la amiga de Melchora. Sin embargo, este hombre, que también cuenta con un amplio historial delictivo, no se encuentra en A Coruña desde hace meses y por lo tanto es descartado de inmediato.

Libertad y suicidio de Agustín Seijas

Debido a las múltiples contradicciones en que han incurrido algunos de los testigos y a la dificultad para aclarar el paradero de Seijas, la Audiencia Provincial de A Coruña, que se ha hecho cargo del sumario, decide poner en libertad al detenido el 13 de abril de 1901. Tanto este como su pareja en ningún momento se han llegado a declarar autores del crimen, pese a que sobre ellos recaerá siempre la sombra de la duda. Se dice que su detención se debió a que mintió sobre su paradero en las horas posteriores al crimen, pero no se ha podido establecer con claridad su relación con tan funesto acontecimiento. Cuando camina por las calles de la ciudad herculina es insultado por vecinos y viandantes que le recriminan un crimen que nunca se ha podido esclarecer y que terminaría impune.

Concluido su peregrinar por la comisaría de policía, Agustín Seijas decide establecerse, con una hijastra suya, en la localidad coruñesa de O Alvedro, muy próxima a la capital. Allí, los vecinos recelan de su presencia. Además, la voz del pueblo le acusa de todos cuantos robos se producen en el lugar.

Todo el mundo lo acusa públicamente del crimen que le costó la vida Gregorio Rey y su esposa Melchora Casal. Más que sentirse acorralado, Seijas llega a sentirse sitiado. Incluso, y así lo manifestará en una carta, culpará al cabo de la guardia civil de Sigrás de su muerte, pues, al parecer, este le había amenazado con registrarle la casa cada tres días.

Aburrido y maltratado por el vecindario, Agustín Seijas, que siempre había negado cometer aquel brutal crimen, decide poner fin a su vida el 7 de julio de 1901, tirándose desde A Pena de Cruz al mar. Con su muerte tal vez pretendiese dejar un halo de resquemor a algunas personas que presuntamente le habían acusado sin carecer de pruebas concluyentes, tal como demostró la Audiencia Provincial de A Coruña.

Antes de morir, envió una carta al director del diario de La Voz de Galicia, en la que volvería a proclamar su inocencia a través de un breve texto en el que le manifestaba lo siguiente: «Jamás fui criminal, por cuyo motivo no temo a Dios todopoderoso. Le ruego se digne a publicar estas líneas y si Dios me lleva a buen sitio, rogaré por usted encarecidamente».

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