El crimen de la maleta

Pilar Mazaira Álvarez. asesina del niño Pablo Rodríguez Pérez

A los que nos ha tocado vivir de cerca la Galicia de la década de los noventa tuvimos la suerte y hasta, porque no decirlo, el orgullo de vivir en una tierra preciosa que ya nada recordaba a la que vivieron nuestros abuelos y en parte nuestros padres. A los más jóvenes aquellas historias de la emigración en las que nos recordaban que nuestros ancestros salían por millares hacia tierras americanas a bordo de impresionantes navíos que tardaban hasta dos semanas en cruzar el Océano nos sonaban a chino. Tampoco vivimos ya pendientes de las cartas que procedentes allende los mares, aunque todavía recibíamos alguna de un pariente rezagado al que le había pillado la gran tormenta americana recluido en una inhóspita Habana o un desvanecido Montevideo o Buenos Aires. Tampoco nos impresionaban ya los lujosos automóviles, de llamativos y acentuados colores chillones que ya disponían de dirección asistida y de los que presumían por nuestras eternas corredoiras aquellos otros, que con más suerte que sus abuelos, habían hecho fortuna en Centroeuropa o las Islas Británicas, con el factor añadido de que podían disfrutar todos los años de unas magníficas vacaciones veraniegas que aún no tenían reconocidas muchos trabajadores que se habían quedado en su tierra. Ni que decir tiene que esa tierra era otra completamente distinta. Ya no escuchábamos las leyendas de meigas ni viejas y ancestrales supersticiones que se iban transmitiendo de unas generaciones a otras a la luz y el calor de una lareira por el extenso y vasto rural gallego que, una gran parte del mismo, parece si estar condenado a una extinción que no consiguieron ni las emigraciones americanas ni tampoco las europeas.

En esa próspera y feliz Galicia, en la que reinaba casi de forma magnánima el otrora presidente Manuel Fraga Iribarne, sucedían algunas cosas y hechos que podrían rememorar su pasado más remoto. Las meigas habían desaparecido, aunque quedase alguien que las pretendiese suplantar. Incluso, ir mucho más allá y convertir sus legendarios mitos en una truculenta y macabra realidad. Así sucedió en un mes de mayo de 1992, el año que parecía que iba a cambiar el mundo -por lo menos España- con la Expo de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, aunque finalmente nos quedásemos con una truncada desilusión a raíz de los muchos juegos florales que nos habían prometido.

En aquel mes de mayo, siempre florido en teoría, una mujer oriunda de la Galicia irredenta, concretamente del pueblo berciano de Toreno, provocó uno de los crímenes más execrables que se recuerdan en Galicia. El día 19 de ese mismo mes Pilar Mazaira, que así se llamaba, decidió terminar con la vida de un pequeño de doce años, Pablo Rodríguez Pérez, hijo de una vecina suya que era, además, su socia en un gimnasio que regentaba con la madre de su víctima. Desconociéndose los motivos que le llevarían a hacerlo, secuestró al pequeño cuando este salía del colegio de los Salesianos donde cursaba sus estudios primarios, centro que se encontraba muy cerca de su casa. Se piensa que, dada la confianza que se supone que tenía con el crío, no le fue difícil engañarlo y llevarlo hasta su domicilio, sito en la calle Hospital de La Coruña, que era prácticamente contiguo a la casa en la que vivía el niño asesinado junto con su madre y sus hermanos.

Bulto pesado

El niño moriría estrangulado después de que su asesina vecina le propinase un golpe en la cabeza. Declararía, en el transcurso del juicio, que había dado muerte al pequeño con una media de mujer que le enrolló al cuello como si fuese una corbata. Al día siguiente, 20 de mayo de 1992, la mujer introduciría el cuerpo del niño en una maleta para tratar de llevarlo a la estación de RENFE de A Coruña, donde guardaría la macabra y pesada carga en la consigna con la ayuda de un ciudadano. Previamente, sendos taxistas, cuyos servicios requirió, también tuvieron que ayudarle a mover aquella tétrica maleta, que finalmente decidiría facturar en la agencia de transportes de la empresa SEUR con destino a Madrid. Los empleados de ésta declararían en el transcurso del juicio y coincidirían con los taxistas en el excesivo peso de aquel equipaje, unos 50 quilos.

El entonces corresponsal del diario EL PAIS en Galicia, Xosé Hermida, calificaría la posterior actuación de la asesina como de «delirante», ya que, tras matar al niño, varios vecinos de la mujer la vieron en el portal transportar ese pesado bulto, al que antes se aludía. La chapuza criminal no había hecho más que iniciarse.

Sin embargo, y a pesar de lo trágica y cruel que fue la muerte del pequeño, lo rocambolesco del caso llegaría a continuación. Cuando ya lo había asesinado, Pilar Mazaira, que tenía 52 años cuando cometió el crimen, llamó por teléfono a las tres y media de la tarde del día de autos a la madre de Pablo, Purificación Pérez, exigiéndole un rescate de 30 millones de pesetas (180.000 euros actuales). La asesina era conocedora de la extraordinaria situación económica de que gozaba la familia de su víctima, pues el abuelo materno del crío, un antiguo taxista originario de Monforte de Lemos, disponía de varias propiedades en la ciudad herculina, entre ellas el gimnasio en que eran socias Pilar Mazaira y Purificación Rodríguez. La persona que la llamaba trató de disimular su voz, disfrazándola con un ligero acento francés, aunque la receptora de la llamada le pareció reconocer levemente su tono. Indicaba, a su vez, que era miembro de una organización internacional dedicada al secuestro y la extorsión.

Su más que delirante actuación proseguiría poco tiempo después. Repetiría una nueva llamada a la madre de su víctima indicándole como quería que fuesen los billetes. Estos deberían ser de valor comprendido entre 2.000 y 10.000 pesetas (12 y 60 euros respectivamente). Posteriormente, pasaría la tarde haciendo compras por la ciudad, entre ellas la voluminosa maleta en la que facturaría el cuerpo del niño con destino a Madrid.

Nerviosa

La criminal pasaría la noche en la que el niño estaba desaparecido, y solo ella era conocedora de su dramático paradero, en casa de una amiga suya, que también lo era de Purificación Pérez, pues, al parecer, se encontraba muy nerviosa y algo agitada. Pilar Mazaira, según se pudo saber más tarde, hacía tres años que se encontraba a tratamiento psiquiátrico. Mientras, las investigaciones ya habían puesto el punto de mira en la presunta asesina, que sería detenida a mediodía del 21 de mayo, en el momento en que se dirigía a la sucursal de la empresa de transportes SEUR a preguntar si había llegado a su destino el pesado bulto que había facturado en la jornada anterior. Posteriormente, el grupo de homicidios de Madrid, alertados por sus colegas de la ciudad herculina, hallaría el macabro bulto con el cuerpo de Pablo Rodríguez Pérez en su interior, en el que también se encontraba su cartera del colegio.

El juicio contra esta infanticida despertó una gran expectación en Galicia. Corría el mes de octubre de 1993 cuando se conoció la sentencia. La misma condenaba a la asesina a 20 años de cárcel y a indemnizar con 25 millones de pesetas (150.000 euros) a los familiares de la víctima. Diez serían para la madre, que en ese momento se hallaba separada del progenitor del muchacho, cinco para el padre y otros diez para los dos hermanos del chaval.

No se sabe si a consecuencia de los beneficios penitenciarios, que en algunos casos como este resultaban escandalosos, si tal vez por la supuesta enfermedad mental que la aquejaba, Pilar Mazaira recobraría la libertad tan solo seis años después de haber cometido su escalofriante crimen. Su vivienda, embargada para hacer frente a todos los gastos derivados de su irracional y brutal actuación, sería adquirida años más tarde por un hermano de Pablo Rodríguez, quien justificaba su compra por 26 millones de pesetas (156.000 euros) en el año 2000 para evitar que su madre se siguiese encontrando con personas que le habían -poco menos- que destruido la existencia. Además, en esa fecha, siete años después de la sentencia condenatoria, la familia de la víctima todavía no había cobrado la indemnización. De Pilar Mazaira lo único que se sabe es que fallecería poco tiempo después de recobrar la libertad. No se trata nunca de alegrarse de la muerte de nadie. Nada más lejos de nuestra intención. Sin embargo, pensamos que algunos seres no deberían haber existido jamás y esta señora era uno de ellos.

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