Asesina a su marido por obseso sexual en Vilagarcía de Arousa

De todos es sabido que las páginas de sucesos no están exentas de un cierto morbo y también de una cierta gracia que aproximan más el acontecimiento dramático en si al humor negro que a su propia y trágica realidad. Los que hemos cubierto información de este tipo sabemos que en las salas de las audiencias donde son juzgados quienes cometen algún hecho delictivo se viven situaciones, que van desde la más pura tensión que se palpa con solo mirar furtivamente al rostro de las víctimas, hasta otras en las que no es posible sobreponerse ni siquiera controlar la carcajada, bien sea por la declaración de algún testigo o por cualquier otra contingencia que ocurra. Recuerdo, hace años, cuando un fiscal le preguntó a una señora, ya de una cierta edad, si había visto campar varios cerdos por el prado de un vecino. Todo el mundo se quedo atónito cuando la buena de la mujer respondió negativamente. Sin embargo, el ministerio público se percató de las limitaciones de la pobre mujer y reformuló su pregunta. Solo un cambio de término sirvió para aclarar algunas circunstancias del caso. A continuación le volvió a preguntar de nuevo y en vez de por los cerdos, le preguntó por los cochos, sustantivo en lengua gallega que sirve para designar al animal que en su día calificara tan acertadamente don Álvaro Cunqueiro como «marisco de cortello». Entonces, la mujer respondió que si, que efectivamente ella había visto a los cochos en la huerta de su vecino, despertando, como es natural, las monumentales carcajadas de quienes nos encontrábamos en la sala de vistas de la Audiencia Provincial de Lugo.

Al igual que la circunstancia de la que tuve ocasión de ser testigo, en la primera mitad de la década de los ochenta se vivió una situación muy parecida en la Audiencia Provincial de Pontevedra. En ella, a comienzos de diciembre de 1983 se juzgaba a la súbdita belga Suzanne Renné, quien en mayo de ese mismo año había asesinado a su marido Albert Fantuoi, un hombre de 68 años de edad, en su residencia de Vilagarcía de Arousa. El fiscal que instruía el caso solicitaba, en un principio, una pena de 21 años de cárcel por asesinato. Sin embargo, la defensa de la acusada esgrimió varios atenuantes con la finalidad de rebajar tan dura condena.

La mujer contó con todo lujo de detalles la forma en que acabó con la vida de su marido que, en un momento dado, resultó bastante espeluznante. Según su testimonio, en primer lugar le sacudió un impresionante golpe en la cabeza con una barra de hierro. Posteriormente, tomó un hacha en la mano que estaba en el comedor y volvió a darle en la testa a su marido. No escatimó medios para matarlo, ya que utilizaría también un cuchillo de caza para darle el definitivo golpe de gracia. La acusada contó que al escuchar los estertores procedentes de la respiración entrecortada que profería el moribundo, no tuvo más remedio que darle un tajo en el cuello para ahorrarle sufrimientos al pobre hombre. Todo un detalle.

Películas pornográficas

El relato de la acusada estaba dejando estupefactos a quienes escuchaban su desgarrador y cruel testimonio en el que no había lugar para las risas o las gracias. Sin embargo, estas llegaron en el momento en que la mujer declaró que se había visto obligada a terminar con la vida de su marido porque, al parecer, era un auténtico obseso sexual, incapaz de saciar su lascivo apetito. En ese momento, se armó un impresionante revuelo en la sala de vistas de la Audiencia pontevedresa. Desde los periodistas hasta los ujieres pasando por los mismos magistrados no fueron capaces de contener sus carcajadas, ya que la acusada esgrimía este aspecto de su vida marital como atenuante.

Suzanne Renné relataría con todo lujo de detalles, al igual que lo había hecho explicando el atroz crimen, los pormenores de la constante y vigorosa actividad sexual que llevaba a cabo su marido, lo que le acarreaba un no menos constante estrés psíquico y emocional. Albert Fantuoi, la víctima, tenía como costumbre visionar dos o tres películas pornográficas diariamente, además de disponer de cinco aparatos de excitación sexual en su domicilio. Por si esto no fuera poco, la acusada relató a los presentes que el fallecido la obligaba a mantener las mil y una posturas eróticas que había visto en los filmes que a diario veía en una sala de su domicilio conyugal, lo que a ella le provocaba un incesante cansancio, además de mareos y otras consecuencias que dañaban su salud.

El alegato en su defensa no deja de ser de lo más llamativo y pintoresco, aunque la muerte de Fantuoi no tuviese nada de pintoresca sino más bien todo lo contrario. Finalmente, la acusada sería condenada a 18 años de prisión. Nunca sabremos si los magistrados tuvieron en cuenta las alegaciones realizadas por la asesina belga, aunque finalmente su pena se viese rebajada en tres años. Y es que el oscuro y tenebroso mundo de la criminalidad, con muchas excepciones, no deja de tener su parte cómica como todo en esta vida.

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