El crimen del Hotel Miño en Vigo

En el año 1930 la ciudad de Vigo ya había iniciado su escalada que la llevaría a convertirse en la primera urbe de Galicia tan solo tres décadas más tarde. Desde 1900 había triplicado su población, contando con más de 66.000 habitantes en la tercera década del siglo XX. Su puerto era ya la principal escala europea hacia América. Además del tráfico de pasajeros, la actividad portuaria era incesante debido a la fortísima industrialización que estaba experimentando la ciudad. Una buena prueba de ello era que cada año abrían sus puertas nuevas empresas que se radicaban en la ciudad, cuyas instalaciones portuarias se estaban convirtiendo en un vértice de progreso para las Rías Baixas y el resto de Galicia. En 1929 un emigrante que verdaderamente había hecho las Américas, Manuel Álvarez, se reconvertía en uno de los principales empresarios gallegos del siglo pasando al inaugurar el grupo de empresas que llevaría su nombre. Por estas mismas fechas, Bernardo Alfageme daba vida a su actividad conservera inaugurando una firma dedicada a este entramado empresarial.

La gran actividad industrial que experimentaba la principal ciudad gallega iba paralela al desarrollo de los servicios que, aunque de forma incipiente, comenzaban su auge en Vigo. Para trasladarse a tierras americanas, antes de embarcarse, eran muchos los emigrantes que se veían obligados a hacer parada y fonda en la ciudad olívica. A ello se unía el incesante incremento de su progresivo desarrollo industrial y portuario, que provocaba la constante apertura de nuevos negocios de hostelería. El turismo era todavía escaso, aunque eran muchos los forasteros que se interesaban por conocer aquella «nueva» urbe, que hacía tan sólo 30 años no dejaba de ser un pueblo grande.

En medio de ese impresionante avance en todos los campos económicos y sociales surgen los primeros y grandes hoteles, muchos de los cuáles imitan en sus formas al estilo colonial importado de tierras caribeñas por los millares de emigrantes gallegos que han arrivado hasta esos lares. Es precisamente en un hotel, hoy desaparecido, donde se desarrolla la dramática historia que ahora contamos. Era un prestigioso negocio hostalero de la ciudad olívica en el que sus dueños contaban con el aprecio de la sociedad de la época, además de gozar de una magnífica reputación, que jamás hubiese hecho presagiar un final tan terrible.

Celos

Benigno Palmeira, de 45 años, y Camila Rey, de 50, regentaban el «Hotel Miño» en la ciudad olívica. Por sus habitaciones, además de muchos emigrantes que hacían escala antes de embarcarse o regresar a sus lugares de origen, pasaban también importantes personalidades de la vida gallega de entonces. Ninguno de sus huéspedes hubiese imaginado que entre los dueños de aquel hotel hubiese tan malas relaciones, con constantes disputas y desavenencias que llevaron la ya de por si insoportable convivencia hasta límites extremos y difícilmente sospechables. A primeras horas de la mañana del 10 de noviembre de 1930 las mujeres que trabajaban en el servicio de habitaciones se encontraron una macabra y truculenta escena. Al abrir una de los cuartos se sorprendieron manifiestamente al contemplar los cadáveres de sus dueños en medio de grandes charcos de sangre, con evidentes signos de violencia. De inmediato, pusieron en conocimiento de las autoridades el hecho que conmocionaría grandemente a la ciudad de Vigo. Hasta el lugar del horrible crimen se trasladaron los efectivos del juzgado, además de los médicos forenses, entre los que se encontraba el célebre doctor Manuel Riobóo. A todos ellos les sorprendió aquella dramática y cruel escena, que para nada era agradable.

Inmediatamente se puso en marcha un equipo de investigación de la guardia civil para determinar las causas de la muerte de Benigno y Camila. Muy pronto se descartó la intervención de terceras personas en el suceso, ya que no había ningún indicio que lo demostrase. Es ahí donde se empieza a barajar la hipótesis de lo que entonces se llamaba «crimen pasional». Las primeras piezas de aquel enrevesado rompecabezas les lleva a pensar en lo que cree mucha gente, que los celos de la esposa estaban detrás de aquel dramático y tétrico desenlace. Pero, ¿cómo ocurrieron los hechos?.

Disparos

Benigno Palmeira disponía en su establecimiento de sendas armas de fuego que desempeñaron una función fundamental en aquel desolador panorama. La investigación apuntaba a que el hombre fue sorprendido en su habitación por su esposa con una escopeta Browing en las manos, lo que probablemente le ocasionó un desmesurado temor ante la posible actitud de su marido. Al parecer, Camila se abalanzó sobre él, con el ánimo de arrebatarle el arma, enzarzándose ambos en una pelea, en la que la mujer lograría su propósito. Sin embargo, Benigno guardaba otra pistola, una Star 8 con la que efectuó dos disparos sobre su esposa, pero sin atinar con su objetivo, como se demostraría más tarde, ya que en las paredes de la habitación se encontraron incrustadas dos balas. Posteriormente, su mujer, aprovisionada con la escopeta, efectuaría otros dos disparos que alcanzaron en la cabeza a su cónyuge, cuando trataba de huir, destrozándole materialmente la testa.

Siempre, según la investigación, Camila Rey se asustó de sobremanera al ver el ensagrentado y desfigurado cadáver de quien había sido su marido. A raíz de la macabra escena, decidió también terminar con su vida. Al parecer, lo intentó con un disparo de escopeta, pero no lo logró. Después empleó la misma pistola Star 8 de su marido, con la que se descerrajaría la cabeza de un disparo que le entró a la altura de un párpado, alojándosele en la cavidad craneana.

Carta

A pesar de que el suceso pilló completamente desprevenida a la sociedad de la época, así como a las autoridades, algunos indicios apuntan directamente a que venía gestándose desde hacía algún tiempo. Esta circunstancia viene avalada por el hallazgo de una carta que, días antes, había escrito Benigno Palmeira al juez que se hiciese cargo del macabro caso. En la misiva, el hostelero manifestaba la intención de acabar con la vida de su esposa y, posteriormente, suicidarse, aunque finalmente aconteciese lo contrario.

La transcripción literal de la carta, en la que el difunto marido vuelve a recalcar los celos de su esposa, es la siguiente: «Muero satisfecho porque me llevó por delante a la autora de mi desgracia. Por ella me hice malo y muy mal marido. Dejo mi casa como ejemplo a las mujeres celosas que tiranizan a sus maridos».

Más explícito del mal ambiente que se respiraba en la vida de aquella pareja no se puede ser. Sin embargo, y como mandaban los cánones de la época, guardaban las formas de cara a la galería.

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