La FIFA, ese «pequeño Vaticano»

Creo que son pocos los que ponen en duda la nefasta trayectoria de una organización que tiene ciertos tintes similares a las organizaciones mafiosas o, al menos, eso me parece a mi. Pero, no es de ahora. La FIFA fue un organismo que nació viciado en su origen, amparándose en diferentes estructuras jurídicas suizas. Surgió en el año 1904 y entre los fundadores estaba España. No descubrimos nada nuevo si decimos que su historia está plagada de centenares de errores y horrores en la organización de los distintos eventos mundiales del deporte del balón que ha realizado a lo largo de los cinco continentes.

La improvisación fue su nota dominante a lo largo de los primeros años de su existencia. Todo para la FIFA. Nada sin la FIFA. Este organismo, que ya ha sido bautizado como un «pequeño Vaticano» se ha arrogado históricamente para si todo lo relativo al mundo del fútbol. En ocasiones daba la impresión de que este organismo iba a intervenir hasta el deporte en los patios de los colegios. Pero no solo eso. Los dirigentes de la FIFA, al igual que los del Comité Olímpico Internacional (COI) han pretendido una especie de derecho de pernada que los dejase impunes ante cualquier irregularidad o atropello que se cometiese, así fuese un crimen. Además, no han dudado plegarse, cuando las circunstancias lo requiriesen a las distintas exigencias de los gobiernos de turno, tal fue el caso de las extraordinarias relaciones que mantuvieron con la Junta Militar que gobernaba Argentina en la década de los setenta. Ese aspecto lo abordaremos en otro capítulo.

El fútbol y los Juegos Olímpicos

Cuando se deciden a organizar el primer Campeonato del Mundo de fútbol, en Uruguay 1930, se decide que el fútbol profesional quede excluido de las competiciones olímpicas. De hecho, no fue incluido en el programa de 1932, en las primeras olimpiadas celebradas en Los Ángeles, quizás porque, por aquel entonces, el fútbol europeo a los americanos les resultaba muy aburrido, aunque EE.UU. fue semifinalista en la primera Copa del Mundo celebrada en Uruguay. Se retomaría en Berlín, en 1936, pero ya con jugadores amateurs. La presencia de futbolistas profesionales contravenía la carta olímpica, aunque desde la principal organización mundial del fútbol, con el mítico Jules Rimet a la cabeza, eran conscientes de que la presencia de grandes estrellas en el torneo olímpico podría incidir negativamente en los mundiales de fútbol.

La FIFA dio muestras de ser una gran desorganización al llevarse a cabo el primer torneo mundial. No se sabía ni siquiera el formato en que se realizaría. Ni que decir tiene que la primera sede se eligió de prisa y corriendo y, en contra de lo que se diga ahora, resultó un auténtico fiasco. Pese a que Uruguay era la gran selección mundial de la época -no en vano había ganado el oro en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928- el país oriental de Sudamérica era un destino incómodo para los europeos de los años 30 del siglo pasado. La aviación, tal como nos ha mostrado en sus magníficos relatos el escritor francés Saint-Exupery, estaba dando los primeros pasos y a nadie se le ocurría viajar todavía hasta América del Sur en avión. Era demasiado arriesgado. El único método que había era el barco, pero una travesía podía durar hasta dos semanas. A ello se unía que una gran parte de los futbolistas compaginaban el deporte con otro trabajo. No se les podía considerar todavía profesionales en el sentido estricto de la palabra a muchos de ellos.

Solo se puede decir que se salvó el escollo de la organización del primer campeonato, pero nada más. Si hubiese que darle una nota, sería un aprobado muy bajo. Digamos que el profesor era muy condescendiente. La FIFA careció de la fuerza suficiente en la organización de su segundo torneo y acabó cediendo a las presiones de los italianos para que se desarrollase en su feudo. Eso sí, permitiendo todo tipo de irregularidades, principalmente en los terrenos de juego para que así los transalpinos pudiesen alzarse con el torneo en disputa. Sirva como ejemplo la burda eliminación de España ante la Squadra Azzurra, en un partido en que los árbitros, cediendo a presiones locales, les permitieron todo tipo de trampas a los italianos. Serían sancionados a perpetuidad, con el afán de lavarse la cara la FIFA ante el mundo por lo que está considerado como uno de los partidos más irregulares de la historia.

Los despropósitos de la organización mundial del fútbol proseguirían en el período previo a la II Guerra Mundial. Los sudamericanos reclamaban que el torneo se organizase en Argentina, pues se debía cumplir la norma no escrita de alternar ambos continentes. Sin embargo, Jules Rimet decidió llevar, por las bravas, el torneo a su país. Su excusa, a la conclusión de la Gran Guerra, fue que pensó que sería el último que se celebraría. Pero ni esa vulgar disculpa salvaba al dirigente francés. Se jugó en Francia y en el estuvieron presentes países como las Indias Holandesas, la actual Indonesia, o Cuba, que varios de sus componentes eran de ascendencia gallega. De los sudamericanos solo se presentó Brasil. Lo volvió a ganar Italia, aunque en esta ocasión con justicia. Decía Pedro Escartín, que el mundial del 38 le hizo presentir nuevos vientos de guerra. Que tenía la sensación de que la gente estaba cada vez más histérica, que se mordía entre si. Claro que el ilustre maestro era consciente de lo que tristemente estaba ocurriendo en su país de origen. No era para menos.

Despropósitos tras la II Guerra Mundial

Al terminar la Gran Guerra hasta el mundo del fútbol precisaba reorganización. No solo se necesitaban infraestructuras sino que se precisaba comenzar de nuevo. Se pensó en organizar un mundial a finales de los años de la década de 1940, pero el problema era dónde. Se decidió respetar el paso que marcaba la normativa y organizarlo de nuevo en 1950. Nadie dudaba que esta vez sería en Sudamérica. Se eligió Brasil. La organización volvió a ser desastrosa. No solo porque muchos de los países convocados no acudirían sino porque se hizo a medida de los brasileños. Fue el único mundial sin final, ya que los campeones de los grupos de la fase previa se enfrentarían entre ellos en un sistema de liguilla. Y aquí, aunque resulte anecdótico decirlo, no deja de ser otra falta de previsión y un gravísimo error de protocolo. En la última jornada el presidente de la FIFA Jules Rimet llevaba redactado un discurso en portugués para felicitar al campeón que se suponía de antemano que sería Brasil. Sin embargo, caprichos del deporte del balón, acabaría siendo Uruguay. Y no disponía de un discurso en español por lo que, alguien le improvisó unas palabras en español. Y es que aunque fuese tan solo un error protocolario, no deja de ser otro lamentable despropósito.

El mundial regresaba a Europa en 1954. Se eligió a la neutral Suiza para su disputa. Se volvió a fracasar una vez más en el sistema de competición, bastante raro por cierto. Había dos cabezas de serie en cada grupo y dos equipos secundarios. Ni los cabezas de serie se tenían que enfrentar entre si ni tampoco las otras dos selecciones. Cada equipo solo debía disputar un máximo de dos partidos. Sirva como ejemplo que hubo empates de conveniencia entre los equipos que se enfrentaban entre si en la segunda jornada y que, previamente, habían ganado los dos primeros encuentros. El empate favorecía a los dos. Como los goles no contaban, había que disputar partidos de desempate. Y aquí volvieron los disparates de la máxima hacedora del fútbol mundial. Alemania había ganado a Turquía en su primer partido 4-1, pero perdió 8-3 con Hungría en un partido de puro de puro tacticismo. Los germanos jugaron con siete suplentes y se encargaron de lesionar a Puskas. Como los turcos habían ganado a los coreanos y los alemanes no se tenían que enfrentar a la selección del lejano oriente, hubieron de disputar un segundo encuentro de desempate, en el que los teutones dieron buena cuenta de los otomanos, ganándoles por un contundente 7-2. Increíble que se puedan cometer tantos desatinos.

Pero la cosa no quedó ahí. Al concluir la primera fase no se habían sorteado de forma previa los emparejamientos de cuartos de final. Se hizo sobre la marcha, enfrentándose campeones de grupo entre si y otro tanto ocurría con los segundos clasificados. Los grandes favorecidos serían los germanos que se enfrentarían a selecciones de menor nivel, aunque tenían prácticamente «prohibido» ganar el torneo. Nadie contaba con ellos. Ni siquiera se les consideraba favoritos para estar en el podio, pero se plantaron en la final, como gran equipo que eran. Los grandes predilectos para hacerse con el torneo celebrado en el país helvético eran los húngaros, pero como en las mejores películas, la realidad superó a la ficción. Los alemanes fueron los grandes protagonistas del conocido como «Milagro de Berna», aunque en esta ocasión Jules Rimet, que este año abandonaría la presidencia de la FIFA, llevase un discurso escrito en alemán. No era para menos.

De Drewry a Havelange

Dos flemáticos británicos ocuparon la presidencia de la FIFA en las décadas siguientes, el primero Arthur Drewry, que fallecería en el cargo y el segundo Stanley Rouss. El primero no tuvo historia, salvo en la improvisada concesión del mundial a Suecia en 1958, lo que provocaría duras protestas de los países del cono sur americano. El segundo era un hombre con aspecto de galán de cine americano, de trato algo tosco, que llevó el mundial de fútbol a su país en 1966. Pero no solo eso. En el Congreso de la FIFA de 1964 decidió otorgar la organización de los siguientes campeonatos hasta 1982, siendo España la elegida para hacerse cargo de este torneo. Por muy fraudulenta que fuese su gestión, todos lo añorarían en décadas posteriores con la llegada de Joao Havelange a la presidencia. El brasileño, que había sido nadador en su juventud, dispuso del primer organismo mundial de fútbol a su antojo. Nunca olvidó sus negocios particulares para los que usó la organización mundial como si fuese una finca particular. Es precisamente en su período en la que se convierte en esa ínsula Barataria, a la que muchos empezaron a llamar «Pequeño Vaticano».

Con él se inició la expansión comercial de la FIFA, exigiendo a los organizadores de los torneos unas medidas cuasi faraónicas en lo relativo a la organización que él presidía. En su mandato no se privó de establecer cordiales relaciones con los regímenes más corruptos del planeta, véase el caso de la Junta Militar argentina. Pero no solo eso. Los miembros de su organización, en la que siempre gozó de una posición predilecta su número dos, el ínclito Joseph Blatter, que fue su sombra y príncipe heredero. Entre ambos montarían un entramado de corrupción difícilmente igualable. A los hechos y datos nos remitimos. Pero no solo eso. Pretendían imponer ciertas normativas a estados democráticos propias de repúblicas bananeras. Havelange no entendía o no pretendía entender de tratados internacionales y mucho menos los concernientes a la Unión Europea, que siempre fue la gran piedra que se le coló en su zapato. Llevó el mundial a EE.UU. y se topó con las distintas legislaciones estatales americanas, algo que no comprendía muy bien el mandatario mundial del fútbol. De hecho, se encontró que los americanos ya habían iniciado una persecución in extremis en 1994 al tabaco. Pues él, venga dale que te pego, que el mundial tenía que tener una marca oficial de cigarrillos. Sin embargo, no se salió con la suya y tuvo que tragarse la normativa americana de separar las marcas comerciales del tabaco de las competiciones deportivas.

Y llegó a Europa. En 1998 pretendía que no se pudiesen vender en bares y restaurantes franceses ninguna bebida que no fuese la oficial del Mundial a menos de 500 metros de los estadios. Los franceses, como era natural, le dijeron que una medida de esas características contravenía la legislación europea. Tuvo que tragar con lo que imponían las normativas comunitarias. De hecho, se mostraba muy esquivo a organizar mundiales en los países de la UE, debido a que no podía realizar sus negocios privados. Se marchó en 1998 en medio de graves acusaciones de corrupción, pero el ex nadador tenía las espaldas muy anchas.

Blatter

Sobraría decir que su obra es conocida. Pero quizá no tanto. Era el alumno aventajado de Havelange y, quien lo diría, consiguió superarlo. Si antaño la FIFA era un ente que se caracterizaba por su extraordinaria desorganización en los eventos que llevaba a cabo, ahora se convertía en demasiado previsora. Tanto como para saber de antemano que países iban a organizar un mundial antes de que se efectuase la elección de la sede, lo que da una clara idea de su «democracia» interna. Nadie se atrevió o no quiso pararle los pies, pues como decíamos al principio la rígida y monolítica estructura interna del organismo mundial del deporte del balón hacía que cualquiera que se moviese mínimamente, «no salía en la foto», como dijo el célebre filósofo español Alfonso Guerra. Se jactaba de poner como ejemplos de países que cumplían con la organización que él presidía a Burundi, Qatar, Somalia, Arabia Saudí, Argelia, Indonesia. Y acusaba de faltos de democracia interna a estados como Alemania, España, Suecia, Holanda, Bélgica. Casi nada…

Conocida es su presencia en España en el año 2008. Al entrevistarse con el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, le amenazó, porque fue una amenaza en toda regla, con excluir a los equipos españoles de las competiciones europeas en caso de interferir en las cuestiones federativas. El ejecutivo español preparaba una norma para limitar el número de mandatos de los presidentes de las distintas federaciones que afectaba directamente a Ángel María Villar, presidente de la Federación Española. Tras las declaraciones de Blatter, retiró la mencionada medida legislativa ya que Villar solo llevaba 20 años de presidente de la Federación. Sin embargo, aquí echamos de menos que algún juez o magistrado español no llamase a declarar a Blatter por un presunto delito de amenazas, a las que además dio publicidad a través de los medios de comunicación. A los hechos nos remitimos. En un país en el que tanto nos gusta la justicia y se le pasó por alto a todo un señor presidente de la FIFA un delito consumado de amenazas.

Lo que no había podido conseguir su predecesor en Francia, lo consiguió él con Sudáfrica. El país de África Austral asumió punto por punto todos los requisitos exigidos por la FIFA, aunque allí su primer deporte siempre hubiese sido el rugby, deporte al que hoy son destinados la mayoría de los estadios construidos para el Mundial de fútbol. Allí, hasta le permitió Nelson Mandela eliminar cualquier suburbio o aglomeración humana que se radicase en los aledaños de algún campo de fútbol. Ni que decir tiene que hasta hubo una marca patrocinadora de cerveza para el torneo. Ahora no solo consiguieron que no se vendiese bebidas que no patrocinasen el Mundial en un radio de 500 metros, sino que lo hicieron en todas las urbes donde se desarrollaba el torneo. Además, el Gobierno sudafricano hubo de construir estadios de fútbol cuyo coste se aproximaba a los 500 millones de euros. Quizás estuviese detrás una firma constructora de Havelange, porque sino no se entiende.

De todos es conocido el final que tuvo el señor Blatter, ese suizo que decían que no se reía nunca. Y su trayectoria y escándalos de corrupción dan mucho de si. Quizás para decenas de artículos o tal vez millares si nos inmiscuimos en sus profundidades. Pero es que el personaje, y lamentamos decirlo, nos parece un poco repelente.

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