Así surgió «La Furia española»

Selección española de fútbol que alcanzó la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de 1920

Desde que el Barón Pierre de Coubertain decidiera crear el Comité Internacional Olímpico en 1894, y posteriormente celebrar los primeros juegos olímpicos de la era moderna en Grecia dos años más tarde, los acontecimientos deportivos siempre estuvieron muy condicionados por el devenir político mundial. Lógicamente, 1920 no podía ser una excepción, máxime teniendo en cuenta que el año anterior se había firmado el Tratado de Versalles y el recuerdo de la primera Gran Guerra estaba muy presente en la mente de los europeos, que habían visto como quedaba devastado el continente a causa del mayor conflicto bélico de la historia. Por las calles de Amberes, ciudad improvisada para la celebración de este magnánimo evento aún se podían contemplar los escombros de la batalla, amén de algunas alambradas que habían sido empleadas en un desolador conflicto que desangró a la vieja Europa.

Este evento fue bautizado como los «Juegos de la Paz» por desarrollarse tras aquella despiadada guerra. En un principio el lugar elegido para su celebración iba a ser la capital húngara, Budapest, pero la derrota del Imperio Austrohúngaro en la guerra determinó un cambio de última hora que los llevaría a la ciudad belga de Amberes. En él participó el mayor número de países de la historia hasta aquel momento, además del mayor número de atletas. Habían sido excluidas las potencias perdedoras, Austria y Alemania. Tampoco acudiría la recién creada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). España acudiría a estos juegos participando en diversas modalidades deportivas, cosechando éxitos en polo, donde alcanzaría la medalla de plata y en fútbol, donde se obtendría una presea del mismo metal.

Es precisamente en el mundo del deporte del balón donde la participación española no pasaría desapercibida, convirtiéndose en un mito que pervive todavía casi un siglo después. El combinado español, dirigido por el técnico Paco Bru, estaba compuesto por 21 jugadores, vascos en su mayoría, hasta un total de 13. Los otros ocho procedían de Cataluña y Galicia a partes iguales. Entre ellos comenzaría a destacar la figura de un jovencísimo guardameta Ricardo Zamora, quien contaba con solo 19 años por aquel entonces. Poco se podía esperar de aquella selección que terminaría convertida en la revelación del torneo contra todo pronóstico. Tal vez porque en aquel entonces era una gran desconocida.

Eliminación de Dinamarca

La primera gran sorpresa de aquellos juegos fue la eliminación de Dinamarca a manos del equipo español en los octavos de final. El cuadro nórdico era uno de los grandes favoritos para alzarse con el oro, no en vano había sido el vencedor en la anterior edición de 1912 celebrada en Estocolmo. La de 1916 hubo de suspenderse a consecuencia de la guerra, estando prevista que se celebrase en Berlín.

España, según se deduce de algunas crónicas de la época, un tanto difusas, practicó un juego de contención, destacando por encima de todos la figura de su portero en quien ponían los ojos los miles de aficionados que abarrotaban las gradas del estadio belga. Al descanso, el partido concluyó tal y como había empezado, con empate sin goles. En la segunda mitad, un gol de Patricio desniveló el marcador y sirvió para que España prosiguiese su andadura en aquel campeonato que, sin Mundiales todavía y muy lejos las Eurocopas, era la máxima competición internacional de la época.

A pesar de la buena impresión causada en el debut oficial de la selección española, la moral hispana se hundiría en cuartos de final, donde sería derrotada por tres goles a uno por una contundente y concluyente selección de Bélgica, mucho más experimentada y mejor preparada físicamente que el cuadro español. A partir de ahí comenzaba un nuevo deambular por el torneo de consolación, que le enfrentaría a los perdedores de la misma ronda en la que había caído España.

«¡A mi el pelotón, Sabino, que los arrollo!»

El partido en el que España se ganaría su merecida fama de ser un equipo luchador y aguerrido se disputó ante Suecia, un equipo, en teoría, superior al español que debutaba en una Olimpíadas. En la primera mitad ganaban los nórdicos por un gol a cero. Los hispanos tenían todo en contra. Además del resultado, también los 8.000 espectadores que abarrotaban las gradas del estadio.

En la segunda mitad, después de haber conseguido nivelar el marcador, avanzaba a la altura de medio campo el jugador del Athletic Club Sabino Bilbao, a quien su compañero de equipo José María Belauste, un fornido jugador de una estatura superior a 1,80 le pidió el balón alegremente al grito de «¡A mi el pelotón, Sabino, que los arrollo!», expresión que pasaría a la historia como ejemplo ilustrativo de la garra y el empuje de los españoles. Efectivamente, Belauste conseguiría introducir el balón en la portería sueca, pero no sería el único que entraría en las fauces de las redes sino que con el entraron arrollados varios jugadores, tanto españoles como suecos, dentro del marco que defendían los nórdicos.

En este partido se consagró un estilo de juego rudo, bronco, rocoso y de garra, a lo que contribuyó el arbitraje del italiano Mauro que en ningún momento trató de poner coto a las hosquedades de unos y otros. La victoria le serviría a España para disputar la final de consolación en la que se impondría por dos goles a cero a Italia. Sin embargo, a última hora le esperaría un éxito propiciado por una carambola.

En la final del torneo se enfrentaban Bélgica y Checoslovaquia. Antes de concluir la primera mitad ganaba el conjunto anfitrión por dos goles a cero, pero los centroeuropeos, muy disconformes con la actuación arbitral, decidieron abandonar la competición por lo que serían duramente sancionados, siendo descalificados. Quedaba entonces por adjudicar la medalla de plata. El comité organizador decidió a última hora que el ganador del bronce, Holanda, y el vencedor del torneo de consolación, España, fuesen los encargados de disputarlo.

Ambas selecciones habían sido las grandes revelaciones del torneo, cosechando unos resultados que nadie esperaba. España, haciendo uso otra vez de esa garra y tesón con la que se había distinguido en los anteriores encuentros, venció por un contundente y claro tres a uno al equipo e los Países Bajos, haciéndose así con la medalla de plata. A partir de ahí se inició una más que legendaria historia en la que el combinado español sería conocido como «La Furia», aunque en esta ocasión en el sentido positivo del término.

Ese aguerrido mote, que perduró casi hasta nuestros días, hacía honor a un equipo valiente y luchador, que nada tenía que ver con el famoso Saqueo de Ámberes, ocurrido en 1576, cuando las provincias flamencas se sublevaron contra la dominación española, contribuyendo a alimentar así una oscura leyenda negra. Sin embargo, el cuadro español demostraría algo más de una década más tarde, en el Mundial de Italia, que sabía jugar al fútbol, con una depurada técnica, que de nada le valdría en un torneo manipulado y programado para que los trasalpinos se alzasen con el triunfo final.

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