Asesina a su marido en la bodega de su casa

A comienzos de la década de los sesenta, Galicia, y consiguientemente el resto de España comenzaba a sacudirse de una más que prolongada Posguerra que había dejado unas profundas secuelas a su población. Si bien es cierto que las carencias personales seguían siendo una constante en el devenir cotidiano de muchas familias.

Los gallegos de entonces ya hacía casi una década que habían dejado de emigrar a tierras americanas. Solo unos pocos se desplazaban a Venezuela, atraídos por la importante riqueza petrolera del país sudamericano que demandaba una importante mano de obra. Ahora se iniciaba un prolongado período de emigración a distintos países europeos, ya recuperados de los efectos de la Posguerra mundial.

Más de tres cuartas partes de los gallegos de entonces residían en amplios núcleos rurales, algunos de los cuales gozaban de un período de esplendor demográfico alcanzando las cotas de censados más altas de su historia. Sin embargo, esa expansión demográfica no era sinónimo de prosperidad, sino más bien de todo lo contrario. La ganadería y la pesca, principales sectores en los que trabajaban la mayor parte de la población de entonces, seguían explotándose con técnicas tradicionales, con las que solamente se podía aspirar a una indigna supervivencia.

En ese ambiente y en esos lugares, mal llamados la Galicia profunda en sentido despectivo, es a donde nos dirigimos para hablar de un extraño suceso que conmocionó fuertemente a los vecinos de Chantada, en plena Ribeira Sacra, en el suroeste de Lugo. Allí un ya lejano 27 de julio de 1960 apareció muerto en una bodega de su propiedad un hombre de mediana edad, Antonio Sampayo Moreira, aparentemente aplastado por una cuba que se precipitó sobre él cuando se encontraba trabajando.

Hachazos

La esposa del fallecido le manifestó su preocupación a una hermana del fallecido al anochecer por su tardanza en regresar a casa. Esta última se dirigió a la bodega, situada a cierta distancia del domicilio familiar, para saber en que faenas andaría metido Antonio Sampayo. Cuál sería su sorpresa cuando se encontró a su hermano tirado en medio de un gran charco de sangre con la cabeza destrozada, aparentemente aplastada por una cuba de grandes dimensiones que se había precipitado sobre la víctima. De inmediato, se puso el caso en conocimiento de la Guardia Civil de Chantada para que se procediese a investigar las causas de la muerte, así como proceder al levantamiento del cadáver del hombre que, aparentemente, había fallecido como consecuencia de un accidente laboral.

Al comenzar las indagaciones, los investigadores pronto descubrieron que en aquel asunto había piezas que no encajaban con la hipótesis de un presumible accidente. El forense encargado de hacerle la autopsia al cuerpo de Antonio enseguida se percató que alguna de aquellas profundas heridas habían sido inferidas con un hacha y que no guardaban relación alguna con una hipotética eventualidad relacionada con su trabajo en la bodega. La Guardia Civil interrogó a varias personas, entre ellas a la hermana de la víctima y a su esposa, Isaura Varela Matobelle, sobre quien se centraron todas las sospechas.

En un principio, la mujer del fallecido sostuvo la versión del accidente, pero al verse acorralada por los investigadores comenzó a ofrecer la auténtica versión de los hechos, conocido en el lenguaje popular como «cantar». Según su testimonio cuando su marido se dirigió a la bodega, a media tarde, ella se adelantó por algunos atajos a su llegada al lugar del crimen. Una vez que había llegado al lagar se encaramó sobre una cuba, desde la que le sacudió dos hachazos tanto en el occipital como en el parietal, cayendo Antonio Sampayo al suelo, pero consiguiendo recuperarse. En vista de esto último tomó un artilugio similar a una azada con unos punzones de hierro muy significados y se lo clavó en el pecho. Pese a la gravedad de las heridas, el fallecido consiguió levantarse y extraer de su cuerpo aquel artefacto que le había introducido su asesina, pero desplomándose definitivamente en el suelo, merced a las muchas heridas mortales de necesidad que tenía en todo su cuerpo. Posteriormente, su esposa Isaura Varela provocaría la caída de una de las cubas más grandes que había en la bodega, desplomándola sobre la cabeza de su marido. Es más, procuró que el enorme barril le aplastase lo más posible la testa a fin de tratar de despistar a los investigadores.

Holgazán y derrochador

La mujer fue inmediatamente detenida por efectivos de la Guardia Civil que la trasladaron a las dependencias del Cuartel de Chantada. Allí declararía también que el móvil del crimen obedecía a la actitud de su marido, de quien dijo que era un hombre «holgazán y derrochador» que se pasaba gran parte de su tiempo en los bares y tabernas del pueblo, además de una supuesta infidelidad, tildándole de mal marido.

En febrero de 1961 se celebró el juicio contra Isaura Varela Matobelle en la Audiencia Provincial de Lugo. Sería condenada a 18 años de prisión y a una indemnización de 100.000 pesetas a los hermanos de la víctima.

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