Los partidos de fútbol con más morbo de la historia

Beckenbauer y Branch se saludan antes del partido que enfrentó a las dos Alemanias en el Mundial de 1974

He de comenzar este artículo comentando que una de las palabras que más odio es el término «morbo», así como todos sus derivados. Este prefijo de origen griego, muy utilizado hoy en día, significa enfermedad o patología, que se ha trasladado desde el lenguaje científico al común con un equivalente distinto que sirve para designar una atracción por lo desagradable, por los aspectos más turbios que vivimos en nuestra existencia cotidiana.

No hay duda que en el mundo del deporte el adjetivo de morbo se le coloca con mucha facilidad a distintos eventos y confrontaciones que adquieren una significación muy especial tanto para los contendientes como para los espectadores. No sé hasta que punto está justificado el empleo de este término, pero vaya por delante que aquí se utiliza para referirse a esos duelos en los que había algún componente especial que no guardan relación alguna con estados de morbilidad que pudiera considerarse enfermiza.

El primer gran duelo de estas características es, sin duda, el choque que protagonizarían en la final de primer campeonato del mundo las selecciones sudamericanas de Uruguay y Argentina en Montevideo. ¿Porqué?. La respuesta en este caso es aparentemente sencilla. Ambos equipos habían protagonizado hacía escasamente dos años, en junio de 1928, la final de los Juegos Olímpicos de Amsterdam, considerado hasta entonces como el Campeonato del Mundo de fútbol. Ambos equipos, con una magnífica y extraordinaria calidad de juego que asombraría a Europa, habían precisado de dos partidos para dirimir quien se alzaría con el oro olímpico, que finalmente fue para la selección celeste.

En la final de 1930 se había generado el aliciente añadido de celebrarse en la capital uruguaya, muy próxima a la vecina Argentina, por lo que serían muchos argentinos los que se trasladarían a su convecino país para disfrutar de aquella gran final. La victoria fue para los uruguayos en un partido tenso y con los nervios a flor de piel. El estado de ánimo quedaría reflejado en las palabras del argentino Luis Monti, quien tras ganar el Mundial de 1934 con Italia, declararía que «si ganaba la final contra Uruguay me mataban, si la perdemos contra Checoslovaquia nos harían lo mismo». Nadie mejor que uno de los protagonistas para sintetizar lo que significó aquel choque en el país del Plata.

Alemania en la Posguerra

No es necesario hablar de la situación en la que se encontraba Alemania a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, que hasta se le impidió participar en el Mundial de 1950, celebrado en Brasil. El país estaba ocupado y, como consecuencia de ello, surgieron tres estados distintos, uno era Alemania Occidental, el otro Alemania del Este y el Protectorado del Sarre, que en 1957 se reincorporaría a la República Federal Alemana, merced a un referéndum en el que votaron su futuro.

Los primeros enfrentamientos deportivos de la Alemania divida fue entre la zona occidental y el territorio del Sarre, despertando una gran expectación. Jugaron un primer partido de ida en Stuttgart el 11 de octubre de 1953, con vitoria del equipo de la RFA por tres goles a cero. En las gradas se palpaba un cierto nerviosismo, unido a la descomunal expectación que generaba un partido jamás previsto. Además, el seleccionador del equipo del protectorado era Helmut Schön, quien en 1957 se haría cargo del equipo unificado entre la RFA y el Sarre. Estas dos mismas selecciones se volverían a enfrentar el 28 de marzo de 1954 con una nueva victoria del equipo de Alemania Occidental por tres goles a uno. En 1957 el Sarre se reincorporaría a la RFA, concluyendo así su corto periplo con sus selecciones deportivos.

Otro choque que despertó un singular atractivo fue la semifinal de la Copa del Mundo de Suiza, celebrada el 30 de junio de 1954. En ella se enfrentaban dos selecciones que habían pertenecido al Tercer Reich durante siete años tras la unificación que había decretado el mandatario nazi Adolf Hitler en marzo de 1938, en el proceso conocido como Anschluss, que también había tenido sus consecuencias en el plano deportivo, ya que Austria no participaría en el Mundial de 1938, al entenderse que iba ya incluida en Alemania.

El enfrentamiento entre dos países que habían formado parte del mismo estado, principal responsable de la Segunda Guerra Mundial, despertó enconadas pasiones ya olvidadas. Sin embargo, Alemania Occidental pasó como una apisonadora por encima de sus antiguos compatriotas a los que derrotó por un concluyente seis a uno. La RFA acabaría ganando el torneo, aunque cabe recordar que 16 años antes habían sido incapaces de superar la primera fase en un equipo en el que figuraban varias estrellas austriacas. Estas dos selecciones volverían a enfrentarse en diferentes ocasiones, siendo muy recordado el partido que disputaron en el Mundial de España, en 1982, donde pactaron un resultado de conveniencia para eliminar a Argelia. Previamente, ambos equipos habían coincidido en la fase de clasificación para el mismo torneo. Su inclusión en el mismo grupo provocaría el enfado del entonces vicepresidente de la FIFA, Joseph Blatter, dando un golpe en la mesa en la que estaba sentado cuando se estaba celebrando el sorteo de grupos para el Mundial 82.

Las dos Alemanias

Quizás sea este el duelo más recordado y conocido por la afición al deporte del balón. Los anfitriones habían defraudado las expectativas de juego ante su hinchada, ya que esperaba algo más de su equipo. Hasta aquel momento habían vencido sus dos primeros partidos, pero dejando malas impresiones. Habían alcanzado una victoria un tanto raquítica por un solitario gol ante Chile y también habían vencido a la entonces desconocida Australia por tres goles a cero.

El partido de aquel 22 de junio tenía todas las espadas en alto, ya que ambas selecciones se profesaban un exquisito respeto y ya se habían asegurado el pase para la segunda ronda del campeonato. Alemania Occidental también sabía que si quedaba campeón de grupo, lo que alcanzaría con solo empatar, le esperaban en la siguiente fase Brasil, Holanda y muy probablemente Argentina o Italia. Con el exquisito tacto germano, seguramente tendrían todas estas cosas en la cabeza. A veces, y ocurre con cierta frecuencia, perder puede ser mejor que ganar cuando sabes lo que te espera más tarde.

Al inicio del encuentro los dos capitanes Franz Beckenbauer y Arnold Bransch esbozaron amplias sonrisas, ante la atenta mirada del árbitro uruguayo Ramón Barreto. Incluso, el capitán del cuadro del este se permitió soltar una buena carcajada. El partido defraudó, y mucho, a las expectativas que habían depositado las «dos aficiones» y el mundo del fútbol en general. No hubo grandes ocasiones, discurriendo el juego con la más absoluta normalidad. El equipo occidental, más experimentado en estas lides, era consciente de lo que podría esperarle en caso de victoria, por lo que el honor en este encuentro quizás fuese lo de menos para ellos.

El choque se resolvería en una jugada aislada en la que el alemán oriental Jürgen Spasswasser acabaría consiguiendo el único tanto del encuentro a los 32 minutos de juego de la segunda mitad. La victoria fue vendida a la afición del este como una triunfo contra las horribles fauces del fascismo y el capitalismo, convirtiendo al autor del tanto en una mítica figura que sería ampliamente utilizada por el régimen comunista de Erich Hoenecker. Sin embargo, la antigua Alemania del Este tendría que verse en la segunda fase con la famosa Naranja Mecánica, o sea Holanda, capitaneada por Johan Cruyff y en la que figuraban jugadores como Krol, Rensenbrick, Jonny Reep o los hermanos gemelos Van der Kerkoff. Otro de los rivales sería la Brasil de Rivelino, Jairzinho, Mariño, Paulo César Lima, Leao y muchos otros jugadores que eran los vigentes campeones del mundo. A ellos se unía Argentina.

Alemania Occidental se proclamaría campeona del torneo tras ganar previamente a tres selecciones que no tenían el pedigrí de las que habían de enfrentarse a los orientales. Se trataba de Polonia, Yugoslavia y Suecia. Los germanos vencieron en todos los enfrentamientos con una más que acreditada solvencia, sin tener enfrente ninguna selección que les hiciese sombra. El campeón de cada uno de los dos grupos en los que se subdividían las ocho selecciones clasificadas pasaba directamente a la final. Al que había ido a parar la selección del este se le denominaba el grupo de la muerte, mientras que al otro, liderado finalmente por la RFA, era el de la suerte. Los orientales serían derrotados con claridad por Brasil y Holanda. Se despedirían del Mundial 74 con un empate a un gol contra Argentina, en un encuentro en el que ambas selecciones ya estaban eliminadas.

Las dos Alemanias volverían a coincidir en el mismo grupo para la clasificación de la Eurocopa de 1992. Sin embargo, Alemania del Este se retiraría ya que recientemente, corría el año 1990, el estado oriental había dejado de existir, pasando a integrarse en el equipo de la Republica Federal. La Alemania comunista disputaría su último partido el 12 de septiembre de 1990, un encuentro que, en teoría correspondía a la fase de clasificación, pero que sería considerado como amistoso.

Argentina en 1986

Coincidiendo con el Mundial que se celebraba en España en 1982, el presidente del comité organizador de dicho evento, Raimundo Saporta, fue preguntado acerca de un posible enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra, que en aquel momento estaban librando la guerra de las Malvinas. Su respuesta fue escueta. «Sería un partido con muy buena taquilla». La socarronería del señor Saporta, más propia de un gallego que no de un ciudadano español de ascendencia francesa, levantó las lógicas carcajadas de los periodistas presentes en la rueda de prensa.

Lo que no había sucedido en España ocurrió cuatro años después en el transcurso del Mundial de México. Allí, cuando aún no había transcurrido un lustro tras la guerra que había enfrentado a argentinos y británicos, los sudamericanos dieron buena cuenta de los europeos en el terreno de juego, con Maradona al frente y su famosa mano de Dios que tuvo lugar en este encuentro. Se impusieron por dos a uno, «vengando» así la derrota sufrida en el terreno militar.

Pero no fue el único choque protagonizado por los argentinos que despertó una inusual expectación. Previamente, en octavos de final, habían derrotado a sus vecinos uruguayos, a los que derrotaron por un gol a cero. Desde 1930 no habían vuelto a disputar ambas selecciones un partido en la Copa del Mundo, demorándose casi de forma indefinida la pretendida revancha que nunca llegó para Argentina.

Y ya sabemos lo que ocurre en el mundo del fútbol y el deporte en general. Existe también un cierto gusto por lo que, aparentemente, pueda resultar desagradable, que no es más que aquello que levanta una exagerada expectación. Pero no debemos olvidar que el fútbol es un deporte que debe promover la paz entre los pueblos y la hermandad entre los hombres, exento de cualquier sentimiento que nos pueda llevar a gustos por lo patológico y de mal gusto, o sea eso que comúnmente llamamos morbo.

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