La matanza de la calle Sáinz de Baranda, en Madrid

Algunos jóvenes españoles de la década de los ochenta fueron víctimas de la heroína, esa substancia adictiva que con tanta facilidad y a elevadas sumas de dinero les proporcionaban unos traficantes que carecían de cualquier escrúpulo. Una pareja de drogadictos son los grandes protagonistas de la siguiente historia que tiene como escenario un acomodado barrio de la capital de España, en la segunda mitad de la década de los años ochenta del siglo pasado.

Cuando la mañana de aquel martes, 28 de enero, día de Santo Tomás de Aquino para más señas, fueron encontrados los cadáveres de tres personas sexagenarias en el número 50 de la madrileña calle Sáinz de Baranda a muchos madrileños, principalmente los que ya superaban los 50 años en aquel entonces, se le vino a la imaginación la figura de un célebre psicópata que había perpetrado otro crimen múltiple hacía ya 30 años. Para quienes conozcan mínimamente la historia de Madrid sabrán que nos estamos refiriendo a Jose María Jarabo Pérez-Morris. El acontecimiento tiene unos tintes que lo asemejan, aunque sus circunstancias son extraordinariamente diferentes.

La preocupación se había apoderado de los porteros de la finca en la que residían el matrimonio de nacionalidad estadounidense formado por William Galdner y la española nacionalizada norteamericana, Amelia López del Moral, con quienes convive su criada, Benita Carretero Martínez, española natural de la localidad de Socuéllamos, en la provincia de Ciudad Real. Al percatarse María, la portera, de que la luz está casi siempre encendida, desde el pasado domingo, decide poner los hechos en conocimiento de Mateo, un colega suyo que es hermano de la criada del matrimonio Galdner.

Desmayo

Mateo Carretero, el hermano de Benita, posee un juego de llaves que emplea habitualmente para acudir de cuando en vez hasta el piso del matrimonio, cuando este viaja al país de origen del hombre, a realizar alguna ronda de vigilancia, ya que los viajes a EE.UU. son muy habituales por parte de la pareja. Ante las señales de que ha podido ocurrirles algo, tanto María, la portera del número 50, como Mateo, llaman reiteradamente al timbre de la puerta de la familia, pero nadie contesta. Tampoco se oye ruido alguno, por lo que se encienden todas las alarmas.

Deciden abrir la puerta con las llaves que posee Mateo y se encuentran con el macabro y truculento hallazgo del cuerpo ensangrentado de Benita Carretero. La portera no da crédito a lo que ven sus ojos. Se encuentra fuera de si como anonadada. No encuentra explicación a todo cuanto ve. Solamente se divisa sangre por todas partes. Posteriormente, es encontrado el cadáver de la señora de la casa, Amelia del Moral, lo que empieza a provocarle grandes sofocos y está a punto de desmayarse. Por lo que ella, ya no decide examinar más. Finalmente es encontrado el cuerpo, también completamente ensangrentado del ciudadano norteamericano, un conocido ingeniero. En los lavabos se encuentran también dos cuchillos que han sido cuidadosamente lavados, con los que supuestamente se perpetraron las tres muertes.

A la Brigada de Homicidios de la capital de España le espera un más que arduo trabajo para resolver una matanza que atemoriza a los madrileños, después del noviembre sangriento que ha vivido la calle Orense. Solamente cuentan con un dato de cierto interés. La última vez que se ha visto a William Galdner ha sido en la mañana del domingo, 26 de enero, cuando bajó a comprar la prensa a un quiosco que se hallaba muy cerca de su domicilio. En un principio se descarta el móvil del robo, pese a que la casa se encuentra completamente revuelta. Además, se cuenta con el dato de que la posición acomodada del matrimonio les hace ser muy desconfiados y no abren la puerta a desconocidos.

Sobrina de Benita

Tras efectuar las oportunas pesquisas e indagaciones, apenas una semana después de encontrar los tres cadáveres de los sexagenarios asesinados, son detenidos Francisco Sánchez Medina, de 28 años, un individuo que cuenta con numerosos antecedentes policiales y su novia, María de los Ángeles Carretero López-Soro, de 25, una sobrina de la criada, Benita Carretero. Ambos son pareja sentimental, a quienes une también su habitual consumo de estupefacientes.

La detención se llevó a cabo después de hacer varios descartes, entre ellos a otra sobrina de la criada que nada tenía que ver con el asunto. Gracias a la familiaridad y amistad de la que gozaba con Benita, fue ello suficiente para que les franquease la puerta del domicilio del matrimonio Galdner. Al parecer, la pareja acudió junto a su familiar para que les facilitase dinero con el que adquirir heroína.

Al percatarse de sus pretensiones, la criada de la casa reiteró en sucesivas ocasiones su negativa a darles dinero para la adquisición de estupefacientes. Aquí es donde comienza la tragedia. Se pasa a una acalorada y brutal discusión, en la que se suceden los primeros golpes y empujones, además de mostrarles la joven pareja un cuchillo de monte. Al oír los gritos, se personan en el lugar el matrimonio propietario de la vivienda, quienes intentan expulsar de la misma a aquellos intrusos. Es entonces, cuando la pareja de drogodependientes inicia su orgía sanguinaria, una lucha que es visible merced a como encontrarían posteriormente los investigadores los distintos muebles de la casa, entre ellos algunos armarios, que están movidos o desencajados de su sitio.

En el transcurso del grave incidente, William Galdner intenta alcanzar el teléfono para llamar a la policía, pero lo hace en vano, ya que los intrusos le propinan cuchilladas, ya no solo con su propia arma, sino de otras de las que se han apoderado en la cocina. El cadáver de este último presentará una terrible herida de arma blanca en el pecho, que muy probablemente le hubiese ocasionado la muerte. Su asesinato es contemplado por su mujer y la criada, quienes son apuñaladas con un machete y el cuchillo de 15 centímetros que habían encontrado en la cocina. También es asesinada su esposa, que ha intervenido en defensa de la criada, en un horrible espectáculo sanguinario, provocado, tal vez, por el síndrome de abstinencia que les ocasionaba el consumo de drogas. Por si fuera poco, se cercioran de la muerte de sus víctimas rematándolos con varias cuchilladas cuando ya están tendidos en el suelo en estado moribundo.

Una vez que han dado muerte a todos los moradores de la vivienda, inician un recorrido por las estancias de la casa, revolviendo en todos los cajones en busca de objetos de valor. Se estima que el valor de los sustraído alcanzaba los cinco millones de pesetas (30.000 euros al cambio actuales), aunque habían podido dejar otro tanto esparcido por todos los rincones de la vivienda. Salen al exterior, dándole la vuelta a sus ropas con la finalidad de que no se les vean las manchas de sangre que les ha dejado la matanza.

Detención

La detención de los asesinos tiene lugar en la calle Humanes de Madrid, sita en el Puente de Vallecas, una zona muy afectada por los problemas derivados del tráfico de estupefacientes. La policía los detiene en la tarde del martes, 4 de febrero de 1988. En el domicilio en que conviven les hallan también algunas joyas que han substraído de la casa de los Galdner. Otras alhajas han sido ya vendidas a un negocio de compraventa. La venta de las mismas pone en guardia a los Brigada de Homicidios de Madrid, quien muy pronto se pondrá en la pista adecuada.

Hasta la fecha de su detención, la pareja hace una vida completamente normal por la ciudad de Madrid. María de los Ángeles, incluso, acompaña a su padre, hermano de Benita, en el funeral por esta y en el Instituto Anatómico Forense, lugar al que había sido trasladado su cadáver. Además, muestra en todo momento un gran abatimiento y dolor por la muerte de su tía, aunque la policía ya la tenía en su punto de mira.

El juicio contra los autores de un crimen que aterra a la ciudad de Madrid se celebraría en junio de 1989. Francisco Sánchez Medina, conocido como «el Orejas» sería condenado a 44 años de cárcel, mientras que María de los Ángeles Carretero López-Soro sería condenado a 51 años de prisión, por no estimarse en ella la eximente de trastorno mental transitorio.

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