Impunidad para un crimen cometido en Ferrol

Serantes, Ferrol

A primeras horas de la mañana de aquel 5 de junio de 1992 un sobrino suyo, que se llamaba Ramón, encontró el cadáver de Amelia Orjales Beceiro tendido sobre un gran charco de sangre. Se suponía que su asesino se había ensañado con ella hasta donde le era menester en busca de un objetivo que, se supone, no consiguió. Una impresión brutal y temerosa para cualquier ser humano lo que sufrió el familiar de la mujer asesinada. De inmediato, puso en conocimiento de las autoridades pertinentes el hecho para tratar de aclarar lo que había acontecido para que su tía apareciese brutalmente asesinada.

Es a partir de ahora cuando empiezan los dimes y diretes, el ajusta y compón de un suceso que conmocionó a una pequeña población rural, como es Serantes, perteneciente al término municipal de Ferrol, en el que todo el mundo se conoce y existe una familiaridad máxima entre el vecindario. Ramón llamó de inmediato al 092 y los primeros en personarse fueron los agentes de la Policía Local de la ciudad departamental y es, a partir de ese momento, cuando se inician los desbarajustes en una investigación que no debería requerir una gran complicación.

Hay aspectos muy turbios en este asunto, que recuerdan al famoso Crimen de Los Galindos en la provincia de Sevilla, relacionados con la investigación. La familiaridad de la que se hablaba antes pudo llegar a que los vecinos invadiesen el domicilio de la víctima, previamente a la llegada de los guardias municipales o no se sabe muy bien si entraron en la casa cuando estos se personaron en el lugar de autos.

Robo

Todas las hipótesis apuntaban a que el móvil del crimen que le costó la vida a Amelia Orjales fue el robo, además de ser, supuestamente, una persona conocedora de su casa y sus costumbres. Se sospecha que el presunto autor de su muerte era conocedor de que la víctima tenía una acusada sordera y que supuestamente entró en su casa por la parte posterior de la vivienda, con el ánimo de robarle 300.000 pesetas (1.800 euros al cambio actual), que la mujer guardaba en una manta eléctrica. Sin embargo, sospechaban también los investigadores que el ladrón pudo verse sorprendido por la víctima y, ahí al reconocerlo, fue cuando perpetró su brutal crimen, asestándole un total de 20 puñaladas.

En su huida, al parecer, dejó abundantes huellas. Una de ellas estaba situada en el alféizar del la ventana por la se suponía que había huido. Pero, una vez más, al estar contaminado de otras pegadas, principalmente de los vecinos, ya que el escenario del crimen no fue protegido convenientemente, todo ello daría al traste con la investigación. En un primer momento se pensaba que el caso se resolvería en cuestión de días. Todo más tardar, semanas.

Seguramente se cree que el asesino era sabedor que esta mujer de 67 años de edad, que era soltera, vivía sola, así como tampoco se desechaba la posibilidad de que conociese los hábitos de su vecindario. La única pista que encontraron los investigadores de la Brigada de Homicidios cuando se hicieron cargo del caso fue que la televisión estaba encendida y la víctima tendida en el suelo frente a ella. Pero, poco o nada aportaría esta pista al esclarecimiento del suceso.

Se sabe que el criminal no logró su objetivo, pues el dinero en efectivo aparecería sobre una manta eléctrica en la que Amelia Orjales solía esconderlo. Cuando se hizo cargo del caso la jueza Pía Iglesias ordenó que se limpiase y desbrozasen los ribazos que rodeaban la casa, por si el autor del crimen hubiese arrojado a los mismos el arma homicida. Una vez más, la investigación no dio los resultados esperados, pues tampoco se encontró ninguna nueva prueba que arrojase un hilo de luz a un suceso que ya había nacido viciado de antemano.

Los forenses dictaminaron en su informe que la víctima habría muerto en torno a las nueve de la noche del día 4 de junio, unas 12 horas antes de ser encontrado su cadáver. Se interrogó a los vecinos preguntándoles si a esas horas habían visto a alguien merodeando alrededor de sus viviendas o de la víctima. Una vez más, los resultados fueron negativos.

Han transcurrido ya más de 20 años sin que se incoasen nuevas diligencias, por lo que el crimen ha prescrito, quedando en la más absoluta impunidad. Tal como está redactada la legislación, no se podría emprender ninguna acción contra el supuesto asesino aunque se declarase autor del mismo, aunque, todo hay que decirlo, eso es muy complicado que suceda.

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