El Matón de O Courel

O Courel

Han pasado ya 80 años desde que concluyera aquel sanguinario conflicto que desangró a España y son muchos los que todavía tienen ciertos reparos e, incluso, miedo cuando se habla de historias pretéritas en O Courel. Parece como si todavía algunos sintiesen el aura o el aliento de un tiempo lejano en el que las hermosas montañas lucenses sirvieron de refugio y huida para algunos de los perdedores de la contienda civil, aprovechando lo escarpado de su terreno.

Al principio de la guerra la violencia se cebó con los más débiles, aprovechando el clima de impunidad que provocaba la generalización del caos y el hecho de poder acusar a cualquiera de la circunstancia más nimia para dispararle un par de tiros. Hubo en todo el territorio gallego hombres que se enfundaron en una vulgar casaca azul y fueron provistos de armas de fuego con las cuales perpetraban arbitrariedades a diestro y siniestro, sin importarles lo más mínimo regar de dolor, sangre y desolación a sus pueblos, creando un clima de terror y odio que aún parece estar presente en la mente de aquellos hombres y mujeres más maduros. Les cuesta hablar. No es extraño, porque el ambiente siniestro y tenebroso creado por aquellos criminales les persigue como si se tratase de una funesta nube gris que todavía se sigue vislumbrando en nuestros días.

Uno de esos hombres que se caracterizó por el tiro fácil y el empleo indiscriminado de la violencia fue Emilio Aira, un conocido falangista que sembró de sangre y terror un precioso terreno verde y escarpado hace ya más de 80 años. Al despiadado falangista le servía cualquier pretexto para deshacerse de un enemigo con el que mantenía diferencias que nada tenían que ver con cuestiones políticas. La excusa más frecuente que empleaba para matar era el falso testimonio, acusando a algunos vecinos de robar herramientas que se estaban empleando para hacer la carretera comarcal LU-651 que va de O Courel a Quiroga. Una de esas víctimas inocentes fue Amador García, para quien emplearon esa falsa acusación. Le pegaron un par de tiros y ahí se acabó la historia, quedando impune su crimen. A consecuencia del disgusto fallecería también su novia.

Uno de los acontecimientos más escabrosos en esta retahíla criminal de un hombre carente de escrúpulos fue el asesinato de un conocido músico de verbena, Manuel Cela, a quien le proporcionaron una brutal paliza en la aldea de Teixeira. Cuando aún estaba vivo lo enterraron en una cueva de gran profundidad. El padre de la víctima, alertado del suceso, fue a socorrer a su hijo, pero ya nada pudieron hacer por salvarle la vida al pobre hombre que fue extraído de la hondura con unas cuerdas. Sin embargo, no sería esta la última de las fechorías aunque si una de las que más impresión causó, incluso entre sus partidarios.

Aira era conocedor de que al frente de un grupo de forajidos, que escaban de una muerte segura, se encontraba una mujer, cuyo nombre se desconoce. Solamente se sabe que la mataron de forma traicionera y se apoderaron de sus pertenencias. Entre ellas se encontraban algunas cartas de su novio, que era de la aldea de Visuña. Conocedores de esta circunstancia, Emilio Aira y sus secuaces, lo quitaron de su casa a empujones y lo llevaron hasta el puente de Ferreirós de Abaixo, donde le dieron muerte. Asimismo, se encargaría de dar muerte también a un cartero de la zona porque supuestamente transportaba algunas piezas de ropa hechas por la madre de un republicano.

Otro hecho de singular violencia -perpetrado por este psicópata- fue el asesinato de un hombre asturiano, quien presuntamente era un herido de guerra republicano, pues le faltaba una pierna. Coincidió «O Matón» y los suyos con él en una taberna y le dieron muerte, abandonado su cadáver en o Alto de Rebolos, en el que estaría abandonado durante más de una semana. Le acompañaba un perro, que demostraría una fidelidad a prueba de bomba, pues no se separaría de su amo durante el tiempo que estuvo abandonado su cuerpo hasta que le dieron sepultura definitiva.

Son muchas las muertes violentas que se cuentan en la zona de o Courel en aquel sangriento verano de 1936. Una de ellas atribuida a los falangistas, si bien es cierto que no se puede corroborar que estuviese presente Emilio Aira. En este caso se sabe que fue vilmente asesinado un vecino de la parroquia de Visuña, a quien dispararon desde un pozo. Posteriormente, la Guardia Civil se encargaría de llevar su cuerpo en un burro hasta el cementerio de la parroquia de la que era originario.

Muerte de O Matón

Hay quien se cree firmemente la máxima de que a quien hierro mata a hierro muere. De todos es sabido que es una forma de implorar a esa justicia divina que muchas veces no se cumple. Sin embargo, hay otras en la que se lleva al pie de la letra. Los desmanes protagonizados por Emilio Aira, especialmente tras el asesinato de un músico y un cartero, provocaría las denuncias y protestas de las familias de las víctimas. A las autoridades nacionales no se les escapaba que su modo arbitrario de impartir justicia les creaba una mala imagen. Por ello, o Matón sería llamado a filas, para así poder satisfacer su sed de sangre.

Por lo que se cuenta, o lo que se conoce, se dice que Emilio Aira fue destinado a una compañía en la que había un sargento de O Courel, que era conocedor de las barbaridades que había perpetrado. Un buen día este militar le puso su pistola a la altura de la oreja y le dijo al tristemente célebre sádico «a min meu pai ensinoume a curtala herba ben rente». Esa misma fue la explicación que dio a muchos de los vecinos donde aquel criminal se había hecho célebre, extendiendo el terror y la violencia indiscriminada entre las gentes con quienes, se podría decir, que compartía un mismo techo.

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2 comentarios sobre “El Matón de O Courel

  1. Pero Dios mío cantas veces escoitei esto, o meu avo tamen o levaron preso os falangistas, pegaronlle devolverono Cheo de golpes, tivo sorte non o mataron, pero na Cova enfrente do meu pobo fusilaron xente. Que nunca volvan pasar eses sucesos que o sepa todo mundo

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