Suicidio y terror ante el tribunal de oposiciones a notarías

Fue un extraño y desgraciado suceso que ocurrió en Madrid el 15 de enero de 1985. Su triste protagonista era un joven gallego de 29 años, Fernando de Castro Fernández, quien, empuñando una pistola, disparó contra el presidente del Tribunal de Oposiciones a Notarios Antonio Ipiens Llorca, que demostrando su agilidad de reflejos conseguiría esquivar los disparos del opositor que había suspendido el examen, además de lanzarle el primer objeto que encontró a su alcance, en este caso un cenicero. Una de las balas rebotaría en el borde de una mesa sin que alcanzase a ninguno de los presentes.

No tuvieron tanta suerte sus compañeros del tribunal evaluador, Luis Ignacio Arrechereda Aranzadi, Catedrático de Derecho Civil, de 38 años y Julio Burdiel Hernández, de 52 años, que resultarían heridos de gravedad al impactar en su pecho sendos proyectiles procedentes del arma que empuñaba el opositor Fernando de Castro, quien, acto seguido, se suicidaría con la misma pistola, una ASTRA 380 de 9 cms, corto, modelo antiguo.

En el momento en el que el joven efectuó los disparos, el tribunal estaba examinando a otro candidato en el primer ejercicio de las oposiciones a notarías. Fernando de Castro, respondía a la figura del clásico «opositor quemado», quien había gritado, al tiempo que disparaba contra los miembros del tribunal, «ustedes me han arruinado la vida», mientras se subía a la tarima donde se encontraban los encargados de dirimir aquellas oposiciones. Los disparos los efectuó a muy corta distancia, a tan solo dos metros de su teórico objetivo, errando por fortuna en el blanco. Eran las cinco y media de la tarde de un gélido día de enero en la capital de España que daría paso a una inclemente ola de frío polar. Por fortuna, los examinadores heridos conseguirían sobrevivir a las heridas de bala que les provocó Fernando de Castro, hijo del magistrado del Tribunal Supremo, Jaime de Castro Garcia.

Tercer intento

Jaime de Castro Fernández era la tercera vez que intentaba hacerse con una de las muy pocas plazas de notarios que cada año se convocan en España y a las que suelen concurrir varios miles candidatos. Lo había intentado por vez primera, en el año 1982, en Burgos, sin alcanzar el éxito deseado. Tampoco lo conseguiría en 1983. Fracasaría una vez más en noviembre de 1984. En la fecha en que se produjo el fatal suceso el opositor había conocido los resultados del examen al que había concurrido nuevamente sin éxito. En las tres convocatorias a las que se había presentado había suspendido siempre en el primer ejercicio, el examen oral, que está considerado el más duro y en el que el tribunal calificador ejerce una importante criba entre quienes desean alcanzar una plaza de notario.

Al lugar de los hechos se desplazarían investigadores especializados de la Policía Nacional, que encontrarían cuatro casquillos de bala, en tanto que un médico forense se encargaría de certificar la trágica muerte de un joven que fue incapaz de ver que en esta vida se pueden hacer muchas más cosas y no estar pendiente de una ruda y contumaz oposición en la que tal vez, además de su propia vida, había dejado muchos años de lucha y esfuerzo que no le habían dado el fruto requerido. Sin embargo, quien opta a ser notario y no lo alcanza, puede ejercer con éxito, entre otras, la función de abogado civilista, dados los conocimientos que le proporciona la circunstancia de haber estudiado los temas que forman parte del extenso programa de las oposiciones al cuerpo de notarios.

Aquella fue una tarde dramática y cruel en el Colegio de Notarios de Madrid. La gente comenzó a correr de manera denodada por los pasillos, debido a la confusión que reinaba en el recinto. En un principio hubo informaciones y noticias confusas en torno a un hecho que sorprendía a propios y a extraños. Además de especularse con la posibilidad de que hubiese sido un atentado, dado que en aquellos años era muy febril la actividad de la banda terrorista ETA, también llegó a rumorearse que el suicida se había examinado en la misma jornada, pero este hecho no era cierto. Otra de las informaciones falsas que corrió en aquellos primeros instantes fueron las relativas al estado de los heridos. En un primer momento llegó a especularse con el fallecimiento de alguno de ellos, aunque por fortuna no dejaron de ser noticias carentes de fundamento y sin contrastar.

Solitario y brillante

De Fernando de Castro, además de saberse que era hijo de un prestigioso magistrado gallego nacido en la localidad de Ordes en el año 1917, se sabía también que era el más joven de los cinco hermanos que tenía Jaime de Castro, uno de los cuales había superado hacía ya años las oposiciones al cuerpo en el que pretendía ingresar Fernando. Trascendería también que era un hombre solitario, a quien no se le conocían muchos amigos, pero que jamás había protagonizado altercado alguno, ademas de ser una persona afable y tranquila, por lo que su irracional actitud sorprendió de sobremanera a quienes le conocían y trataban.

El suicida había sido un destacado alumno en la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago de Compostela, alcanzando notas muy brillantes en su expediente académico. Fernando de Castro había convertido el objetivo de ser notario en una perenne obsesión que le quitaba, además de muchas horas de diversión para un muchacho de su edad, el sueño y era quizás su única y enfermiza inquietud. Aunque no debería haber atentado contra la vida de terceras personas. Y ni que decir tiene que tampoco debería haberse quitado la suya. Es entonces cuando la vida en si misma carece de cualquier sentido y valor porque da paso a la destrucción y la muerte, que se encarga de fulminarlo todo en apenas un segundo

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