Siete muertos y cinco desaparecidos en el incendio del psiquiátrico compostelano

Hospital psiquiátrico de Conxo

Hablar de un centro psiquiátrico supone sumergirse en una especie de inframundo en el que están condenados a vivir todos los desheredados de la sociedad, muchos de los cuales han sufrido hasta el desprecio de sus familias, que han renegado de ellos recluyéndolos entre cuatro paredes en las que habitan seres a quienes se les ha negado prácticamente todo en esta vida. Incluso la esperanza. A la estigmatización que sufren muchos enfermos mentales se les sumaba hace algo más de 40 años un eterno rosario de carencias que hacía que muchos de ellos fuesen definitivamente olvidados en los conocidos como manicomios. Ni siquiera quienes habían sido un día sus seres queridos se acordaban de algunos de ellos en el momento en que dejaban de existir, siendo abandonados y relegados a la proscripción más absoluta en un tétrico y patético cementerio que solía estar en los aledaños de los hospitales psiquiátricos sin siquiera una pequeña lápida identificativa recordando quien yacía en un descuidado nicho que jamás ha recibido el cariño ni el adorno de flor alguna. Tal vez como si a esos pobres enfermos les persiguiese la estigmatización a la que se habían visto sometidos en vida incluso después de muertos, negándoles así un digno y merecido reposo en una paz que jamás alcanzaron mientras convivieron con el común de los mortales.

«Canto máis pobre menos roupa», reza un viejo dicho gallego (cuanto mas pobre menos ropa). Así les debió de acontecer a un buen grupo de internos en el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela, aquella mañana del 7 de julio de 1976, que para colmo era Año Santo Compostelano lejos todavía del comercial Xacobeo, cuando repentinamente, muy de madrugada todavía, se vieron sorprendidos por una descomunal marea de fuego que acabaría con la vida de una cifra indeterminada de personas. Aunque se ha hablado siempre de siete muertos, nunca se ha podido determinar con exactitud que les había ocurrido a los otros cinco internos que nunca aparecieron. No se sabe si perecieron con las llamas, si aprovecharon la ocasión para huir de aquellas penosas instalaciones que les condenaban de por vida. Sea de una manera u otra, lo cierto es que fue una tragedia en toda regla que se cebó, no con un grupo de personas desfavorecidas, sino directamente con seres humanos a los que la sociedad se encargó de excluirles y negarles todo derecho a la esperanza.

A las seis menos cuarto de la mañana de aquel ya lejano día de San Fermín en el primer año de la Transición democrática, con Adolfo Suárez recientemente incorporado a la presidencia del Gobierno, en una de las habitaciones del psiquiátrico de Conxo se inició un devastador fuego que, además de llevarse por delante muchas vidas humanas, dañaría de forma significativa sus instalaciones. Los empleados enseguida escucharon impresionantes gritos de auxilio de personas que clamaban por un socorro que parecía darles la espalda, como si de una auténtica tragicomedia se tratase.

Rejas en las ventanas

Las deficientes instalaciones de Conxo, con las rejas que recubrían las ventanas de las habitaciones, fueron propicias para que muchos de aquellos pobres hombres y mujeres pereciesen abrasados en una ratonera de fuego sin poder escapar a una muerte segura. A todo ello se añadía la antigüedad de las dependencias en las que estaban ingresados, ya que pertenecían a un viejo monasterio en el que se había habilitado una de sus alas en 1885 como centro de salud mental. El fuego se propagó de forma inmediata por todo el edificio debido a la combustibilidad de los materiales que se encontró a su paso, fundamentalmente madera y también barnices que propiciaron que el inmueble se convirtiese en una presa fácil para las llamas.

A las deficientes instalaciones y a sus múltiples obstáculos se sumaron en esta ocasión un cierto desorden en la gestión de la tragedia. Los bomberos compostelanos no contaban con los equipos adecuados para sofocar incendios, siendo requerida una unidad procedente de A Coruña, ciudad distante 75 kilómetros de la capital gallega. Sin embargo, no era este el único obstáculo al que habían de hacer frente los bomberos, ya que también se advertía -en aquel entonces- que la red de suministros de agua carecía de suficiente fuerza de bombeo, con lo que la extinción se hizo mucho más complicada para unos profesionales acostumbrados a enfrentarse con todo tipo de contingencias imprevistas en su labor cotidiana.

La responsabilidad del incendio se le atribuyó a un interno que -según se dice- había manifestado en reiteradas ocasiones su intención de quitarse la vida, incendiando el centro en el que se hallaba recluido, aunque este último aspecto nunca se ha podido contrastar de forma concluyente. Sin embargo, todo indica que el fuego se inició en un colchón al contactar la brasa de un cigarrillo con su espuma, propagándose inmediatamente el fuego por todo el edificio. El enfermo que había proferido las amenazas pereció en aquel desgraciado incendio.

Confusión

Durante muchas horas reinó la más absoluta confusión en torno a lo que había pasado en Conxo, sacándose incluso a relucir ciertas diferencias personales entre las distintas administraciones de entonces. Hay que señalar que todavía no existía la autonómica. El principal motivo de alarma fue el paradero de algunos internos, desconociéndose todavía hoy en día si perecieron en aquella dramática jornada o si aprovecharon el desorden provocado por las llamas para huir, aunque jamás se supiese que camino habían tomado. De hecho, algunos de ellos aprovecharían para escaparse a casas de sus familias, regresando de nuevo al centro psiquiátrico, tras ser encontrados por la Guardia Civil. Otros se quedaron vagando por las viejas rúas compostelanas sin rumbo fijo hasta que fueron encontrados por los agentes del orden.

En un primer momento los enfermos fueron hospedados en la Iglesia de Conxo, que sirvió en primera instancia como un improvisado centro de acogida. Tras la tragedia, la dirección del centro psiquiátrico concedió un total de diez altas definitivas y otras 45 temporales a distintos internos. Además, el incendio supuso una descongestión del hospital, ya que su cifra de residentes pasaría de 984 a 140. A las altas había que sumar que algunos fueron trasladados a centros de similares características ubicados en la localidad ourensana de Toén y también en Vigo. De la misma forma, las autoridades se percataron de que el hospital de Conxo estaba masificado, al igual que la práctica totalidad de las residencias psiquiátricas gallegas de su tiempo.

De los seis fallecidos, cuyos cadáveres fueron recuperados de forma inmediata, tan solo dos de ellos fueron reclamados por sus respectivas familias, siendo trasladados a sus lugares de origen. Sin embargo, cuatro de ellos descansan el sueño eterno en la necrópolis anexa al hospital de Conxo, sin que nadie se hubiese dignado en reclamar sus restos, siendo así condenados a una sempiterna marginación y estigmatización que ni siquiera la muerte pudo borrar de su dramática y cruel existencia.

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