Asesina a su ex-compañera sentimental y se suicida en Frades (A Coruña)

Casa consistorial de Frades

Los pequeños municipios gallegos, divididos en centenares de parroquias y estas a su vez subdivididas en miles de lugares, son noticia precisamente porque nunca o casi nunca ocurre nada. Entre sus habituales vecinos, una gran mayoría de los cuales son ya personas de una cierta edad, reina una tranquilidad y calma que nos atreveríamos a calificar de pasmosa. Son sitios idóneos para escapar al estrés y a la agitación que supone el nuevo ritmo de vida marcado a veces por unas crueles y sofocantes agendas que no dejan el más mínimo rescoldo para detenerse y descansar plácidamente a la sombra de unos castaños en tanto se entabla conversación con cualquier vecino que se aproxime. A estas últimas circunstancias si están acostumbrados los habitantes de Frades, una pequeña localidad distante poco más de 30 kilómetros de Santiago de Compostela, que parece cabalgar eternamente sobre el río Tambre, quien se dejar caer mansamente sobre su precioso y verde entorno regando enormes praderías y sirviendo, a su vez, de disfrute para los aficionados al deporte de la pesca.

Este municipio, que apenas tiene 2.600 personas censadas, es el clásico lugar para huir del ajetreo diario sin que nada o nadie moleste a quien pretenda relajarse escuchando únicamente el canto de los pájaros o los leves y agradables ruidos de las aguas del caudaloso Tambre que descienden mansas y tranquilas a lo largo de todo el inigualable enclave que siempre ha representado la comarca de Ordes. Sin embargo, esa eterna calma de la gozaba su vecindario se vio repentinamente alterada en los días previos al inicio oficial de la primavera en el año 2.000, cuando Frades aún no había bajado de la barrera de los tres mil habitantes, aunque su descenso demográfico no había hecho más que comenzar hasta convertirse en progresivo en los últimos tiempos.

Lo que prometía ser una plácida mañana de fin de semana se convertiría pronto en un inefable drama que consternaría pronto a sus tranquilos vecinos aquel 18 de marzo del último año del segundo milenio. Nadie se hubiese imaginado que uno de sus residentes, un hombre ya octogenario José Corral Rey tomase en sus manos la tradicional escopeta de caza, muy habitual en muchas viviendas del rural gallego, para con ella regar de sangre la tierra que con su límpidas y celestiales aguas baña el mítico y pacífico río Tambre.

A primeras horas de la mañana de aquel sábado este hombre, de 81 años, se dirigió con el arma a la casa en la que vivían Flora Bello y María Teresa García, además de los dos hijos de esta, que contaban en aquel entonces con 19 y 14 años de edad respectivamente. Una vez allí, a poco más de medio kilómetro de su domicilio, perpetró una tragedia que aún sigue presente en la memoria de los vecinos de Santalla de Moar. Quizás un tanto despechado por la presunta relación que había mantenido con una de las mujeres, José Corral no dudó en disparar contra las dos mujeres, quedando estas tendidas sobre un charco de sangre. Heridas de gravedad fueron evacuadas hasta el Complejo Hospitalario de Santiago de Compostela, donde una de ellas, Teresa García, de 38 años de edad, ingresó ya cadáver. Su madre, que contaba en aquel entonces con 67 años, sería intervenida quirúrgicamente a causa de las heridas de perdigones que presentaba.

Suicidio

Tras cometer el execrable crimen, José Corral se encaminó a su casa con el claro objetivo de quitarse la vida después de haber sembrado de pánico y terror la siempre apacible parroquia de Santalla de Moar. Para ello utilizó el mismo arma con el que había atacado a las dos mujeres. Antes de entrar en su vivienda, aprovechando el repecho de una cuneta que había en el camino por el que había que dirigirse a su domicilio, se encañonó con la escopeta disparándose en el pecho, quedando muerto de forma prácticamente instantánea.

Ningún vecino hubiese esperado un desenlace fatal en la relación que había mantenido el asesino con sus víctimas. Al parecer, este último había estado conviviendo en casa de las mujeres sobre las que disparó hasta hacía poco más de dos años y medio. Se le atribuía una supuesta relación con la más joven de las mujeres, María Teresa García, si bien es cierto que este hecho era atribuido a la rumorología oficiosa que siempre reina entre los vecinos de localidades pequeñas, ya que esta última estaba casada y era madre de dos hijos.

Nadie en todo este término municipal daba crédito a la reacción que tuvo José Corral García aquel día previo a la última primavera del anterior milenio. Estaba considerado como un hombre de carácter más bien reservado y pusilánime. Algunos decían incluso que era algo miedoso y que jamás había presentado problema alguno de convivencia con sus vecinos, por lo que el trágico suceso que protagonizó pilló completamente desprevenida a una tranquila población que se vio sobresaltada en aquel sábado que se adivinaba como una plácida jornada de transición a una primavera que para nada resultaría romántica a los vecinos de la apacible localidad de Frades en la que hasta el tranquilo y ensoñador Tambre sintió en sus aguas el horrible sobresalto que siempre ocasiona una inesperada e indeseada tragedia que los convirtió por unos días en foco de atención mediática, también de forma que nadie hubiese deseado ni mucho menos imaginado.

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