16 muertos al precipitarse un camión con trabajadores al Sil

Dicen que el verano suele ser una época propicia para las tragedias. No se trata de ser aguafiestas ni tampoco ningún cenizo, pero es cierto que en la etapa estival suelen producirse algunos siniestros que dejan una profunda huella que terminan por amargar las vacaciones a quienes tienen la suerte de poder disfrutar de un periodo de descanso. Un suceso de gran magnitud calaría muy profundamente en la Galicia de los sesenta, donde se esperaba con impaciencia la llegada de muchos emigrantes a países europeos para disfrutar de sus merecidas vacaciones. A bordo de nuevos vehículos, de llamativos colores, al tiempo que lucían unas fantasiosas y enormes gafas de sol, portando estrambóticos pantalones a cuadros de campana, aquellos muchachos nacidos mayoritariamente en los tiempos inmediatos, anteriores o posteriores a la Guerra Civil, se encargaban de poner una nota de color al verano gallego de la época, en el que la mayoría de sus habitantes del extenso rural intensificaban sus constantes tareas agrícolas y ganaderas.

En medio de un clima monótono, que apenas era interrumpido por nada ni por nadie, cuando se agotaba la mañana del viernes, 18 de agosto de 1967, un tremebundo suceso conmocionaría terriblemente a una Galicia en la que todavía se vivía de forma perenne el eterno recuerdo de la Guerra Civil. Si bien es cierto, que el país gallego ya había dejado de ser el paraíso de la desaparecida guerrilla antifranquista, tras la liquidación hacía poco más de dos años en aquel entonces del último forajido, Xosé Castro Veiga, conocido como «O Piloto», abatido muy cerca de donde se produjo el siguiente suceso por agentes de la Guardia Civil.

En aquella época eran ya muchas las familias gallegas que habían abandonado los trabajos agrícolas y muchos hombres preferían ganarse un salario en cualquier empresa a vivir de forma sempiterna detrás de un clásico carro del país, mientras su eje servía de una eterna sinfonía que ya ha desaparecido, como habían hecho sus padres. Aún así, había una gran mayoría que prefería combinar las labores en el mundo agrario con un trabajo en cualquier empresa, ya que eso les permitía aparentemente mejorar su nivel de vida.

Sin embargo, una de las medidas que seguía fallando, por no decir que brillaba totalmente por su ausencia, era la seguridad laboral y cualquier lugar podía ser propicio para un fatal accidente, tal y como les sucedió a 16 trabajadores de los cerca de 40 que viajaban en un camión, perteneciente a la empresa Francisco Cachafeiro, que trabajaban en las muchas obras que en aquella época se estaban haciendo a lomos del río Sil, con la finalidad de aprovechar los muchos saltos de agua que presentaba para convertirlos en energía eléctrica, obsesión perenne y un tanto enfermiza del régimen de Franco. Hay que recordar que el viejo dictador se había ganado el mote de «Paco, el rana» por su obcecación en inaugurar pantanos, siendo este uno de los pocos chistes que era permitido en torno a su decadente y obtusa figura.

2o metros

Los trabajadores habían concluido a esa hora, en torno a la una de la tarde, su turno de trabajo matinal cuando se encaminaban a almorzar a bordo del camión accidentado. No llevaban sujeción alguna, yendo en su mayoría en la parte posterior del vehículo, destinada a remolque, cuando el coche se precipitó por un rocoso desnivel de 20 metros, parando en un área del río Sil que tenía una cierta y pronunciada profundidad en la localidad lucense de San Clodio, perteneciente al municipio de Ribas de Sil. Además, como en casi todas las tragedias, siempre hay algunos factores que contribuyen a magnificarla. En este caso, quienes iban sobre el camión se encontraron con la mala suerte de que fueron a caer precisamente en una de las zonas en las que el siempre caudaloso río Sil tenía una mayor profundidad y nivel de agua, zonas a las que en Galicia los pescadores suelen denominar bogos, en las que suele haber una sobreabundancia de pesca. En zonas inmediatamente próximas a las que se produjo el siniestro, el nivel del agua no superaba en esas fechas del año el medio metro de profundidad al encontrase en periodo estival.

Como sucedió muy a menudo durante la etapa franquista, nadie se quería responsabilizar de la tragedia ni tampoco buscar unas causas objetivas, encomendándolo todo a los designios de la Divina Providencia. La causa más probable del siniestro pudo haber sido la ausencia de visibilidad que, en el momento de producirse, se registró. Según algunas informaciones de la época, el conductor del camión se encontraría con una inmensa polvareda levantada por un utilitario con el que se había cruzado a la altura de la curva en la que tuvo lugar el trágico suceso. Aunque es mencionado por diversas fuentes, se alude muy poco, sin embargo, a que el camión transitaba por un angosto y estrecho camino rural, muy frecuentes en la Galicia de la época, a los que comúnmente se les denominaba corredoiras, además de carecer de un firme en condiciones.

La mayoría de las víctimas perecieron ahogados al quedar atrapados en el interior del camión sin que se pudiese hacer nada por salvar sus vidas. Es más, algunos que no sabían nadar se agarraron fuertemente a sus compañeros provocando, a su vez, la muerte de quienes se sabían desenvolver entre las aguas. Otros trabajadores que iban en el camión se lanzaron desde el remolque para caer sobre una zona rocosa, agarrándose a las enormes piedras para evitar caer al río. Sin embargo, otros fallecieron como consecuencia del impacto de su cuerpo, principalmente la cabeza, contra las piedras. Llama la atención que algunos de los que se salvaron se marcharon del lugar por su propio pie con la intención de que no se preocupasen sus familias.

Héroes

Como en toda tragedia siempre hay algunas personas que destacan por su altruismo y heroísmo. En este caso uno de los principales héroes fue el conductor del camión, quien salvaría la vida de las personas que en ese momento le acompañaban en la cabina en la que viajaban. De igual manera, otra persona que se distinguió por su arrojo y valentía fue un joven, hermano de la sirvienta del médico forense de la localidad de Quiroga, muy próxima al lugar de los hechos. Al parecer, este muchacho se lanzó varias veces a las aguas del Sil para socorrer a las víctimas del siniestro, salvando varias vidas.

Los trabajos para sacar a los fallecidos del río se prolongarían a lo largo de toda aquella fatídica jornada de aquel trágico mes de agosto, siendo de nuevo muy destacable la gran labor desempeñada por los vecinos del lugar en el que se produjo este trágico acontecimiento. Muchos de ellos colaborarían con los efectivos de la Guardia Civil, único cuerpo que en la época desempeñaba tareas de socorro, en la extracción de algunos cuerpos de los fallecidos de las aguas del río Sil.

En vista de que pudiesen quedar más víctimas atrapadas, al no haber aparecido todos los que viajaban a bordo del camión puesto que algunos de ellos habían abandonado el lugar del accidente, se desplazaron hasta San Clodio miembros pertenecientes al equipo de hombres-rana del Ejército. Por fortuna, no encontrarían más cadáveres en las aguas de aquel cauce fluvial. En el mismo solo quedaba un camión que había sido adquirido recientemente por la empresa constructora por lo que se desechó en todo momento cualquier fallo de tipo mecánico.

El suceso conmovería fuertemente a la rural Galicia de la época, a pesar de que solamente en algunas casas disponían de aparatos de radio en tanto que la televisión era cosa de privilegiados. Los periódicos se solían leer en cualquier desvencijado bar o taberna mientras el rancio olor de frutas y verduras allí almacenados servía de fondo a las pituitarias, en tanto que sobre una chapa metálica colocada en su descolorida fachada se podía leer el anuncio de una conocida marca de vinos o gaseosas, aunque también era muy común un rótulo de no menos conocidas firmas comerciales dedicadas a la distribución de abonos o fertilizantes.

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