«Hai que roelo»: un docurrelato de la Galicia de los sesenta

Presentación en Vilalba de «Hai que roelo»

Para el autor escribir sobre si mismo siempre resulta muy complejo y muy complicado, además de harto difícil. Muchas veces, principalmente quienes padecemos Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad(TDAH) tendemos a subestimarnos, a considerarnos inferiores, a no creer en lo que nos dicen los demás, aunque sea siempre con esa indudable buena intención que siempre muestran hacia personas como nosotros, muchas de las cuales -según dicen- inspiramos una siempre desmedida ternura.

Tampoco se trata de ser soberbios ni de creerse superiores a nadie. Nada más lejos de quien esto escribe. La soberbia es el pasaporte de la mediocridad y es un enemigo de la sinceridad, además de estar fronteriza con el complejo de inferioridad, propio de esos individuos que tras una aureola de grandiosidad pretenden demostrar un falso halo de personas invencibles bajo la que se esconden unos elementos cobardes y bullangueros o cuando menos mezquinos o, incluso, de muy baja catadura moral. Tampoco quiero recordar al célebre Francisco Umbral, por quien siempre sentí un especial cariño y admiración, aunque me resultase bastante repugnante aquella escena suya en televisión, protagonizando un incidente con la presentadora a quien dijo en reiteradas ocasiones «yo he venido a hablar aquí de mi libro».

A eso dedicamos el siguiente capítulo del día de hoy a hablar de su libro, pero hablar de su primera novela o docurrelato, como muy acertadamente lo ha bautizado el extraordinario crítico literario gallego Armando Requeixo, por mezclar escenas del mundo real y de la historia de la Galicia de los años sesenta con otras historias un tanto ficticias en las que tampoco está exento un pequeño ápice de realismo mágico, un género nacido en el siglo XX de la mano del siempre admirable e inolvidable don Álvaro Cunqueiro, el más grande narrador gallego del siglo XX. Solo hacer el pequeño apunte que la Academia Sueca, organismo encargado de conceder los Nobel, nunca lo tuvo en cuenta a la hora de otorgar sus prestigiosos galardones, aunque si le fuese merecidamente concedido a un autor como Gabriel García Márquez, quien, indudablemente bebió de la gran prosa del magnífico maestro gallego.

Un gran equipo de fútbol

A nadie se le niega que detrás del título de esta obra literaria, que traspasa el límite de la novela para convertirse en docurrelato, se encuentra un gran equipo de fútbol, como su mismo título alude, el Pontevedra CF. Aquel gran combinado gallego rompió con los moldes establecidos hasta entonces, con muchos futbolistas que habían quedado relegados a un segundo plano o que nunca habían tenido oportunidad de brillar por no contar con las condiciones deportivas adecuadas. Tal es el caso de una de las figuras centrales de esta obra, Eduardo Dapena Lis, popularmente conocido como «Cholo», aquel inolvidable conductor de trolebús de la ciudad del Lérez que se ganó el cariño de los suyos convirtiéndose en uno de los grandes valladares de la defensa del cuadro granate cuando se encontraba en los últimos años de su carrera deportiva.

En aquel entonces, y en una época todavía muy sombría para Galicia en la que continuaba viviéndose a la sombra de una cruel y tormentosa dictadura, surge un gran equipo que estaba llamado a hacer historia, cuyo grito de guerra «Hai que roelo!» se convertiría en el eterno lema que siempre coreará su afición. Sin embargo, no solamente fue el grito de guerra lo que ha quedado para la posteridad, sino también su espíritu, su lucha, su tesón, su impresionante capacidad para vencer las adversidades más difíciles.

Paralelamente al gran equipo gallego de la época, surge una juventud con un ímpetu rebelde, una gente joven que quiere otras cosas para su tierra tratando de romper con ancestrales estereotipos y prejuicios que marcan a un país gallego que todavía se encuentra muy atrasado y anclado en tiempos remotos merced a una enquistada dictadura personalista, cuyo único argumento es ya tan solo quien fuera durante casi 40 años Jefe del Estado, el siempre todopoderoso general Francisco Franco.

Tres personajes vertebran el eje de la narración. Uno de ellos representa a la Galicia eterna, a esa tierra atávica, que es dominado por el miedo y presa de sus propios complejos de gallego de interior, el periodista Amador Sanfiz, un hombre que ha perdido a su padre en el transcurso de la Guerra Civil. No le gusta el fútbol, pero tiene que cubrir la información deportiva porque le obligan desde la agencia de noticias para que la trabaja. Un segundo personaje es Moncho Botes, un hombre cuarentón, fumador, a quien le encanta el vino blanco de Valdeorras, y si es fresco mucho mejor. Representa al clásico gallego medio burgués de su tiempo. Es periodista al igual que el anterior, siendo un individuo que destila retranca que esconde detrás de su eterno cigarro negro y su taza de vino.

El tercer personaje es el más activo de todos. El hombre que quiere romper con los moldes establecidos, Pedro Fontales, hijo de una ilustre familia de la Pontevedra de su tiempo, pero que detesta la sociedad en la que vive, ofreciendo innumerables discursos a sus compañeros en un tono didascálico y majestuoso, como si detentase la verdad absoluta. Critica ácidamente a la sociedad de su tiempo, a los poderes establecidos, lo que le traerá a malvivir con un miembro de la Brigada Político Social franquista, quien enfundado en un eterno complejo de inferioridad, se esconde bajo los galones del cuerpo al que pertenece, aunque su suerte será muy funesta.

Dos Galicias

La novela puede ser considerada un relato histórico y también de su situación en la que se hace un parangón entre esas dos Galicias, tan próximas geográficamente, pero tan distantes social y económicamente. Es una curiosa contraposición que se refleja en un viaje que hacen los protagonistas a la comarca interior de Terra Chá, a la casa de Amador Sanfiz, a una preciosa aldea gallega que se encuentra a lomos de la gran planicie gallega. Allí, Pedro Fontales descubrirá asombrado ese otro país que le resulta ajeno y hasta, por veces, un tanto extraño y anacrónico. Se siente perplejo al comprobar como aquellos rudos hombres chairegos siguen trabajando con ancestrales técnicas, aunque admira su humanidad y su eterno conformismo, al tiempo que siente una profunda compasión hacia quienes todavía sienten la vida como una constante aventura, pero que no protestan. Solo emigran.

De la misma forma, el lector es sumergido por el autor en el todavía lúgubre mundo de las comisarías, de la lucha clandestina contra un rocoso y tirano sistema, de una sempiterna oscuridad y mediocridad que parece campar a sus anchas, muy especialmente cuando el abogado pontevedrés es brutalmente torturado por dos miembros de la temible policía franquista. Es ahí cuando se descubre la humanidad de Fontales, quien encuentra en su amigo del interior gallego a un hombre de una profunda nobleza, que no lo deja cuando está herido y hundido tras la enorme paliza que ha sufrido, que le ayuda hasta el último instante, escabulléndose así del rol de hombre conformista que se le atribuye a lo largo del relato.

Una obra literaria tiene siempre su conclusión, como todo en esta vida. El Pontevedra CF desciende a segunda división debido a que no se renueva, algo similar a lo que le sucede a la Galicia de su tiempo. Uno de los principales protagonistas de la obra, Amador Sanfiz se ve obligado a dejar la ciudad del Lérez por el descenso del combinado granate, lo que le ocasiona una profunda tristeza que es gratamente comprendida por sus amigos quienes sienten verdaderos ataques de ternura por ese gallego de interior que jamás ha superado sus complejos. Sin embargo, la obra si no tiene un final feliz, al menos lo tiene un tanto revanchista, al fallecer en un trágico accidente de tráfico los miembros de la Brigada Político Social que tanto han amargado la existencia a dos de sus protagonistas, siendo esta la última noticia que Amador Sanfiz transmite desde Pontevedra, dando muestras de ser un extraordinario profesional del periodismo moderno.

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