Un alcalde a cuchilladas con sus vecinos

Ayuntamiento de Muras, Lugo,

Quienes no sean gallegos tal vez no sepan, o a lo mejor si, que Muras es un pequeño pero precioso municipio lucense que se encuentra enclavado en la alta montaña de su área noroeste, haciendo de imaginaria frontera o demarcación entre las dos grandes comarcas en las que se subdivide el norte de la provincia de Lugo, A Terra Chá, totalmente interior, con una superficie superior al territorio de Guipúzcoa, y A Mariña, la extensa comarca litoral luguesa, que se extiende desde la ría de O Barqueiro hasta la del Eo, en el límite con el occidente asturgalaico.

Las escasas veces que este pequeño y encantador municipio, que se ha ido vaciando de habitantes desde la década de los setenta hasta la actualidad, ha aparecido en los medios de comunicación es a causa de las grandes nevadas que se producen en el alto de la Serra da Gañidoira, o bien como consecuencia de los muchos accidentes que ha provocado el ganado mostrenco que pace en sus cumbres y que repentinamente se cruza con algún automovilista. De la misma forma, en los últimos años ha saltado a las primeras páginas de la prensa española como consecuencia de ese progresivo despoblamiento que ha provocado incluso la venta de aldeas enteras en las que ya no quedaba ningún habitante.

En los años noventa del siglo pasado, este pequeño municipio lucense, uno de los tres que no supera ya los mil habitantes, fue noticia por la peculiaridad de que su alcalde era un ciudadano sirio que se había afincado en Galicia, Issam Algnagm Azzam, quien en su día, en el año 2003, presentó una iniciativa en la Diputación Provincial para que la corporación provincial lucense condenase la Guerra de Irak. El organismo público, presidido entonces por el Partido Popular, se convirtió en el único en todo España que condenó la invasión americana del estado iraquí.

Quizás sus alcaldes gozaron siempre de una cierta peculiaridad, ya que uno de ellos era sacerdote, en tanto que una mujer regiría sus destinos entre 1983 y 1987, cuando era muy raro que una fémina encabezase una corporación local y era el único caso en toda la provincia de Lugo en aquella época. Se añade también la peculiaridad del ciudadano de Oriente Medio Isaam Algnagm, pero hubo otro regidor que sería recordado por otros aspectos menos llamativos, quizás mucho más repulsivos. Se trataba de Ángel de Castro Blanco, quien regiría los destinos de Muras durante más de un cuarto de siglo, entre 1952 y 1979. Su historia al frente de este municipio lucense estuvo a punto de revestir tintes trágicos en el mes de enero del año 1973.

Discusión

En la jornada del 24 de enero de 1973 se produciría un grave suceso en el establecimiento de bebidas propiedad de Ángel de Castro, quien agrediría con un cuchillo de grandes dimensiones a otras tres personas que se encontraban en el mismo, según la denuncia que estos presentaron en el cuartel de la guardia civil de la localidad. Nunca se ha sabido a ciencia cierta que ocurrió en el interior del almacén propiedad del regidor de Muras, debido a las distintas versiones que ofrecieron unos y otros, si bien es cierto que todo quedaría como una pelea entre amigos, aunque menudos amigos.

La versión que ofrecieron dos de las víctimas fue que el alcalde intervino contra ellos de forma brusca portando el arma e hiriendo de consideración a Antonio Puente García, concejal de Muras; Antonio Carreiras Casro, encargado del almacén cooperativa Campo San Jorge y Manuel Vilaboy Seoane, presidente de este último organismo. Sin embargo, la versión de Ángel de Castro es completamente distinta a la de dos de sus víctimas, ya que según él, los dos denunciantes se habían abalanzado sobre el concejal Antonio Puente y únicamente se limitó a defenderlo para evitar que el hecho generase una situación de violencia mayor, aunque es de suponer que para impedir un acontecimiento violento no era preciso apaciguarlo portando un cuchillo, ya que lo que hacía era empeorar las cosas.

La agresión, según Antonio Carreiras y Manuel Vilaboy, se produjo como consecuencia de la grave crisis nerviosa que le afectaba al alcalde en ese momento, muy similar a encontrarse enajenado, aunque sus consecuencias estuvieron a punto de ser muy parecidas a sucesos sangrientos similares. A pesar de ser un hecho inusual y hasta cierto punto dramático, lo cierto es que Ángel de Castro continuaría al frente de los destinos de ese pequeño y encantador pueblo del interior lucense hasta las elecciones municipales de 1979. Si hubiese sido en nuestros días, con razón, tendría que presentar la dimisión antes de 24 horas. Con hechos como este, lo mejor que le puede ocurrir al vecindario de este plácido y casi anónimo pueblo lucense, que siga pasando desapercibido y que tan solo sea noticia por las nevadas o por el peculiar origen de alguno de sus muchos y entrañables vecinos.

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