32 personas carbonizadas en el accidente de Cans

Viajar a la Galicia de la década de los cincuenta es como viajar a otro país completamente distinto que, poco o nada, guarda relación con el actual territorio gallego. Era una región muy deprimida, con escasas comunicaciones, donde la única salida que les esperaba a los más jóvenes era una eterna e injusta emigración. Estaban cambiando sustancialmente los lugares de destino de los gallegos, pero no el sino con el que habían nacido. Además, era un territorio inmensamente rural muy poco evolucionado, con ancestrales técnicas de cultivo carentes de cualquier moderna.

Los índices de desarrollo humano seguían siendo bajísimos, similares a tiempos anteriores a la Guerra Civil. A todo ello se unía una contumaz dictadura que impedía una mínima evolución humana y profesional que repercutía muy directamente en una sociedad que apenas progresaba. Para subsistir había que trabajar mucho y muy duro alcanzando muy bajos rendimientos. Solo aquellos que se servían de la picaresca, entre ellas el contrabando, conseguían burlar un destino que parecía darles la espalda a aquellos paisanos de la esquina verde peninsular que se conformaban con poco, o por decirlo claramente, muy poco.

El tradicional lugar de negocios, que hoy está muy devaluado, solían ser las ferias y mercados a donde se desplazaban ingentes cantidades de personas a efectuar transacciones con sus productos, mayoritariamente agrícolas y ganaderos, siendo los eventos comerciales por excelencia de una época bastante infame en la que solo vivían dignamente unos pocos. A uno de esos eventos se dirigía un autocar que, habiendo salido de la localidad de Ponteareas, se dirigía hacia Porriño en la mañana de un sábado, 26 de febrero de 1955, pereciendo un total de 31 personas por carbonización al incendiarse el autobús en que viajaban.

Choque

Nunca se aclararon realmente las circunstancias de aquel trágico suceso o, tal vez, no interesó aclararlas, aunque según informaciones recogidas de la prensa de la época el autocar, al llegar a una fatídica curva, impactó contra una piedra de enormes dimensiones en la zona aledaña a la escuela de la parroquia de Cans, en O Porriño, volcando sobre la única puerta de la que entonces disponía el autocar, que todavía carecía de salida de emergencia. Inmediatamente se produjo una especie de explosión que provocaría el incendio del vehículo pereciendo abrasados una gran parte de sus ocupantes. Al producirse el siniestro en las inmediaciones de un centro escolar, los niños fueron testigos presenciales de como el fuego acaba con la vida de las personas que iban a bordo del autobús.

Al igual que en todas las tragedias, y mucho más en aquella época, la actitud de los vecinos fue fundamental para socorrer a las víctimas, destacando en este caso el maestro de Cans, Carlos Díaz Álvarez, quien fue el primero en personarse en el lugar del accidente. El docente rompería el parabrisas del autocar y así permitió la salida del conductor, Antonio González Caballero, quien sería detenido e incomunicado. Además de esta persona, salvaron la vida otras 16 más, aunque ocho resultarían gravemente heridas. Una mujer gravemente herida, a la que se añadían múltiples quemaduras, fallecería días más tarde en un centro sanitario.

Los cadáveres de los fallecidos fueron expuestos en una finca próxima al lugar de los hechos para que sus familiares pasasen a identificarlos para posteriormente darles sepultura. En este sentido destaca el hecho que de la parroquia de Budiño, perteneciente al municipio pontevedrés de Porriño, fallecieron un total de doce personas en este siniestro. El resto de personas que habían perdido la vida eran de Redondela, Ponteareas y Pontevedra.

Las indemnizaciones por cada fallecido en este siniestro serían muy exiguas, incluso para la época, pues solamente alcanzaban las 60.000 pesetas(360 euros). En este sentido cabe destacar que también recibieron una cantidad de 250 pesetas (1,5 euros), las personas que ayudaron en la excarcelación de heridos y fallecidos. Como homenaje póstumo a quienes perdieron la vida en este trágico accidente se levantaría años más tarde una pequeña lápida en recuerdo y honor de quienes perdieron la vida en un siniestro que marcaría para siempre a la parroquia de Cans, mucho más que su ya tradicional festival de cine. No es para menos.

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