El asesinato de «El Montañés»

Los años previos a la Guerra Civil española, el puerto de A Coruña era una de las paradas obligadas rumbo a tierras americanas. A mediados de la década de los años 30 del siglo pasado la emigración a Cuba sufrió un espectacular frenazo a consecuencia de la crisis que padecía el país caribeño, motivada por la recesión mundial de 1929 y a los sucesivos ciclones que habían barrido la isla en cuestión de un lustro. Aún así, las arribadas al puerto coruñés de grandes navíos con destino a las Américas continuaban siendo constantes. Se decía que, como consecuencia de las mismas, en la ciudad herculina se daban cita todo tipo de personas, algunas de las cuales dejaba mucho que desear su reputación.

Uno de los muchos que llegaron en aquel entonces a la ciudad gallega más grande en aquel entonces fue un hombre que se llamaba Vicente Echevarría, a quien apodaban «El Montañés» por ser originario de Cantabria, dónde vivían tanto su madre como algunos de sus hermanos. Era un joven de 27 años que había sido expulsado de Cuba a consecuencia de su reiterado comportamiento delictivo. Las autoridades de la isla decretaron su expulsión tras haber perpetrado varios robos así como supuestamente haberse dedicado a actividades de proxenetismo, muy habituales, por otra parte, en la antigua «Perla del Caribe».

La prensa de la época califica su vida de «equivocada» cuando no de «disoluta» por haberse metido en más de una ocasión en camisas de once varas. «El Montañés» cuando llegó a la ciudad herculina se hospedó en casa de su novia, una joven trabajadora que residía en la ciudad vieja. Sin embargo, el pronto tomaría contacto con los bajos fondos de la ciudad, dedicándose a las más variopintas actividades, aunque ninguna de ellas considerada normal para la época, ni mucho menos honrada. Carecía de oficio ni beneficio por lo que se dedicó a estafar a muchos incautos con el juego de las tres cartas y también con el timo de la estampita.

En su vida diaria contactaría con un individuo que se llamaba Gaspar López, de quien se decía que era expósito, es decir, que había sido hijo de una mujer soltera. En esos tres meses asaltaron algún negocio de los cantones coruñeses, siendo detenido Vicente Echevarría en alguna ocasión, si bien es cierto que no pasó de pernoctar más de una noche en el calabozo del cuartel de la guardia civil.

Tres balazos

Los medios impresos de la época, que achacaron su asesinato a su forma tan estrambótica de tomarse la vida, daban cuenta de que se había hallado su cadáver en las inmediaciones de la Torre de Hércules, presentando tres disparos de bala de un arma corta en el pecho y también en el rostro, además de diversos cortes y magulladuras en la cara y otras partes de su cuerpo. Según los dictámenes de los forenses, Vicente Echevarría había luchado en su intento de salvar la vida contra sus agresores, aunque al ir ellos provistos de un arma de fuego, nada pudo hacer este último por salvar su vida.

La policía inició sus indagaciones por los círculos en los que se movía «El Montañés», siendo inmediatamente detenido su amigo Gapar López, así como otro hombre que se llamaba Alfredo Riego, con quien, al parecer, la víctima había contraído algunas deudas. Sin embargo, ninguno de los dos resultó ser el autor del crimen que le había costado la vida al ciudadano cántabro.

Días más tarde fue detenido un conocido delincuente que se llamaba Juan Rivas Otero, natural de la parroquia de Alvedro, en Culleredo. Este último se declaró autor material de la muerte de Echevarría, en compañía de Alfredo Riego. Al parecer, el móvil del crimen se debería a un ajuste de cuentas entre la víctima y sus asesinos, motivado por las deudas que tenía contraídas con Riego y Rivas Otero.

En el mes de enero de 1936 se celebró en la Audiencia Provincial de A Coruña el juicio contra los supuestos asesinos de Vicente Echevarría. Alfredo Riego sería condenado a seis años de prisión al ser considerado cómplice del asesinato, además de intervenir previamente en la pelea a consecuencia de la cuál la víctima presentaba varios cortes y heridas en su rostro. El principal acusado Juan Rivas Otero sería condenado a 30 años de cárcel. Sin embargo, a consecuencia del levantamiento militar de ese mismo año, se desconoce la suerte que correrían ambos individuos, ya que en julio 1936 salieron muchos presos de las cárceles al declararse el estado de guerra.

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