El descuartizador de Os Tilos

Barrio de Los Tilos en Santiago de Compostela

La capital de Galicia en la segunda mitad de los ochenta asistía a un incesante crecimiento demográfico provocado por la expansión de las instituciones autonómicas gallegas que apenas tenían una década de existencia. Era una ciudad básicamente funcional que, a diferencia de lo que ocurre hoy en día, se vaciaba durante los fines de semana, ya que tanto estudiantes como funcionarios abandonaban Santiago con destino a sus muchos lugares de origen en la amplia y diversificada geografía gallega.

El fin de semana era para ir a la aldea, como solía decirse y aún se sigue diciendo. Mientras, en la prensa de la época se sucedían informaciones en torno al escándalo de la concesión ilegal de la empresa de las loterías instantáneas de Galicia, lo que daría al traste con la carrera política del entonces vicepresidente de la Xunta y, en su día, delfín de Xerardo Fernández Albor, Xosé Luís Barreiro Rivas. En esa época se conocen también algunos indicadores acerca de los movimientos migratorios en el país gallego. Los mismos señalan que la tierra de Rosalía ha dejado de ser carne de cañón para la emigración y que ahora es receptor de una cierta masa de emigrantes, que todavía eran mayoritariamente ciudadanos de otras tierras españolas que se asientan en el suroeste de la comunidad, principalmente en Vigo y su área metropolitana, el gran núcleo industrial en torno al cual se vertebra Galicia.

Como ya hemos visto en numerosas ocasiones, hay sucesos que marcan el devenir de una localidad por el impacto que han tenido entre sus habitantes o por la forma en como se han producido, así como también en el estrato social en el que ha tenido lugar. Así sucedía el 4 de abril de 1988 en una conocida urbanización compostelana en la que sus vecinos asistieron aterrorizados al descuartizamiento del cadáver de una mujer por parte de su marido, quien le dio muerte de una forma horrenda.

Esquizofrenia

En esa fecha, Miguel Martínez Martínez, un profesor de enseñanza primaria de 36 años, le daba muerte a su esposa Genoveva Ferreiro Antelo, de 38 años, en el conocido y próspero barrio compostelano de Os Tilos, una urbanización que había crecido en paralelo a la capital gallega y en la que vivían algunas de las más destacadas personalidades de la sociedad de aquel entonces. Este suceso alcanzaría gran notoriedad y difusión en los medios de comunicación españoles por la escabrosa forma en que se produjo, así como por el ritual que llevó a cabo el criminal una vez que hubo acabado con la vida de su esposa.

Según diferentes versiones aparecidas en distintos medios de comunicación, Miguel Martínez podría sufrir una esquizofrenia paranoide que le impedía percibir la realidad de manera normal, a lo que se sumaba que podría haberse encontrado bajo un brote psicótico o en estado de enajenación, si bien es cierto que los psiquiatras que testificaron en el juicio consideraron que hasta entonces el asesino no había dado muestras de tener alterada su conciencia.

Se cuenta también que su esposa Genoveva era una mujer de carácter fuerte, vinculada a la izquierda nacionalista, enfermera de profesión y que ejercía un cierto dominio sobre la situación familiar, tal vez consciente del estado psíquico de su cónyuge, quien había tenido que solicitar numerosas bajas médicas en su labor como docente a consecuencia de episodios depresivos. El último se había producido el año anterior al crimen y había abandonado el tratamiento en las navidades de 1987.

En torno a las dos de la tarde de aquel 4 de abril los vecinos escucharon ruidos en la vivienda de la pareja formada por Genoveva y Miguel, aunque se suponían que era algo normal y natural, pues eran padres de dos niñas de muy corta edad. Una de ellas tenía tan solo cinco años en tanto que la otra era una recién nacida de apenas un par de meses, pues su madre estaba gozando en ese momento de una baja por maternidad.

La alarma estalló entre el vecindario al informarles Genoveva por una ventana que su marido le había clavado un cuchillo y que precisaba ayuda. Al parecer, Miguel ya le había asestado algunas puñaladas que estaban a punto de segarle la vida. Los vecinos pusieron los hechos en conocimiento de las autoridades, quienes retrasaron su llegada al escenario del crimen hasta las tres y cuarto de la tarde de aquel día de primavera.

Panorama espeluznante y macabro

Alrededor de las tres y cuarto de la tarde llamaron a la puerta del piso del matrimonio dos agentes de la policía que se dirigían al lugar de autos alertados por el vecindario para saber lo que ocurría. Sin embargo, el propietario de la vivienda les comunicó que debían esperar un rato, pues «todavía no había concluido con su trabajo». Lo que menos esperaron los agentes fue encontrarse con un cadáver completamente ensangrentado y descuartizado. Previamente ya se habían horrorizado al contemplar a Miguel Martínez al abrirles la puerta con su camisa y su pantalón completamente empapados en sangre, tal cual fuese un carnicero.

Les dijo también que lo podían detener pues ya había terminado con su labor. Esta, después de haber dado muerte a su esposa, habría consistido en extraerle algunos órganos de su cuerpo, entre ellos algunas vísceras tales como un pulmón y el corazón. Declararía posteriormente que nunca había imaginado que su esposa, a quien el consideraba que estaba poseída por alguna deidad satánica, tuviese sangre. Se imaginaba, siempre según el relato de los hechos que hizo en el juicio que se siguió en su contra, que de su cuerpo saldría algún líquido viscoso de color verde. Además, la operación de descuartizamiento de Genoveva Ferreiro la había practicado en presencia de su hija mayor que tan solo contaba con cinco años.

El juicio, que se celebraría justo un año después de haber perpetrado el horrendo crimen, prometía ciertas emociones, incluso más fuertes de lo que algunos podrían imaginar. Miguel Martínez había estado ingresado todo ese tiempo en el hospital psiquiátrico de Conxo, en Santiago de Compostela. Los distintos médicos que habían examinado al descuartizador coincidieron en señalar que no había padecido ningún episodio de esquizofrenia ni antes ni después de haber perpetrado aquel execrable crimen, si bien es cierto que apuntaron que este -con carácter agudo- podría haberse producido en el momento en el que cometió su horripilante carnicería. El criminal declaró ante el juez que había hecho aquello por el bien de sus hijas, pues consideraba que «su ex mujer», así se refería él a Genoveva Ferreiro, estaba poseída por el demonio.

Las peticiones iniciales de condena del fiscal variaría considerablemente al conocer los informes de los distintos especialistas forenses que examinaron a Miguel Martínez. El fiscal, que en un principio solicitaba 20 años de prisión y 20 millones de pesetas(120.000 euros) para las hijas de la víctima, solicitaba ahora el internamiento del criminal en un centro psiquiátrico durante el tiempo que se estimase conveniente, al aceptar la enajenación mental completa del acusado. No era de la misma opinión la acusación particular, quien se reafirmaba en su petición de 30 años de cárcel y la indemnización de 20 millones de pesetas para cada una de la hijas de la víctima al considerar que el reo había cometido un asesinato con las agravantes de premeditación, alevosía y parentesco.

El 7 de abril de 1989 se hace pública la sentencia en la que se absuelve a Miguel Martínez Martínez del delito de parricidio al aceptarse la eximente completa de enajenación mental transitoria. Se considera que el condenado se encontraba con sus facultades volitivas e intelectivas completamente anuladas. Se le condenaba al cumplimiento de su pena en un centro psiquiátrico a fin de poder tratar su enfermedad. Aún así debía indemnizar a sus dos hijas con cinco millones de pesetas (30.000 euros) a cada una.

Piso maldito

La vivienda en la que se produjo el tétrico crimen se convertiría en una casa maldita y serían varias las empresas inmobiliarias que trataron de venderla, pero sin éxito. Había salido a subasta pública por algo más de cinco millones de pesetas a finales de la década de los noventa, pero eran muchos los pujadores que se volvían atrás una vez que eran informados de lo que había ocurrido en el siniestro piso. Además, tampoco era aceptado para alquiler una vez que se conocían sus detalles.

Respecto de Miguel Martínez, ahora, si es que vive, tendría en torno a unos 67 años. No hay ninguna pista suya al respecto. Todas ellas se pierden en la noche de los tiempos desde el instante en que fue condenado a la reclusión en un centro psiquiátrico, ya que es el lugar más apropiado para un hombre de sus características. El célebre abogado y político gallego Manuel Iglesias Corral decía que estos individuos, en referencia a uno que acusó en un juicio, reincidirían de nuevo en su conducta si salían a la calle, tal y como ocurrió con el que él acusaba. Que se sepa, este no ha reincidido. Pero es mejor que esté a buen recaudo.

Sus hijas, una de las cuales era una recién nacida, se criaron al margen de su progenitor, quien estaba recluido en un centro psiquiátrico. Si bien es cierto que cabría preguntarse si la niña que contempló la carnicería de su padre tiene alguna secuela del suceso. Lo mejor sería que no tuviese ningún macabro recuerdo de un triste acontecimiento que marcó profundamente a una tierra, como la gallega, que en aquel momento trataba de asimilar la terrible matanza que tan solo tres semanas antes había tenido lugar en la localidad lucense de Chantada, donde un vecino suyo, Paulino Fernández, había dado muerte a siete personas y posteriormente se había suicidado incendiando la casa en la que vivía.

 

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