Mata a su suegra y a su esposa en O Saviñao

En la segunda mitad de los años ochenta del pasado siglo ya había comenzado el acelerón brusco del descenso de la población en los municipios más rurales y aislados de Galicia, principalmente aquellos que se encontraban en zonas de montaña u otros muchos que veían disminuir drásticamente su demografía porque las condiciones de vida no eran las más idóneas para las nuevas generaciones. Lo que no habían conseguido las masivas emigraciones a tierras americanas en la primera mitad del siglo XX ni las europeas desde principios de los cincuenta hasta los primeros años setenta, lo estaban consiguiendo otros factores secundarios en los que nadie había pensado jamás, uno de ellos la baja tasa de fecundidad de los gallegos de los últimos 30 años. Ahora se unía también el abandono de las nuevas generaciones del rural, pero con destino a otras áreas más pobladas, tales como cabeceras de comarca o ciudades como Lugo u Ourense, que experimentaban un notable auge motivado por la llegada masiva de gentes procedentes de sus respectivas provincias.

Ni siquiera se salvaban aquellos lugares que proporcionaban a los más jóvenes una cierta salida, tal es el caso de las explotaciones vitícolas del sur de la provincia de Lugo. Algunos pequeños municipios de la Ribeira Sacra veían descender su población a mínimos históricos por el abandono de los cultivos por parte de las últimas generaciones, que se desentendían de ese mundo rural que aún ofrecía algunas salidas a quienes estuviesen dispuestos a vivir en el campo.

Uno de los municipios que más directamente sufría esas consecuencias era o Saviñao que, hace ya 30 años, bajaba por primera vez en su historia de la barrera de los cinco mil habitantes hasta quedarse en los poco más de 3.700 que tiene actualmente. Los núcleos pequeños son los que más directamente están sufriendo los efectos de la despoblación, llegando a desaparecer una buena parte de los mismos, en tanto que otros están condenados a idéntica suerte en tiempos próximos.

En uno de esos pequeños núcleos, concretamente en San Vitorio de Ribas do Miño, en el referido municipio de O Saviñao, sus cada vez más escasos residentes se verían sorprendidos por un trágico y macabro suceso al atardecer del 29 de septiembre 1987. En esa fecha uno de sus vecinos, Javier López Andrade, daría muerte a su esposa, Milagros Rodríguez López, de 55 años, y a la madre de esta, Zenaida López, una mujer ya anciana tras dispararles tres veces con la escopeta de caza que tenía en su casa.

Celos

El móvil de este macabro crimen, que sorprendería y consternaría de sobremanera a las siempre pacíficas y entrañables comarcas de Ribeira Sacra y Terras de Lemos que convergen en distintos puntos, pareció deberse a los constantes ataques de celos de los que era presa el criminal, según declaraciones a la prensa de sus allegados así como también de una hija del matrimonio formado por Milagros y Javier. Otra de las personas de la que sentía enormes celos era de un cuñado suyo, con quien su esposa había vivido hacía ya algún tiempo.

El suceso se produjo cuando se encontraban discutiendo Javier López y Milagros en su casa. En ese momento se dirigió a la misma la madre de la mujer para pedirles que les diesen maíz para las gallinas cuando la madre de una de las víctimas quiso mediar en la discusión que mantenían su hija y su yerno. Es entonces cuando este último se aprovisiona del arma de fuego que guardaba en su casa disparando contra su suegra, quien recibiría dos impactos de bala, uno en el costado y otro en la espalda. Su esposa fallecería de forma instantánea de un solo disparo que el agresor disparó certeramente sobre su espalda.

Al consumar el doble crimen, Javier López Andrade se dirigió a casa de un vecino suyo para solicitarle que lo trasladase desde el lugar de los hechos hasta el cuartel de la Guardia Civil de Escairón, distante 20 kilómetros. Sin embargo, su convecino no se hallaba en ese momento en su casa por lo que decidió hacer el trayecto que le separaba del puesto de la Benemérita caminando, que recorrería en algo más de dos horas.

Condena

En los primeros días de noviembre de 1988 se celebró el juicio contra Javier López Andrade en la Audiencia Provincial de Lugo. Su abogado defensor alegó que su cliente había actuado bajo los efectos de los celos lo que le provocó una enajenación mental transitoria, por lo que requería que su defendido fuese ingresado en un hospital psiquiátrico con la finalidad de poder recibir el tratamiento adecuado.

Por su parte el fiscal se mantuvo en sus conclusiones provisionales solicitando dos penas de 20 años de cárcel por cada una de las muertes ocasionadas por el criminal. Finalmente, Javier López sería condenado a 30 años de prisión, con la atenuante de enajenación mental transitoria, así como al pago de una cuantiosa indemnización a los herederos de las víctimas.

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