Entierran viva a su hija de siete meses en Vigo

En el año 1992 se sucedieron una serie de acontecimientos en Galicia que conmocionaron y marcaron de forma extraordinaria a la sociedad gallega de la época. Lo peor de todo es que las tres víctimas de esos macabros sucesos eran niños de muy corta edad, en un caso un bebé de siete meses. En los otros dos, un niño sería estrangulado por una vecina suya en A Coruña, mientras que un depravado violaba y asesinaba de una manera horripilante a una niña de nueve años en la localidad lucense de Vilalba.

Uno de estos macabros acontecimientos sucedió en Vigo el 29 de febrero del año 1992, concretamente en su populoso barrio de Santo Tomé de Freixeiro. En esa fecha, unos jóvenes padres, que habían contraído matrimonio recientemente por aquel entonces, decidieron deshacerse de su hija de siete meses, Cristina, enterrándola viva, tras una ardua y acalorada discusión en torno a la paternidad de la pequeña. Los progenitores de la criatura, Pedro Alexandro Pereira da Silva, un ciudadano portugués de 19 años de edad, y María Magdalena Martínez Rey, de 20 años y que en ese momento se encontraba embarazada de cinco meses, tomaron esta decisión tras negar el padre de forma reiterada que la criatura fuese hija suya.

En un principio, al parecer, Pedro Alexandro había intentado asfixiar con sus propias manos a la niña cuando se encontraba en su cuna. Pero, antes de que falleciese decidieron introducirla en un envoltorio formado básicamente por plásticos para luego introducirla en un agujero de tierra, sin llegar a taparlo del todo, pues cuando los investigadores encontraron el cuerpo de la pequeña todavía le sobresalía una pierna. Además, los forenses pudieron constatar que todavía se encontraba viva en el momento de ser sepultada, pues le encontraron restos de tierra en la tráquea.

Frialdad

Después de haber enterrado a su propia hija, los dos asesinos mostraron una frialdad que sorprendería enormemente a su vecindario, pues les dijeron en reiteradas ocasiones que les había desaparecido Cristina mientras bajaron a depositar basura en los cubos destinados a este efecto. La misma versión narrarían en la Comisaría de Policía de Vigo cuando fueron a presentar la oportuna denuncia de desaparición, aunque muy pronto empezaron a levantar sospechas.

De la misma manera, a mediodía del domingo, primero de marzo, estuvieron tranquilamente tomando el aperitivo. En el transcurso de este clásico ritual, el padre de la niña fue duramente reprendido por su suegra por la frialdad que estaba demostrando. Al parecer, esta última le habría agredido con su bolso y los zapatos por encontrarse tan tranquilos mientras se desconocía el paradero de la pequeña.

A pesar de que el cerco se estrechaba ya demasiado, se seguirían enrocando en su postura de la desaparición en la jornada del domingo en sus declaraciones ante el comisario de policía de Vigo, quien, en un momento dado, detectó ciertas contradicciones en las declaraciones de los padres, por lo que decidió pasar a la ofensiva. El entonces responsable de la policía de la ciudad olívica, Luis Manuel García Mañá, observó que el padre de la criatura se comenzaba a encontrar cansado, nervioso y desconcertado, por lo que decidió interrogarle a el solo. En ese momento fue cuando Pedro Alexandro Pereira da Silva se derrumbó y contó todo lo sucedido, así como el lugar donde se encontraba enterrado el cuerpo de la pequeña.

Persona clave

La persona clave y a quien la madre de María Magdalena Martínez consideraba la responsable intelectual del crimen, era a su consuegra, la ciudadana portuguesa María Amelia da Silva, pues al parecer esta había sembrado la sombra de la duda sobre la posible paternidad de su hijo sobre la recién nacida. Además, la súbdita lusa también habría intentado coaccionar a su nuera para que abortase en el país vecino, aunque a última hora se habría negado. A todo esto se añadía, según el relato de María Magdalena Martínez, su suegra le habría sustraído 20.000 pesetas (120 euros) en el transcurso de su viaje a Portugal.

El suceso consternaría de sobremanera a la ciudad de Vigo, y muy especialmente al barrio de San Tomé de Freixeiro, pues nadie daba crédito a que se hubiese producido en aquel lugar un hecho tan macabro. La indignación vecinal se fue incrementando notoriamente a medida que se iban conociendo más detalles y pormenores en torno al truculento caso. De hecho, el funeral por la pequeña, además de constituir una gran manifestación de duelo, sirvió también para calibrar la indignación de toda la barriada contra los autores de la muerte de la pequeña, que serían ingresados en las prisiones de Vigo y Ourense respectivamente.

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