20 muertos en un accidente de tren a 23 días de la Guerra Civil

 

Foto archivo diario ABC

Quizás fuesen muchos los que pensaban que la suerte en aquellos momentos ya estaba echada en el porvenir de los españoles y que ya se notaba el ruido de de sables en toda España. Tal vez se hacía cada vez más patente el andar silencioso de las pisadas de esparto de los legionarios en el norte de África. De igual modo, en Galicia corría una leyenda alrededor de un fenómeno astronómico, que sucede cada 70 años, en el que se interpretaba que el cruzamiento de estrellas habido en septiembre de 1935 era una señal inequívoca de una gran desgracia. El fenómeno fue contemplado por muchas personas que en aquellos días estaban separando las patatas grandes de las pequeñas a la luz de un candil, pues era un tiempo en el que no había contaminación lumínica de ningún tipo. Ese mismo cruce de astros se produjo en 2005 y, por fortuna, no hubo desgracia alguna, a menos que lo pretendiésemos ver como el negro augurio de la prolongada crisis económica que nos sacudiría a partir del año 2008.

Sin embargo, ahora nos remitimos a unos tiempos en el que viajar en ferrocarril todavía no estaba al alcance de todo el mundo. De hecho, muchos segadores gallegos, que trabajaban en aquellas fechas en tierras castellanas entre los meses de junio y julio, utilizaban medios alternativos al tren para hacer el viaje entre Galicia y lo que ellos comúnmente llamaban Castilla. A veces viajaban, arriesgando sus vidas, a bordo de los camiones que transportaban cebada en los remolques sobre el producto que se transportaba, en tanto escuchaban de fondo la voz del conductor advirtiéndoles que se agarrasen cuanto pudiesen pues iban iniciar una bajada o una sucesión de curvas. Era la mejor forma de hacer rentable el salario obtenido en tierras castellanas, trabajando bajo un sol de justicia y nunca mejor dicho.

Pese a todo, y aunque parecía que en España se olía el aroma de la pólvora, la vida continuaba su devenir cotidiano y aún existían algunas esperanzas en que la situación se normalizase antes de que se generase el baño de sangre en que acabaría convertido un país que tenía tendencias autodestructivas. Casi, como si fuera un preámbulo cierto de lo que se avecinaría, el 24 de junio de 1936 se produciría un gravísimo accidente ferroviario que costaría la vida a 20 personas, la mayor parte de las cuales eran gallegas o trabajaban en Galicia. Además, en este siniestro resultarían heridas más de 40 personas. El tren siniestrado cubría la ruta entre la capital de España y A Coruña, habiendo salido de Madrid a las siete de la tarde del 23 de junio.

En un túnel

El siniestro tuvo lugar en el túnel de Las Fraguas, en la localidad berciana de San Miguel de las Dueñas. El mismo se produjo a consecuencia de una colisión entre el expreso Madrid-Coruña y un tren de mercancías que coincidieron en el mismo punto en la madrugada del 24 de junio, exactamente a las cinco y media de la mañana. Al parecer, pudo haber algún error en la recepción de señales por parte de los empleados de ferrocarril para que ambos convoyes coincidiesen al mismo momento en el punto exacto, ya que no se encuentra otra explicación. Algunos aluden a las prisas con las que supuestamente viajaría el expreso con destino a la ciudad gallega, pues llevaba ya un par de horas de retraso, por lo que eludió hacer la perceptiva parada obligatoria de un minuto en la estación de Las Dueñas.

Fuese de una u otra forma, lo cierto es que cuando ambos trenes colisionaron frontalmente se produjo un espantoso y extraordinario estruendo que despertó de sus sueños a los vecinos de la zona inmediata al siniestro, irrumpiendo en la pacífica y tranquila noche berciana. Como en cualquier suceso de estas características, reinó una enorme confusión, y mucho más en aquellos tiempos en los que se carecía de equipos de socorro adecuados para excarcelar a los heridos en medio del amasijo de hierros en el que se habían reconvertido aquellas dos funestas locomotoras con sus respectivos convoyes que habían quedado atrapadas en la ratonera de la muerte en la que se convirtió aquel trágico túnel.

La entrada del túnel quedaría taponada durante casi dos días, el tiempo en que se tardó en restablecer el tráfico ferroviario, siendo necesaria la ayuda de equipos pesados para mover ambos convoyes. El expreso estaba compuesto de ocho de vagones, dos de ellos transportaban el correo. En el exterior del túnel quedó un coche en el que iban los viajeros de primera clase, así como también los coches cama. En uno de estos vagones fueron hallados hasta siete cadáveres y 30 personas resultaron heridas de diversa consideración. Al menos cinco viajeros de los que perecieron en este percance eran de la localidad lucense de Monforte de Lemos.

Leopoldo Calvo-Sotelo

En este tren viajaban conocidas personalidades de la época, algunas de las cuales fallecerían como era el caso del médico pontevedrés Jesús Quinteiro Casas. De la misma forma también perecerían en este siniestro un muchacho que viajaba de polizón, pues carecía de billete y que trabajaba como limpiabotas en A Coruña. Su suerte no pudo ser más siniestra, ya que perecería en este percance.

Otras personalidades que también iban a bordo del tren siniestrado era el alcalde de Vilagarcía de Arousa, Elpidio Villaverde, quien por suerte resultó ileso. Este hombre, que había formado parte de la coalición de partidos que integraban el Frente Popular, volvería a tener la suerte de su lado el 18 de julio de 1936 al huir a Portugal desde dónde partiría a Argentina rumbo al exilio del que no regresaría jamás, falleciendo en tierras andinas en el año 1962.

Entre quienes pudieron contar el suceso se encontraba un niño de diez años llamado Leopoldo Calvo-Sotelo, que llegaría a ser presidente del Gobierno español entre los años 1981 y 1982. Para él, o para su familia, no cabe duda que el accidente ferroviario fue un claro preludio de lo que iba a acontecer tan solo tres semanas más tarde, en una época en la que nadie se extrañaría de ninguna tragedia, porque el país se acabaría convirtiendo en un terrible y desolador drama, al tiempo que un lúgubre campo de batalla del que un tío del antiguo líder de la UCD, José Calvo Sotelo, se convertiría en el muerto cero de la Guerra Civil española, siendo la perfecta excusa para un alzamiento militar en contra de la República en el que ya no importaba ni la cifra de muertos ni las tragedias familiares. Solamente importaba el poder de unos pocos, a quienes les trajo sin cuidado la suerte que corriesen los algo más de 26 millones de españoles que había en aquel entonces.

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