Tortura y asesinato del maestro Arximiro Rico Trabada

Foto del maestro Arximiro Rico Trabada

En Galicia no hubo combates bélicos en el transcurso de la Guerra Civil española, lo cual no quiere decir que no se dejasen sentir los efectos de una cruel contienda que estaba arrasando los cimientos de un ya de por si resquebrajado país. Una denuncia, una delación con el ánimo de perpetrar una venganza eran razón más que suficiente para liquidar materialmente a cualquier ser humano, aunque no tuviese ninguna relación con la política o, en el hipotético caso de que la hubiese, esta fuese mínima. La actuación de escuadrones de la muerte pertrechados con rudimentarias armas, enfundados en casacas azules, fueron feroces e indiscriminadas, hasta tal punto que sus mismos correligionarios se vieron en la obligación de tomar cartas en el asunto cuando la situación ya se les había escapado de las manos y eran muchos los inocentes que habían pagado injustamente. Vaya por delante que -pensamos- que no hay ninguna manera justa para pagar con ese bien tan preciado que es la vida de cualquier digno ser humano.

Las únicas zonas donde se notó de forma muy tibia los efectos belicosos de la contienda fueron las áreas de montaña en las que se habían internado algunos fuxidos que huían de las represalias que les podían esperar en sus respectivos municipios por parte de las nuevas autoridades por el mero hecho de haber sido miembros o simples simpatizantes de cualquiera de los partidos que formaban el Frente Popular. En las refriegas mantenidas con ellos murieron algunos falangistas o incluso miembros de la Guardia Civil. Cada vez que esto sucedía, era de esperar una escalada de represión y venganzas sobre personas que nada habían tenido que ver en los enfrentamientos armados, pero que estaban en las listas negras que habían elaborado los pistoleros azules.

Así sucedería en octubre de 1937 en la zona de montaña este de la provincia de Lugo, concretamente en el municipio de Baleira. En esa época morirían dos guardias civiles en un enfrentamiento con grupos de forajidos que pululaban por zonas escarpadas, tratando de sobrevivir a muy duras penas en un tiempo en el que anidaba el hambre por doquier, a lo que se sumaban las infinitas calamidades que había deparado la guerra a lo largo y ancho de un país que se estaba desangrando en un interminable y cruento conflicto bélico.

65 personas

Para tratar de dar un escarmiento a la población, así como a los que en el lenguaje oficial de la época se les denominaba «bandidos», los falangistas elaboraron una lista con 65 nombres de personas que deberían ser represaliadas en el más breve plazo de tiempo posible. En esa macabra lista figuraba el nombre del maestro gallego Arximiro Rico Trabada, un joven docente de tan solo 32 años de edad que no había militado en partido u organización afín a partidos de ideología izquierdista. Se le supone -tan solo- ser simpatizante del grupo político que liderara quien fuera presidente del Gobierno español antes del triunfo de la coalición que formara el Frente Popular, Manuel Portela Valladares, un hombre de tendencias republicano-conservadoras. Además, de todos era conocido que Arximiro Rico era un hombre de profundas convicciones religiosas.

Pese a todo, la suerte del docente, que dejó una profunda huella de humanidad allí donde impartió clases, parecía estar definitivamente echada. Sus bárbaros captores no tuvieron ni un mínimo ápice de piedad de una persona que se había caracterizado por divulgar su extraordinario interés por la cultura y la educación en unas tierras caracterizadas por unas elevadas tasas de analfabetismo y un atraso poco menos que finisecular.

Al anochecer de aquel trágico 16 de octubre de 1937 un grupo de falangistas se dirigían a su casa de San Bernabel, en Baleira, en plena comarca de A Fonsagrada. Comenzaba a anochecer cuando llamaron a la puerta de su vivienda. Su madre le imploró que no abriese la puerta, aunque él, confiado, lo hizo. Esta circunstancia fue aprovechada por sus secuestradores para apresarlo, detenerlo y llevarlo con ellos a un punto indefinido y en nombre de una autoridad que para nada había requerido la captura de aquel bondadoso maestro. A partir de ese instante comenzaría un cruel y tortuoso martirio que todavía hoy, más de ocho décadas después, parece producir escalofríos y poner la piel de gallina por el mero hecho de contarlo.

Tras haber apresado a su indefensa víctima, los falangistas no escatimaron esfuerzos en humillarlo de la forma más espantosa que se podría imaginar cualquier ser humano. Fue trasladado, mientras le daban golpes y empujones hasta la Serra da Ferradura. En un tramo del camino, los pistoleros azules pararon a abrevar en una taberna, mientras Arximiro Rico estaba preso a una argolla. Posteriormente, continuaría el rosario de vejaciones al que fue sometido en el que hasta tuvo que soportar la humillación de que sus verdugos se pusiesen sobre su lomo como si de un caballo se tratase, al tiempo que lo obligaban a transportarlos.

Testículos cortados

Ya en la cima del monte, en el trágico punto de Montecubeiro, donde tuvieron lugar muchas ejecuciones sin ningún tipo de juicio, cuando todavía estaba vivo, comenzaría un macabro y sanguinario ritual que da pruebas de la contumaz bajeza en la que puede caer cualquier ser humano, si es que puede considerarse que esto sea asunto propio de personas y no de bestias inmundas que carecen de una mínima sensibilidad y estima hacia sus semejantes. En ese lugar, al que fue conducido, sería torturado hasta la extenuación, ya que sus secuestradores le cortaron los testículos antes de darle muerte, introduciéndoselos posteriormente en la boca. Asimismo, le arrancarían los ojos, lo cual da una idea del terrible sufrimiento que tuvo que soportar la pobre víctima. Finalmente, le pegarían unos tiros con una escopeta de caza, hecho este corroborado por tener la cabeza completamente destrozada en el momento en que fue encontrado.

La tortura y muerte de Arximiro Rico consternaría de sobremanera a muchos vecinos de los municipios lucenses de Baleira, A Fonsagrada y Castroverde, gran parte de los cuales habían sido alumnos de un maestro que siempre había destacado por su profunda humanidad y anhelo hacia el ser humano en si mismo. En el momento de su apresamiento y posterior ejecución, el maestro estaba cursando estudios de Medicina. Además, como si el destino le quisiese gastar una broma de lo más macabro, la víctima recibiría una notificación, días después de su asesinato, en la que se le informaba que podía reintegrarse a su plaza como maestro nacional de la que había sido suspendido temporalmente como tantos otros, acusados de ser afectos al régimen republicano por acatar las leyes educativas implantadas en la IIª República española.

Algunos estudiosos de la represión franquista abundan en el aspecto que, con motivo del quinto aniversario de la República, Arximiro Rico pronunció un discurso en defensa de la educación y la cultura como principales factores para superar el tradicional atraso al que había quedado relegado una arcaica Galicia, en la que todavía seguirían manteniendo un infranqueable y tenebroso poder, que se perpetúa hasta nuestros, días las sotanas y las casullas. Aunque Rico Taboada era un católico ferviente y practicante, tenía ciertas enemistades con un clérigo de su tiempo que le acusó de haberles enseñado a muchos niños a leer y a escribir hasta el punto de que «cualquier mocoso -en palabras textuales del cura- puede hacer un escrito y denunciar a su padre. Mejor sería que supiese rezar el padrenuestro».

Sin ánimo de inmiscuirse en ninguna cuestión de carácter filosófico-religiosa, estamos en condiciones de asegurar, con el corazón en la mano, que en Galicia se precisaban muchas más personas de la índole de Arximiro Rico Trabada, pero ninguna como el viejo religioso medieval de capa y escapa. Para nuestra desgracia han predominado mucho más estas últimas que las que imitasen el ejemplo del célebre mártir de Baleira, a quien jamás la Iglesia llevará a sus altares, pese a no ser ateo y haber sufrido un calvario similar al de Jesucristo.

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