Los crímenes de «El Jalisco»

María Docampo, con Castelao, una de las víctimas de «El Jalisco»

Ni que decir tiene que hay criminales que dejan una profunda huella allí donde cometen sus barbaridades. Pasan los años y todavía se continúan recordando sus funestos hechos y las trágicas consecuencias que ocasionaron. Los escenarios de los crímenes se vuelven lugares malditos, siendo muchas las personas que rechazan una vivienda o piso al tener conocimiento que en ella se ha perpetrado un suceso sangriento. Parece como si un haz de luz oscura se apoderase sobre ese maldito sitio que sirvió de marco para una escena en la que corrió la sangre.

Este es el caso del ciudadano mexicano José García Peña, conocido como «El Jalisco», por ser oriundo de aquel estado charro. A nadie se le escapa que era un verdadero psicópata por no decir que era un auténtico «Apóstol del mal», que jamás consiguió reinsertarse en la sociedad y que mató en reiteradas ocasiones sin que le quedase remordimiento alguno, pese a que en 1950, tres años después de su primer crimen múltiple, declarase que se sentía «arrepentido y avergonzado».

«El Jalisco» llegó a la diezmada Galicia de la década de los años cuarenta del siglo pasado después de haber contraído matrimonio con la ciudadana norteamericana de origen gallego María Docampo Ramos, que a la postre se acabaría convirtiendo en una de las tres primeras víctimas de aquel sádico asesino. La tierra gallega de la época era un territorio muy pobre, que seguía sufriendo las terribles consecuencias de una posguerra que se alargaba en exceso. Los gallegos, como era habitual, seguían emigrando, aunque ahora las cosas se ponían muy difíciles para salir de su tierra. Europa había sido literalmente aniquilada en la Segunda Guerra Mundial. Mientras, los países americanos comenzaban un lento pero progresivo declive que les acabaría sucumbiendo en una pobreza generalizada de la que jamás se recuperarían. Pocas eran las esperanzas que tenían los gallegos de entonces. Solamente podían presumir de tener un Jefe del Estado que había nacido en su tierra, pero que jamás se preocupó lo más mínimo de sus depauperados paisanos.

El crimen de Arillo

No tardaría mucho desde su llegada a tierras gallegas en demostrar su saña criminal José García Peña. El 23 de septiembre de 1948 cometería uno de los más horribles crímenes que se recuerdan en Galicia, más propio de otras latitudes del planeta que en la patria de Castelao. Precisamente, su esposa, María Docampo Ramos, era una joven mujer que había sido secretaria del polifacético intelectual rianxeiro. En la fecha antes citada, ella junto a su madre, María Ramos Díaz, y su hermana Encarnación serían las tres primeras víctimas del mexicano.

Dos de las principales características de su proceder criminal, son la saña y la violencia empleadas contra sus víctimas, propias de alguien que carece del mínimo de empatía y compasión hacia sus semejantes. En la finca conocida como «La Brava», en la parroquia de Arillo, en el municipio metropolitano de Oleiros, perpetraría su primera y desaforada matanza. Su orgía de sangre la inició con el brutal apuñalamiento de su suegra, María Ramos, quien nada pudo hacer para defenderse de su cruel asesino. Prosiguió con su cuñada, Encarnación Docampo, a quien le quitaría la vida de varias puñaladas. Lo mismo hizo con su esposa, que pereció víctima de los impulsos sádicos de una bestia que jamás debía haber existido.

Su macabro ritual proseguiría prendiendo fuego a la estancia en la que habían quedado sus víctimas, el cual sería sofocado por los vecinos. Como consecuencia del incendio, sus cuerpos presentarían algunas quemaduras.El asesino se autolesionaría, siendo atendido en un puesto de socorro de la ciudad herculina. De la misma forma, ardieron también algunos documentos de los que María Docampo era portadora y que habían pertenecido al ilustre dibujante y político gallego, Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. Algunas fuentes apuntan también que la CIA le había encargado a la esposa de García Peña el espionaje del antiguo líder galleguista, quien había visitado la URSS en su etapa como exiliado.

Conocedores de la relación de María Docampo con el que fuera dirigente del Partido Galeguista, esas mismas fuentes apuntan a que ello provocaría que la pena a la que fue condenado «El Jalisco» fuese relativamente leve para la época, máxime en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte. Muchos otros, con posterioridad, serían condenados a la pena capital habiendo cometido delitos mucho menores, tal es el caso del ourensán José Cadaviz Pazos, quien, por las mismas fechas, fue condenado a morir en el garrote vil por haber dado muerte a su hermana. José García Peña sería condenado a tan solo 36 años de cárcel por los tres asesinatos, de los que solamente cumpliría 15, la mayor parte de los cuales estuvo en la antigua prisión provincial coruñesa.

«El Jalisco» vuelve a matar

El célebre psicópata, cuyos crímenes no habían tenido mucha trascendencia en la Galicia de la época a causa de la censura, volvería a matar más de 30 años más tarde cuando se encaminaba a su ancianidad. José García Peña abandonaría las tierras gallegas al obtener la libertad definitiva para rehacer su vida muy lejos, donde no lo conociese nadie. Se afincaría en las Islas Canarias, concretamente en Las Palmas, donde se desconocía por completo su anterior periplo vital. Allí contraería matrimonio con una mujer de la que se desconoce su identidad, aunque fruto de su relación nacería su hija Yolanda Peña Domínguez, que a la postre se convertiría en una de sus víctimas.

El 6 de junio de 1976, cuando ya contaba 58 años, el célebre psicópata mexicano asesinaría a su hija Yolanda, de tan solo diez años de edad, y a la mujer con la que convivía Irene Quevedo. Al igual que había hecho con sus crímenes en Oleiros, se ensañaría de nuevo con sus víctimas a las que les propinaría grandes golpes en la cabeza con algún objeto contundente, dejándolas inconscientes. No contento con eso, García Peña se cercioraría de la muerte de sus víctimas introduciéndoles un estilete en el corazón. La noche posterior al crimen pernoctaría en la misma vivienda en la que había perpetrado su segunda matanza. Al día siguiente tomaría un vuelo con destino a Barcelona, que haría escala técnica en Madrid.

Una vez más, y como había hecho en el área metropolitana coruñesa, «El Jalisco» trataría de provocar un incendio para entorpecer la labor de los investigadores. Sus cálculos le salieron mal, ya que había dispuesto que el fuego comenzase en el momento en que estuviese ya en la Ciudad Condal, pero sus errores de cálculo provocaron que el incendio se iniciase previamente cuando se encontraba volando hacia Madrid. Conocedor de esta circunstancia y sabedor que en la escala técnica, como así fue, la policía le pudiese echar el guante, provocaría un incidente en pleno vuelo, originando un pequeño fuego a bordo del avión en el que viajaba, que a punto estuvo de causar una gran tragedia. Sin embargo, de poco le serviría, ya que a pesar del susto y las molestias ocasionadas al pasaje sería detenido cuando la aeronave tomó tierra en el aeropuerto de la capital de España.

Detención y suicidio

Con su detención en Barajas, se ponía fin a la carrera criminal de José García Peña. Es ahora, casi 30 años después de su primera matanza, cuando los principales medios de comunicación españoles de la época se empiezan a hacer eco de sus anterior crímenes en Galicia. Algunos periodistas de la Transición no salen de su asombro al conocer la exigua pena a la que había sido condenado en un tiempo en el que estaba vigente la pena de muerte y muchos delincuentes habían pagado con sus respectivas vidas por delitos mucho menores.

Los psiquiatras que atendieron a José García Peña detectaron la grave dolencia psíquica que afectaba al célebre psicópata mexicano, incapaz de sentir remordimientos ni tampoco un mínimo de compasión por sus víctimas, tal y como había demostrado en las dos ocasiones en las que había salido su múltiple saña criminal. Sea como fuere, lo cierto es que el mismo, no se sabe si presa de su pasado o su dificultad para adaptarse al centro de internamiento psiquiátrico en el que estaba recluido, pondría fin a su vida en el año 1979.

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