Un cura gallego asesinado por falangistas

Las secuelas de la Guerra Civil fueron brutales y tremebundas. Nadie escapó de la cruel represión de aquellos sanguinarios tres primeros meses de conflicto. Ni siquiera la todopoderosa Iglesia Católica, que se aliaría desde el primer instante con los sublevados. Como se ha comentado en otros capítulos, en Galicia se ejerció una represión mucho más brutal de lo que hubiese sido normal, si es que puede considerarse normal alguna represión. Decimos esto, porque desde el primer instante los rebeldes dominaron de punta a cabo el territorio gallego, sin oposición alguna. A nadie se le ocurría. Sin embargo, las represalias fueron mayúsculas dejando tras de si un reguero de sangre e injusticia que caló muy profundamente en determinadas localidades. Otras, como a la que nos dirigimos ahora, se convirtieron en lugares emblemáticos de la represión armada, ya que en ellas se cuentan por decenas los paseos y las ejecuciones. La guerra tuvo esas cosas, que por la mínima, cualquiera podía ser declarado reo de muerte. Bastaba una delación, un enfrentamiento vecinal, para que el señalado fuese a parar con su huesos a las tapias de un cementerio o a una fosa común.

Entre las muchas víctimas inocentes que dejó tras de si aquel cruel conflicto, en Galicia hay un caso muy peculiar. Un sacerdote, Andrés Ares Díaz, de 45 años, sería asesinado de una forma vil y horrorosa el 3 de octubre de 1936 por un grupo de falangistas y también de guardias civiles. Su historia, al igual que la de muchos asesinados, es difusa y se han contado muchas versiones que no dejan de ser contradictorias. Al igual que muchas otras personas, tanto su figura como su persona quedarían proscritos y relegados a un obsceno y terco ostracismo.

Recaudación festiva

El asesinato que costaría la vida a Andrés Ares, natural de la parroquia de San Bartolomeu de Corvelle, perteneciente al municipio lucense de Vilalba, estaría motivado por su hipotética negativa a entregar la recaudación de las fiestas en honor a la Virgen de los Remedios a grupos de falangistas. Estos aprovecharían la ocasión para acusarle de forma calumniosa de pretender entregar la cantidad recaudada de unas fiestas que serían suspendidas al producirse el levantamiento armado al Socorro Rojo Internacional. A todo ello se añade también que existían desavenencias entre el religioso asesinado y una maestra entusiasta de los militares levantados en armas, quien sería una persona clave para su detención y posterior asesinato. Si bien es cierto que hay historiadores que consideran que la docente en cuestión no tenía poder suficiente para enviar al sacerdote al paredón.

Otra de las versiones, quizás una de las que más se acerque a la realidad de los hechos, indica que con la muerte del sacerdote se pretendió dar un «aviso a navegantes», esto es a algunas autoridades eclesiásticas de la época que no comulgaban con el apoyo que estaba dando la institución a la que pertenecían a los sublevados. Sin embargo, su negativa a colaborar económicamente con los alzados en armas fue aprovechada para ser detenido y ser llevado desde O Val de Xestoso, la parroquia en la que ejercía su ministerio en el municipio brigantino de Monfero, hasta la de Barallobre, en Fene, donde se encontraba otro colega suyo, Antonio Casas, sobre quien existían fundadas sospechas de colaborar con los republicanos. Andrés se confesaría con este último, a quien entregaría la cantidad de 200 pesetas y un reloj. Su suerte parecía estar echada, ya que, al bajar de la casa rectoral, sería fusilado frente al cementerio de Barallobre, parroquia perteneciente al municipio de Fene, muy cerca de Ferrol.

Un mes después de su muerte, el juzgado de Pontedeume abriría un sumario sobre el caso, ofreciendo una versión muy distinta a la que sostienen la totalidad de los historiadores. En la misma se acusa al sacerdote de haber intentado huir al tiempo que se le practicaba la instrucción de una diligencia. Como consecuencia de esta posible huida, la fuerza pública se vería en la obligación de disparar en su contra, ocasionándole la muerte. El religioso en el momento de producirse su óbito iba escoltado por un pelotón de guardias civiles y falangistas, quienes serían los responsables de su muerte, al grito de «¡Lo manda Suances!», en alusión al gobernador militar de Ferrol, Victorino Suances.

Otras versiones extendidas entre el vulgo, apuntan a que Andrés Ares podría haber realizado una lista de 40 personas, sospechosas de colaborar o simpatizar con los rojos, por lo que, con su ejecución, se evitaría el fusilamiento de quienes figuraban en esa lista.

Protestas y ostracismo

Aunque algunas autoridades religiosas protestaron a los altos mandos militares, entre ellos al propio general Franco, su muerte pasaría desapercibida y obedecería al intento de extirpar de raíz a cualquier persona que discrepase con las nuevas autoridades. De hecho, a partir de octubre de 1936 no se volverían a tener noticias de ningún sacerdote fusilado o ejecutado por las autoridades nacionales, con la excepción de uno en Mallorca, quien si había ayudado a escapar a unos republicanos de la brutal represión que se estaba ejerciendo en la isla.

Lo peor, respecto de la figura de Andrés Arés Díaz, vendría después de su muerte, ya que su figura, además de ser vilipendiada por los vencedores de la Guerra Civil, quedaría relegada al más puro de los ostracismos. Además de quedar proscrito a lo largo de muchos años, como le sucedía a muchos de los perdedores del conflicto, sería incluso postergada por la propia Iglesia Católica, quien jamás se dignó en ofrecerle el más mínimo homenaje. Ni siquiera el Papa Juan Pablo II, tan amigo de elevar a los altares a muchos religiosos asesinados en el transcurso de la Guerra Civil, se acordaría del sacerdote vilalbés de O Val do Xestoso. Ni tampoco su gran amigo Rouco Varela se encargó de recordárselo. Quizás, el hecho de que fuese ajusticiado por los pistoleros azules lo justificaba todo.

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