21 muertos en la tragedia aérea de «La Mujer Muerta»

Restos del avión siniestrado en el pico de «La Mujer Muerta»

En los años cincuenta del pasado siglo el mero hecho de volar representaba todavía una gran aventura, además de estar al alcance de muy pocos bolsillos. Se sucedían todavía, de cuando en vez, las catástrofes aéreas que dejaban siempre tras de si un reguero innumerable de víctimas mortales, a lo que se sumaban otras circunstancias, tales como la incertidumbre de cómo habrían fallecido los pasajeros. Eran muchos los que todavía consideraban al avión como un medio de transporte muy inseguro, pese a que las estadísticas ya reflejaban que el número de siniestros era, porcentualmente, muy inferior a los accidentes de automóvil. A todo ello, se unía también una cierta espectacularidad de cada tragedia aérea, que solía ilustrar las primeras páginas de los distintos rotativos de la época, siendo muy significativa la ocurrida con el equipo de fútbol del Manchester United, que perdería a una gran parte de sus efectivos en el accidente del Munich del año 1958.

En el mismo año que tuvo lugar la tragedia de Munich, se produjo una de similares características en la sierra segoviana conocida como «La Mujer Muerta», así denominada por imitar la orografía en sus formas un cuerpo humano femenino. El día 4 de diciembre de 1958, cuando pasaban algunos minutos de las cinco y media de la tarde, desde las distintas torres de control, perdieron las señales del avión cuatrimotor «Languedoc» perteneciente a la compañía aérea AVIACO, que cubría el trayecto entre el puerto vigués de Peinador, desde dónde había despegado a las cinco menos cuarto de la tarde, y el madrileño de Barajas. La última comunicación que se había tenido con la aeronave se había producido en el momento en que esta sobrevolaba la provincia de Salamanca.

Incertidumbre y misterio

Desde la pérdida de la comunicación del avión con las distintas bases aéreas, se inició un período de gran incertidumbre a tenor de la suerte que podrían haber corrido los pasajeros que iban a bordo de aquel avión, aunque todos se imaginaban que podría haber sucedido lo peor. La aeronave había presentado ya algunos problemas antes de aterrizar en Galicia, en el viaje de ida, ya que no pudo hacerlo en el aeropuerto del sur, debiendo hacerlo en el de Santiago de Compostela. A todo ello se unían las advertencias que habían hecho los comandantes del avión, quienes habían apercibido a los pasajeros de las dificultades que presentaba, máxime cuando ellos mismos eran conocedores de las dificultades a las que se enfrentaban con la meteorología adversa. Era prácticamente el triste presagio de un accidente anunciado.

Durante dos días, los españoles de la época tuvieron el alma en vilo, al no tener noticia alguna de aquel avión, cuyos restos serían encontrados por un mozo que se dedicaba al pastoreo de rebaños de cabras y ovejas, Luciano Otero, quien se convertiría en testigo de excepción del dramático suceso. A lo largo del tiempo en que estuvo desaparecido, los investigadores no habían podido acceder al lugar del siniestro, debido a las adversas condiciones meteorológicas, a las que se responsabilizaría directamente de aquel trágico siniestro. En aquellos días, además de la densa niebla que cubría todo el área montañosa, se sumaban también las constantes tormentas de nieve que se sucedían y que hacían imposible acceder al lugar en el que se encontraba el aparato siniestrado, además de desconocerse sus coordenadas.

Al parecer, el accidente se produjo debido a que el piloto, José Calvo, un profesional muy experimentado, se vio obligado a descender de forma extrema la aeronave hasta los 1.200 metros, no contando que había alguna altitud en la sierra segoviana que superaba esa altura. Una de ellas era el pico de Pasapán, en el terreno conocido como La Mujer Muerta, contra el que impactaría la aeronave, pereciendo prácticamente en el acto todos sus pasajeros. Un total de 17 morirían como consecuencia de la explosión y posterior incendio del avión, en tanto que tres de ellos salieron despedidos desde la cabina de mandos, entre ellos una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, que iba al cargo de dos niñas pequeñas, de nueve y diez años respectivamente, a quienes sus padres, que eran de Pontevedra, esperaban en el aeropuerto madrileño de Barajas.

Tras días de intensa búsqueda, en los que no se escatimaron todo tipo de esfuerzos movilizando a centenares de personas, personal del ejército incluido, por fin serían hallados los restos del avión, convertido en un impresionante amasijo de hierros, muchos de ellos completamente chamuscados, a consecuencia del incendio posterior al impacto contra el macizo rocoso. Asimismo serían encontrados los cuerpos de la totalidad del pasaje, que eran mayoritariamente gallegos. Entre los fallecidos en este siniestro se encontraban los marqueses de Leis, el ex alcalde de Sanxenxo y el ex futbolista del Celta de Vigo, Ramiro Paredes, conocido deportivamente como «Pareditas».

El misterio de la azafata

Al gran misterio suscitado por la desaparición del avión, se sumó en esta ocasión el de una joven azafata de 18 años, Maribel Sastre, originaria de Barcelona, que era hija única y que se terminaría convirtiendo en una especie de mito de esta tragedia. Al parecer, su cuerpo era uno de los tres que habían salido despedidos del avión, apareciendo recostado sobre un peñasco a cierta distancia de dónde había aparecido el amasijo de hierros a los que había sido reducido el avión.

En un principio, a raíz de las condiciones en las que se produjo el hallazgo de su cuerpo, se especuló con la posibilidad de que esta mujer hubiese sobrevivido al siniestro y que, dadas las dificultades que entrañaban las labores de rescate, hubiese perecido como consecuencia del frío, ya que en aquellos días la climatología era el principal enemigo a batir. A todo ello se añadía también que, según algunos comentarios, a su lado se habría encontrado un paraguas, con el que trataría de protegerse de las fuertes tormentas de agua y nieve que se estaban sufriendo en aquellas jornadas. Sin embargo, nada de esto resultó ser cierto y lo más probable es que la azafata hubiese muerto como consecuencia del impacto al salir despedida de la aeronave. Incluso, con relación a la suerte que pudo haber corrido, se escribieron algunas obras literarias, así como también se hicieron algunos documentales, lo que la convertiría en una heroína anónima, aunque tan solo fuese por cuestión del azar.

Lo que si se encontró en medio de la nieve fue una gran cantidad de marisco, cuyo destino era Madrid, ya que se encontraban a las puertas las fiestas navideñas. Así lo relató Luciano Otero, el testigo de excepción de aquel trágico siniestro. Por haber dado conocimiento del suceso a las autoridades, este hombre sería galardonado con un diploma, un mes de permiso cuando se incorporase al servicio militar y mil pesetas de la época, eso si con la correspondiente retención por parte de Hacienda. Y es que menos da una piedra. Además, el pobre Luciano, tal y como relató muchas veces, vivió a lo largo de su vida con el triste recuerdo del drama acontecido en las montañas castellanas, con lo que llevar a pastar su ganado ovino y caprino hasta aquellos lares dejó de ser lo mismo. No era para menos.

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