Tragedia en un autocar abarrotado de peregrinos

Imagen del accidente

El año 1999 prometía y, todo hay que decirlo, fue espectacular por la visita masiva a la tumba del Apóstol de peregrinos provenientes de todas partes del planeta. El entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga Iribarne, se había propuesto potenciar y realzar la imagen de Galicia en el exterior a costa de los sucesivos años santos que se celebraban en Compostela, con la denominación comercial de Xacobeos. Parecía una apuesta segura, aunque eran muchos los que se quejaban, especialmente los hosteleros, que aquellos turistas que llegaban al finisterrae occidental eran de mochila y alpargata, es decir que no eran, lo que se dice, consumidores natos. Aunque si dejaban algún valor añadido, no era tanto como cabía imaginar, además de producir en la siempre bella y eterna ciudad de Compostela el fenómeno del turismo masivo que, además de carecer de cualquier beneficio, provoca el efecto contrario, que es perjudicar gravemente a un entorno histórico como lo es el compostelano, amén de las molestias que les provocan a quienes hacen su vida cotidiana en Santiago.

Por todos los rincones de aquel 1999 era muy frecuente ver a hombres y mujeres de todas las edades, aunque predominaban los más jóvenes, con mochila en ristre y provistos de cualquier elemento que pudiesen emplear como bastón con destino a las tierras en las que supuestamente se encontraba el cuerpo del Apóstol, pese a que el discípulo de Cristo Jacob jamás pisó en su vida las tierras gallegas. Y es de suponer que ni siquiera supiera que existieran. Se decía que en su lugar se veneraba al irreverente Prisciliano, condenado por herejía. Pero es de suponer que ninguno de los dos se encuentre en el altar mayor catedralicio de la ciudad a la que da nombre Santiago. Muy difícil se lo ponen identificarlo ahora, 1.200 años después, aunque es seguro que los restos que allí se veneran no son los del Apóstol a quien está dedicado tan magnánimo templo catedralicio.

Las peregrinaciones a tierras compostelanas fueron mucho más que las clásicas ilusiones de ganar el jubileo al que aspiraban los millones de peregrinos que durante el Medioevo se dirigían a Galicia por caminos perdidos teniendo como única guía las estrellas, cristianizando así una ancestral tradición celta que se resistió siempre a desaparecer. Ahora, pocos son los caminantes que llegan a Santiago con la ilusión de redimir sus pecados y su alma, además de solicitar su intercesión en asuntos terrenales. La mayoría lo hace por un turismo malentendido que beneficia a muy pocos o por pasar unos días de diversión. O sencillamente por hacer deporte y desconectar del mundo, aunque siempre provistos de la correspondiente tableta con sus contactos en Facebook y las restantes redes sociales.

Quienes si viajaban a la tierra del Apóstol con esas intenciones eran los más de 4.000 peregrinos que cada año santo compostelano se apuntaban en la diócesis de Astorga, o al menos esa era la versión que sostenía su entonces obispo, el gallego Camilo Lorenzo, quien en mayo de 1999 encabezaba la gran legación berciana que en aquel entonces se trasladaba a Galicia para venerar al galileo. Para ello, no habían escatimado esfuerzos, tales como fletar más de medio centenar de autocares, amén de distintos vehículos particulares. Uno de los autobuses había salido de la localidad berciana de Fabero, en la Galicia irredenta, a primeras de la mañana de aquel 23 de mayo 1999, se podría decir que había partido ya de madrugada, cuando todavía no apuntaban los primeros claros de luz de aquel soleado día de primavera.

Vuelco

Alrededor de las nueve y cuarto de la mañana, tras más de tres horas de trayecto, el autocar, en el que viajaban 52 peregrinos, tuvo la mala suerte de enfilar una curva de una forma un tanto anómala provocando un vuelco, al que casi nadie encontraba las razones de porqué se produjo. El vehículo había dejado atrás la autovía para incorporarse a la carretera nacional N-634 a la altura del municipio de Guitiriz cuando, por razones que se desconocen, comenzó a dar bandazos, en tanto los viajeros que iban en su interior proferían angustiosos gritos, para terminar volcando en una sinuosidad que, aparentemente, no parecía ser para nada peligrosa. A todo ello se añadía el excelente estado en el que se encontraba el vehículo, además de no ser excesivamente viejo, ya que contaba con tan solo nueve años en aquel entonces y había superado todas las revisiones a las que había sido sometidos. Por si esto fuera poco, cabe añadir que el día en que se produjo el siniestro era una jornada soleada sin ningún banco de niebla que pudiese dificultar la conducción. Y no solo eso. Quienes iban a bordo del autocar siniestrado manifestaron que la velocidad a la que enfiló la fatídica curva era más bien prudente.

Sea como fuere, lo cierto es que como consecuencia de aquel trágico accidente que enlutaría el último año santo compostelano del siglo XX fallecerían un total de cuatro personas, en tanto que otras 40 resultarían heridas de diversa consideración. Muchos de los heridos, algunos de ellos de gravedad, tendrían que ser trasladados al viejo Hospital Xeral de Lugo y a la Residencia Sanitaria Juan Canalejo de A Coruña. Los menos graves serían atendidos en centros de salud de Guitiriz y Betanzos respectivamente.

La situación vivida en el interior del autobús fue calificada de «dantesca» por un médico que viajaba a bordo del mismo y que fue el encargado de dirigir las primeras atenciones de socorro a los viajeros heridos. Para ser excarceladas las víctimas del amasijo de hierros al que quedó reducido el autocar, fue preciso esperar a que llegasen equipos especializados que tardarían hasta dos horas en poder extraer de allí los cuerpos de las víctimas mortales. Además, en un primer momento se produjeron escenas de pánico y desazón, a lo que se sumaría más tarde cierta confusión a la hora de identificar a los fallecidos. Tres de las personas que habían perdido la vida eran jubilados que ya superaban los 60 años, en tanto que la cuarta era una mujer de tan solo 42 años.

El trágico accidente de tráfico en el que perecieron cuatro personas pertenecientes a diferentes localidades de la comarca berciana fue la nota más triste de aquel Año Santo Compostelano, el último del segundo milenio en el que se habían puesto muchas esperanzas, aunque para unos pobres peregrinos peregrinos procedentes de la frondosa comarca del Bierzo fuese, desgraciadamente, su último destino.

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