Doce muertos en un accidente de un autobús Madrid-Vigo

Las fiestas navideñas son una época del año que, a decir de los expertos, son muy propensas para la depresión. Es un tiempo en el que todo el mundo se recuerda especialmente de aquellos que otrora compartían esa celebración en familia y que ya no se encuentran entre nosotros. De todos es sabido que se multiplican esos ya clásicos mensajes de paz y amor por doquier, a los que se suman muchos otros expresando sus mejores deseos algunas conocidas empresas y marcas comerciales que, en los tiempos actuales, divulgan de una forma mucho más lúdica a través de los dispositivos electrónicos que ya son tan comunes en nuestros días.

También en los días finales del año y en los primeros del nuevo que se avecina, los distintos medios de comunicación, en sus diferentes soportes, nos recuerdan una y otra vez los acontecimientos que han sucedido a lo largo del período que concluye. Ante todo, recuerdan los instantes más dramáticos y crueles que han ocurrido a lo largo de esos 365 últimos días. Cuanto más sangrientos, mucho mejor. Si a todo ello se les añaden los no menos clásicos niños del África Subsahariana que fallecen a causa de las enfermedades y la desnutrición, entonces el reportaje en cuestión alcanza un mayor nivel de morbo, tal vez invitando al lector, oyente o telespectador a que valore su actual situación y no caiga en eses megaconsumismo al que invita la Navidad. Pero, esas cosas, los niños desnutridos, además de ser tan tradicionales como el mismo turrón y el champán, pasan muy lejos. Por si fuera poco, quien consume esas imágenes poco o nada puede hacer, aparte de no ser esa su cultura.

El verdadero trauma en época navideña surge cuando la tragedia se produce en nuestro entorno y nuestras narices. Entonces nos damos cuenta de que cerca está de nosotros el drama. Repentinamente nos viene la consciencia de que no somos ajenos a ello y cualquier persona podría ser el protagonista principal de cualquier dramático suceso que ocurra tanto en fechas navideñas como en cualquier otra del año. Aunque, parece que nos duele mucho más en ese tiempo en el que todo el mundo se deshace en expresiones de felicidad, paz, amor y buenos deseos para con sus semejantes, aguardando que el año nuevo nos depare la ventura que nos negó el que está a punto de despedirse.

Precisamente en la Navidad del año 1990 la tragedia se cebó con un autobús que cubría la línea Madrid-Vigo, falleciendo 12 personas y resultando heridas de gravedad un total de 26. El siniestro, como si de una broma macabra del destino se tratase, se produjo el 28 de diciembre de aquel año, festividad de los inocentes. Pero, por desgracia, no se trataba de una broma de mal gusto ni tampoco de una inocentada, tan frecuentes en una jornada como esa. Era una triste realidad para doce personas que habían perdido la vida cuando se disponían a desplazarse desde Madrid hasta Vigo para disfrutar del fin de año, que, por la fatalidad del destino, no podrían gozar jamás al perder su vida en el asfalto.

Exceso de velocidad

El autocar, en el que viajaban 37 personas, había salido de la vieja Estación Sur de autobuses de la capital de España a las nueve de la mañana de aquella aciaga jornada de invierno. Al parecer, el autobús, que tan solo tenía seis meses de antigüedad y que todavía lucía la matrícula de prueba, llevaba escaso tiempo transitando por las zonas de salida de la capital de España y se disponía a incorporarse a la M-30 cuando tomó una curva de incorporación a 80 kilómetros por hora a la altura de Puerta de Hierro, a lo que se sumaba que la sinuosidad carecía de peralte y estaba mal señalizada. El conductor del vehículo, que era un conocedor del trayecto, quiso evitar el accidente y frenó dejando impresa la huella de las ruedas en un tramo de unos cien metros, pero sin conseguirlo. Finalmente, el autobús impactaría contra un enorme poste de hormigón situado sobre un talud de tierra que sostenía unos carteles indicativos de otras localidades de Madrid. A consecuencia del tremendo impacto, el autocar terminaría volcando. Los viajeros que más directamente sufrieron las consecuencias del choque fueron los que iban situados en las primeras filas del autocar, reservada antaño a no fumadores. Algunas personas que iban a bordo saldrían despedidos a raíz del fortísimo golpe recibido por el vehículo, además de arrancar alguna filas de asientos.

Inmediatamente tras el terrible siniestro se desplazaron dotaciones de distintos equipos de auxilio al lugar donde se había producido tan trágico accidente, entre ellos los bomberos, grupos de la Policía Nacional y también sanitarios. Para excarcelar a quienes habían quedado atrapados en aquel amasijo mortal de hierros, los bomberos de Madrid se vieron obligados a cortar la techumbre del autocar, rescatando, en un primer momento, a ocho cadáveres que serían posteriormente depositados sobre el asfalto de la calzada a la espera que la autoridad judicial diese la oportuna orden de trasladarlos al Instituto Anatómico Forense de la capital de España.

Ocho viajeros, cuyos cuerpos fueron los primeros en ser rescatados, fallecieron prácticamente en el acto, en tanto que otros cuatro morirían cuando eran trasladados a los centros sanitarios o bien al poco tiempo de ingresar en los mismos. Los hospitales madrileños de Puerta de Hierra y Clínico Universitario San Carlos fueron los dos principales sanatorios que recibieron a la mayoría de las víctimas. En este último fallecería una mujer que también había perdido a otra hermana en el mismo siniestro.

Autocar de refuerzo

El autocar siniestrado, que había sido adquirido recientemente, pertenecía a la empresa Monforte y estaba haciendo su servicio de refuerzo que le había subarrendado la concesionaria del habitual servicio Madrid-Vigo, ETNACAR, debido a la gran cantidad de viajeros que demandaban sus prestaciones. A todo ello se sumaba que el conductor era un experto conocedor del tramo en el que se produjo el siniestro, pues ya había efectuado en otras ocasiones el mismo recorrido.

El suceso, como no podía ser de otra forma, provocó una gran consternación y abatimiento en la ciudad de Vigo, así como en el resto de Galicia, desde donde se enviarían muchas muestras de cariño y afecto a familiares y amigos de todas aquellas personas que habían perdido la vida en tan dramático suceso que, definitivamente, empañaría aquellas primeras fiestas del último decenio del segundo milenio a todos los gallegos. No era para menos.

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