El asesinato de José Viador Traseira

Imagen de la finca de José Viador Traseira, en A Fraga Vella

Viajar a la Galicia de la primera Posguerra supone inmiscuirse en un mundo que había experimentado un espectacular retroceso en relación a la década que le precedía. Sus gentes estaban sumidas en la más absoluta de las miserias en un tiempo que tan solo se aspiraba a sobrevivir, sin importar como. Todo el Estado español se hallaba en una situación que superaba lo deprimente. En el caso gallego se agudizaba por la imposibilidad de poder salir al exterior debido al gran conflicto que estaba asolando a prácticamente todo el planeta y cuyas consecuencias se estaban dejando notar a las claras en países que, como era el caso de España, habían declarado su no beligerancia, lo cual no implicaba automáticamente su neutralidad.

Pero si a raíz de las consecuencias de un conflicto armado que había asolado a España y no había dejado indiferente a nadie, la población se las veía y deseaba para poder subsistir, ni que decir tiene que esas dificultades eran todavía mucho mayores a causa de la profunda injusticia social y las medidas sumamente arbitrarias que había tomado el nuevo régimen. El estado nacido del golpe contra la República repartió privilegios y prebendas entre sus adeptos, especialmente entre aquellos que más se habían destacado en su auxilio desde tiempos incluso muy anteriores a la guerra. Los falangistas, en un primer momento, recibieron no solo parte del organigrama político de Franco, sino que incluso serían compensados con edificios, periódicos e incluso terrenos, muchos de ellos que eran propiedad comunal desde tiempos inmemoriales que, repentinamente, pasaron a manos privadas por una decisión del poder central.

Uno de los beneficiarios de ese reparto arbitrario sería uno de los fundadores de los grupos falangistas lucenses José Viador Traseira, quien se vería beneficiado con una finca, hoy un auténtico paraje natural, situada en el norte de la provincia de Lugo, conocida como A Fraga Vella, que se emplaza en la parroquia de Romariz, en el término municipal de Abadín. Además, el terreno que le había sido otorgado era más propio de un señorito andaluz que de un propietario gallego, pues tenía una superficie aproximada de unas 700 hectáreas, algo completamente inusual en la gran patria del minifundio. A todo ello se añadía que esa gran extensión de terreno, que superaba con creces a la de muchos municipios, había sido usurpada por el régimen franquista a los vecinos que hacían aprovechamiento de su usufructo para intentar subsistir a muy duras penas.

Por deformación de su primer apellido, el líder provincial de los camisas azules era conocido como «O Aviador». Le gustaba hacer gala de su prepotencia y matonismo hasta extremos que se pueden considerar poco menos que viscerales. De hecho, en tiempos previos al conflicto armado se había destacado por tratar de impedir manifestaciones autorizadas de diversos grupos u organizaciones sindicales de signo contrario al suyo, empleando para ello la violencia cuantas veces fuese necesario, siendo detenido por orden judicial y sancionado por ello, lo cual le haría sumar méritos una vez concluida la guerra. Sin embargo, la cosa no terminaba ahí. Al poco tiempo de iniciado el conflicto bélico, se presentó en el Ayuntamiento de Vilalba preguntando el motivo por el que se encontraban recluidos algunos presos en su cárcel. Al comprobar que algunos de ellos habían sido detenidos por enfrentamientos e incluso agresiones a agentes del orden, que supuestamente eran simpatizantes de grupos y organizaciones afines a la República, los ordenó poner en libertad.

Gardarríos

Su impopularidad fue en ascenso, principalmente a medida que avanzaba el tiempo e iba afianzándose cada vez más su desmesurado poder, tanto económico como político y también social, que le llevaba a abusar drásticamente de los más humildes a quienes encomendaba tareas de cuidado y adecentamiento de su finca por el mero hecho de seguir gozando de un aprovechamiento del que ya habían disfrutado sus ancestros desde hacía siglos. Esos trabajos los debían hacer de forma totalmente gratuita. Ese despotismo del que hacía gala montando a caballo, del que rara vez se bajaba, le llevó a generarse, no centenares, sino millares de enemigos a quienes había perjudicado tanto por su talante como por la extrema violencia de la que alardeaba en todas y cada una de sus acciones.

En aquel entonces, abril del año 1940, una numerosa partida de miembros del maquis pululaba por los montes y montañas de Galicia, siendo una de las más destacadas la que operaba en el municipio de Abadín. Muchos de ellos buscaban realizar acciones contra objetivos que les granjease, no solo la legitimidad entre los suyos, sino también la simpatía de los habitantes de las áreas rurales. Uno de estos jefes guerrilleros era Luis Trigo Chao, popularmente conocido como «Gardarríos» en alusión a su antigua profesión de agente forestal en tiempos de la IIª República. Este hombre, no solo conocía bien la zona, de la que era oriundo, sino también el grado, ya no solo de desafección, de odio que existía entre el vecindario contra José Viador, a quien no solo consideraban un intruso, sino un usurpador que se había apoderado de forma ilegítima y torticera de una propiedad que había sido siempre explotada por ellos en régimen comunitario.

Como buen conocedor, no solo de la montaña, sino también de técnicas guerrilleras estudió durante algún tiempo las costumbres de José Viador, quien andaba generalmente a caballo sobre su finca, de la que había desahuciado a una familia que tenía en su cercado su centenaria vivienda, examinando todos sus rincones. Esas rutas solía realizarlas al atardecer, cuando caía el sol. Iba casi siempre armado, pues, pese a todo no ignoraba la gran impopularidad que suscitaba entre la mayoría de los habitantes de la zona y sabía que, en cualquier momento, podía aguadarle una inesperada y desagradable sorpresa.

Así sucedió al atardecer de un día de primavera, concretamente el 9 de abril de 1940, cuando sus enemigos le sorprendieron en el lugar conocido como o Pico da Lebre, un terreno de su finca escarpado y montañoso donde su verdugo le esperó escondido entre unas matas, disparándole a quemarropa, sin que tuviese la mínima oportunidad de reaccionar, siendo derribado de su caballo. Los autores de su muerte cogerían su cadáver y lo colocarían de cubito supino, además de esparcir el dinero que llevaba encima y colocar el reloj en un lugar visible, al igual que hicieron con una segunda pistola que el conocido falangista llevaba escondida.

Con este ritual, sus verdugos pretendieron demostrar que no se había tratado de un atraco que había salido mal, sino que se trataba de un asesinato premeditado y buscado en el que se reflejaba el ansia de ajustar cuentas y vengarse de quien siempre había demostrado ser un tirano con quienes le rodeaban. Los motivos del asesinato estaban muy claros y en este sentido coincidían tanto la versión oficial como la popular. La primera achacaba el mismo que obedecía a la adquisición de la finca por el «camarada Viador» en contra de los muchos abusos que habían ejercitado vecinos de comarcas próximas sobre la misma, aprovechándose de pastos y madera de la misma.

Este crimen fue visto por la práctica totalidad de los vecinos como un elemento liberador, en tanto que a «Gardarríos» le serviría para legitimarse tanto a nivel social como en la guerrilla de la que formaba parte. Además, en torno a este último se generaría un mito del guerrillero del pueblo, de hombre que lucha por el bien común. A todo ello se añadía el hecho que entre los habitantes de la zona afectada por la enajenación de la propiedad por parte de Viador, comenzó a reinar el clima de que se había hecho justicia con un asunto muy turbio en el que habían intervenido directamente las nuevas autoridades de un régimen inhumano y totalitario, como son todas las dictaduras.

 

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