Cuatro muertos y siete heridos al despeñarse un autobús en Pontevedra

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En la década de los años ochenta del pasado siglo muchas cosas estaban cambiando en Galicia. Algunas de una manera poco menos que repentina. Daba la sensación, como así era, de que los gallegos habían dejado de resignarse como lo habían hecho sus ancestros, aunque todavía seguían siendo muchos los que todavía cogían las maletas con rumbo a algún país europeo o a una próspera ciudad española. También crecían las grandes urbes gallegas. Por fin, las dos grandes ciudades gallegas de interior, Lugo y Ourense, amén de su capital, Santiago de Compostela, habían iniciado un progresivo despegue que les llevaría a sacudirse del eterno tópico que las consideraba dos aldeas grandes, en alusión a la pequeña patria de la mayor parte de los oriundos de Galicia.

Pese a todo, los gallegos continuaban careciendo de infraestructuras viarias en condiciones. Estaba dando sus últimos pasos el tradicional carro del país, tirado por una yunta de vacas o bueyes. Si bien es cierto que esta decadencia de aquel tradicional carruaje no se haría de forma repentina, dando paso al tractor, sino que le sustituiría un comercial e industrial remolque de acero y aluminio, provisto de sus respectivas ruedas con neumáticos, que tendría una vida poco menos que efímera, ya que al abandono del mundo rural, se sumaba una incesante y progresiva mecanización de este último que concluiría con varios siglos de la historia más íntima de una tierra que jamás renunció a a ser ella misma.

En aquellos años se hablaba de muchas cosas. Se había reavivado el debate sobre la conveniencia de un Estatuto de Autonomía, que sería refrendado el 21 de diciembre de 1980, en un referéndum que pasaría a la historia por ser la cita con las urnas menos concurrida de la historia de España. Apenas 20 de cada cien gallegos acudieron a la llamada de una fecha que se presumía iba a ser histórica, pero que nada dice en la actualidad en el calendario gallego.

Entre las grandes novedades de la época, se encontraba la aparición de grandes líneas regulares de autobuses que unían a Galicia con otros puntos del Estado, principalmente su capital, Madrid y también Barcelona y el norte peninsular. Todo ello parecía pintar muy bien, pero sin embargo tenía su dramático contrapunto en el ferrocarril, que había sido abandonado a su suerte y que parecía haberse quedado anclado cien años atrás, una factura que se sigue pagando en la actualidad.

Fruto de esas concesiones administrativas, una de las empresas más favorecidas fue la asturiana ALSA, que copaba una gran parte de las rutas que unían el noroeste ibérico con el resto de la Península, actuando poco menos que si fuese un monopolio. Un autobús de esa conocida línea de transporte de viajeros sufriría un espectacular accidente muy cerca de la villa pontevedresa de Lalín en la jornada del 22 de marzo de 1980. A consecuencia del mismo fallecerían cuatro personas, entre ellas una niña de cinco años y los dos conductores del autocar siniestrado.

Avería

Las causas del accidente que les costó la vida a las cuatro personas y heridas de diversa consideración nunca estuvieron del todo claras. El autobús se precipitó por un desnivel de 26 metros de altura, en un área barrancosa de la comarca del Deza, conocida como Pozo Negro,  apelativo que se había ido ganando a lo largo de los años por el sinnúmero de accidentes que allí se habían registrado. El mismo se encuentra en la antigua carretera que une Santiago de Compostela y Ourense.

A lo largo de varias decenas de metros se podían contemplar en el asfalto las marcas de las frenadas del autocar antes de precipitarse por el barranco, lo que da muestras que el conductor intentó, sin éxito, evitar el grave percance. Este hecho, unido a la moderada velocidad a la que iba el vehículo, sugirió que el autobús siniestrado pudiese haber sufrido alguna avería de tipo mecánico, antes de producirse el siniestro, siendo su principal causa. En aquellos momentos no se podía achacar el suceso al firme de la calzada, ya que se encontraba en perfecto estado, puesto que había sido asfaltado hacía muy poco tiempo.

En el autocar, que cubría el trayecto entre la localidad gallega de Tui y la fronteriza de Irún, viajaban alrededor de una veintena de personas, siete de las cuales sufrieron heridas de diversa consideración, siendo oportunamente trasladados a distintos centros sanitarios de la provincia de Pontevedra. Como se señalaba, cuatro de ellas perderían la vida. Dos de los fallecidos eran los conductores del autocar, Manuel López Díaz y Crisanto Fernández. De la misma forma también fallecería la viajera Carmen Varela Teijeiro y su hija, una niña de tan solo cinco años de edad.

La oportunidad de esta línea regular de viajeros que unía Irún y Tui, ambas localidades fronterizas de Francia y Portugal respectivamente, obedecía, en parte, a la gran cantidad de ciudadanos lusos que se trasladaban allende los Pirineos. Por fin, parecía ponerse fin al trágico trasiego de inmigrantes portugueses que viajaban de forma irregular y en unas condiciones infrahumanas a lo largo de décadas en camiones de ganado y otras pésimas circunstancias que dejarían sus buenos dividendos a algún que otro ávido empresario, carente de cualquier escrúpulo, que tampoco tenía rubor en abandonarlos en el sitio menos pensado, indicándoles, falsamente, que ya se encontraban en territorio francés, aunque todavía faltasen centenares de kilómetros. Algo se había progresado también en este sentido.

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