Cinco muertos por un desprendimiento de tierra en una cantera de Pontevedra

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En la década de los años cincuenta del pasado siglo todavía proseguían con intensidad las dramáticas consecuencias de una Posguerra que se prolongaba en exceso. A todo ello había que añadir un duro plan de estabilidad que estaban llevando a cabo los tecnócratas del régimen franquista para intentar frenar el constante alza de precios que había sucumbido al país en una grave crisis. Galicia entonces continuaba siendo un territorio escasamente desarrollado y ahora los jóvenes miraban a Europa, en vista de que América sufría fortísimas crisis económicas ocasionadas por los distintos regímenes dictatoriales que habían sufrido aquellos países que hacía escasamente dos décadas eran pintados como un auténtico dorado, tanto por los navieros como los emigrantes que se encontraban desplazados en aquellas tierras.

Pese a la dureza del devenir cotidiano, los gallegos de la época debían arreglárselas a muy duras penas para intentar sobrevivir en una tierra que, además de lluvia y verde, no ofrecía mucho más. Cualquier trabajo era bueno para alimentar a las numerosas proles que todavía conformaban la mayor parte de las familias, aunque una mayoría de ellos viviese en aquel plácido mundo rural en el que nadie parecía tener jamás prisa. Fue precisamente en uno de esos rudos empleos, tal y como era una cantera, donde cinco hombres, todos ellos bastantes jóvenes, perderían su vida mientras trabajaban en la extracción de piedra en la cantera de Area con picos y palas en la tarde del 3 de septiembre de 1957. El trágico siniestro ocurrió en la parroquia de Dorrón, perteneciente al hoy municipio turístico de Sanxenxo, mientras arrancaban el mineral con el que se construiría el futuro muelle de Portonovo. El infortunio que se cebó con aquellos hombres quiso que este se produjese cuando estaban a punto de concluir su jornada laboral, pues el reloj ya marcaba las seis de la tarde.

10.000 toneladas de tierra

En aquella cantera trabajaban un total de 21 trabajadores en duras jornadas que se prolongaban de sol a sol. Además de la dureza del trabajo, los operarios debían hacer frente a una pegajosa humedad derivada del calor que en aquellos días estaba afectando al suroeste gallego. El desprendimiento, cuyas causas jamás llegaron a saberse y siguen siendo un misterio más de 60 años después, sorprendió de una forma súbita y repentina a aquellos hombres, de los cuales 14 lograron escapar al gran alud de tierra que se precipitaría sobre el lugar en el que se encontraban extrayendo tierra. Tres de sus compañeros quedarían sepultados prácticamente en el acto, mientras que otros dos sufrirían heridas de consideración. Uno de ellos, Marcial Dovalo, sufrió la amputación de su pierna derecha a consecuencia del desgraciado siniestro.

Se calculaba, según cifras facilitadas por la prensa de la época, que un total de 10.000 toneladas de tierra se precipitaron sobre los trabajadores que fallecieron aplastados por aquel inoportuno alud. Inmediatamente después de producirse el fatal accidente se trasladaron hasta el lugar los vecinos, como tantas veces ha sucedido en Galicia, así como efectivos de la Guardia Civil y bomberos de Pontevedra, que trabajaron con denuedo en las labores de auxilio y rescate de los hombres que habían quedado sepultados bajo la gran masa de tierra que se les había venido encima.

Rescate trágico

Dos de los trabajadores que quedaron apresados bajo el impresionante cúmulo de tierra que había acabado con la vida de dos de sus compañeros, conseguirían sobrevivir -en un primer momento- a tan dramático accidente. Desde el exterior se escuchaban sus voces y se dispuso la construcción de un túnel con la finalidad de rescatarlos. A través de una pequeña ranura se escuchaban las voces de  Manuel Torres Rosales y José Gómez, solicitando el auxilio de las personas que trataban de socorrerlos. A través de esa pequeña hendidura les facilitaron leche y coñac con la finalidad de reanimarlos, aunque ambos se hallaban heridos de gravedad. Sin embargo, los esfuerzos resultarían vanos, ya que los dos hombres acabarían pereciendo debido a la gravedad de sus heridas.

En aquel entonces no era una época en la que se tuviesen en cuenta factores como la seguridad laboral, a lo que las autoridades de aquel tiempo tampoco contribuían de una forma decisiva. De la dureza y capacidad de esfuerzo daban cuenta también los medios impresos de aquel entonces, que cifraban en 5.000 toneladas de piedra que habían sido extraídos por aquellos hombres sin necesidad de tener que recurrir a los siempre peligrosos explosivos, que tantas vidas costaron en instalaciones similares a esta.

Los fallecidos a consecuencia de este trágico siniestro fueron Manuel Rosales Torres, quien contaba con 46 años de edad, y dejaba una mujer viuda con siete hijos a su cargo; José Gómez Méndez, de 26 años, que dejaba viuda un hijo pequeño; Santiago Bermúdez Requejo, de 26 años; Ramón Osorio, de 25 y Manuel Muíño, de 46, quien estaba casado.

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