El asesinato de Hildegart Rodríguez

images

La España de la década de los treinta del pasado siglo era un país en el que se sucedían las convulsiones sociales. Los gobiernos de la Segunda República eran breves. En algunas ocasiones duraban menos de una semana. A mediados de 1933 estaba a punto de caer el ejecutivo liderado por Manuel Azaña Díaz, que había resistido apenas medio año. Pero si mal se andaba en Madrid, mucho peor en Galicia, que era un territorio que la única salida que ofrecía a sus naturales era la emigración americana, aunque Cuba estaba a punto de cerrar sus puertas, tanto por la crisis económica que sufría la isla caribeña como por las nuevas leyes del 50 por ciento promulgadas por el dictador Gerardo Machado con la finalidad de favorecer la contratación de ciudadanos del territorio insular. Los dos años de ejecutivos republicanos habían pasado poco menos que desapercibidos para la mayoría de los gallegos, que parecían estar eternamente recluidos allende las montañas de Pedrafita do Cebreiro.

En aquel convulso año 1933, el mismo en el que ascendió Adolf Hitler al poder, un hecho sangriento alteraría todavía más las revueltas y turbulentas aguas por las que discurría la trágica década de los años treinta. El 9 de junio de ese año Aurora Rodríguez Carballeira decidía terminar con la vida de su hija Hildegart Rodríguez Carballeira tras dispararle hasta un total de cuatro tiros en su vivienda de la madrileña calle de Galileo, que se sitúa a caballo de los barrios de Argüelles y Vallehermoso. Ella misma había concebido a su única descendiente como un experimento científico, sin importarle lo más mínimo el terrible escrutinio público al que se sometía en un tiempo en el que las madres solteras eran cultivo de la más absoluta marginalidad. El crimen fue portada de los principales diarios de entonces, además de causar una gran consternación, ya que la muerte de Hildegart Rodríguez que, pese a contar con tan solo 18 años cuando fue asesinada, era ya toda una distinguida personalidad en distintos ámbitos, principalmente en el político y el social.

Divergencias y paranoia

Desde hacía ya algún tiempo la relación entre Hildegart y su madre se había comenzado a deteriorar, principalmente por el carácter posesivo e intransigente de esta última, quien ejercía una influencia fuera de lo común sobre su única hija, hasta el extremo de pretender anular a su personalidad. Aurora Rodríguez se oponía al más mínimo cambio de la persona que ella había concebido con la finalidad de que fuese una liberadora de la mujer. No admitía la mínima transgresión de los objetivos con los que había sido concebida su vástago, hija natural de un sacerdote gallego ya que así este jamás le reclamaría su paternidad. Ni siquiera en el plano personal. Ni mucho menos en el ideológico.

Hildegart se daba cuenta de la crisis de paranoia de su madre, quien la agobiaba de forma incesante en todo cuanto hacía o pensaba. En aquellos últimos años de su existencia sus divergencias con su madre iban creciendo de forma paulatina hasta el punto de hacerse insoportable su existencia. La joven la había advertido muchas vecese de su deseo de abandonar el nido materno para volar hacia una existencia independiente, pero este no llegaba a realizarse debido al chantaje al que la sometía su progenitora, quien en diversas ocasiones la amenazó con suicidarse en caso de que la abandonase.

Hay quien sostiene que la gota que colmó el vaso de la paciencia materna fue el hecho de que Hildegart Rodríguez abandonase el PSOE para integrarse en el Partido Republicano Federal, una formación de tendencia centrista próxima a los postulados del político republicano Alejandro Lerroux. Otros apuntan a que el crimen que le costaría la vida a la joven intelectual de la época fue debido a la supuesta relación sentimental que esta mantenía con otro joven, Abel Vilella, viendo así su madre como se le escapaba el producto que con tanto esmero y a lo largo de muchos años había cuidado y perfilado en su más perfecta imagen o semejanza. Sea de una forma u otra, lo cierto es que no le dolerían prendas en deshacerse de su hija a primeras horas de la mañana de aquel ya lejano 9 de junio de 1933.

Los efectos de la paranoia que padecía Aurora Rodríguez Carballeira sobrepasaban lo evidente. En las fechas previas al deceso de su hija, un buen día que esta había salido sin su permiso cerró todas las ventanas y recorrió la vivienda en penumbra con la intención de buscar una pistola que guardaba en casa y no se percatase de esto último la sirvienta que trabajaba en su domicilio. Posteriormente subió a la azotea y comprobó que el arma que utilizaría para acabar con la vida de Hildegart funcionaba correctamente, tras hacer un disparo al aire. Guardaría el arma en el sostén que vestía. La hija, al ver la casa con la práctica ausencia de luz, se mostró muy sorprendida y preguntó reiteradamente a su progenitora a que obedecía aquel estado, que le parecía propio de los delirios y alucinaciones que supuestamente afectaban a su madre.

Temor al abandono

En la mente de Aurora Rodríguez retumbaban constantemente las advertencias de su hija, quien le advertía que había llegado el momento de «volar sola». No era capaz de asumir que Hildegart quisiera disponer de su propia libertad y hacer su propia vida a su antojo, pues ya no era ninguna cría. Durante varios días permanecieron en un total aislamiento, prácticamente absoluto, en el que su madre expresaba una y otra vez sus delirantes ideas. Incluso llegaba a barajar la rocambolesca idea de que lo que a su hija le pasase obedecía a una supuesta conspiración en la que estarían hipotéticamente involucrados el Partido Comunista de España y el servicio secreto británico.

Incapaz de asumir la realidad que le tocaba vivir, y en una situación prácticamente demencial, a las nueve de la mañana de aquel 9 de junio de 1933 se dirigió a la habitación de Hildegart, quien descansaba plácidamente sobre su cama. Aprovechó la circunstancia de que la empleada que servía en su domicilio había bajado a pasear los perros para tomar en sus manos la pistola que días antes había buscado sin que nadie pudiese verla. Una vez en el cuarto de su hija disparó sobre los temporales ocasionándole dos heridas mortales de necesidad. No contenta con eso, realizó un tercer disparo sobre la barbilla para terminar rematándola de un último tiro en el pecho. Ponía así fin al «experimento vital» que ella había concebido, pero que -en los últimos años- no había discurrido por el recto camino que le había trazado.

El asesinato de Hidlegart Rodríguez conmocionaría a la España de entonces, y también a su Galicia natal, que veía como se perdía a una prometedora esperanza de la época. La joven había alcanzado la licenciatura de Derecho con tan solo 18 años, siendo ya una respetable intelectual de la época que ya había publicado un total de 16 monografías, además de cerca de 200 artículos en distintos periódicos y revistas de su tiempo. Hildegart, ya se había ganado el respeto y admiración de personalidades tales como Gregorio Marañón, Ortega y Gasset o Juan Negrín. Del experimento preparado por su madre da cuenta su precocidad en conocimientos como leer o escribir, que ya lo hacía con tan solo tres años, además de conocer idiomas como francés, alemán, inglés o latín cuando tenía apenas seis. Con su muerte se había malogrado toda una precoz personalidad de su tiempo, que no pudo resistir la paranoica actitud de una madre que le pretendía negar sus más elementales derechos cuando ya tenía edad para decidir.

De los gastos derivados de su velatorio y sepelio se encargaron los dirigentes del Partido Republicano Federal, al que pertenecía. Sin embargo, sus restos mortales acabarían en un osario común en el año 1942 al no haber quien se hiciese cargo de los gastos derivados del mantenimiento de su sepultura.

En un psiquiátrico

Durante muchos años el paradero de Aurora Rodríguez Carballeira fue toda una incógnita. Se afirmó falsamente que se le había perdido la pista tras la Guerra Civil, aunque hay que afirmar que esto es rotundamente falso. En el año 1977 se encontró un archivo que contenía su historial médico. En el mismo se daba cuenta que su deceso se había producido a consecuencia de un cáncer el 28 de diciembre de 1955 en el psiquiátrico madrileño de Ciempozuelos en el que llevaba internada más de dos décadas, desde que diera muerte a su hija, ya que la sentencia la condenaría a 26 años de reclusión. Su suerte, al igual que su vida, estuvo marcada por hechos que superan lo tremebundo y lo macabro.

Síguenos en nuestra página de Facebook cada día con nuevas historias

 

 

Anuncios

Deja un comentario