Las inundaciones más grandes del siglo XX en Galicia y Asturias

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El río Landro en uno de sus desbordamientos

A finales de los años sesenta del pasado siglo Galicia seguía siendo un territorio atávico y costumbrista. Quedaba ya muy lejos el sueño americano de aquellos otros que décadas atrás se habían trasladado allende los mares en busca de una fortuna que les negaba la tierra que los había visto nacer. Ahora el nuevo destino era una fecunda Europa que había resurgido con fuerza tras el desastre que representó la Segunda Guerra Mundial. Pese a que se vislumbraba a lo lejos ya el segundo milenio, los gallegos se resistían a jubilar el viejo carro del país y el arado romano. Similar suerte corrían muchos vecinos de la franja este de la ría del Eo, aunque su producción láctea había dado ya lugar a centenares de modernas explotaciones vacunas que tardarían algunos años en llegar a la tierra gallega.

Desde tiempos inmemoriales se decía que en Galicia llovía. En Asturias también. Sin embargo, lo que jamás llegaron a pensar tanto gallegos como asturianos es que las aguas se saliesen de su cauce. Y vaya si se salieron. Así ocurrió en la primera quincena de septiembre del año 1969. En aquel entonces los vecinos de una y otra ribera del Eo se vieron sorprendidos por incesantes lluvias que parecían no tener fin. El cielo comenzó a brotar agua desde primeras horas de la jornada del 11 de septiembre, llegando casi a temerse que no fuese a escampar jamás, ya que 50 horas después de haber empezado a llover de forma insistente no habían cesado aún aquellas devastadoras lluvias que parecían no tener fin.

El resultado fue bastante dramático, aunque lo mejor de todo es que no hubo que lamentar desgracias personales. Los principales ríos asturianos y gallegos se desbordaron, a consecuencia de lo cual se vieron cortadas unas todavía deficientes infraestructuras que conectaban ambos territorios. El caso más patente fue que el principal enlace por carretera entre Galicia y Asturias, la carretera nacional N-634 fue cortada a la altura de Vegadeo por el desbordamiento del río Suarón. Aunque no fue la única arteria damnificada en aquellas incesantes jornadas de lluvia. La misma suerte correría una carretera local a la altura de Mondoñedo, así como otras locales de Cangas de Narcea, As Pontes de García Rodríguez y toda la Mariña lucense, que sufriría muy duramente las consecuencias de los anegamientos.

Casa de la cultura de Vegadeo derrumbada

Una de las localidades que más duramente sufrió las consecuencias de las intensas lluvias fue Vegadeo, hasta el extremo que la casa de la cultura, recientemente construida por aquel entonces, se vendría a bajo como consecuencia de la cantidad de agua que se acumuló en aquellos días. Al percatarse de que podía ocurrir un accidente se trasladaron a la localidad bomberos de Gijón y Oviedo, quienes instantes antes de producirse el derrumbamiento habían estado en el interior. La prensa de la época tildaba de milagroso el hecho de que los miembros del equipo de emergencias se hubiesen salvado de perecer en medio de una nube de cascotes y piedras.

Una de las ciudades gallegas más afectadas por la intensidad de las lluvias fue la ciudad de Lugo que sufriría el desbordamiento del Miño a su paso por la vieja urbe gallega, resultando especialmente damnificado el barrio próximo al antiguo puente romano en el que sus vecinos hubieron de achicar el agua que se había introducido en el interior de sus viviendas con calderos y otros utensilios domésticos. De la misma forma varias veigas que se encuentran al paso del Miño se vieron anegadas por el caudal del efluvio, notándose de forma especial en la localidad de Rábade, situada a escasos quince kilómetros de la capital lucense.

La Mariña de Lugo, junto con la comarca de Terra Chá, que ocupan prácticamente la franja norte de la provincia, se vieron duramente afectadas por aquellas persistentes lluvias, ya que arrasarían gran parte de los cultivos del ganado, entre ellos el maíz, ocasionando daños evaluados en varios millones de pesetas de la época, si bien es cierto que en aquel entonces no había institución alguna a la que recurrir para paliar las consecuencias de lo que en toda regla había sido una catástrofe. La flota permanecería amarrada durante varios días a consecuencia del intenso temporal que sacudía a todo el litoral, tanto gallego como asturiano.

Otra de las zonas que más padeció aquellos intensas inundaciones fue la Mariña Occidental, ya que se desbordó, como tantas veces, el río Landro ocasionando graves perjuicios a los vecinos de la parroquia de Landrove que, al igual que las gentes de Lugo, se vieron obligados a achicar el agua de sus casos con lo primero que se encontraban. Otro tanto ocurriría en San Cibrao, donde la crecida de las aguas provocaría también grandes anegamientos en bajos comerciales y garajes.

Como detalle anecdótico cabe destacar que por aquel entonces se encontraba de viaje en España, el cardenal primado de Guatemala Mario Casariego, quien no se pudo desplazar a su localidad natal de Figueras porque se había desbordado la ría del Eo, lo que provocó el corte de varias carreteras por las que discurría. La lluvia no respetaba absolutamente a nadie.

El fenómeno, bastante inusual en el área noroeste peninsular, no dejaría indiferente a nadie, aunque tanto a gallegos como a asturianos pese a las graves pérdidas económicas que sufrieron, solamente les quedó el consuelo de que no había habido desgracias personales, que es lo fundamental, amén de la tradicional expresión «nunca choveu que non escampara». Y menos mal.

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