El misterio del esqueleto hallado en Outeiro de Rei (Lugo)

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Mediada la década de los sesenta del pasado siglo, la provincia de Lugo seguía conservando ese eterno encanto en sus áreas rurales de la Galicia de los poxigos abiertos, en la que las puertas no se cerraban en todo el día y cualquier vecino podía introducirse tranquilamente en la casa ajena con la mayor confianza. Se conocían todos y aquí no pasaba nada. Y si pasaba enseguida era noticia. Sin embargo, rara vez algún hecho alteraba ese pacífico y tranquilo convivir cotidiano, sin prisas y con muchas pausas, de aquellos hombres y mujeres, de rudo y entrañable aspecto a la vez, que poblaban sus amplias zonas rurales. Ellos se escondían bajo una gorra o boina, mientras de su petaca liaban interminables cigarros de picadura, en tanto que ellas portaban un pañuelo bien sujeto a la cabeza para así poder transportar más cómodamente los muchos haces de hierba, nabos o lo que fuese para aquel par de vacas rubias del país o tres que mansamente se alojaban detrás de la cambeleira que se asomaba a una vieja cocina presidida por la ancestral y no menos entrañable lareira. Solamente se veían interrumpidos sus quehaceres cuando llegaban aquellos muchachos, a los que llamaban melenudos, que regresaban a pasar sus vacaciones de países europeas montados en un moderno deportivo, supliendo así a la tradicional figura del indiano que todo lo despreciaba, que como América no había nada. Aunque, con el paso de los años ya hemos visto la prosperidad que le dejó a la mayoría de quienes huyendo de la miseria se habían afincado en tierras del Caribe o Sudamérica.

Una de esas veces en las que la pacífica convivencia se vio súbitamente alterada en el mundo rural gallego, y muy próximo a la capital lucense por cierto, fue en la jornada del 10 de febrero de 1964, año en el que el régimen franquista conmemoraba muy pomposamente los conocidos como «Veinticinco años de paz», eludiendo así resaltar unas fechas guerreras, con Eurocopa de fútbol incluida. En la fecha antes aludida unos vecinos de la parroquia de Bravos, en el municipio de Outeiro de Rei -que dista apenas 10 kilómetros de la capital- se sobresaltaron al encontrar en medio de unos espesos zarzales lo que aparentaban ser unos restos mortales humanos. Una vez que certificaron que así era, pusieron en conocimiento de los miembros de la Guardia Civil el suceso, quien inmediatamente dio cuenta del caso a un juzgado de Lugo.

Una mujer

Hasta el lugar donde habían sido hallados los restos mortales se desplazó un equipo de médicos forenses, así como el juez de guardia, encargado de ordenar el levantamiento de aquellos huesos. En toda la provincia, y concretamente en el área de Terra Chá, se comenzó a levantar una expectación enorme, un tanto fuera de lo común, haciéndose muchas especulaciones en torno a lo que podría haber ocurrido en un lugar en el que nada ni nadie se alteraba por cosa alguna y ahora comenzaban a ser primera página de distintos medios de comunicación, no solo gallegos sino también incluso de Madrid y Barcelona.

Los primeros análisis realizados a aquellos restos óseos, que se practicaron en el Instituto de Toxicología de la Universidad de Santiago de Compostela, certificaron que pertenecían a una mujer, aunque nadie recordaba en aquel área geográfica concreta desaparición alguna, ya fuese de un hombre o una fémina. Durante los primeros días, en los que la Guardia Civil llevó a cabo pesquisas por todo el contorno, se sucedieron las noticias confusas a las que contribuían también las informaciones que aparecían en los distintos medios impresos de la época. En un principio los huesos fueron atribuidos a una joven de 25 años que, al parecer, faltaba de su domicilio en un lugar próximo al hallazgo hacía algo más de año y medio. De la misma forma también trascendió que algunos huesos presentaban una herida inciso contusa, lo que vendría a confirmar que se trataba de un homicidio o asesinato.

Pasados los días, después de la confusión reinante en las primeras horas, se facilitaron nuevos datos. En esta ocasión ya contaban con el aval de los investigadores forenses encargados del caso. Según los mismos, los restos óseos encontrados no pertenecerían a una mujer joven sino a una persona de más edad, concretamente de 50 años. Lo que no variaba era su sexo. Igualmente se informaba también que su deceso no se habría producido de manera reciente, sino que lo más probable es que hubiese tenido lugar unos veinte años atrás como mínimo.

Desconocida

Pese a que en las áreas rurales gallegas, y máxime en aquellos tiempos, se conoce todo el mundo, nadie en la parroquia de Bravos ni en las áreas limítrofes echó en falta a vecino alguno por lo que se incrementaba el misterio y la incertidumbre en torno a quien podría pertenecer el esqueleto allí encontrado. Se realizaron abundantes pesquisas e indagaciones sobre quien podría ser la mujer de mediana edad cuyos restos aparecían después de 20 años. Nadie los reclamó ni nadie echó en falta persona alguna. Terminarían, como suele suceder en estos casos, en una fosa común. Las autoridades judiciales decidieron dar carpetazo al asunto, máxime cuando los restos óseos habían pasado a mejor vida dos décadas atrás, tiempo suficiente para que la causa se hubiese cerrado por prescripción definitiva, tal y como lo recogía la legislación vigente.

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