El devastador temporal del otoño de 1965

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En la década de los años sesenta del pasado siglo, tanto Galicia como Asturias, en su área más occidental, continuaban siendo dos tierras atávicas y costumbristas. El hoy Principado marchaba algo mejor que quienes vivían en la margen izquierda de la ribera del Eo, entre otras cosas por la prosperidad que le deparaban sus siempre concurridas minas en las que se daban cita trabajadores de ambas márgenes de la ría que sirve como  demarcación entre una y otra tierra. A los gallegos les quedaba el pintoresco consuelo de presumir de su compatriota, el Jefe del Estado, aunque eso no aliviase para nada sus males ni tampoco les sirviese más que consolarse falsamente al igual que lo hacían cuando llegaban los goles del mítico Pontevedra CF del «Hai que Roelo!». Aunque eran ya muchos más los que preferían las alegrías deportivas que las rancias arengas de un decrépito y caduco dictador que parecía no tener fin, como queriendo eternizar un descastado y atrofiado régimen que en nada favorecía los intereses y las aspiraciones de los gallegos de la época.

El clima era uno de los principales hándicaps al que tenían que hacer frente en aquel entonces en los que las previsiones meteorológicas se hacían todavía con criterios tradicionales. Difícil lo tenían, especialmente los hombres del mar, cuando se desconocía si habría o no temporal, arriesgando sus vidas ante la incerteza que suponía hacerse a la mar sin una previsión que pudiese ser efectiva. De hecho, el gran temporal que azotó las costas gallega y asturiana en aquel noviembre de 1965, Año Santo Compostelano para más señas, se cebaría especialmente con algunas de las instalaciones portuarias, quedando completamente destrozadas e inservibles, tal fue el caso de Malpica de Bergantiños. En jornadas posteriores los barcos que allí tenían base se vieron en la obligación de guarecerse en el puerto de A Coruña.

Cuatro muertos

Hasta un total de cuatro personas perderían la vida en distintos incidentes provocados por las impresionantes rachas de viento, así como por otras adversidades climáticas a mediados del mes de Sanmartiño de aquel año. En la localidad asturiana de Cangas del Narcea fallecerían dos hombres mientras surcaban a bordo de una embarcación el río que da nombre al valle en el que se inserta. Al parecer, los infortunados no pudieron hacer frente a las rachas de viento que se cruzaron en su trayectoria cuando navegaban uno de los tramos más profundos.

Pero por desgracia, no serían las únicas víctimas mortales contabilizadas en tan fatal temporal, ya que en la ciudad de A Coruña perderían dos personas en uno de sus paseos próximos al mar. El agua inundaría prácticamente toda la urbe herculina, llegando incluso los ramalazos marinos hasta la Plaza de Pontevedra. Al día siguiente la prensa publicaba algunas de las desoladoras fotos de las principales zonas de la ciudad completamente devastadas por el temporal. No faltaban ni los rótulos ni el mobiliario urbano destrozado a consecuencia de las rachas de viento, así como también se podían observar algunos desperfectos en las estructuras de los distintos edificios, principalmente los que se encontraban más próximos a la zona del Orzán.

Puerto de Malpica destrozado

Uno de los lugares que más sufriría los rigores de aquel rudo e incombustible temporal fueron las instalaciones del puerto de Malpica de Bergantiños que quedarían literalmente destrozadas por el viento. Uno de sus diques de contención se vino a bajo lo que provocaría que la dársena en la que se alojaban los barcos se viese reducida a escombros. La magnitud de los destrozos sería tal que los pesqueros de esta localidad marinera habrían de refugiarse en el puerto coruñés, una vez que hubieron recobrado su actividad marítima.

Los desperfectos provocados por los vientos huracanados que sacudieron el litoral occidental gallegos en Malpica se evaluaron en cinco millones de pesetas de la época, una cantidad astronómica para un tiempo en el que el dinero, además de ser un bien muy escaso, estaba sometido a constantes fluctuaciones internacionales, careciendo de una estabilidad de cambio como la que se goza hoy en día. Hasta las siempre apáticas autoridades franquistas se interesaron por el caos que en la pequeña localidad de a Coste da Morte había generado el terrible temporal, desplazándose hasta el lugar de los hechos el gobernador civil de la provincia de A Coruña.

Tampoco Santiago de Compostela se salvaría de los temibles efectos de aquel temporal, notándose principalmente en la zona histórica. En la hoy capital gallega se quedarían sin luz durante varias horas de madrugada, viéndose obligados a interrumpir sus emisiones algunas estaciones de radio, entre ellas la decana de las emisoras gallega. Además, en el caso compostelano, estas sacudidas del viento iban acompañadas de aparato eléctrico, lo que incrementaría -hasta cierto punto- el efecto devastador del temporal, que dejaba una Galicia plagada de centenares de incidencias.

Eran otros tiempos. La historia era completamente distinta a lo que lo es hoy en día. Y así se reflejaba en el quehacer diario de las autoridades que estaban más interesadas en sus cuestiones personales, al igual que sucede hoy en día, que en las circunstanciales mejoras que con su labor diario pudiesen ofrecer los ciudadanos. El temporal fue atribuido a causas naturales, cuando no a la Divina Providencia. Y a esperar otro de similares características para volver a lamentarlo.

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