Asesina a su novia y entierra su cadáver en una finca de su propiedad

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Hay sucesos que marcan a varias generaciones por el impacto que en su día tuvieron, siendo recordados por sus habitantes como una mancha negra que empaña su devenir. Además de ser difíciles de olvidar, queda en el imaginario popular la eterna sensación de que han de sobrevivir con el acontecimiento luctuoso, apareciendo contínuamente reflejado en los diferentes medios de comunicación, amén de ser constante motivo de comentario entre quienes lo han vivido en primera persona.

En la península de O Morrazo, en pleno sur de Galicia y también en pleno corazón de las Rías Baixas, o esa dulce Galifornia en la que su suave  y enternecedor clima acompaña a un incomparable y placentero paisaje, se produjo un trágico suceso en el año 1982, que tendría todos los ingredientes de una película de suspense, tanto por el desarrollo como por las consecuencias posteriores. Una de esas veces en las que la triste realidad supera a la ficción. En la jornada del 29 de agosto se producía la desaparición de una joven de la localidad morracense de Bueu, Rosa María Juncal González, de 18 años de edad, denunciada por su padre ante la Guardia Civil en vista que no regresaba a su domicilio. La muchacha había pasado la tarde en compañía de su novio, Manuel Crespo Fernández, de 17 años, sobre quien fue puesto el foco de atención de las autoridades desde el primer instante de su ausencia, aunque pasaría algún tiempo antes de ser detenido.

El padre de Rosa María se dirigió a la casa del novio para preguntarle sobre el paradero de su hija. Al parecer -según relata la prensa de la época- la madre del chaval se encaró con el progenitor de la novia de su hijo, con quien sostendría una ácida y cruel disputa. Durante casi cuatro meses en toda la comarca del Morrazo y alrededores se vivió una tensa y angustiante espera a fin de tener noticias de la joven desaparecida. En ese lapso de tiempo el muchacho sería detenido en una ocasión como supuesto autor de la desaparición, si bien es cierto que saldría en libertad sin cargos de un interrogatorio de la policía.

Crespo confiesa

Tras un nuevo interrogatorio, después de que se le estrechase el cerco hasta el punto de hacerlo poco menos que impenetrable, el autor material del crimen, Manuel Crespo Fernández termina por derrumbarse y confiesa su autoría. Al parecer, los investigadores se mostraron muy sorprendidos de la frialdad que había mostrado el joven en el transcurso de su conmovedor relato. Tal y como se había sospechado desde un principio él era el autor confeso de un crimen del que todavía perviven sus secuelas, tanto por la transcendencia como por las circunstancias que rodearon a tan sangriento hecho.

Su confesión se produjo el 4 de diciembre de 1982, más de tres meses de la desaparición de Rosa María Juncal, aspecto este que enardecería aún más los encrespados ánimos del vecindario de las localidades pontevedresas de Bueu y Marín, que clamaban justicia por un suceso criminal en el que apuntaban como inductores a la madre del asesino así como al entonces cura párroco de Santo Tomé de Piñeiro. De hecho, se organizaría una manifestación en la que llegaron a participar 3.000 personas instando a que recayese todo el peso de la ley sobre el aún presunto asesino. En el transcurso de la misma, que tuvo como escenario la zona aledaña a la vivienda de Manuel Crespo, hubo de intervenir la Policía Nacional con la finalidad de dar protección a su familia debido a lo alterados que se encontraban los ánimos. La casa del criminal sería apedreada e incluso allanada por algunos de los manifestantes.

El móvil del crimen hay que buscarlo, según relataría Crespo Fernández, en el supuesto hecho de que la víctima se encontraba embarazada. Este hecho en si mismo, dada su juventud, unido a los trastornos que le ocasionaba a tan temprana edad la incómoda circunstancia de una paternidad, provocaron un crimen que consternaría a toda la comarca de O Morrazo y el entorno de Pontevedra. A todo ello, se unía también el presunto rechazo que suscitaba la joven asesinada en la familia de su verdugo, de ahí que la ira popular señalase directamente a su progenitora como la inductora del asesinato de Rosa María Juncal.

Puñaladas en el cuello

En el interrogatorio en el que confesó el asesinato declararía que propinó a su novia varias puñaladas con un cuchillo que había llevado a tal efecto. Previamente la había engañado de una forma un tanto infantil, diciéndole que había visto una trucha. En el instante en que ella bajó la cabeza y se asomó al río a verla aprovechó para propinarle reiteradas cuchilladas que acabarían con su vida. Ambos jóvenes tenían previsto pasar la jornada en la playa, pero Manuel Crespo la invitó a acudir a las inmediaciones del río Loira, cerca de la Ponte de Guimeráns, en un más que planificado y estudiado crimen. El cuerpo de la joven presentaba múltiples lesiones de arma blanca que le había inferido su agresor y se encontraba encogido en el momento en que fue hallado. La autopsia también demostraría que la víctima no se encontraba embarazada, tal y como sospechaba.

Una vez que se hubo cerciorado de la muerte de su novia, prosiguió con el macabro plan que había urdido. Previamente, incluso antes de quedar para pasar juntos la tarde, el asesino había cavado una fosa en una finca de su propiedad en la que tenía previsto de antemano enterrar a su víctima. La depositó en la misma, arrojando sobre ella gran cantidad de piedras. Además, para dificultar el trabajo de los investigadores llegado el momento, plantó sobre la improvisada sepultura de Rosa María Juncal un manzano, con el objetivo de evitar cualquier suspicacia. Su cuerpo sería hallado por el enterrador de Marín, quien tras rastrear la finca daría con los restos mortales de la joven.

El clamor popular y la indignación se cebaron en contra de la familia del asesino, incluso en las jornadas en las que tuvo lugar el juicio que tuvo lugar en la Audiencia Provincial de Pontevedra, Centenares de vecinos de Bueu y habitantes de la comarca de O Morrazo se dieron cita delante de la institución de Justicia de la capital del Lérez con el fin de proseguir la vista sobre un crimen que no dejaba indiferente a nadie. Manuel Crespo Fernández sería condenado a un total de 20 años de cárcel, así como a satisfacer una importante cuantía económica a los padres de la víctima, en concepto de responsabilidad civil.

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