Emigrantes portugueses abandonados en Galicia en los años sesenta

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Una gran parte de la población lusa en la década de los años sesenta solo vivía con una única ilusión, la de emigrar. No les importaba a dónde ni tampoco cómo. Para ellos lo realmente importante era escapar de la miseria que cada vez les azoraba más. Buscaban un dorado, al igual que lo habían hecho muchos de sus antepasados y también muchos gallegos que, sirviéndose de cualquier ardid, huían literalmente de su tierra con destino a América. Iban de polizones en los grandes navíos que fletaban ávidos empresarios del sector o haciendo cualquier tarea en el barco por las que les permitían viajar, si no gratis, si a un precio mucho más asequible. Se hipotecaban tierras, casas o lo que hiciese falta para satisfacer el importe de un pasaje que tan solo estaba al alcance de algunos de los bolsillos más pudientes. Eran otros tiempos.

Pese a la evolución social experimentada, en la década de los sesenta la mayor parte de la población del vecino Portugal seguía viviendo de forma pobre y miserable, siendo la región de Tras-os-Montes una de las más afectadas por la falta de un desarrollo que les permitiese salir del atraso secular en el que se encontraban. Los portugueses seguían sufriendo una sempiterna dictadura que se había anquilosado en formas pretéritas que para nada respondía a los nuevos modelos de cambio que estaban experimentando en los restantes países europeos. España no era menos. Algunos empresarios del transporte de la época, así como también camioneros, prometían a aquellas gentes que vivían al sur del río Miño un más que esplendoroso futuro en Francia, que se había convertido en la nueva Meca de muchos lusos, deseosos de dejar atrás la miseria y calamidades que estaban padeciendo en su país de origen. La forma en cómo hacerlo representaba también un duro obstáculo, pues, en plena década de los sesenta, muchos no podían satisfacer el importe de un billete de tren y ya no digamos nada de avión. Al igual que había ocurrido en el primer tercio del siglo XX, todo era cuestión de ingeniárselas para llegar más allá de los Pirineos. Viajar de forma clandestina, aunque en condiciones infrahumanas y miserables, era lo de menos. Lo verdaderamente importante era poder salir del país a cualquier precio. Eso sí que estuviese a su alcance.

Lo que desgraciadamente no conocían muchos lusos era que en detrás de aquellos viajes más baratos, pero que aún así seguían representando un gran desembolso -máxime en una población que ya de por si era pobre- se escondían tan solo grupos de infaustos estafadores, que no les importaba jugar con la dignidad de unos pobres seres humanos, con un desmedido afán de lucro. A lo largo de toda la década de los años sesenta agentes de la Guardia Civil detendrían en innumerables ocasiones a bandadas de emigrantes lusos que, en sus declaraciones ante las comandancias españoles, solamente alegaban que habían pagado un gran importe por su trasiego a Francia y que los habían abandonado de madrugada, no sin antes decirle los respectivos transportistas que el país galo estaba tan solo a unos centenares de metros. Casi siempre se desentendían de sus incautas víctimas en puntos estratégicos, tales como un cruce de carreteras o en las proximidades de un río para así hacer mucho más creíble su relato. Sin embargo, rara vez eran detenidos esos grupos de mafiosos. Cada vez que alguno era interrogado por las fuerzas del orden negaba los hechos, así como también que hubiese conocido a aquellas víctimas a las que tan solo hacía unos horas había estafado de la forma más canalla e infame.

Abandonados en Baralla

En su edición del 4 de marzo de 1964 el diario lucense El Progreso informa que agentes de la Guardia Civil procedieron a la identificación de hasta un total de 69 emigrantes portugueses que vagaban por la villa creyendo que se encontraban en territorio francés. Los ciudadanos lusos declararían también que habían satisfecho un importe de 500 escudos para poder viajar hasta lo que ellos creían que era suelo galo. La cantidad era una suma muy importante de dinero de la época, además teniendo en cuenta el escaso poder adquisitivo del que se gozaba más allá del río Miño. De la declaración que efectúan ante los agentes se deduce claramente que las condiciones en las que viajaban no eran las más adecuadas, pues, al parecer, el vehículo a bordo del que iban, desprendía el clásico olor a ganado, además de gozar de una muy escasa ventilación por alguno de los ventanucos que disponía en la parte posterior. El abandono se había producido en torno a las cuatro de la madrugada. No podían facilitar más detalles porque desconocían de quien se trataba el personaje que les había estafado de una forma infame y clamorosa. El diario lucense informaba también que serían deportados de nuevo a su país de origen.

Pero no era el abandono registrado en Baralla el único registrado en tierras lucenses. El mismo periódico, en septiembre del año antes aludido, daba cuenta de que alrededor de medio centenar de emigrantes portugueses habían sido abandonados por un camionero en las inmediaciones de la eterna ciudad de Mondoñedo, en un cruce de carreteras. En este caso, algunos de aquellos pobres hombres se percató de que habían sido objeto de una estafa y que aquel lugar en el que habían sido objeto de desamparo distaba mucho de ser el prometido viaje a Francia. A raíz de ello, iniciarían una escapada por los escarpados montes de la zona con el único objetivo de no ser apresados por los agentes de la Guardia Civil. Como detalle anecdótico cabe añadir que algunos de aquellos hombres aparecerían días después en las inmediaciones de una taberna de Abadín, completamente agotados y cansados, además de encontrarse hambrientos, destacando en este caso la humanidad de los vecinos de una parroquia que los socorrieron facilitándoles comida y también un pajar en el que poder descansar.

Un camionero detenido en Caldas de Reis

Pero no siempre se salían con la suya aquellos ávidos estafadores. En el año 1968 la prensa informa de que ha sido detenido un camionero del que tan solo se facilitan sus iniciales -que además de transportar material de contrabando, entre el que se importaba una importante partida de café y licores- llevaba también a un nutrido grupo de ciudadanos lusos, sin precisar el número exacto, con el supuesto destino a Francia. En aquel entonces ya se conocían muchos casos similares por lo que los emigrantes fueron obligados a descender del vehículo y serían trasladados al cuartel de la Guardia Civil de la zona para que prestasen declaración e iniciar así los trámites de repatriación a su país de origen.

Ese mismo año, concretamente en el mes de noviembre, se informa de que un grupo de ciudadanos lusos ha sido encontrado vagando por las calles de la localidad asturiana de Vegadeo. Al parecer, habían sido abandonados a la altura de la demarcación asturgalaica, haciéndoles creer a aquellos pobres incautos que, una vez atravesada la ría del Eo, se encontraban en territorio galo. Al parecer, al igual que en los anteriores casos, habían viajado en condiciones infrahumanas, con escasa o nula ventilación para evitar así que fuesen vistos. A todo ello se unían otras circunstancias como el hecho de haber pasado encerrados durante más de 24 horas en un habitáculo, que tan solo disponía de una muy escasa iluminación a través de un ventanuco que poco más les permitía que respirar. Tampoco fallaba la circunstancia económica, es decir haber satisfecho un notable importe económico por haber viajado poco más de 200 kilómetros de la frontera lusa.

La cifra de ciudadanos lusos estafados de una forma tan escandalosa e infame es muy difícil de cuantificar, ya que había épocas, concretamente entre el periodo comprendido entre 1963 y 1968, era raro el mes que la prensa gallega no informase de algún acontecimiento de estas características. Además, las detenciones de aquellos estafadores sin escrúpulo alguno era muy rara. Es más, alguno de ellos, tal como era el caso de un conocido empresario lucense del sector del transporte, se jactaba en público de trasladar clandestinamente a ciudadanos portugueses en sus desvencijados y destartalados vehículos con los que supuestamente ingresaba incalculables sumas de dinero. Como es muy habitual cuando las mafias andan de por medio, quienes peor parte llevan son unas incautas víctimas que tan solo aspiraban a vivir un poco mejor. La historia en esto no ha cambiado mucho. Antes eran portugueses, ahora son pobres africanos.

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