Tres muertos y 17 heridos en el accidente ferroviaro de Covas (Viveiro)

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Convoy de FEVE

El verano del año 1973 estaba siendo atípico en aquella España de mediados de los setenta que asistía, un tanto impávida, a la decrepitud de su Caudillo, quien veraneaba por última vez en su pazo de Meirás. Mientras, varias decenas de universitarios gallegos esperaban la benevolencia de aquellos magnánimos jueces que dictarían severas sentencias tan solo por el nimio detalle de ser portadores de propaganda contraria a un régimen que daba sus últimos zarpazos de la mano de quien era su eminencia gris, el siempre todopoderoso Carrero Blanco, quien tan solo unos meses más tarde moriría en un atentado terrorista cuya autoría sigue todavía hoy en día en tela de juicio 46 años después.

Por aquel descolorido verano gallego se dejaban ver unos jóvenes melenudos, o cuando menos con el pelo un poco más largo de lo normal, que procedentes de los países de la satisfecha Europa Central se dejaban ver a bordo de modernos deportivos de colores chillones que a duras penas atravesaban los empedrados caminos y corredoiras gallegas de la época. Mientras, su contrapunto venía del tradicional carro del país que, con su habitual y sempiterna sintonía de su eixo ponía esa nota musical que hoy en día hemos perdido para siempre. Galicia estaba cambiando, pero lo hacía de una forma demasiado lenta, con el conformismo propio de un país que parecía no tener nunca prisa, muy acorde con la filosofía de sus moradores.

Rara vez en Galicia sucedían cosas que alterase su habitual devenir cotidiano. Sin embargo, había alguna ocasión en que eso pasaba y entonces saltaban todas las alarmas, a las que se unía el habitual y tradicional sentido solidario que siempre han tenido unas gentes que siempre han mostrado una hospitalidad fuera de lo común, tal vez derivada de las muchas veces que -en la emigración- hubo que llamar a otras puertas. Una de esas ocasiones en que se alteró el devenir de muchos gallegos fue el 14 de julio de 1973 cuando en Viveiro, en torno a las cinco de la tarde a la altura de Covas, se produjo el vuelco de un convoy perteneciente a la red de Ferrocarril de Vía Estrecha (FEVE), falleciendo tres pasajeros y resultando con heridas de diversa consideración otros 17.  El tren hacía el recorrido desde Ferrol, de dónde había partido a las tres y veinte de la tarde, con destino Gijón y Oviedo, siendo la mayor parte de los pasajeros de Asturias, muchos de ellos militares que se encontraban cumpliendo el servicio militar en la ciudad departamental.

Causas desconocidas

Las autoridades de la época nunca aclararon las causas por las que se produjo tan dramático y trágico accidente, además de muy inusual, ya que los trenes de FEVE eran de lo poco presentable que había en el ferrocarril de la época. Tampoco se achacó, en esta ocasión, el siniestro al factor humano. Se adujo que se había tratado de una salida de vía, motivo por el cual uno de los vagones había volcado, falleciendo tres personas a consecuencia del desgraciado accidente. Los fallecidos eran un joven asturiano de 21 años, Juan Gil Fernández Pérez, quien se encontraba cumpliendo el serivicio militar en Ferrol; Ángel Caudal Sánchez, de 44 años, que era minero y vecino de Oviedo y, finalmente, la tercera víctima era José Manuel Castiñeira Díaz, de 58 años, quien era natural de la localidad coruñesa de Ortigueira.

En un principio se temió que la tragedia hubiese sido muy superior a lo que realmente acabaría siendo, dada la aparatosidad del siniestro y a la dificultad que supuso excarcelar de entre los hierros a muchos de los heridos que habían quedado atrapados en el interior de aquel vagón. En aquel entonces, algunas de las víctimas fueron trasladadas a los centros sanitarios de Lugo y Ferrol, los más próximos al lugar del siniestro que se encontraba a más de 90 kilómetros el más cercano, en automóviles particulares y en furgonetas que fueron habilitadas como improvisadas ambulancias, dado que todavía se carecían de centros de salud en condiciones. Ni que decir tiene que las ambulancias solamente se podían observar en las grandes ciudades.

La circulación de trenes entre Galicia y Asturias, por su principal eje de comunicaciones que es el litoral lucense se vería seriamente afectada a lo largo de varios días, siendo muchos los pasajeros que hubieron de ser trasladados en autocares a sus respectivos destinos. Hasta el 17 de julio, tres días después del siniestro, no circularon los habituales servicios discrecionales de ferrobuses de vía estrecha.

Al encontrarse en la antevíspera de la festividad de la Virgen de Carmen, muy celebrada en las localidades costeras y mucho más cuando son marineras, el Ayuntamiento de Viveiro decidió suspender, como era natural por otra parte, los actos festivos programados para los días posteriores al accidente, que poco o nada alteraría la agenda de los políticos de la época, quienes -una vez más- harían gala de su histórica desidia, atribuyendo el siniestro a los designios de la Divina Providencia. Y es que esta última era muy poco misericordiosa con Galicia y más en aquel tiempo.

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