Un agricultor mata a una prostituta portuguesa en Lugo

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Rinconada do Miño, lugar en el que ejercía la prostitución Eva María Magalhaes

En la década de los años noventa del pasado siglo, la ciudad de Lugo estaba en pleno auge y transformación para convertirse en una gran urbe, que llegaría a rondar en muy poco tiempo la mágica cifra de los 100.000 habitantes, si bien es cierto que las estadísticas oficiales jamás llegarían a constatar ese tan deseado guarismo, al menos por la clase política. Aún así, el negocio del ladrillo estaba dejando su impronta en las principales ciudades y avenidas de la vieja urbe romana. Estaba dejando de ser una aldea grande, tal y como era definida por muchos de sus ciudadanos, para convertirse en una auténtica ciudad. A ella se acercaban principalmente jóvenes procedentes de todos los puntos de la provincia, que veían una oportunidad para escapar de un futuro ligado al mundo agrícola o ganadero, pese a que ya había un campo mecanizado que nada tenía que ver con el que habían heredado sus padres y ya no digamos sus abuelos. En definitiva, que la ciudad de Lugo había dejado atrás sus ancestrales complejos, que parecían anclarla en tiempos pretéritos, mientras que el mundo rural poca o nada relación guardaba con lo que había sido hacía tan solo veinte o treinta años antes.

Uno de los puntos más conocidos de la ciudad de Lugo, tanto por sus provincianos como en el resto de Galicia, era sin lugar a dudas su barrio chino, que en aquel entonces vivía en un maltrecho inframundo rodeado de viejos edificios, muchos de ellos en estado semirruinoso, y un hábitat bastante deprimente, cuando no degradante, en el que las prostitutas ejercían su profesión  rodeadas del clásico trapicheo de sustancias estupefacientes a plena luz del día. Sería precisamente en ese lúgubre y desalentador panorama dónde un agricultor de Baralla, José Neira Álvarez, de 43 años, conocería a una súbdita portuguesa, Eva María Magalhaes, bastante más joven que él, con quien iniciaría una inesperada relación hasta el punto de llegar a planificar la fecha de su boda. Sin embargo, el vínculo entre ambos, sin conocerse los motivos, daría un inesperado giro en abril del año 1995 hasta el punto que José Neira no tuvo pudor en deshacerse de quien iba a ser su esposa, disparándole dos certeros tiros de escopeta en las inmediaciones de la lucense capilla del Carmen, acabando con la vida de su prometida de una forma sanguinaria y violenta.

En la cabeza y el tórax

Como consolidado y experto cazador que era, José Neira llevaba aquel 5 de abril de 1995 consigo su escopeta en el maletero de su vehículo con la intención de acabar con la vida de Eva María Magalhaes. Al anochecer de aquella trágica jornada, el agricultor de Baralla sacó de su vehículo su arma, de calibre de 12 milímetros, y no se ruborizó ni un instante en disparar a corta distancia, apenas cuatro metros, sobre su víctima, quien había acudido a la cita con su prometido acompañada de otras dos mujeres, quienes saldrían huyendo despavoridas del lugar en dirección a la Ronda de A Muralla, atemorizadas por la inexplicable actitud que había mostrado el vecino de Baralla con la mujer con la que supuestamente iba a contraer matrimonio. Sus disparos, mortales de necesidad, hicieron blanco en su víctima, descerrajándole la cabeza y también el tórax, quedando tendida la pobre mujer en un impresionante charco de sangre.

En un primer momento las otras dos mujeres que la acompañaban, que también ejercían la misma profesión que ella, fueron presas del lógico pánico y desconcierto por la inesperada actitud de José Neira. La confusión se apoderó de ellas y ni siquiera fueron capaces de dirigirse a la Comisaría de Policía de Lugo en un primer instante, temerosas de que el criminal se apostase en algún lugar de la ciudad para ajustar también cuentas con ellas. O, al menos, eso pensaban. Quien si lo hizo fue el propio autor del crimen que conmocionaría a una ciudad muy tranquila y en la que nunca o casi nunca sucede nada. Y cuando pasa, el mundo se les viene encima a los siempre pacíficos y tranquilos lucenses. Neira se entregaría a las autoridades inculpándose del terrible crimen que acababa de cometer. Su actitud sería tenida en cuenta por las autoridades judiciales a la hora de imponerle la condena, en un tiempo en el que todavía no había entrado en vigor la Ley del Jurado, aunque estaba muy próxima a hacerlo y estaba muy lejos todavía la tipificación delictiva de la violencia machista.

Algo más de un año y medio después de haber cometido el crimen, se celebró el juicio contra José Neira Álvarez en la Audiencia Provincial de la capital lucense. En su descargo se tuvo en cuenta la atenuante de arrepentimiento espontáneo, a lo que se sumaba un cierto grado de enajenación mental transitoria, por lo que el hecho fue contemplado más como un homicidio que un asesinato, siendo condenado a una pena de ocho de prisión y a una indemnización de cinco millones de pesetas (30.000 euros actuales) para la hermana de la víctima.

En algunos círculos se ve en este desagradable suceso un antecedente de lo que a partir de la primera década del siglo en curso se comenzó a denominar violencia machista o de género, dada la relación existente entre el agresor y la víctima, que estaban a punto de casarse. Sin embargo, en aquel entonces, mediada la década de los noventa del último siglo del segundo milenio, no se había dictado una legislación en este sentido y este tipo de sucesos eran calificados la mayor parte de las veces como crímenes pasionales.

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