Ocho jóvenes ahogados al precipitarse el coche en el que viajaban al río Ulla

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Puente románica de Pontevea, donde se produjo el grave accidente

Aquel año 1979, al igual que los de la Transición política en España, estaba siendo un tanto sui generis. Se celebraban las primeras elecciones generales con la Constitución de 1978 ya en vigor, al igual que las primeras municipales desde la Segunda República. Era un año que prometía y mucho, aunque luego muchas de aquellas promesas quedasen más tarde en agua de borrajas. Galicia, pese a que había registrado un importante avance a lo largo del último lustro, continuaba anclada en un pasado que parecía no querer soltar el pesado lastre que todavía arrastraba. Apenas disponía de infraestructuras. Todavía persistía una ancestral agricultura de autoconsumo que tan solo daba para ir tirando a muy duras penas, aunque las nuevas generaciones de gallegos comenzaban a abandonar masivamente el campo. Ahora su nuevo destino estaba en A Coruña o Vigo o cualquier capital de provincia, ya que se había cerrado de forma muy brusca la emigración en 1973 y el resto de España no respiraba un mejor ambiente que Galicia. Comenzaba el éxodo a grandes urbes gallegas y se iniciaba un lento pero imparable declinar del mundo rural que aún concentraba a más del 65 por ciento de la población gallega.

Además de las profundas transformaciones sociales a las que se estaba asistiendo en aquella época, lo cierto es que 1979 sería un año negro para Galicia en lo que a acontecimientos trágicos se refiere. Además de verse revestida por el luto que supuso la muerte de 49 personas, en su mayoría niños, al precipitarse el autobús en el que viajaban a las aguas del río Órbigo en la provincia de Zamora, la encantadora y apacible esquina verde peninsular se vería afectada por otros acontecimientos que le llevarían a los titulares de las principales páginas de sucesos. Uno de esos lamentables episodios, que sería el prefacio de la tragedia ocurrida en tierras leonesas, ocurrió en la madrugada de la jornada de reflexión de las elecciones generales de 1979, miércoles de ceniza, ya que el día anterior había sido el martes de Entroido, celebrado por todo lo alto en las principales villas y ciudades gallegas, sin faltar los clásicos cocidos ni mucho menos las filloas y otros deliciosos postres que se preparan en esa época del año.

Una fecha tan señalada como esa no pasaba desapercibida para la juventud gallega de la época y eran muchos los que acudían a distintas celebraciones festivas, bien fuese a participar en desfiles de comparsas o a las salas de fiestas más cercanas, muy en boga en aquel entonces, contándose por decenas cuando no por centenas a lo largo y ancho de toda la geografía gallega. Así lo hicieron un grupo de muchachos jóvenes, adolescentes en su mayoría, un total de nueve, que se subieron a un clásico SEAT-124 para celebrar la fiesta en A Estrada, que disponía de importantes centros de diversión, amén de ser una localidad en la que el Entroido adquiría un carácter muy peculiar en el que no faltaba la farra y un extraodinario buen ambiente, agradable y divertido.

Es cierto que el número de rapaces que viajaba en el vehículo era excesivo, pero el hecho de ser adolescentes les permitía ir encaramados unos sobre otros y por una fiesta, una vez al año, bien que valía la pena. Tres viajaban en los asientos delanteros, en tanto que media docena se aposentaban sobre los traseros, unos arriba de otros o en el regazo de sus compañeros con sus púberes cuerpos en formación, que, por regla general y salvo excepciones, no ocupaban tanto espacio como los de personas adultas. Sin embargo, para ocho de los nueve que iban a bordo del coche, con matrícula de A Coruña, sería esta su última fiesta.  El automóvil en el que regresaban a sus casas se precipitaría a la altura del puente romano de Pontevea a las aguas del río Ulla, en el límite entre las provincias de A Coruña y A Estrada, consiguiendo salvarse solamente uno de sus ocupantes, Antonio Claro Piñeiro, un adolescente de 14 años, quien tal vez contase los años de su vida a partir de la fatídica y trágica fecha del 28 de febrero de 1979. Incluso, este buen hombre tuvo la desgracia de dejarnos a la temprana edad de 54 años en diciembre del año 2019, como si su destino quedase trágicamente sellado en aquella madrugada del Entroido gallego.

Por el aire

El único superviviente del desgraciado accidente del año 1979 declaraba al diario LA VOZ DE GALICIA, en su edición del 22 de febrero de 2009 rememorando el trigésimo aniversario de esta tragedia, que en el momento en que se produjo el fatal accidente -alrededor de las dos y media de la madrugada- quienes iban despiertos se quedaron en silencio hasta que el vehículo se estampó contra las claras aguas del río Ulla. Una de las causas a las que achacaba el siniestro quizás hubiese que buscarla en que días antes un camión había destrozado una parte del pretil del puente de Pontevea y se colocó un improvisado vallado en el tramo destrozado por el vehículo pesado. Al parecer, el SEAT-124 en el que viajaban chocó contra ese provisorio apaño, que se convirtió para en ellos en una mortal trampa, y se fueron directamente a las aguas del río Ulla, que en ese momento llevaba una importante crecida, ya que a lo largo de  jornadas precedentes habían caído copiosas y abundantes lluvias sobre Galicia. A todo ello se sumaba una deficiente señalización y muy escasa visibilidad en la zona.

Antonio Claro manifestaba al diario gallego que no recordaba exactamente como había conseguido salir del vehículo, ya que no sabía si había sido por una puerta o por un cristal, puesto que el batiente del coche aparecería con el seguro colocado. Tanto él como sus compañeros venían disfrazados de la fiesta y recordaba haber tragado mucha agua. Además, pudo contemplar como el coche en el que viajaban se dio la vuelta y quedó con las ruedas hacia arriba, lo que contribuyó de forma negativa para que ninguno del resto de los ocupantes del vehículo pudiese escapar de su interior, pereciendo ahogados o desnucados a consecuencia del impacto.

El único superviviente recordaba también que el caudal del efluvio le impedía nadar en condiciones, por lo que le era preciso asirse a la vegetación de las orillas para que no le arrastrase la gran corriente que transportaba el río. Finalmente, tras hacer una travesía de 500 metros, consiguió trepar por un muro lleno de zarzas y llegar hasta un chalé que se encuentra en la pequeña localidad de Garea, siendo un vecino de la zona el primero que le prestó su desinteresada ayuda. De la misma forma, otro vehículo, que les seguía, se percató inmediatamente de que el coche que le precedía había sufrido un accidente, aunque quizás no sospechasen, como tampoco lo pensaba en aquel momento Antonio Claro, que lo que realmente había ocurrido era una enorme tragedia en toda regla.

Rescate complicado

Inmediatamente después del accidente se avisó a las fuerzas de seguridad, entre ellas la Guardia Civil, que pusieron en marcha un urgente dispositivo para poder socorrer a las  víctimas, aunque su actitud resultaría en vano, pues solamente uno de los ocupantes del coche siniestrado había sobrevivido a la tragedia. La madrugada que se vivió en la la localidad de Pontevea sería angustiosa y dramática.  Para extraer el vehículo de entre las caudalosas aguas del río Ulla fue precisa la ayuda de una grúa, que, en torno a las seis de la mañana, conseguía rescatar del fondo el coche en el que se encontraban los cuerpos de cinco de las ocho víctimas. En ese instante apareció el cuerpo del conductor, Ángel de la Cruz Castillo, de 27 años, conocido como «el Andaluz» por ser oriundo de la localidad malagueña de Ronda, aunque era vecino del término municipal de Padrón. Junto con él, serían rescatados Antonio Pérez Dios, de quince años; Tito Iglesias Amo, de 14. Los dos eran vecinos del mismo municipio que el conductor. También se recuperarían los cadáveres de José Manuel Gestal Vento, de 18 años y Manuel López Carreira, un año mayor que el anterior. Ambos vivían en el municipio de Teo, próximo a Santiago de Compostela.

Debido a la magnitud del siniestro y a las crecidas aguas que transportaba el río Ulla, fue precisa la intervención de hombres-rana, así como buzos de la Escuela Naval Militar de Marín, ya que todavía faltaban tres cuerpos por rescatar en la mañana del día 28 de febrero de 1979. En el transcurso de esta jornada aparecería el cuerpo José Devesa García, un adolescente de 15 años, que residía en Coira-Rois, en el término municipal de Teo.

La fuerte crecida que llevaba el río Ulla en aquellas fechas dificultó mucho las labores del rescate de los dos cuerpos que todavía no habían sido recuperados. De hecho, 48 horas después del siniestro todavía no habían sido rescatados, aunque en días posteriores aparecerían los dos cuerpos que todavía no habían sido extraídos de las aguas. Se trataba de José Manuel Varela García, de 19 años y el adolescente de 14 Manuel Iglesias Vilariño, cuya vecindad se radicaba en el municipio de Padrón, al igual que otros tres fallecidos.

Esta tragedia amargaría la primavera a muchos gallegos, que dejaban de estar pendientes de los resultados electorales para centrarse en el apoyo de ocho familias. Sin embargo, cuando Galicia todavía no se había repuesto de este luctuoso suceso y coleaban con fuerza sus terribles consecuencias, poco más de un mes más tarde, tenía lugar otra terrible desgracia en la que la mayoría de las víctimas, tal como sucedió en Pontevea, eran muchachos que tenían toda la vida por delante. Sería el trágico accidente del río Órbigo en el que perecerían 45 niños y cuatro adultos. Queda claro que 1979 fue un año negro para Galicia y muchos gallegos, pese a las muchas promesas electorales que les hicieron en la campaña previa a la primera legislatura constitucional.

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