Diez niños muertos por meningitis en Lugo

El año 1979 era o tenía que ser especial para muchos niños. La ONU lo había declarado oficialmente como el «Año Internacional del niño y el joven». En casi todas las actividades que se desarrollaban, incluso las que les podían resultar más ajenas, los críos eran los protagonistas, con constantes alusiones a quienes eran el futuro de un mundo en el que, como se encargaba de recordar UNICEF, cada tres segundos moría de hambre un pequeño. Y la mayoría, en África. Hasta un jovencísimo grupo de muchachos, conocidos como «Caramelos» se encargaron de hacerle los coros a Betty Misiego en el festival de la canción de Eurovisión, que se celebró en la oficiosa capital de Israel, Tel-Aviv.

Pese a todo, la realidad era muy tozuda. No todos los niños de la época, ni desgraciadamente tampoco ahora, tenían satisfechas sus necesidades más básicas en todo el planeta, si bien es cierto que en España ya gozaban todos de escolaridad plena. Aún así, en la Galicia de hace cuatro décadas eran muchos los pequeños que contribuían con su esfuerzo al trabajo doméstico de las familias, principalmente en los entornos rurales, donde era muy frecuente que llevasen a pastar las vacas o hacer cualquier otra actividad que hoy en día no dejaría de resultarnos extraña, tal como cargar con haces de hierba, nabos o cubos de agua en aquellos lugares que todavía carecían de acometida, cuando no inaudita para unas criaturas que todavía no habían alcanzado su primer decenio de existencia. La vida era así y era muy comúnmente aceptado.

En aquel entonces todavía se producían algunos brotes de enfermedades, algunas de ellas infecto-contagiosas, siendo la mayoría de sus víctimas críos de edades muy tempranas. En mayo de 1979, un año que no fue muy agraciado para los jóvenes gallegos por los trágicos y desgraciados sucesos del Órbigo y el río Ulla, se desataba el pánico en la provincia de Lugo a consecuencia del incesante goteo de casos de niños fallecidos a consecuencia de infecciones por meningitis hasta el extremo de que en uno de sus municipios, Baralla, las mujeres embarazadas e incluso familias con hijos en edad escolar abandonaban la localidad a causa del abundante número de casos que allí se registraban. En tan solo una semana habían fallecido dos niños de esta villa en el Hospital Xeral de Lugo, María Jesús Rodríguez, y un primo suyo, Miguel Ángel. También contraería la misma dolencia María del Mar, hermana de la niña fallecida, pero afortunadamente y por suerte pudo superar con éxito la enfermedad.

«Mal de Nápoles»

Unos rumores, totalmente infundados y carentes de todo tipo de rigor, se divulgaron de forma viral por la villa de Baralla señalando que las dos muertes y la infección de un tercero eran a consecuencia del conocido como «Mal de Nápoles», una enfermedad de tipo venéreo, pese a que las autoridades se encargarían de desmentirlo en reiteradas ocasiones, ya que esa patología no guardaba relación alguna con la inflamación de las membranas que rodean el cerebro. No dejaba de ser más que un mito, cuando no un ancestral prejuicio de antaño que todavía estaban muy presentes en la sociedad gallega de entonces, que hoy denominaríamos como fake news. El otro caso mortal de meningitis ocurrido en la provincia en mayo de aquel año se registró en la localidad de Outeiro de Rei, situada a diez kilómetros al norte de la capital lucense.

Las autoridades de la época, entre ellos el delegado provincial del Ministerio de Sanidad, Cándido Sánchez Castiñeiras, pretendían quitar hierro al asunto y negaban la existencia de una plaga, pese a que en los tres primeros meses de 1979 habían muerto cinco niños como consecuencia del virus B de la meningitis cerebro-espinal. En sus distintas comparecencias ante los medios de comunicación, apuntaba a que los casos registrados en Lugo no guardaban relación entre sí y por ello debía reinar la calma en la población.

En tan solo medio año, en esta provincia gallega se habían registrado ya 140 casos falleciendo un total de ocho niños. La mayoría de los mismos se habían producido en el área de la costa lucense, la más desarrollada de toda la demarcación. Además de Baralla y Outeiro de Rei, también se habían registrado casos mortales en Lugo capital, Ribadeo, Vilalba, Viveiro y Foz.

Las lluvias y la meningitis

En los últimos meses de aquel trágico 1979 se comenzó a realizar un balance de la evolución de la enfermedad en la provincia, que resultaba mucho más positivo en la segunda mitad del año que en el primer semestre, disminuyendo notoriamente la cifra de víctimas mortales. Aún así, hubo que lamentar la muerte de dos nuevas criaturas que volverían a hacer saltar las alarmas entre una población que no acababa de creerse las llamadas a la calma que le hacía su clase dirigente.

El mismo director provincial de Sanidad, Sánchez Castiñeiras, apelaba a la benevolencia del clima para evitar que se siguiesen produciendo nuevas muertes a causa de la meningitis. En una rueda de prensa señalaba, sin rubor, que la llegada de la época pluviométrica contribuiría a reducir notablemente la cifra de casos, que al final del año se situaría en 158, señalando que en otoño se habían registrado muchos menos casos que en primavera, pese a que indicaba a su vez que habría que estar alerta en previsión de que hubiese un rebrote de la patología.

En aquel 1979 la provincia de Lugo solamente fue superada por la de Barcelona a nivel estatal en cuanto a la cifra de casos detectados y también de defunciones. Se situaba en tercera posición una demarcación provincial andaluza. Por desgracia, en los dos años siguientes seguirían registrándose nuevos casos de meningitis en Lugo, sin que descendiese la cifra anual de decesos hasta 1983.

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