Una turista británica asesinada en Ribadeo

Playa de Os Castros, lugar donde apareció el cadáver de la turista británica

En la década de los años setenta del pasado siglo el área litoral de la provincia de Lugo era la que presentaba su mejor faz. Aunque le seguían uniendo muchas cosas con el resto de las localidades del interior, se observaba un claro índice de desarrollo humano muy superior al resto de un territorio básicamente agrario. Uno de los lugares que mejor representaba ese progreso era la localidad de Ribadeo, favorecido por su magnífica situación geográfica, insertada en un cruce de caminos entre Galicia y Asturias, y por la propia circunstancia de ser una localidad costera. En sus veranos ya era muy frecuente la turistas y veraneantes que buscaban un estío diferente, en el que se pudiese gozar de una tranquilidad prácticamente sepulcral, unido todo ello al suave clima del que se podía disfrutar y de unos parajes de transición a la hermana tierra asturiana que convertían al municipio de la ría del Eo en un destino poco menos que inigualable.

Era frecuente, y lo sigue siendo, ver ya veraneantes procedentes de distintos puntos, no solo de la geografía española, sino también europea. Una de esas turistas era una ciudadana británica, Susan Margaret Barlow, de 33 años de edad y residente en Alemania, que aparecería muerta en extrañas circunstancias en la tarde del 23 de septiembre de 1976 por una pareja de miembros de la Guardia Civil en la playa de Os Castros, después de que conocidos de la mujer o del hotel en el que se hospedaba diesen la voz de alarma en torno a su desaparición. Su cuerpo fue localizado en una cueva conocida como «Ollo de Bocadín», que tiene unos doce metros de profundidad por dos de ancho, a muy corta distancia de donde la joven había sido visto en jornadas anteriores en compañía de otro hombre.

El cadáver de la mujer se hallaba en posición de bruces semienterrado en la arena y prácticamente pegado a la pared rocosa de la cueva, flanqueándole por su costado izquierdo un tronco de grandes proporciones, ambos en posición vertical hacia la entrada de la caverna. Vestía un polo de franjas horizontales y la parte inferior del bikini, ambas prendas en perfecto estado, circunstancia esta que hizo pensar a los investigadores que no se estaba bañando en el momento de producirse su óbito. Además, dada la estrechez de la cueva en la que se encontraba su cuerpo, nada hacía sospechar que fuese arrastrada hasta aquel lugar por el oleaje, ya que de haberlo hecho, tal vez le hubiese destrozado la ropa contra las rocas, además de provocarle heridas y contusiones en prácticamente todo el cuerpo.

Golpes en la cabeza

Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores en este suceso fue el hecho de que presentase importantes heridas en la cabeza a consecuencia de las cuáles pudo haberle sobrevenido la muerte, en tanto que no sucedía así en el resto de su cuerpo. La joven presentaba una herida contuso-cortante arciforme en región temporal derecha, dos heridas contuso-cortantes en región mastoidea y cervical alta derecha; hematomas en región mentoniana derecha y coágulo sanguíneo en fosa nasal derecha. Todas estas heridas podrían haber sido producidas al batir el mar su cuerpo contra las rocas, aunque, los investigadores descartaron que fuese a consecuencia del oleaje, ya que no presentaba heridas en otras partes del cuerpo.

En días posteriores al hallazgo del cadáver se hicieron las oportunas pesquisas para buscar al acompañante con el que había sido visto paseando por la playa en días anteriores a su muerte, así como haciéndole compañía en una cafetería ribadense. Sin embargo, estas no dieron resultado alguno. Uno de los hombres testificaría ante los agentes de la Guardia Civil, pero nada tenía que ver con la muerte de Susan Margaret Barlow. La detención del criminal llegaría algún tiempo más tarde, cuando ya se habían enfriado en parte los ecos de un asesinato que tuvo una gran repercusión en el área asturgalaica.

Detención del asesino

Según la información del diario asturiano EL COMERCIO, en su edición del 9 de noviembre de 1976, publicaba la detención de un camarero gallego afincado en Gijón, José María Díaz, quien llevaba muy poco en la ciudad asturiana y ya había formalizado relaciones con una muchacha que trabajaba en el mismo bar en el que trabajaba. Su detención produjo una gran sorpresa, pero los datos obtenidos por los investigadores cuadraban perfectamente con los del hombre que había sido visto en la tarde en la que había desaparecido la joven inglesa.

Cuando el camarero fue detenido, alegó que no recordaba nada de los hechos, pues, según su propio testimonio se encontraba bajo los efectos de alguna droga que había ingerido en la tarde en la que se produjo el crimen. Según narró ante la Guardia Civil, golpeándola contra la pared rocosa hasta en tres ocasiones, circunstancia esta que terminaría provocando la muerte de la súbdita británica. Posteriormente, hurgaría a fondo en sus pertenencias, haciéndose con todo el dinero que portaba, una importante cantidad en efectivo, que emplearía para huir de Ribadeo.

De la misma forma le delataría el hecho de efectuar dos llamadas telefónicas al hostal en el que se hospedaba Susan Margaret Barlow, interesándose si había regresado la joven británica, cuando el sabía que yacía muerta en un recóndito lugar de la arena de la playa gallega. Además, en el transcurso del juicio que se celebraría en su contra, en la Audiencia Provincial de Oviedo, declararía también que desconocía que había muerto cuando el abandono el lugar conocido como «Ollo do Bocadín». Sin embargo, de poco sirvieron sus alegaciones y José María Díaz sería condenado por asesinato.

Entre las anécdotas más llamativas en torno a este caso, destaca el hecho que al no poder hacer frente la familia residente en Alemania a los gastos que suponían el traslado del cuerpo de la joven, esta reposa en la localidad lucense de Ribadeo, bajo una preciosa lápida en la que aparece inscrita su fecha de nacimiento, así como la de su defunción, en una no menos entrañable sepultura en la que siempre hay flores frescas como recuerdo de un aterrador suceso que conmocionó al siempre apacible territorio asturgalaico.

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