30 muertos en los sucesos de Cruz de Santos (Lugo)

Una cruz insertada sobre una columna de piedra labrada recuerda el lugar de los trágicos acontecimientos

Los sucesos que aquí se narran tienen -en parte- un carácter aproximado, ya que ocurrieron hace muchos años, cerca de 200, y sobre los mismos no existe documento probatorio alguno que los certifique. Ni siquiera archivos parroquiales, ya que en los años posteriores se procedió a la reconstrucción de varios templos y casas rectorales de las parroquias que aparecen mencionadas en el texto, por lo que muchos de ellos se perdieron o fueron destruidos. Además de la tradición oral, que siempre deforma el relato inicial hasta el extremo de convertirlo en mítico, hemos recurrido a otros archivos que, pese a que han aportado algún dato, no han ayudado mucho a esclarecer este suceso en sí, que fue algo más que un enfrentamiento entre carlistas e isabelinos, aunque se circunscriba dentro de la Primera Guerra Carlista, en el año 1837.

Dice con mucho acierto el historiador gallego Xosé Ramón Barreiro que el carlismo en Galicia adoleció de un importante número de seguidores, a diferencia de lo que sucedía en otras partes del Estado, como era el caso de Cataluña o el País Vasco, aunque no le resta importancia a las expediciones desarrolladas por los partidarios de don Carlos, el pretendido rey legitimista de la época, a tierras gallegas. Sin embargo, el carlismo no encontró el eco necesario para llevar a cabo sus acciones en una lucha que se caracterizaría por su extrema violencia y crueldad, en la que no faltarían las vejaciones a las víctimas y tampoco las profanaciones de cadáveres por ambas partes, a fin de dar ejemplo al enemigo.

Uno de esos trágicos episodios provocados por una expedición carlista que se dirigía a tierras gallegas, cuyo mando sería asumido por un sacerdote gallego, Secundino Arias, para emprender varias acometidas en algunos lugares de la Galicia más rural y remota que en aquel entonces gozaba de una extraordinaria salud demográfica, algo que no acontece hoy en día. El suceso al que nos referimos ocurriría en el año 1837 cuando un grupo de expedicionarios carlistas gallegos tomaron una ruta rural, bastante frecuentada en la época para enlazar con el Camino Real que unía a tres parroquias de la comarca lucense de Terra Chá y que era la principal vía de tránsito para dirigirse a su cabecera, emplazada en Vilalba.

Robos y atentados

El trágico y luctuoso acontecimiento sería provocado por los sublevados carlistas, quienes al encontrarse en las inmediaciones de tres prósperas parroquias, Sancobade, San Xurxo de Rioaveso y San Mamede de Oleiros, decidieron emprender uno de sus muchos saqueos a los habitantes de la zona para proveerse de alimentos y víveres que les permitiesen continuar con su truculenta patraña. En un primer momento se dirigieron al lugar de A Frouseira, un espléndido barrio de Sancobade, forzando a dos de sus vecinos a que utilizasen sus carros del país tirados por yuntas de vacas o bueyes para que trasladasen todo el trigo y patatas que guardaban en sus respectivas despensas para proveerse ellos de los mismos. Este acontecimiento lo perpetrarían en plena madrugada con el fin de evitar que pudiesen defenderse o dar la voz de alarma al resto del vecindario para acudir en su ayuda. A aquellos desalmados «invasores» les valía de todo. Incluso obligaron a marchar con ellos a mujeres y niños con el objetivo de impedir que quedasen testigos sobre lo sucedido.

Los secuestradores llevaron a sus víctimas, una cifra que nunca se ha podido determinar con exactitud, hasta unos bosques y fragas donde acampaba su expedición y que se encontraba alejado de las viviendas y de los barrios más próximos a una distancia de media legua aproximadamente, por lo que era difícil saber que camino habían tomado los vecinos desaparecidos. Sin embargo, su macabra peripecia tendría un error que les costaría caro. Uno de los secuestrados, un niño de unos diez años de edad, originario del lugar de O Porto da Egua -muy inmediato al barrio de A Frouseira- conseguiría huir de las garras de sus captores, aprovechando una cerrada noche de lluvia sin que ellos se diesen cuenta. El joven daría alerta a todo el vecindario, que inmediatamente se puso en marcha hasta el lugar donde acampaba la expedición carlista. Iban armados de forma rudimentaria, contando con todo tipo de herramientas de labranza, aunque también con alguna escopeta de caza.

Los vecinos, en grupo mucho más numeroso que la expedición carlista, pronto darían también cuenta de lo acontecido a las autoridades locales, así como al Ejército isabelino que luchaba contra los actos de bandidaje y saqueo que cometían los carlistas. Además, alguien, sin saberse exactamente como, dio aviso a otros habitantes de las parroquias próximas al lugar que iba a convertirse en un trágico escenario de sangre y terror en pocas horas.

Ejecuciones

La actitud de los carlistas fue muy cruel y despiadada, ya que al verse cercados de manera sorprendente y sin gozar del apoyo de nadie en la zona, no se les ocurrió mejor ni más macabra idea que comenzar con la ejecución de los vecinos que mantenían como rehenes, que eran cinco personas pertenecientes a una misma familia. La expedición carlista apenas superaba el medio centenar de hombres, en tanto que los alzados en armas contra ellos -ajenos a cualquier disputa bélica y mucho menos política- podían superar los 500 efectivos. Exaltados y enfurecidos por la violencia empleada por aquellos energúmenos a quienes non dudaban en calificar de bandidos, salteadores y asesinos, los vecinos emprendieron el temible y atroz ataque contra el campamento carlista, produciéndose un breve pero intenso y encarnizado combate, cuyo resultado final sería la derrota de los expedicionarios, cuyos objetivos jamás fueron comprendidos en las zonas rurales de Galicia.

Como consecuencia del asalto, los más perjudicados serían los carlistas, pese a que en el encarnizado combate, de apenas unas horas, abatieron a cinco vecinos de la zona. Consecuencia de ello, el vecindario que los combatía se emplearía de manera altruista y con excepcional arrojo, vengando la muerte de su convecinos. El jefe de la expedición carlista, el reverendo Secundino Arias, sería ejecutado en el mismo lugar de los hechos y, dada su mala fama, su cabeza sería expuesta sobre un chantón, una enorme piedra labrada que servía como escaparate, para ser sometida a vejaciones y también como ejemplo de posibles salteadores.

La cifra de expedicionarios carlistas muertos se cree que pudo rondar la veintena, aunque no hay datos oficiales que puedan corroborar esta cifra. Lo que si se sabe, es que ante la aguerrida avalancha vecinal, el resto terminaría por rendirse, siendo todos ellos detenidos con la llegada de efectivos del Ejército realista a la contorna. También hay constancia de que los vecinos les darían muerte a varios miembros de la expedición carlista de una forma brutal y macabra, justificada en parte por el terrible ajusticiamiento que habían emprendido con los cinco miembros de una misma familia.

Recuerdo

Como consecuencia de este dramático y sanguinario episodio ocurrido en el año 1837, se instalaría una enorme columna de piedra labrada, de algo más de dos metros de altura -la que se puede observar en la foto que ilustra este texto- en cuyo remate se puede observar una oxidada y desgastada cruz de hierro en recuerdo de los sucesos. O más bien, de los vecinos allí fallecidos. De igual modo, a raíz de este hecho, el lugar cambiaría de nombre, siendo conocido a partir del siglo XIX como Cruz de Santos.

Aunque se supone que los restos mortales de los vecinos ejecutados reposan en el cementerio de Sancobade, parroquia de la que eran oriundos, lo que nunca se supo con exactitud es donde pueden estar sepultados los cuerpos de los expedicionarios carlistas, que fueron siempre vistos como malvados y criminales que solo buscaban saquear a los vecinos. Se supone que sus cuerpos pudieron haber sido sepultados en una fosa común, próxima al lugar de los hechos, aunque jamás se hallase resto alguno.

Este trágico y sangriento suceso constituye, hasta nuestros días, el mayor episodio sangriento de la historia del municipio de Vilalba del que se tiene constancia, superior incluso a la propia Guerra Civil española -si se excluye- claro está, a las decenas de jóvenes vilalbeses caídos en combate, cuya cifra superó los dos centenares.

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