Cinco mujeres muertas y 35 heridas en un accidente de autocar en Meira (Lugo)

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Carretera Vegadeo-Pontevedra, dónde se produjo el trágico siniestro

1965 era Año Santo Compostelano y era todavía muy distinto a los ya tradicionales Xacobeos, que se encargaría de popularizar Manuel Fraga Iribarne junto a los distintos gobiernos autonómicos que presidió. En aquel entonces las celebraciones y la escasa parafernalia que existía se circunscribían tan solo al ámbito religioso. El Camino de Santiago, principalmente el francés, solamente lo hacían unos pocos a quienes muchos no dudaban en tildar de locos. Era otra historia. Las peregrinaciones solían ser en grupos, pero solían hacerse en autocar. Además de contemplar una ciudad con tanto encanto como como la vieja Compostela, a lo que realmente acudían los romeros que se dirigían a la ciudad del Apóstol era a solicitar la intercesión de Santiago en algunos aspectos de su vida o a expiar sus culpas en un tiempo en el que la religión ocupaba un lugar predominante en la vida de muchas personas.

Una de esas manifestaciones grupales con destino a uno de los grandes centros de la cristiandad la protagonizarían un grupo de alumnas de la Escuela Hogar de Hullera del Turón, perteneciente al concejo asturiano de Mieres el 18 de mayo de 1965. La peregrinación a tierras gallegas obedecía a una iniciativa de una excursión fin de curso. Un total de 40 mujeres, entre estudiantes y una asistente social. Todo parecía indicar que aquello no dejaba de ser una extraordinaria manifestación festiva, sin embargo las cosas se torcerían al adentrarse en tierras gallegas, concretamente en el municipio de Meira, uno de los próximos en el nordeste gallego a la demarcación territorial asturiana.

El autobús en el que viajaban, que estaba recientemente estrenado y era de la conocida marca Barreiros, se precipitaría por un barranco de unos 200 metros de profundidad, pereciendo cinco mujeres, todas ellas muy jóvenes, y resultando heridas de diversa consideración las otras 35 restantes que viajaban en el autocar. El conductor saldría milagrosamente ileso al agarrarse con fuerza al volante del vehículo que, junto con una parte de su carrocería, se precipitaría al fondo de un barranco. Dos de las mujeres heridas en este siniestro resultaron heridas de gravedad, aunque por fortuna sobrevivieron a tan fatal percance. Como curiosa anécdota cabe señalar que la prensa de la época definía su estado como «desesperado».

Adelantamiento

El siniestro se produjo, al parecer, en el momento en el que el autocar, perteneciente a una conocida empresa de transportes asturiana, intentó adelantar a un camión cisterna de gran tonelaje que transportaba leche. En ese momento, y debido al deficiente estado de algunas partes de la calzada, el autobús -que subía una pronunciada pendiente- orilló demasiado hacia la margen izquierda de la carretera, inmiscuyéndose en el arcén. A consecuencia de esto último, las ruedas de la parte izquierda del vehículo se fueron hundiendo paulatinamente en la tierra hasta que después de correr unos 30 metros el vehículo terminaría volcando hasta caer por un terraplén de unos 200 metros de profundidad, en el que solamente caería el conductor. Las viajeras fueron saliendo despedidas a medida que el coche daba vueltas de campana. En su caída arrastraría una gran cantidad de tierra, así como algunos pinos que habían crecido en el pronunciado desnivel.

Una de las causas a las que se achacó la muerte de las cinco viajeras fueron unas impresionantes piedras de granito que formaban una muralla que separaba dos fincas de cultivo. Al parecer, el que no hubiese habido más víctimas mortales obedeció al hecho de que se desprendió el techo del autocar tras el primer impacto, provocando que muchas de las jóvenes que lo ocupaban saliesen despedidas de su interior, evitando que falleciesen en el acto, teniendo mucha más suerte las que iban sentadas en la parte derecha que la izquierda.

Auxilio vecinal

En el momento en que se produjo el fatal siniestro pasaba por el lugar un coche patrulla de la Guardia Civil que inmediatamente se puso a disposición de las víctimas. Del mismo modo, y como ha ocurrido en muchas otras ocasiones en Galicia, la ayuda prestada por los vecinos de Meira fue fundamental, ya que se encargaron de socorrer a las heridas de la mejor forma que pudieron. De la misma manera, un autocar de peregrinos, también con personas de Asturias, se detendría en el lugar del accidente para colaborar en las labores de socorro. En él viajaban algunos religiosos, entre ellos un sacerdote, que se encargaría de prestar los auxilios espirituales a aquellas que se encontraban en peor estado.

Debido a la confusión que se vivió en un primer momento, solamente se reconocieron los cadáveres de dos de las mujeres fallecidas. Tendrían que pasar varias horas hasta que se pudo identificar a las otras tres muertas. Las heridas serían trasladadas a distintos centros sanitarios, principalmente de la ciudad de Lugo y a distintas clínicas de Ribadeo. Con el paso de los días, se iría conociendo que evolucionaban de una forma favorable de sus lesiones.

El fatal siniestro provocaría la lógica consternación en todo el área de los Valles mineros asturianos, dónde aquellas mujeres eran muy conocidas, al igual que en la provincia de Lugo y en la comarca de Meira en particular, lugar dónde se produjo el siniestro. Los vecinos encargados de auxiliar a las víctimas destacarían a la prensa la entereza que manifestaban aquellas mujeres que tan solo pretendían disfrutar de unas jornadas muy especiales en tierras compostelanas, aunque por desgracia la ilusión con la que viajaban se tornaría en una inolvidable y triste tragedia.

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Dos menores asesinan al conserje de un hotel en Pontedeume (A Coruña)

 

 

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Hotel Eumesa, al fondo, lugar dónde se produjo el crimen que le costó la vida a su conserje

En 1999 Galicia se encontraba en plena efervescencia en torno a las muchas celebraciones que tenían lugar en la comunidad alrededor de un evento que alcanzaba dimensiones internacionales, el último Año Santo compostelano del segundo milenio. Millares de turistas se desplazaban al noroeste peninsular para gozar de una celebración que había sido ampliamente promocionada por el gobierno autonómico que en aquel entonces presidía Manuel Fraga Iribarne. La comunidad había prosperado mucho en relación a otras décadas y se había liquidado prácticamente la agricultura de autoconsumo, pero ahora debía enfrentarse al reto de la bajísima natalidad. Precisamente este último problema era el que estaba a punto de terminar con poblaciones rurales, algo que antaño no habían logrado las emigraciones a tierras americanas y posteriormente a las europeas.

En el país gallego, como en todas partes, sucedían muchas cosas. Algunas no eran tan positivas como otros, pero pese a todo el territorio continuaba su deambular con sus pros y sus contras. Si hubo una época que no fue precisamente tranquila en Galicia en aquel entonces fue el período primaveral, ya que en el se sucederían un trágico accidente en el que perderían la vida cinco personas en el municipio lucense de Guitiriz. Pero la cosa no terminaría ahí. En aquel breve lapso de tiempo se producirían tres crímenes que les costarían la vida a cuatro personas. Tan solo uno fue esclarecido, el de Cospeito, en el que murieron asesinadas dos personas. Los otros dos se produjeron en el litoral norte, siendo asesinados un empleado de una gasolinera y un conserje de un hotel. Ambos sucesos nunca han sido aclarados de todo y tampoco se ha detenido a sus presuntos autores.

En la madrugada del 19 de abril de 1999 era asesinado el conserje del hotel Eumesa, José Manuel Camino Huertas, de 63 años de edad, a consecuencia de un certero disparo en el pecho que contra él efectuaron dos jóvenes, todavía menores de edad, presumiblemente de nacionalidad colombiana. El suceso se produjo cuando ambos muchachos entraron a robar en el establecimiento, haciéndose con un botín de 100.000 pesetas(600 euros actuales) que correspondían a la recaudación de la cafetería. El cuerpo sin vida del conserje sería hallado por un cliente en medio de un impresionante charco de sangre en torno a las seis de la mañana del día de autos.

Detención en Roma

Apenas un mes después del asesinato del vigilante del hotel, era detenido en la capital italiana un joven de 17 años, Alfredo Zamorano, por agentes de los Carabinieri. Aunque no había testigos en el momento en que se produjo el crimen, sus datos se correspondían con la persona de la que se sospechaba como presunta autora del homicidio. Posteriormente se procedería a su extradición a España para ser juzgado, sin embargo el juez encargado del caso estimó que no había indicios suficientes para incriminar al muchacho. Finalmente, cumpliría una mínima condena en un centro de menores.

El joven, pese a su edad, ya acumulaba un importante historial delictivo a sus espaldas y tan solo dos semanas antes de este suceso había protagonizado una gran trifulca en Ferrol, localidad en la que se había asentado. Posteriormente, en abril del año 2008, sería nuevamente detenido en esta ocasión por asaltar a un conocido empresario en el municipio coruñés de As Somozas, a quien -bajo amenazas- le obligó a que le facilitase la combinación de su caja fuerte, delante de su esposa y sus dos hijas. El otro compinche, que supuestamente le acompañaba la noche en la que se cometió el asesinato del conserje, era conocido como «César», de su misma nacionalidad.

En aquel entonces, abril de 1999, la localidad de Pontedeume y la comarca de Ferrolterra todavía se encontraba consternada por un crimen que se había cometido en la localidad de Laraxe, perteneciente al vecino municipio de Cabanas, en el que hacía menos de un mes había sido asesinado un joven de 27 años, Miguel Ángel Sánchez López, que era empleado de una gasolinera. El móvil del crimen que le costaría la vida fue el robo al establecimiento en que se encontraba de guardia. Sin embargo, los investigadores descartaron que ambos sucesos guardasen relación alguna entre si. Este último suceso todavía sigue sin esclarecer.

Indemnización a la familia

La familia del conserje asesinado sería indemnizada con 90.000 euros, tras una sentencia dictada por el juzgado de Betanzos en abril del año 2010, tras un pleito planteado por la viuda de José Manuel Camino, quien en su escrito de alegaciones apuntaba que el inmueble carecía de medidas de seguridad para un edificio de sus características. El establecimiento había concertado dos pólizas con la aseguradora Cahispa S.A., una de responsabilidad civil general y otro multirriesgo de protección industrial.

La demandante solicitó entonces una indemnización de más de 590.000 euros, a lo que la aseguradora respondió que no procedía lugar a compensación económica alguna porque no había existido actuación negligente o culpable por parte de la empresa hotelera. Sin embargo, el juzgado admitiría en parte la demanda de la viuda al entender que el edificio carecía de los mecanismos de control de acceso al hotel.

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Ocho jóvenes ahogados al precipitarse el coche en el que viajaban al río Ulla

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Puente Romano de Pontevea sobre el río Ulla

Aquel año 1979, al igual que los de la Transición política en España, estaba siendo un tanto sui generis. Se celebraban las primeras elecciones generales con la Constitución de 1978 ya en vigor, al igual que las primeras municipales desde la Segunda República. Era un año que prometía y mucho, aunque luego muchas de aquellas promesas quedasen más tarde en agua de borrajas. Galicia, pese a que había registrado un importante avance a lo largo del último lustro, continuaba anclada en un pasado que parecía no querer soltar el pesado lastre que todavía arrastraba. Apenas disponía de infraestructuras. Todavía persistía una ancestral agricultura de autoconsumo que tan solo daba para ir tirando a muy duras penas, aunque las nuevas generaciones de gallegos comenzaban a abandonar masivamente el campo. Ahora su nuevo destino estaba en A Coruña o Vigo o cualquier capital de provincia, ya que se había cerrado de forma muy brusca la emigración en 1973 y el resto de España no respiraba un mejor ambiente que Galicia. Comenzaba el éxodo a grandes urbes gallegas y se iniciaba un lento pero imparable declinar del mundo rural que aún concentraba a más del 65 por ciento de la población gallega.

Además de las profundas transformaciones sociales a las que se estaba asistiendo en aquella época, lo cierto es que 1979 sería un año negro para Galicia en lo que a acontecimientos trágicos se refiere. Además de verse revestida por el luto que supuso la muerte de 49 personas, en su mayoría niños, al precipitarse el autobús en el que viajaban a las aguas del río Órbigo en la provincia de Zamora, la encantadora y apacible esquina verde peninsular se vería afectada por otros acontecimientos que le llevarían a los titulares de las principales páginas de sucesos. Uno de esos lamentables episodios, que sería el prefacio de la tragedia ocurrida en tierras leonesas, ocurrió en la madrugada de la jornada de reflexión de las elecciones generales de 1979, miércoles de ceniza, ya que el día anterior había sido el martes de Entroido, celebrado por todo lo alto en las principales villas y ciudades gallegas, sin faltar los clásicos cocidos ni mucho menos las filloas y otros deliciosos postres que se preparan en esa época del año.

Una fecha tan señalada como esa no pasaba desapercibida para la juventud gallega de la época y eran muchos los que acudían a distintas celebraciones festivas, bien fuese a participar en desfiles de comparsas o a las salas de fiestas más cercanas, muy en boga en aquel entonces, contándose por decenas cuando no por centenas a lo largo y ancho de toda la geografía gallega. Así lo hicieron un grupo de muchachos jóvenes, adolescentes en su mayoría, un total de nueve, que se subieron a un clásico SEAT-124 para celebrar la fiesta en A Estrada, que disponía de importantes centros de diversión, amén de ser una localidad en la que el Entroido adquiría un carácter muy peculiar en el que no faltaba la farra y un extraodinario buen ambiente, agradable y divertido.

Es cierto que el número de rapaces que viajaba en el vehículo era excesivo, pero el hecho de ser adolescentes les permitía ir encaramados unos sobre otros y por una fiesta, una vez al año, bien que valía la pena. Tres viajaban en los asientos delanteros, en tanto que media docena se aposentaban sobre los traseros, unos arriba de otros o en el regazo de sus compañeros con sus púberes cuerpos en formación, que, por regla general y salvo excepciones, no ocupaban tanto espacio como los de personas adultas. Sin embargo, para ocho de los nueve que iban a bordo del coche, con matrícula de A Coruña, sería esta su última fiesta.  El automóvil en el que regresaban a sus casas se precipitaría a la altura del puente romano de Pontevea a las aguas del río Ulla, en el límite entre las provincias de A Coruña y A Estrada, consiguiendo salvarse solamente uno de sus ocupantes, Antonio Claro Piñeiro, un adolescente de 14 años, quien tal vez contase los años de su vida a partir de la fatídica y trágica fecha del 28 de febrero de 1979. Incluso, este buen hombre tuvo la desgracia de dejarnos a la temprana edad de 54 años en diciembre del año 2019, como si su destino quedase trágicamente sellado en aquella madrugada del Entroido gallego.

Por el aire

El único superviviente del desgraciado accidente del año 1979 declaraba al diario LA VOZ DE GALICIA, en su edición del 22 de febrero de 2009 rememorando el trigésimo aniversario de esta tragedia, que en el momento en que se produjo el fatal accidente -alrededor de las dos y media de la madrugada- quienes iban despiertos se quedaron en silencio hasta que el vehículo se estampó contra las claras aguas del río Ulla. Una de las causas a las que achacaba el siniestro quizás hubiese que buscarla en que días antes un camión había destrozado una parte del pretil del puente de Pontevea y se colocó un improvisado vallado en el tramo destrozado por el vehículo pesado. Al parecer, el SEAT-124 en el que viajaban chocó contra ese provisorio apaño, que se convirtió para en ellos en una mortal trampa, y se fueron directamente a las aguas del río Ulla, que en ese momento llevaba una importante crecida, ya que a lo largo de  jornadas precedentes habían caído copiosas y abundantes lluvias sobre Galicia. A todo ello se sumaba una deficiente señalización y muy escasa visibilidad en la zona.

Antonio Claro manifestaba al diario gallego que no recordaba exactamente como había conseguido salir del vehículo, ya que no sabía si había sido por una puerta o por un cristal, puesto que el batiente del coche aparecería con el seguro colocado. Tanto él como sus compañeros venían disfrazados de la fiesta y recordaba haber tragado mucha agua. Además, pudo contemplar como el coche en el que viajaban se dio la vuelta y quedó con las ruedas hacia arriba, lo que contribuyó de forma negativa para que ninguno del resto de los ocupantes del vehículo pudiese escapar de su interior, pereciendo ahogados o desnucados a consecuencia del impacto.

El único superviviente recordaba también que el caudal del efluvio le impedía nadar en condiciones, por lo que le era preciso asirse a la vegetación de las orillas para que no le arrastrase la gran corriente que transportaba el río. Finalmente, tras hacer una travesía de 500 metros, consiguió trepar por un muro lleno de zarzas y llegar hasta un chalé que se encuentra en la pequeña localidad de Garea, siendo un vecino de la zona el primero que le prestó su desinteresada ayuda. De la misma forma, otro vehículo, que les seguía, se percató inmediatamente de que el coche que le precedía había sufrido un accidente, aunque quizás no sospechasen, como tampoco lo pensaba en aquel momento Antonio Claro, que lo que realmente había ocurrido era una enorme tragedia en toda regla.

Rescate complicado

Inmediatamente después del accidente se avisó a las fuerzas de seguridad, entre ellas la Guardia Civil, que pusieron en marcha un urgente dispositivo para poder socorrer a las  víctimas, aunque su actitud resultaría en vano, pues solamente uno de los ocupantes del coche siniestrado había sobrevivido a la tragedia. La madrugada que se vivió en la la localidad de Pontevea sería angustiosa y dramática.  Para extraer el vehículo de entre las caudalosas aguas del río Ulla fue precisa la ayuda de una grúa, que, en torno a las seis de la mañana, conseguía rescatar del fondo el coche en el que se encontraban los cuerpos de cinco de las ocho víctimas. En ese instante apareció el cuerpo del conductor, Ángel de la Cruz Castillo, de 27 años, conocido como «el Andaluz» por ser oriundo de la localidad malagueña de Ronda, aunque era vecino del término municipal de Padrón. Junto con él, serían rescatados Antonio Pérez Dios, de quince años; Tito Iglesias Amo, de 14. Los dos eran vecinos del mismo municipio que el conductor. También se recuperarían los cadáveres de José Manuel Gestal Vento, de 18 años y Manuel López Carreira, un año mayor que el anterior. Ambos vivían en el municipio de Teo, próximo a Santiago de Compostela.

Debido a la magnitud del siniestro y a las crecidas aguas que transportaba el río Ulla, fue precisa la intervención de hombres-rana, así como buzos de la Escuela Naval Militar de Marín, ya que todavía faltaban tres cuerpos por rescatar en la mañana del día 28 de febrero de 1979. En el transcurso de esta jornada aparecería el cuerpo José Devesa García, un adolescente de 15 años, que residía en Coira-Rois, en el término municipal de Teo.

La fuerte crecida que llevaba el río Ulla en aquellas fechas dificultó mucho las labores del rescate de los dos cuerpos que todavía no habían sido recuperados. De hecho, 48 horas después del siniestro todavía no habían sido rescatados, aunque en días posteriores aparecerían los dos cuerpos que todavía no habían sido extraídos de las aguas. Se trataba de José Manuel Varela García, de 19 años y el adolescente de 14 Manuel Iglesias Vilariño, cuya vecindad se radicaba en el municipio de Padrón, al igual que otros tres fallecidos.

Esta tragedia amargaría la primavera a muchos gallegos, que dejaban de estar pendientes de los resultados electorales para centrarse en el apoyo de ocho familias. Sin embargo, cuando Galicia todavía no se había repuesto de este luctuoso suceso y coleaban con fuerza sus terribles consecuencias, poco más de un mes más tarde, tenía lugar otra terrible desgracia en la que la mayoría de las víctimas, tal como sucedió en Pontevea, eran muchachos que tenían toda la vida por delante. Sería el trágico accidente del río Órbigo en el que perecerían 45 niños y cuatro adultos. Queda claro que 1979 fue un año negro para Galicia y muchos gallegos, pese a las muchas promesas electorales que les hicieron en la campaña previa a la primera legislatura constitucional.

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Dos asesinatos en Galicia en el «domingo sangriento» de 1994

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No cabe ninguna duda que el año 1994 fue especialmente sangriento en Galicia. En muy poco tiempo se sucedieron bastantes crímenes, algunos de ellos especialmente crudos como el de Nigrán en el que fueron asesinadas cuatro personas o el ocurrido en el polígono industrial lucense de O Ceao que todavía no ha sido resuelto. En aquel entonces Manuel Fraga Iribarne era el presidente de la Xunta, quien gobernaba la institución con mano firme merced a las constantes mayorías absolutas que le otorgaban los gallegos. Estaba muy reciente la de 1993 en la que el todopoderoso político gallego barrió literalmente del escenario al PSOE y se encumbraba como fuerza significativa el BNG de Xosé Manuel Beiras Torrado, que años más tarde se acabaría convirtiendo en la segunda fuerza política de la sede del Hórreo.

En aquellos años se estaban sufriendo los efectos de una dura crisis económica, resaca del festín, que no fue tal, del año 1992. Había que comenzar a hacer números para llegar a fin de mes. Atrás quedaban los años de bonanza económica en los que el entonces ministro de Economía, Carlos Solchaga, proclamaba a diestro y siniestro que España era un lugar ideal para enriquecerse rápidamente. La intervención de Banesto por parte de las autoridades monetarias era un claro síntoma de que la «cultura del pelotazo» había llegado a su fin.

En ese panorama y en ese maremágnum continuaban ocurriendo cosas. Algunas agradables, pero otras no tanto. Si se apuntaba antes que fue un año negro en Galicia en lo que concierne al apartado de sucesos, que comenzaba con un asesinato en la localidad pontevedresa de A Estrada, esa tónica se mantendría a lo largo de los meses restantes. Cuando comenzaba a declinar el año, en noviembre de 1994, su primer domingo, que coincidía con el día 6, se recuerda siempre en Galicia por lo trágico que fue. En apenas unas horas se produjeron dos asesinatos que conmocionaron a una sociedad que todavía seguía consternada por los crímenes de Nigrán y Lugo respectivamente.

Crimen machista en Lousame

Aunque en aquel entonces no existía la tipificación de crimen machista ni se activaban tampoco los protocolos de violencia de género, si se cometían actos de tan reprobable envergadura que conmovían al común de los mortales. Un suceso de estas características ocurriría en la localidad coruñesa de Lousame, en la comarca de Noia. En aquella triste jornada un joven de 33 años, José Manuel Mariño Blanco, daba muerte a la que fuera su esposa, Pilar Siso Esperante, de la misma edad que su antigua pareja. Para ello, utilizó un cuchillo de grandes dimensiones con el que le asestaría dos puñaladas, una en el cuello y otra en el pecho, que terminarían prácticamente de forma instantánea con la vida de su ex-cónyuge. La pareja tenía en común dos hijas de diez y siete años respectivamente.

Al parecer, desde hacía ya algún tiempo, José Manuel Mariño, que era un consumidor habitual de estupefacientes, llevaba profiriendo amenazas de muerte contra su ex-mujer, aunque nunca las había pasado hasta aquel momento de las palabras a los hechos. De nada sirvió la actitud de su antigua suegra, que trató de impedir el acceso del criminal hasta el dormitorio donde se encontraba la víctima, que fue el lugar en el que perdería la vida. Posteriormente, seguiría el ritual que llevan a efecto muchos homicidas similares, que fue el hecho de recurrir a la autolesión.

Mariño Blanco iniciaría entonces una huida en el coche de su víctima, quizás perdido y confundido por el desgraciado suceso que acababa de protagonizar. Sin embargo, el autor del crimen de Lousame no fue quien de controlar el vehículo que conducía en un tramo de la carretera, acabando por empotrarse contra un árbol, circunstancia esta que sería aprovechada por los agentes de la Guardia Civil para proceder a su detención. Como consecuencia de ello, sería ingresado en el Hospital Xeral de Galicia de Santiago de Compostela.

El homicida de Lousame sería condenado a quince años de prisión en el juicio que se siguió contra él en la Audiencia Provincial de A Coruña. En este caso, se computó como atenuante su dependencia y habitual consumo de sustancias estupefacientes, bajo cuyo se encontraba, al parecer, en el momento de cometer tan repugnante y atroz crimen.

Crimen en Ortigueira

El otro suceso luctuoso de aquella triste jornada dominical de otoño nos lleva hasta la localidad costera de Ortigueira, un municipio en el que relucen como pocos sus preciosas edificaciones de estilo colonial. En esa misma jornada, las desavenencias entre dos hombres que se dedicaban a la compraventa de madera terminaba de manera sangrienta en lo que se suponía que era un crimen motivado por deudas económicas y el uso por parte de uno de ellos de las herramientas que se utilizan para talar árboles.

En plena calle, y a la vista de muchos viandantes que se quedaron estupefactos, un joven de 27 años Antonio Foján Cebral, no tuvo rubor en efectuar varios disparos de escopeta contra Carlos Otero Ramil, tres años mayor que el homicida, con los que acabaría con su vida de manera prácticamente instantánea. Después de haber cometido el crimen, el homicida sería detenido por agentes de la Benemérita y posteriormente pasaría a disposición judicial.

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Un crimen resuelto mediante una sesión de espiritismo

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El año 1994 fue un ejercicio de mucho trabajo tanto para las fuerzas de seguridad radicadas en Galicia como para los redactores de sucesos, principalmente en sus primeros meses. Se sucedieron distintos acontecimientos violentos que descorazonaron a la siempre pacífica sociedad gallega. Además del tristemente célebre crimen de Nigrán, en el que fueron asesinadas cuatro personas, se sucedieron los trágicos carnavales de Vigo, en los que morirían de forma violenta otras dos personas, así como otros hechos sangrientos que dejaron un mal recuerdo entre los gallegos.

Por un sangriento suceso ocurrido en los primeros días de aquel 1994, se podría decir a posteriori que el año en sí prometía en el ámbito de los sucesos. Así, en la mañana del 6 de enero de 1994 un grupo de cazadores encontró el cuerpo sin vida de una mujer en el monte Avenceñas, en A Estrada, que por el aspecto que presentaba daba la sensación de que había sido asesinada de forma violenta y que el suceso que le costó la vida bien pudiese obedecer a algún ritual satánico, ya que en sus inmediaciones se encontraron unos cirios así como algunos objetos empleados en ceremoniales de magia negra. La mujer habría muerto de sendos disparos en el cuello y otro en la sien, según el resultado que depararía la autopsia.

La víctima de este crimen, así como el suceso en sí, era toda una incógnita, ya que nadie la conocía por lo que las fuerzas de seguridad decidieron publicar en los medios de comunicación sus fotografías. Sin embargo, estos no dieron resultado, ya que nadie reclamaba su cadáver, aunque las investigaciones seguían su curso. Del resultado de la autopsia se dedujo que la mujer podría tener alguna descendencia puesto que presentaba una cicatriz en el abdomen que se correspondía con una cesárea.

Sesión de ouija

Por los detalles del suceso, así como por el interés y el misterio que suscitaba el mismo, hubo alguien entre los investigadores a quien se le ocurrió acudir a la consulta de una médium con la finalidad de recabar algunos datos que pudiesen revelar lo ocurrido, aunque en estos casos el escepticismo es un factor fundamental a tener en cuenta. Así, en aquellos días acordaron recurrir a la consulta de la pontevedresa Mercedes López Martínez, quien se decidió a realizar una sesión de ouija en compañía de otras tres personas.

Para llevar a cabo el ritual dispusieron un tablero con el abecedario en forma de círculo y colocaron a continuación el dedo sobre el vaso. Aparentemente la invocación espiritual surtiría efecto y el recipiente se fue trasladando a lo largo del tablero por lo que fue posible deducir el nombre de la víctima, quien al parecer se llamaba Rosalía, pero de la que salieron las cuatro primeras letras de su nombre. Sin embargo, el detalle más sorprendente fue que facilitó un número de teléfono, cuyas cifras se correspondían con las de un club de alterne en el que supuestamente habría trabajado la mujer encontrada muerta en el monte Avenceñas.

Una de las personas que participaron en la sesión de espiritismo informaría a los agentes de la Guardia Civil de los detalles obtenidos en la misma. Sin embargo, la Benemérita, que carecía de cualquier información relativa al suceso, no pudo confirmarlos. Además, según el testimonio de los presentes, en el ritual se descubrirían otros detalles, tales como que al parecer la muerte de la víctima no habría obedecido a ninguna ceremonia de carácter satánico y que todas las velas que aparecían a su alrededor no habría sido más que una estratagema urdida con la intención de despistar a los investigadores. Se señalaba también que entre la información obtenida a través de la médium se indicaba a su vez que la mujer no había muerto en el lugar en que fue encontrada por los cazadores, sino que su muerte habría ocurrido en otro sitio, siendo trasladada hasta aquel punto en un caballo. Además, según esta información, uno de los supuestos autores del crimen de la ciudadana lusa, sería un vecino de la comarca y que conocía la zona a la perfección

Detención de los culpables

Unos días después de la sesión de espiritismo eran detenidas en Navarra dos personas, una de nacionalidad portuguesa y otra española. Ambos pretendían huir del país para instalarse en Andorra. Con su detención pudo averiguarse la identidad de la mujer hallada muerta en A Estrada, así como algunos detalles, que, sorprendemente, fueron supuestamente revelados en la sesión de espiritismo llevada a cabo por la médium de Pontevedra. Entre estos se supo que la persona asesinada era una ciudadana lusa, natural de localidad portuguesa de Braga, y que respondía al nombre de Rosalía Gonçalves da María, que había trabajado en un club de alterne de Valença do Minho utilizando el seudónimo de Paula, a cuyas cifras correspondían el número de teléfono revelado en la sesión de Ouija.

Sin embargo, las coincidencias con los detalles no terminaban ahí, ya que el ciudadano español detenido era originario del municipio pontevedrés de Campo Lameiro y se dedicaba a la cría de caballos. En el acto llevado a cabo por la médium se había dicho en la invocación de la mujer muerta que esta había sido trasladada hasta el lugar supuestamente a lomos de un equino. También, se pudo deducir que el ciudadano luso detenido en relación con este crimen había conocido a la víctima en el club de alterne de la ciudad fronteriza en el que ejercía la prostitución.

Una vez detenidos ambos asesinos desvelaron otros detalles que no dejaron de ser sorprendentes y que guardaban cierta relación con las supuestas revelaciones que se habían obtenido a través de la médium. Así, en cuanto a la posición del cadáver con cirios en sus inmediaciones manifestaron que lo habían hecho tan solo por «respeto» a la víctima. En cuanto al móvil del crimen, declararon que este se había producido por miedo a que la mujer los delatase, pues ella formaba parte con ambos  individuos de una banda de delincuentes que había protagonizado diferentes actos delictivos en la provincia de Pontevedra, tales como asaltos a gasolineras o entidades bancarias. De hecho, la causa por la que decidieron acabar con su vida fue una conversación telefónica que mantenía la víctima con un desconocido en la que le estaba relatando las correrías de la banda que formaba parte. Con su detención se pudieron esclarecer tres hechos delictivos ocurridos en aquel entonces en las localidades pontevedresas de Barro, Poio y Tui.

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Cinco muertos y 40 heridos al descarrilar el rápido Vigo-Coruña en Pontevedra

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Así quedó el tren siniestrado en la parroquia de Alba, cerca de Pontevedra

Aquel año 1969 iba a ser bastante convulso en una España que avanzaba de forma renqueante y en la que muy pocas cambiaban, por no decir que casi ninguna. Sin embargo, se producirían una serie de acontecimientos que marcarían el devenir del país. En julio se aprobaría la Ley de Sucesión por la que se nombraba heredero de la jefatura del Estado a Juan Carlos de Borbón. Unos meses más tarde se produciría el famoso «caso Matesa», en una especia de lucha de miembros del Opus Dei contra otro bando de ministros liderado por Manuel Fraga Iribarne, a quien le costaría su puesto en el banco azul de las Cortes franquistas.

Galicia solo era noticia en los diarios de difusión estatal para decir que era un territorio verde y que llovía. A veces, hasta demasiado. Las restantes ocasiones en las que salía en informativos que se contemplaban allende Pedrafita era para hablar de algún suceso o hecho luctuoso en los que siempre salían a relucir falsos tópicos que en nada favorecían a una tierra que transitaba por enlodazadas corredoiras y ahora estaba pendiente de las cartas que llegaban de Europa, en tanto que en el pasado se aguardaban las que procedían del otro lado del Océano. Alguna seguía llegando de La Habana, Montevideo o Buenos Aires, pero eran de aquellos gallegos que habían sucumbido a la aventura americana y habían quedado atrapados bajo aquella terrible tormenta económica que los había arruinado a todos, ya bien fuese por la dictadura comunista castrista o por los sistemas corruptos que imperaban en Sudamérica.

El año comenzaría de forma trágica para Galicia, por no decir que lo hizo de manera fatal. En dos accidentes derivados del corrimiento de tierras perderían la vida un total de ocho personas. Tres mujeres fallecían el A Coruña mientras se encontraban haciendo la colada, en tanto que en la parroquia de Alba, en el término municipal de Pontevedra, se produciría un grave accidente ferroviario que se saldaría con la muerte de cinco personas y otras 40 resultarían heridas de diversa consideración, al descarrilar el tren rápido 702 que cubría el trayecto entre A Coruña y Vigo.

Corrimiento de tierras

El siniestro se produjo alrededor de las ocho menos cuarto de la tarde del 18 de enero de 1969, al parecer, provocado por un corrimiento de tierras debido al reblandecimiento de las mismas por las intensas lluvias torrenciales caídas en Galicia a lo largo de aquellos días. La misma causa estuvo detrás del derrumbe de un muro de contención en A Coruña, acaecido en las mismas fechas, y que costaría la vida a tres mujeres que se encontraban haciendo la colada en un lavadero público. A consecuencia del alud de tierra, la locomotora, un pesado vehículo Alco-Diesel, se precipitase sobre un foso de 38 metros de longitud, yendo detrás de ella un furgón y cuatro vagones, uno de los cuales se estrello con el furgón, quedando literalmente destrozado.

En el convoy viajaban alrededor de un centenar de personas, de las cuales fallecerían cinco, dos de ellas empleadas de RENFE, y tres viajeros. Otras 40 resultarían heridas, la mayoría de las mismas de carácter leve, en tanto que las diez restantes presentaban lesiones graves, aunque -por suerte- ninguna de ellas fallecería. El impacto, como es natural, causaría una gran confusión en los viajeros, muchos de los cuales habían quedado atrapados en aquel impresionante amasijo de hierros en que se había convertido la caravana ferroviaria. A todo ello contribuía la torrencial lluvia que en aquel momento estaba cayendo sobre el lugar donde se produjo el trágico accidente.

Este desgraciado accidente no se saldaría sin una incidencia que no tuvo graves consecuencias pero que no dejaba de ser paradójica. Para prestar auxilio a los heridos saldría de Vigo un tren de socorro que descarrilaría en la localidad de Arcade, perteneciente al municipio pontevedrés de Soutomaior. Por fortuna, no hubo que lamentar víctimas de ningún tipo.

Una vez más, como ya había sido la tónica predominante en otros siniestros y lo sería también en el futuro como el caso de ocurrido en Angrois, fue muy decisiva la ayuda que prestaron los vecinos de las parroquias limítrofes al lugar de la tragedia, conocido como A Gándara. Hasta allí no dudaron en desplazarse personas de las parroquias de Alba, Campañó y Lérez para socorrer a las víctimas del siniestro. De la misma forma, también fue muy importante el apoyo prestado por equipos de sanitarios procedentes de Vigo y Pontevedra. En este sentido, hay un hecho que llama poderosamente la atención, ya que no dudaron en cruzar grandes fincas de cultivo a pie con los heridos en las camillas para trasportarlos hasta la carretera que unía A Coruña y Pontevedra, desde donde eran trasladados a los centros sanitarios más próximos.

Excarcelación de las víctimas

Pese al apoyo prestado por los vecinos, en aquel tiempo todavía no existían servicios de protección civil y solamente se contaba con la ayuda de los equipos de bomberos de Pontevedra y Vigo, que se presentaron inmediatamente en el lugar del suceso. Debido a que el accidente se produjo ya de noche y en pleno invierno, a lo que se sumaba una torrencial lluvia, las labores de excarcelación y rescate de las víctimas mortales se prolongaría hasta las tres de madrugada del día siguiente, que era sábado. La falta de luz y de equipos electrógenos, unida a las inclemencias climáticas, hizo que estas labores se abandonasen hasta la jornada siguiente.

A primeras horas de la mañana del 19 de enero, en torno a las nueve y media, aparecían los cuerpos sin vida del jefe del convoy, Manuel Hortas, de 41 años de edad, y el mozo de furgón, Urbano López Rebollo, de 67. Ambos eran naturales de la ciudad herculina hasta donde serían trasladados sus restos mortales.

Los trabajos de retirada de escombros, así como de los restos del tren siniestrado se prolongarían en fechas sucesivas a la que había tenido lugar el suceso. Para ello, fue preciso trasladar hasta el lugar del accidente varias toneladas de carbonilla para ir afirmando el terreno sobre el que trabajarían las grúas. Como consecuencia del fatal accidente, el tráfico ferroviario en este tramo estuvo cortando durante una semana, siendo este el principal ramal ferroviario de Galicia, ya no de aquella época sino también en la actualidad.

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Muere atropellada por un coche en Lugo al ser empujada por su hijo a la calzada

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A comienzos de la década de los ochenta del pasado siglo la ciudad de Lugo seguía conservando el clásico atractivo de la familiaridad, una urbe que comenzaba a despegar, pero en la que se seguían conociendo casi todos sus habitantes. El medio rural y el urbano propiamente dichos se seguían entremezclando en una pacífica y tranquila sociedad que no acostumbraba a sobresaltarse por acontecimientos especiales. Solamente sus ancestrales y tradicionales fiestas en honor a San Froilán eran capaces de interrumpir su hermosa rutina. Cualquier suceso o hecho que allí aconteciese enseguida era portada de los medios de comunicación. Afortunadamente, los lucenses siempre se han caracterizado por ser, además de excelentes personas, muy pacíficos y tranquilos, aunque alguna que otra vez ocurrían cosas que les descorazonaban un poco.

Así sucedería a primeras horas de la mañana del 26 de noviembre de 1981, cuando ocurrió un extraño suceso al que muy pocos daban crédito, aunque su principal protagonista ya había estado internado en un centro psiquiátrico y había sido tratado de su adicción al alcohol. Faltaban pocos minutos para las nueve cuando un conocido empresario lucense, que en aquel entonces contaba con 47 años, se vio sorprendido por una mujer que, involutariamente, invadía la calzada sin que pudiese hacer nada por esquivarla, provocándole la muerte de forma prácticamente instantánea con el vehículo que conducía, un clásico Renault-12.

El trágico suceso se produjo en la vía comarcal que une la capital lucense y la localidad de Portomarín a la altura del kilómetro 2,200. La mujer en cuestión, Victorina Rey Busto, de 60 años de edad, había sido empujada a la carretera por su propio hijo, Germán Carballido Rey, quien entonces tenía 38 años, y que había protagonizado un gran número de altercados en la capital lucense. El último era reciente, ya que hacía escasas fechas por aquel entonces, había propinado un fuerte golpe en la cabeza con un sifón a otro conocido personaje de la bohemia lucense, Alfredo Varela Bello, popularmente conocido como «Currinche», al parecer porque este último estaba fumando un porro y eso no era del agrado de Carballido Rey.

Se entrega en comisaría

Posteriormente, una vez hubo cometido el presunto delito de homicidio, Germán Carballido no tuvo inconveniente ninguno en entregarse a la policía en la Comisaría de la capital lucense. En su primera declaración ante los agentes reconocería los hechos de los que se acusaba, además de manifestar que sentía mucho lo ocurrido. Igualmente, reconoció que el empujón que le costaría la vida a su madre había sido dado de forma consciente y espontánea. Su progenitora lo acompañaba en esa jornada hasta la consulta de un conocido psiquiatra de la capital lucense. Además, al parecer, habría pedido al involutario autor del atropello que no contase como sucedieron los hechos.

En la siguiente declaración, esta vez en compañía de un abogado, contradiría su primera versión de los hechos. En ella manifestaría que había sentido un efecto reflejo, como si alguien le hubiese empujado por detrás, lo que provocó que hubiese abierto los brazos, a consecuencia de lo cual habría empujado a su madre contra la calzada, lo que provocaría su muerte tras el súbito impacto contra el vehículo en marcha. Tras pasar a disposición judicial, se ordenaría su ingreso en prisión.

Unos meses más tarde de este desgraciado suceso que conmovió a la ciudad de Lugo se celebraría el juicio contra Germán Carballido Rey, quien, según los distintos exámenes médicos a los que fue sometido, sufría graves problemas de tipo psíquico que se veían agravados por su desmedida afición al alcohol de la que había sido tratado en Valencia sin mucho éxito. Con todas estas atenuantes, en los que además de sufrir trastornos y delirios, padecía también alcoholismo crónico, el autor del empujón mortal a su progenitora sería enviado a un centro psiquiátrico penitenciario donde cumpliría la condena.

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Tres miembros de una misma familia asesinados en O Corgo (Lugo)

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A Fervenza de o Corgo, lugar en el que se sucedieron los tres crímenes

En el año 1935 los españoles andaban preocupados por el famoso escándalo «Estraperlo», un asunto de tamañas dimensiones políticas y sociales que daría al traste con los gobiernos de centroderecha que habían gobernado el país desde las elecciones de 1933, amén de liquidar la carrera política de Alejandro Lerroux y propiciar la práctica desaparición de su formación, el Partido Republicano Radical(PRR) del escenario político de un tiempo que transcurría con grandes sobresaltos para la sociedad española, que tendrían su punto culminante apenas un año después con el estallido de la Guerra Civil española y el posterior enfrentamiento entre hermanos que se prolongaría durante casi tres años.

La sociedad gallega de la época era eminentemente rural. Era un territorio pobre y desfavorecido que -desde hacía muy poco tiempo- había interrumpido su constante emigración a la isla caribeña de Cuba, tanto por la crisis económica que azotaba a la que un día fue denominada «la Perla del Caribe», como por la nueva legislación que primaba la contratación de trabajadores originarios de aquel país americano. Ahora eran muchos los gallegos que buscaban poner fin a sus penurias en Buenos Aires, conocida como «a cunca do ouro»(la taza del oro). No importaba el destino, lo cierto y lo triste es que eran muchos los jóvenes que se veían obligados a abandonar la tierra que los había visto nacer por falta de perspectivas tanto a corto como a largo plazo.

Aquel inhóspito mundo rural tan solo ofrecía la posibilidad de malvivir a costa de una raquítica economía de subsistencia, que no siempre cubría dignamente las necesidades de aquellas pausadas y tranquilas gentes, de las que se tenía el falso tópico que eran muy cerradas además de vivir de una forma bastante primitiva, aunque ese aspecto era general al resto de la Península. Les valía cualquier oficio o profesión con el ánimo de salir adelante. No importaba el cómo. Lo verdaderamente importante era ir sorteando el devenir diario y para ello se dedicaban a los más diversos oficios, algunos de los cuales entrañaba ciertos riesgos. Una de esas profesiones, hoy en día desaparecida, era la de barquero, que eran los que se dedicaban a ayudar a atravesar algunos cauces fluviales a viajeros o transeúntes que pretendían desplazarse a un determinado punto que se encontraba más allá de aquellas aguas. La peligrosidad obedecía tanto a la profesión en si misma como a la supuesta reputación que pudiesen atesorar algunos de los que pretendían surcar el río. Estos profesionales casi siempre solían ser familiares, ya que iba pasando de unas generaciones a otras. Así le sucedía a una familia que se encontraba instalada en A Fervenza de O Corgo, en la provincia de Lugo, un cauce que lleva sus aguas hasta el Miño. En poco menos de una década morirían de forma violenta tres miembros de una misma estirpe, un padre y dos hijos, aunque algunos de estos crímenes estuviesen estrechamente vinculados a desavenencias familiares.

Parricidio

En el año 1925 aparecería asesinado Miguel Expósito, un hombre que rondaba ya los 60 años. La responsabilidad de su asesinato recaería sobre su hijo José Expósito Vázquez, si bien es cierto que nunca se lograría determinar con exactitud su grado de criminalidad, pese a que sería sentenciado a una condena de 20 años de prisión. El vástago siempre negó que fuese el autor de la muerte de su progenitor. La atribuía a alguno de los muchos viajeros a los que su padre ayudaba a cruzar el río.

Al poco tiempo de salir de prisión, con motivo de un indulto por la proclamación de la IIª República española, aparecería muerto, con claras señales de violencia, José Expósito, en el mismo lugar en el que había aparecido su padre. Su muerte fue atribuida por voxpopuli a su hermano Miguel, si bien es cierto que en este caso la justicia no hallaría pruebas suficientes para incriminarle ni tampoco sería condenado. El vecindario comentaba que este segundo asesinato había sido a consecuencia de las rencillas y rencores entre los hermanos como consecuencia del primer homicidio que le había costado la vida al padre. Lo cierto es que este caso quedó impune al no poder demostrarse jamás que un hermano había dado muerte a otro.

Tercer crimen

El rompecabezas generado por los dos anteriores crímenes, nunca suficientemente esclarecidos, se volvió mucho más enrevesado cuando en la jornada del sábado, 12 de octubre de 1935, aparecería el cuerpo de Miguel Expósito Bermúdez, de 37 años e hijo y hermano de los anteriores, en medio de un impresionante charco de sangre, con una pronunciada herida en la cabeza. Su asesinato removió los cimientos y las conciencias de las gentes del municipio de O Corgo y venía a poner de manifiesto que supuestamente había una mano negra en torno a las múltiples desgracias que había venido sufriendo aquella familia a lo largo de las últimas décadas previas a la Guerra Civil española.

El descubrimiento de su cuerpo tuvo lugar cuando un grupo de vecinos se dirigía hacia aquel sitio, en torno a las seis de la tarde, y contemplaron un tanto estupefactos, a través de una de las ventanas de la choza de madera en la que vivía, la luz encendida, pero sin escuchar absolutamente nada. Ante esta situación, uno de los vecinos dio aviso al resto del vecindario y llamaron a la puerta. Sin embargo, nadie abría. En vista de esto último, se temieron que al inquilino de aquella vivienda le hubiese ocurrido algún imprevisto. Al derribar la puerta, encontraron el cadáver de Miguel Expósito tendido sobre la lareira (cocina) con evidentes signos de violencia en su cuerpo, principalmente en la cabeza. Además, se percataron también que una cuba de vino que había en la casa estaba visiblemente manchada de sangre, lo que hizo sospechar que el autor o autores del crimen hubiesen aprovechado la circunstancia de que el hombre se dirigiese a la cuba para matarle, pues se dedicaba también a la comercialización de bebidas alcohólicas, principalmente vino.

Este tercer asesinato vino a poner en tela de juicio la autoría de los dos anteriores. Pues, aunque uno de los hermanos asesinados cumplió condena por parricidio, ahora todo el mundo se preguntaba si realmente había sido José Expósito el autor de la muerte de su padre, al tiempo que exculpaba a su hermano del delito de fratricidio. Algún tiempo más tarde sería detenido un individuo, Alfredo Vázquez, que se dedicaba a la mendicidad, pero tan solo se pudo determinar que este último tenía cierta amistad con la última de las víctimas, al tiempo que pasaba muchas horas en el lugar donde se encontraba los barqueros. Se decía que cualquiera podía estar implicado en el crimen que le había costado a los barqueros y a partir de ahora las incógnitas de la culpabilidad recaían sobre un gran número de personas, al tiempo que se constataba una vez más la peligrosidad de su profesión, tanto por el riesgo que entrañaba cruzar el río, como la dudosa reputación de los muchos que diariamente requerían del servicio de los barqueros para llegar a buen puerto, aunque muchos de ellos tuviesen un fatal destino. A todo ello se sumaba la circunstancia de la soledad en la que se encontraban, ya que solían residir en parajes aislados y en los que era difícil percatarse de la presencia de extraños. Además, el hecho de que fuesen personas foráneas quienes requerían mayoritariamente estos servicios dificultaba aún más las investigaciones.

Este crimen, como muchos otros, quedaría impune, a lo que contribuyó en buena media el posterior estallido de la Guerra Civil española y en la que muchos presidiarios fueron utilizados como mercenarios en un conflicto que perderían todos. Este último hecho luctuoso no hizo sino aumentar las incógnitas existentes en torno a los dos anteriores, que nunca se sabría a ciencia cierta quien los habría podido cometer, pese a las sentencias judiciales y al señalamiento vecinal. Lo cierto es que la tragedia se cebó especialmente con una familia de extracción humilde.

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Doce personas asesinadas en Galicia en el año 2019

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Cuando concluye un año toca hacer balance. Para lo bueno y para lo malo. En el año 2019 fallecieron en Galicia doce personas de forma violenta, siendo la mayoría de ellas asesinadas. Pueden parecer muchas así a primera vista, sin embargo, si nos remontamos a otras épocas en las que no se informaba o no se podía informar de este tipo de sucesos, la cifra es relativamente baja, al igual que la delincuencia, que presenta una de las tasas más bajas de todo el Estado si nos atenemos a los datos que suministra el Ministerio del Interior.

En el trágico balance del ejercicio de 2019 se da la curiosa circunstancia de que los crímenes que han conmocionado y hasta aterrado de algún modo al territorio gallego se encuentran muy concentrados en determinadas zonas geográficas, aunque esta peculiar característica haya que atribuirla tan solo al azar. Así, se da el caso de que cuatro muertes violentas se produjeron en un mismo municipio, Valga, en Pontevedra; en tanto que en otro, Cabana de Bergantiños perderían la vida dos personas en fatales circunstancias, en tanto que otros tres tuvieron como escenario la comarca lucense de Terra Chá. Casualidades del destino. En estas mismas áreas geográficas había transcurrido mucho tiempo sin producirse ningún acontecimiento luctuoso y es posible que no se vuelva a registrar ningún otro en décadas. Eso al menos deducimos de la experiencia y de la frialdad de las estadísticas.

Crimen múltiple en Valga

En la mañana del pasado 16 de septiembre muchos gallegos se sobresaltaban al escuchar o leer en los distintos medios que tenían a su alcance como un hombre de 41 años, José Luis Abet Lafuente había asesinado a tres mujeres, eran su ex-esposa, Sandra Boquete Jamardo, de 39 años, su hermana, Alba, de 27 y quien otrora fuera su suegra María Elena Jamardo, de 59 años. El triple crimen, perpetrado en presencia de sus dos hijos de cuatro y siete años respectivamente, conmovería profundamente a la sociedad gallega, que no está ni mucho menos acostumbrada a estas cosas y hay que remontarse tres décadas atrás para recordar una barbaridad de semejante calibre.

El presunto asesino, quien en apariencia era un hombre de lo que comúnmente se conoce como normal, había adquirido el arma con la que acabó con la vida de su antigua cónyuge, su ex-cuñada y su ex-suegra respectivamente, en el mercado negro en Portugal. Los crímenes los cometió a primeras horas de la mañana en el momento en el que los críos se estaban preparando para ir al colegio, después de salir de su trabajo en horario nocturno. Una vez cometida su macabra patraña, arrojaría el arma criminal al siempre tranquilo y cristalino río Tambre, que se convertía así por una vez en su historia en el fatal testigo de un cruel y horroroso crimen. Posteriormente, se trasladaría a la casa de sus familiares más próximas, su madre y su única hermana, en el municipio de Ames, próximo a Santiago de Compostela, desde donde llamaría a la Guardia Civil para confesarse autor de la masacre de Valga. La Benemérita movilizaría hasta una decena de efectivos para proceder a la detención de José Luis Abet, quien había vuelto al domicilio materno tras haberse separado de Sandra Boquete hacía en torno a un año.

La localidad de Valga todavía no se había recuperado del primer crimen machista ocurrido en Galicia en 2019, concretamente el 10 de marzo, cuando un hombre de 46 años, Javier Bello, daba muerte a su mujer, María José Aboy, de 54, en la parroquia de Setecoros, después de haber formalizado su divorcio hacía poco tiempo. Para ello, el asesino utilizó una escopeta de caza, arma muy habitual en muchas casas del rural gallego en otros tiempos no tan lejanos, con la que efectuó un disparo certero que acabaría con la vida de su antigua compañera. Posteriormente, con el mismo arma se quitaría la vida. La pareja tenía dos hijos en común que ya eran veinteañeros.

Un año negro en Terra Chá

Siempre se ha dicho, y con razón, que las aguas del Pai Miño, tal y como lo conocemos muchos gallegos, fluyen mansas y tranquilas por la inmensa llanura que corona el centro de la provincia de Lugo. Sin embargo, en 2019, hay que reconocer que bajaron sino bravas si que un poco turbias y cuando menos algo revueltas. Habrá que tirar mucho de hemeroteca para recordar un año tan sangriento como este y no saldrán bien las cuentas. Si se bucea en los viejos diarios y los archivos se encontrarán sucesos dramáticos, pero es difícil encontrar tres crímenes en un mismo ejercicio. En la mente de muchos chairegos sigue todavía presente el doble crimen de Xermade, ocurrido en la jornada del 22 de febrero de 2012, pero desde entonces, la verde y apacible comarca gallega presentaba un expediente inmaculado, en las que un precioso sol se reflejaba en sus inigualables atardeceres primaverales.

El primer hecho luctuoso, que llenó de rabia y ofuscación a muchos vecinos de esta preciosa y entrañable comarca, se encuentra en la localidad de Muimenta, parroquia perteneciente al municipio de Cospeito. Allí, el día 3 de mayo de 2019 aparecía muerta la pequeña Desirée Leal Sandamil, de tan solo siete años. Su abuela materna llamó al 112, pues la pequeña no despertaba. Su madre, que desde hacía algún tiempo parecía haber experimentado un brusco cambio de carácter, se limitó a contestarle a la yaya de la pequeña que ésta había fallecido. Ante las sospechas que levantaba la muerte de la criatura, se procedió a hacer la correspondiente autopsia, pues, al parecer, no se encontraba enferma y nada hacía presagiar un fatal desenlace en su vida. Enseguida las pesquisas se centraron sobre su progenitora, Ana Sandamil Novo, de 42 años, quien fue ingresada en la unidad de psiquiatría del Hospital Universitario Lucus Augusti de la capital lucense, aquejada de alguna enfermedad psíquica. Una vez compareció ante la autoridad judicial, esta última decretó su ingreso en prisión, quien desde principios de septiembre de 2019 permanece en el módulo de enfermería de la cárcel de Teixeiro, en A Coruña.

Poco más de dos meses más tarde, en la parroquia de Sancobade, perteneciente al municipio de Vilalba, se producía un crimen machista, un aterrador asesinato, pues la localidad jamás había sido escenario de ningún hecho violento en su larga historia. En un bajo ubicado en el número 14 de la Avenida Ciudad de Lugo, en el barrio de Guadalupe, aparecían los cuerpos de una pareja de mediana edad, tras denunciar un hermano del asesino, Manuel Vázquez, la desaparición de este último. Una vez se presentaron en el lugar de los hechos, ocurridos el 21 de julio, descubrieron ambos cadáveres, tanto el de él, quien se había suicidado estrangulándose, como el de su ex-esposa, Carmen Vázquez Cereijo, de 47 años, quien presentaba dos heridas de arma blanca en el cuello, las cuales terminaron con su vida. La pareja se había separado recientemente y sobre el agresor pesaba una orden de alejamiento.

El tercer y definitivo hecho violento acaecido en esta comarca se remonta al 23 de noviembre de 2019. En esa fecha, un hombre de 42 años, José Luis Alonso Díaz, asesinaba a su hermano, Juan Carlos, de 45 años, estrangulándolo con un cinturón en el inmueble número 65 de la avenida de A Coruña. La víctima presentaba también un golpe en la cabeza, tal vez motivado por el forcejeo que mantuvo con su verdugo. Al parecer, el móvil de este asesinato pudo haber venido motivado como consecuencia de las desavenencias que mantenían ambos hermanos, quienes -según testimonios de los vecinos- no se llevaban bien. El presunto asesino ingresaría en prisión sin fianza.

Parricidio en Foz

Un hecho que sobrecogería a Galicia se produjo en el municipio costero de Foz, en plena Mariña lucense. Allí, un menor de 17 años daba muerte a su madre, Minaene Franco, de 36 años, una mujer nacida en Brasil pero de nacionalidad española. Sorprende, además del hecho en sí, la frialdad con la que actuó el supuesto parricida, ya que acuchilló a su madre con un arma blanca y posteriormente depositó su cuerpo en una maleta. Una vez cometido el crimen, parece ser que se marchó a un parque de la villa donde se encontró con sus amigos, quienes contemplaron su jersey manchado de sangre. Aunque el suceso parece ser que tuvo lugar el 2 de noviembre, los investigadores no tuvieron conocimiento del mismo hasta dos días más tarde, una vez que se hubo activado un protocolo de desaparición, pues se desconocía el paradero de la víctima. El muchacho fue puesto a disposición del Juzgado de menores de Lugo.

Si hablábamos antes de la localización geográfica de estos dramáticos acontecimientos, uno de los lugares en los que se concentró la criminalidad fue también el municipio de Cabana de Bergantiños, en la costa occidental coruñesa. Allí se producía un crimen machista en el mes de agosto. Un hombre de 56 años, Julián Gil Pose, daba muerte a su mujer de 50, Ana Belén Varela Ordóñez, de 50, de un disparo de escopeta, que los vecinos creyeron en un primer momento que se trataba de petardos. Tras ser detenido, y acogerse a su derecho a no declarar, el juez decretaría su ingreso en prisión sin fianza.

En este mismo término municipal, dos meses antes, se había producido otro hecho trágico, ya que un octogenario daba muerte a su cuñado, José Calviño, de 81 años, con una barra de hierro. Al parecer, el crimen estuvo motivado por las desavenencias entre ambos. El agresor manifestó que la víctima los había amenazado a él y a su hermana en reiteradas ocasiones, aunque no constaban denuncias por violencia machista, ya que el fallecido se encontraba casado con la hermana del presunto homicida y convivían todos bajo el mismo techo.

Estrangulado en A Coruña

En la madrugada del 12 de abril un joven de 28 años, Román Rodríguez Franco, de nacionalidad uruguaya, estrangulaba a su compañero, Alejandro Vilorio, de 46 años de edad y nacionalidad dominicana, en el número siete de la calle Honduras de A Coruña. El agresor, que ingresaría en prisión provisional sin fianza, que había cometido el crimen porque se «le había ido la cabeza» y que no era ningún asesino.

Un extraño suceso que conmovió a Galicia fue la muerte en extrañas circunstancias de Julio Lea Casal, de 59 años de edad, acontecida en el municipio coruñés de Toques. Su cuerpo aparecería en el interior de su vehículo, completamente calcinado. La autopsia determinaría que el cuerpo presentaba señales de violencia, por lo que serían detenidos como presuntos autores de su muerte los hermanos Manuel y Marcial Carreira Barral, ambos de Sobrado dos Monxes, a quien también se les atribuye un presunto delito de incendio por supuestamente haber prendido fuego a una superficie de 35 hectáreas de monte.

Este capítulo se cierra con el crimen ocurrido en el mes de junio en la localidad pontevedresa de Salvaterra de Miño. Allí, en la madrugada de un concurrido fin de semana, era asesinado de varias puñaladas el ciudadano español de origen magrebí, Soufian Mahra, un joven de 24 años de edad. La víctima trabajaba como camarero en un negocio de hostelería de la localidad y era muy querido y apreciado por el vecindario. En un principio se detuvo a una persona, de nacionalidad alemana, quien según las primeras pesquisas realizadas resultó ser inocente. El caso, por desgracia, es uno de los muchos, que todavía está por resolver.

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Un agricultor mata a una prostituta portuguesa en Lugo

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Rinconada do Miño, lugar en el que ejercía la prostitución Eva María Magalhaes

En la década de los años noventa del pasado siglo, la ciudad de Lugo estaba en pleno auge y transformación para convertirse en una gran urbe, que llegaría a rondar en muy poco tiempo la mágica cifra de los 100.000 habitantes, si bien es cierto que las estadísticas oficiales jamás llegarían a constatar ese tan deseado guarismo, al menos por la clase política. Aún así, el negocio del ladrillo estaba dejando su impronta en las principales ciudades y avenidas de la vieja urbe romana. Estaba dejando de ser una aldea grande, tal y como era definida por muchos de sus ciudadanos, para convertirse en una auténtica ciudad. A ella se acercaban principalmente jóvenes procedentes de todos los puntos de la provincia, que veían una oportunidad para escapar de un futuro ligado al mundo agrícola o ganadero, pese a que ya había un campo mecanizado que nada tenía que ver con el que habían heredado sus padres y ya no digamos sus abuelos. En definitiva, que la ciudad de Lugo había dejado atrás sus ancestrales complejos, que parecían anclarla en tiempos pretéritos, mientras que el mundo rural poca o nada relación guardaba con lo que había sido hacía tan solo veinte o treinta años antes.

Uno de los puntos más conocidos de la ciudad de Lugo, tanto por sus provincianos como en el resto de Galicia, era sin lugar a dudas su barrio chino, que en aquel entonces vivía en un maltrecho inframundo rodeado de viejos edificios, muchos de ellos en estado semirruinoso, y un hábitat bastante deprimente, cuando no degradante, en el que las prostitutas ejercían su profesión  rodeadas del clásico trapicheo de sustancias estupefacientes a plena luz del día. Sería precisamente en ese lúgubre y desalentador panorama dónde un agricultor de Baralla, José Neira Álvarez, de 43 años, conocería a una súbdita portuguesa, Eva María Magalhaes, bastante más joven que él, con quien iniciaría una inesperada relación hasta el punto de llegar a planificar la fecha de su boda. Sin embargo, el vínculo entre ambos, sin conocerse los motivos, daría un inesperado giro en abril del año 1995 hasta el punto que José Neira no tuvo pudor en deshacerse de quien iba a ser su esposa, disparándole dos certeros tiros de escopeta en las inmediaciones de la lucense capilla del Carmen, acabando con la vida de su prometida de una forma sanguinaria y violenta.

En la cabeza y el tórax

Como consolidado y experto cazador que era, José Neira llevaba aquel 5 de abril de 1995 consigo su escopeta en el maletero de su vehículo con la intención de acabar con la vida de Eva María Magalhaes. Al anochecer de aquella trágica jornada, el agricultor de Baralla sacó de su vehículo su arma, de calibre de 12 milímetros, y no se ruborizó ni un instante en disparar a corta distancia, apenas cuatro metros, sobre su víctima, quien había acudido a la cita con su prometido acompañada de otras dos mujeres, quienes saldrían huyendo despavoridas del lugar en dirección a la Ronda de A Muralla, atemorizadas por la inexplicable actitud que había mostrado el vecino de Baralla con la mujer con la que supuestamente iba a contraer matrimonio. Sus disparos, mortales de necesidad, hicieron blanco en su víctima, descerrajándole la cabeza y también el tórax, quedando tendida la pobre mujer en un impresionante charco de sangre.

En un primer momento las otras dos mujeres que la acompañaban, que también ejercían la misma profesión que ella, fueron presas del lógico pánico y desconcierto por la inesperada actitud de José Neira. La confusión se apoderó de ellas y ni siquiera fueron capaces de dirigirse a la Comisaría de Policía de Lugo en un primer instante, temerosas de que el criminal se apostase en algún lugar de la ciudad para ajustar también cuentas con ellas. O, al menos, eso pensaban. Quien si lo hizo fue el propio autor del crimen que conmocionaría a una ciudad muy tranquila y en la que nunca o casi nunca sucede nada. Y cuando pasa, el mundo se les viene encima a los siempre pacíficos y tranquilos lucenses. Neira se entregaría a las autoridades inculpándose del terrible crimen que acababa de cometer. Su actitud sería tenida en cuenta por las autoridades judiciales a la hora de imponerle la condena, en un tiempo en el que todavía no había entrado en vigor la Ley del Jurado, aunque estaba muy próxima a hacerlo y estaba muy lejos todavía la tipificación delictiva de la violencia machista.

Algo más de un año y medio después de haber cometido el crimen, se celebró el juicio contra José Neira Álvarez en la Audiencia Provincial de la capital lucense. En su descargo se tuvo en cuenta la atenuante de arrepentimiento espontáneo, a lo que se sumaba un cierto grado de enajenación mental transitoria, por lo que el hecho fue contemplado más como un homicidio que un asesinato, siendo condenado a una pena de ocho de prisión y a una indemnización de cinco millones de pesetas (30.000 euros actuales) para la hermana de la víctima.

En algunos círculos se ve en este desagradable suceso un antecedente de lo que a partir de la primera década del siglo en curso se comenzó a denominar violencia machista o de género, dada la relación existente entre el agresor y la víctima, que estaban a punto de casarse. Sin embargo, en aquel entonces, mediada la década de los noventa del último siglo del segundo milenio, no se había dictado una legislación en este sentido y este tipo de sucesos eran calificados la mayor parte de las veces como crímenes pasionales.

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